Mi apacible exilio - 92
—¿Y entonces? ¿Acaso el barón también lo trató tan mal como Adrian?
De inmediato me vino a la mente la imagen de su nieto, Ruth Dyer, parado al lado con esa cara de tonto que tiene.
Aparté el libro a un lado y me metí a la boca un pedazo de pan seco.
—No. Con el barón las cosas terminaron de forma muy directa. Más bien, fue él quien solicitó la mediación de Su Majestad.
—…….
—Los magos aún no lo saben. Aunque se enterarán pronto.
En momentos como este, Yuri Tenet era muy perspicaz.
Su rostro, que parecía adivinar lo que yo iba a preguntar, mantenía esa sonrisa amable de siempre.
Si les dijera a los guardias que protegen la muralla que este es el mismo hombre que hace poco estaba cubierto de sangre y envuelto en vendas, dudo que alguien me creyera.
Sin darme cuenta, retiré la mirada que había estado recorriendo su cuello y sus hombros con una fijación casi obsesiva.
—Ya veo. En vez de ponerse a actuar como Adrian Rubeche a estas alturas, esto resulta mucho más inteligente.
Básicamente, se le estaba dando al Emperador una excusa oficial para intervenir, así que no tenía motivos para negarse.
Había demasiadas pruebas en contra de la Torre de Magia y, como el barón fue quien pidió ayuda primero, incluso tendría margen para considerar algún tipo de atenuante.
¿Había existido otro caso donde se criaran bestias mágicas bajo el pretexto de ‘experimentar’?
Que yo sepa, probablemente no. Una bestia mágica era una calamidad que debía ser eliminada apenas se descubría.
Si esto llegaba a oídos de todo el Imperio, sería una vergüenza de la que nadie escaparía. Saldría gente cuestionando incluso su título de señor feudal, diciendo que arrojó a su propio pueblo a las garras de la muerte.
De pronto, recordé lo que el barón le dijo a Tenet el primer día que llegamos y me sentí extraña.
—Hay algo que no termino de entender. ¿De verdad el barón cedió estas tierras por voluntad propia?
—Eso parece. Me confesó que, como en ese entonces su situación era tan precaria, cree que se volvió loco por un momento. Parece que estaba demasiado ocupado resolviendo sus problemas inmediatos con el pago que recibió a cambio de las tierras. Además, se le había asignado la mayor tasa de distribución de las piedras mágicas.
—…….
—Pero parece que la deuda con el Duque era un asunto aparte.
Me quedé ahí, con la mano apoyada en la quijada, mirándolo con desdén.
—¿De casualidad tiene alguna idea de qué trataba esa deuda?
—…… Bueno. Como bien dice la señorita, esto es solo una suposición.
—Hable de una vez.
—Resulta que el hijo del barón, Kamal Dyer, murió envuelto en la tiranía de Anterior Duque Climpote.
Anterior Duque Climpote. El hermano del anterior Emperador y, por lo tanto, el tío del actual.
Era alguien a quien yo había visto con demasiada frecuencia cuando era niña. Un adulto paranoico y de mirada severa.
Esa era toda la impresión que guardaba de él.
Sin embargo, Anterior Duque Climpote era más famoso por su muerte extraña que por sus fechorías en vida.
Oficialmente se dijo que fue un accidente, pero en algunos círculos se rumoreaba que fue asesinado por alguien que le guardaba un rencor profundo.
—Entonces usted cree que el barón tuvo algo que ver con la muerte del Duque.
—Como usted dijo, es solo una suposición.
Si los rumores sobre él eran ciertos, el barón no sería el único con motivos para odiarlo.
Anterior Duque Climpote era también uno de los miembros de la familia imperial que más le estorbaba a mi padre.
Tal como decía Tenet, eran meras conjeturas.
Pero ¿por qué podía imaginarme tan claramente a mi padre ayudando al barón a cobrar su venganza solo para sacar provecho propio?
A decir verdad, era porque ya lo había visto hacer eso antes.
Endeudar a la gente para manipularla a su antojo era uno de los métodos favoritos de ese hombre que llamo padre.
—Está bien. Al final todo esto no pasa de ser una ‘suposición’. Entonces, ¿cuándo piensa irse a la capital?
—No iré. Acabo de enviar una carta a la capital.
Eso significaba que alguien enviado por el Emperador vendría aquí en lugar de Yuri Tenet.
Solo de pensarlo me sentí algo incómoda.
‘Ah’. Solté un suspiro sin intentar ocultarlo y levanté la cabeza. Mis ojos se encontraron con sus ojos azules, que me observaban fijamente.
—¿Tiene algo que decir?
—Es que me preguntaba si se sentía decepcionada porque no voy a regresar.
No le respondí.
Me negaba a confesarle que incluso había llegado a imaginar que usted me llevaría con usted a la capital; odiaba tanto admitirlo que preferí quedarme callada, solo mirándolo.
Esa mirada suya, que escudriñaba mi expresión con insistencia, decayó con desánimo.
Sí. Tenía toda la cara de alguien que se había dado por vencido.
Lo miré sin mucha emoción, contemplando esa expresión suya que siempre ponía cuando estaba acorralado y que despertaba compasión en cualquiera.
¿Cuántas veces habré caído ante esa cara sin darme cuenta?
—No. No estaba pensando en eso. Y si lo hubiera hecho, no sería decepción, sino todo lo contrario.
‘Aunque me muero por preguntarle por qué se empeña tanto en quedarse a mi lado, arruinando su propio futuro’, era lo que seguía en mi mente.
No existe la entrega sin condiciones.
Incluso el caballero más necio, que sirve fielmente a pesar de los maltratos, siempre espera una palabra de confianza de su señor.
—Así que…….
Ahora que confirmaba que no tenía segundas intenciones, me resultaba aún más incómodo tratar con él.
Sentía que estaba acumulando una deuda emocional que jamás podría pagar.
Aun sabiendo que todo eso nacía de su afecto unilateral y de esa sobreprotección suya que simplemente no logro comprender.
‘Afecto’.
Me sorprendió un poco haberle puesto nombre a ese sentimiento casi sin darme cuenta.
—Es solo que… me parece que salir en dos días es algo muy apresurado.
—Creo que es mejor partir antes de que el clima empeore. Lamento no haberle pedido su opinión antes.
Como siempre, se mostraba amable y respetuoso, pero también tenía ese toque de firmeza.
Tenía esa cara de terquedad que ponía cuando daba excusas sin sentido, como decir que lo hacía para que yo no sufriera.
En lugar de quejarme, simplemente negué con la cabeza.
—No se preocupe. Entiendo. Mañana será un día muy movido en todo caso.
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Como era de esperarse, apenas se enteró de la noticia, Adrian Rubeche envió un telegrama que era casi un grito de auxilio, pero Tenet lo ignoró con total indiferencia.
Aunque Adrian no lo supiera, su insistencia solo nos daba más razones para irnos lo más rápido posible.
—Me enteré de la noticia. Dicen que parten mañana mismo.
—Sí. Consideramos que, para que el caballero Tenet se recupere bien, necesita tranquilidad mental y física.
Recité con frialdad la excusa que Tenet me había dado el día anterior.
Ruth me miró por un momento con una expresión extraña, como preguntándome si yo de verdad pensaba eso.
Podía leer sus pensamientos claramente, pero me limité a sonreír como si no me diera cuenta.
—…… ¿Eso… es algo con lo que la señorita también está de acuerdo?
—¿Perdón?
—Ah, no. No es nada. ¿De casualidad tendrá un momento más tarde para hablar conmigo?
En lugar de aceptar de inmediato, lo miré con preocupación. Últimamente, Ruth andaba tan ocupado que casi ni se le veía la sombra.
Su semblante se veía peor incluso que cuando nos cruzamos hace unos días en el pasillo.
Debido al rápido deterioro de la salud del Barón, Ruth estaba saturado aprendiendo a manejar los asuntos de la propiedad como su representante.
Desde que los empleados se enteraron de la situación, la presión sobre sus hombros solo había ido en aumento.
—Sí, claro. Pero se le ve muy cansado, ¿se siente bien?
Parece que recién en ese momento Ruth se dio cuenta de la cara que traía.
El joven caballero, que había estado pálido todo el tiempo, se frotó la cara con la manga con determinación y respondió con energía:
—Ah, yo… estoy bien, no se preocupe.
Dos horas después, el escudero de Ruth vino a buscarme.
Siguiendo al muchacho, llegué a una sala de estar bastante amplia.
Tenía un aire tan tranquilo que me hizo pensar que no sabía que existía un lugar así en este sitio.
Apenas se abrió la puerta, Ruth se puso de pie de un salto para saludarme, pero se quedó mirando un momento con curiosidad a Tenet, que entraba detrás de mí.
Sin embargo, pronto recuperó su sonrisa de siempre y me saludó.
—¿Qué es esto?
Lo que me tendía era una bolsa pequeña que, por su aspecto, claramente contenía monedas de oro.
No preguntaba porque no supiera qué era, sino por el motivo de entregármelo así de la nada.
—Es la remuneración de la que le hablé antes. Por enseñarle a El, por ayudar con los asuntos del castillo… y por lo de los magos y la prevención de la avalancha…….
—…….
Lo miré fijamente mientras su voz se apagaba con incomodidad.
Sabía perfectamente qué era lo que iba a decir y prefirió callar, así que no vi necesidad de presionarlo.
—¿Lo decía en serio? Para ser honesta, no me lo esperaba.
—¡Claro que iba en serio! No soy un sinvergüenza. De verdad… estaba tan agradecido que quería retribuirle de alguna forma.
A estas alturas, rechazarlo hubiera sido una falta de respeto.
Y considerando mi situación actual, también hubiera sido una tontería de mi parte.
—No lo hice esperando algo a cambio, pero gracias.
Al recibirla, sentí que pesaba bastante.
Ruth me miró con una expresión algo rara, como si hubiera esperado que me negara.
Lamentablemente, parecía que no podríamos seguir conversando por mucho tiempo.
El mayordomo entró tras tocar la puerta y le susurró algo al oído con cuidado.
Me levanté rápido para no quitarle más tiempo.
—Parece que está ocupado, así que mejor me retiro. Nos vemos mañana.
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