Mi apacible exilio - 90
Tenía tantas cosas que decirle si lo veía, si por fin llegaba a soltar todo esto…
Pero al ver a ese hombre preguntándome si estaba bien, con una cara de preocupación genuina, las palabras se me quedaron atoradas. Por lo que conocía de él, no esperaba que me reclamara por haber dudado de él; más bien, pensé que pondría esa expresión de «me muero de la preocupación por ti» que tanto me desesperaba.
Sin embargo, no se veía arrepentido ni andaba con rodeos. Me miraba de forma fija, casi obsesiva. Como si, más que darme una respuesta, estuviera muriéndose por ver cuál sería mi reacción.
—¿Por qué me mira así?
Él desvió la mirada con total naturalidad, como si no hubiera pasado nada.
—… Es que, señorita… parece estar más entera de lo que pensaba.
No sé si decir que es terriblemente honesto hasta en momentos como este. Lo miré con desgana y luego solté un suspiro largo, sintiéndome sin fuerzas. No me importó que me llamara «señorita»; escondí la cara entre las manos y suspiré una y otra vez.
—No lo sé. Al principio no me cuadraba, así que no podía dejar de darle vueltas al asunto.
—…
—Para mí, esta no es la forma de actuar de ese hombre. Si de verdad hubiera tomado esa decisión, me habría usado de alguna forma antes de deshacerse de mí, por más que yo esté en esta situación.
El Duque tenía enemigos para regalar. Yo sabía perfectamente cómo él se deshacía de sus oponentes políticos: de forma astuta y cruel. Yo ni siquiera era su enemiga, y por eso sentía que todo esto había sido algo improvisado, algo que no terminaba de entender.
‘Esto no es propio de él’
me decía negándolo, pero pronto lo acepté.
—Después de eso, me dio mucha rabia. Me comparaba con Edward… pensaba por qué conmigo tenía que ser tan despiadado. Quería ir y arañarle la cara…
Esa cara que siempre me miraba con frialdad, sin una sola sonrisa.
—…. Si por mí fuera, le habría saltado al cuello para ahorcarlo.
—……
—Estaba tan furiosa que hasta me sentía mareada. De verdad… así me sentía.
—Señorita.
… Juraría que me sentía así.
Pero en medio de todo ese asombro, la rabia y el vacío, surgió un sentimiento que no encajaba, algo que ya había sentido antes. Esa emoción que me invadió apenas llegué a este castillo y me di cuenta de que ya no era nadie; después de la incertidumbre y la ansiedad del momento, apareció esa extraña sensación de ligereza.
“Simplemente no respondí porque ellos no preguntaron”.
Si tuviera que ponerle un nombre ahora, creo que sería «liberación».
—… Charlotte.
Estoy confundida. No necesito un espejo para saber que mi cara debe ser un desastre. Me quedé mirando mis manos frente a mí. Estuve a punto de esconderme otra vez entre ellas, pero levanté la mirada. Me encontré con los ojos del hombre que me llamaba suavemente por mi nombre.
—Como le dije antes, yo crecí de tal forma que no entiendo mucho sobre la relación entre padres e hijos.
—……
—Pero sé que no todos los padres son bondadosos ni quieren a sus hijos. He visto a montones de personas que no deberían ser padres siéndolo.
Su rostro se veía muy tranquilo y sereno. Tanto que me hacía sentir que yo era la que estaba haciendo un escándalo. Sus palabras, dichas con pausa, tenían sentido y eran dulces…
—Me duele que esté sufriendo así por culpa de ese tipo que no vale la pena.
Había algo de desesperación en su voz. Era como si se negara rotundamente a permitirme ni un segundo de tristeza. Escuchar este consuelo tan tierno me hizo pensar…
Sin darme cuenta, las lágrimas que me nublaban la vista se desbordaron y empezaron a caer. Resbalaron por mi mentón y gotearon en el suelo.
—… No es que me duela. Hace tiempo que perdí las esperanzas en él. Esto es solo…
¿Debería soltar todo este embrollo de emociones? ¿Contarle que, justo ahora que confirmo que me abandonó por completo, lo que siento es libertad? Al pensarlo, hasta el nudo que tenía en la nariz se me pasó. Con el rostro más calmado, me froté los ojos con la manga de forma tosca.
—Ya, déjalo ahí. Lo que quería preguntarte es……
—… Pregúnteme.
—¿Por qué nunca te explicaste?
¿Por qué no lo negaste desde el principio? A mí, que te llamé traidor y hasta te agarré del cuello; a mí, que te asfixiaba con mis interrogatorios cada vez que podía… ¿por qué no me diste ni una sola explicación? ¿Por qué?
—¿Por qué lo hiciste?
No te entiendo a ti, tanto como no entiendo a mi padre. Al menos tú, dame una respuesta que tenga sentido.
Mi llanto repentino no solo me sorprendió a mí, sino también a él. Pero fue solo un momento; pronto recuperó su actitud calmada, casi como si hubiera esperado que todo esto pasara. Esa mirada azul que me observaba con detenimiento parecía querer leerme el alma, y eso me generó un rechazo extraño.
Él, que guardaba silencio, abrió la boca despacio para responder.
—… Porque imaginé que se pondría así.
—…….
—Porque sabía que esto le iba a doler demasiado.
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Pasó exactamente una semana antes de que volviera a ver a Adrian Rubeche.
En mi caso, como no fui afectada por la energía maligna, tuve que pasar por varios procesos de revisión bastante fastidiosos antes de entrar al castillo. Pero para Adrian, que sí estuvo expuesto directamente, la cosa fue mucho peor. Sin embargo, como el clima se ponía cada vez más bravo y sus colegas insistieron varias veces en que un cuerpo contaminado no dañaba la tierra, por fin lo dejaron entrar a un edificio en las afueras de la fortaleza que, según decían, antes funcionaba como prisión de guerra.
Aunque ya no se usara para eso, el hecho de que fuera una antigua prisión decía mucho. Considerando que no solo Adrian, sino también Mariposa y Noah Germian estaban ahí, se notaba clarito la intención del Barón.
—Sir Tenet no me da respuesta.
Se llegaba rápido a la prisión si ibas en coche desde el castillo. Pensé que, como una forma de amenaza sutil, lo habrían metido de frente a una celda, pero cuando fui, vi que estaba en la habitación donde antes se quedaba el guardián. Al menos ese tal Adrian estaba en un lugar decente.
—¿Y?
—Dígale usted misma. Y la próxima vez que venga, espero que me traiga su respuesta.
Ni siquiera me había sentado todavía. Adrian, sin importarle si yo seguía parada o no, soltó todo lo que tenía que decir y luego me lanzó una mirada de reproche, como si yo tuviera la culpa.
—Oiga, ¿y por qué no vinieron juntos, para empezar?
—… ¿Tengo que recordarle que Sir Tenet estaba tan grave como usted?
—A estas alturas ya debe estar como si nada. Él es famoso entre los médicos; casi siempre dejan su tratamiento para el final porque se recupera solo.
—¿Qué cosa?
—Usted misma lo ha visto, ¿no? Odia con toda su alma que alguien le ponga la mano encima.
Que a él no le gustara es una cosa, ¿pero acaso no usaron eso como excusa para dejarlo al último? El médico de aquí también andaba comentando asombrado sobre su velocidad de recuperación, pero que lo traten así… Sintiéndome indignada, estuve a punto de reclamarle, pero me aguanté.
—Sir Tenet se está recuperando.
Lamentablemente, tal como Adrian sospechaba, era cierto que en ese poco tiempo ya había mejorado lo suficiente como para caminar sin problemas. Me dolió la cabeza al recordar las palabras de Tenet, diciendo que eso no era más que un rasguño y que solo había sido un poco de sangre. ¿Será que uno termina pensando así después de andar por lugares donde la gente se muere a cada rato?
—Más bien, parece que usted, señor Rubeche, ya se ve mucho mejor.
Dejando de lado los encargos, vine también para ver cómo seguía, porque la última vez que lo vi estaba mal de verdad.
—Es porque me han purgado todo el maná del cuerpo, varias veces.
—¿Entonces ya está bien?
—Todavía no. El sacerdote me chequea todos los días, pero dicen que va a tomar tiempo para que me limpie por completo.
—……
—Parece que mientras ustedes la pasan calientitos en el castillo, yo me voy a quedar a pasar el invierno aquí. Qué bien, ¿no?
La discusión entre los magos y el Barón se alargó tres días de forma pesada y sin llegar a nada. Se la pasaron gritándose, echándose la culpa y reclamando por los contratos incumplidos, además de pelearse de forma bien baja por la repartición de las Piedras de Maná. Al final, la cosa se calmó un poco cuando Adrian recuperó fuerzas y dijo que él mismo se encargaría del asunto.
Sin embargo, antes de que ellos saquen una conclusión, lo más probable es que el Emperador meta su cuchara aprovechando la oportunidad. Justo su mano derecha había sido testigo de todo y hasta terminó herido. Esa era la razón por la que Adrian Rubeche estaba tan desesperado por la respuesta de Tenet.
—No es así. Yo…
Pienso regresar antes de que llegue la tormenta de nieve. Quise decir eso, pero me callé. Todavía no había nada decidido.
Ya pasé por dos investigaciones largas con la excusa de aclarar los hechos. Toda la responsabilidad que mencionaba ese mago recaerá sobre Mariposa Ford. En cierto modo, para el nuevo Maestro de la Torre era la oportunidad perfecta para arrancar de raíz a los seguidores de Ismael, como Mariposa.
¿De verdad estaba bien echarle toda la culpa a ella? No es que quisiera defender las locuras que me hizo, pero había algo que no me dejaba tranquila.
—¿Mariposa todavía sigue negando lo de las bestias mágicas?
—… Bueno, sí.
Por un momento recordé a la bestia de ojos azules a la que le había agarrado algo de cariño, pero el pensamiento se desvaneció rápido. Adrian puso una cara de asco, pero no se le veía dudoso. Para él, ella era una maga que usaba artes prohibidas sin remordimiento. Lo más seguro es que cualquier defensa que ella intente sea rechazada.
—¿Esa era la idea de las artes prohibidas, no? Todo lo que sea mental, incluyendo lo que le hizo a Noah Germian.
—Sí. Lavado de cerebro, hipnosis, todo eso. El nuevo Maestro de la Torre les tiene tanto ojo a esas prácticas como a la ideología de Ismael.
Adrian respondió como si estuviera recitando lo mismo que ya habíamos escrito en las cartas.
—¿Y es posible que también puedan leer los pensamientos de alguien?
La pregunta se me escapó, siguiendo el hilo de lo que me daba vueltas en la cabeza. Sin importarme que Adrian me mirara levantando una ceja con desgana, recordé la conversación que tuve con Tenet hace una semana.
“O sea que, según usted, es mejor que yo esté ansiosa y desconfiada a que esté triste. Qué gran detalle de su parte, de verdad”.
Cada vez que lo confrontaba, él solía poner una expresión bien suya, entre desconcertado y dolido. Sin embargo, esa vez, el hombre se me quedó mirando con la cara lavada, sin un solo gesto, y me respondió:
“… No me puse a pensar en esa parte. Lo siento”.
Decía que lo sentía, pero su cara no decía lo mismo. ¿Será por eso que sentí esa extraña contradicción en su consuelo? Era obvio que se esforzaba por tratarme con una delicadeza que hasta me abrumaba, pero había algo…
—Ni se le ocurra decir esas cosas frente a esa mujer luego.
soltó él con voz baja, cortando de golpe mis pensamientos.
Adrian me observaba con una expresión bastante seria. Levanté la cabeza de inmediato.
—Es broma. Es solo que hay alguien que, por más que trato, no logro entender qué es lo que está pensando.
—Bueno, él siempre es así, ¿no? No le queda de otra que acostumbrarse.
Vaya, me entendió al toque.
Bueno, supongo que era obvio de quién hablaba. Me limité a parpadear sin responder, y por suerte, Adrian no insistió en el tema.
—Y bueno, ¿qué va a hacer ahora?
—Como le puse en la carta, voy a ver un rato a Noah y a su maestro, y de ahí me regreso.
—No, me refiero a su situación de aquí en adelante.
Adrian soltó la pregunta sin rodeos, pero se calló al instante con cara de «la fregué». A ver, no es que fuera raro que él se hubiera enterado, pero ¿acaso Tenet le habría contado santo y seña de lo que decía mi carta?
Cof, cof.
Adrian se aclaró la garganta de forma exagerada. Luego, tratando de hacerse el loco y fingiendo total naturalidad, preguntó:
—¿Tiene algún plan para el futuro?
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