Mi apacible exilio - 89
El hecho de que se favoreciera al primogénito que heredaría el título y se discriminara a los demás hijos era algo común en cualquier familia noble del Imperio. Pero en nuestra casa, eso se llevaba al extremo.
Incluso después de que Edward se fuera de la casa sin dejar ni una nota, para el Duque, él seguía siendo el único hijo capaz de heredar el título. De niña, no se me ocurrió cuestionarlo. Simplemente pensaba que era así porque el Duque nos lo había repetido con insistencia: Edward se quedaría con el título y yo sería enviada al Palacio Imperial. Ese era el destino que él ya había marcado para nosotros.
“Ese es el lugar de Edward”.
En cada rincón de la mansión ducal había un espacio reservado para él. Incluso después de años de su partida, todo se mantenía igual, listo para que él pudiera ocuparlo en el momento que decidiera volver.
¿Habrían guardado mi lugar si yo hubiera desaparecido como él? La respuesta era un «no» rotundo, sin necesidad de pensarlo dos veces. Fue recién cuando crecí un poco más que me di cuenta de que no era solo discriminación; él realmente me odiaba.
Había escuchado que, a veces, ese favoritismo llegaba al punto de despreciar al resto de los hijos. Ya fuera porque no querían repartir lo que el favorito podía recibir solo, o simplemente porque los otros hijos les parecían mediocres. Sea cual fuera la razón específica, desde ese momento renuncié a buscar el cariño del Duque.
Tal vez el hecho de haberme enamorado perdidamente de Caylus fue porque lo veía como mi refugio, mi vía de escape. El Duque podía ser cruel conmigo por sus sentimientos personales, pero al mismo tiempo era un hombre sumamente calculador. Por eso, había algo que todavía no me cuadraba.
Si fuera el Duque que yo conocía, lo lógico habría sido que me usara y me desechara de alguna forma, ahora que ya no soy «nadie». No intentar matarme así, como si hubiera estado esperando la oportunidad.
Mis pensamientos no duraron mucho. El tema de la discusión, que se había alargado innecesariamente, ahora había pasado a la propiedad de las Piedras de Maná. Estaba soltando una risita amarga al darme cuenta de que Adrian Rubeche también era un bicho raro, aunque en un sentido distinto al de Mariposa, cuando el Barón interrumpió al mago. Luego, terminó la conversación de manera unilateral diciendo que hablarían mañana.
—Según lo que nos ha mostrado, esa mujer ya no tiene nada que ver con esto, ¿verdad? Total, ha sido expulsada de su familia.
El mago le reclamaba con dureza al Barón mientras me lanzaba una mirada. Me daba risa cómo cambiaba de actitud tan rápido; antes me echaba la culpa de todo por sospechas y ahora me ignoraba. El Barón no le respondió al mago y solo hizo un gesto con la cabeza hacia Ruth. Ruth, que estaba sentado con el rostro rígido, se levantó de un salto y se llevó al mago afuera. A falta de contacto físico, aquello no se diferenciaba mucho de sacarlo a rastras.
—Usted quédese un momento más, señorita.
—No se le ve muy bien. Debería ir a descansar…
—Estoy bien.
Lo miré fijamente un momento y volví a sentarme. El rostro del Barón, que antes tenía un tono amarillento, ahora estaba pálido como un papel.
—Usted pensaba terminar con todo por su cuenta para luego dejárselo a Sir Ruth, ¿no es así?
—…….
—Bajo el plan original, pretendía usar esto como excusa para arreglar ese contrato inicial que estaba tan mal hecho.
Esos ojos de un gris turbio se clavaron en mí. Incluso después de un par de ataques de tos que parecían insoportables, su mirada seguía siendo penetrante, sin un ápice de debilidad. De todas formas, los planes del Barón se arruinaron. Primero por la variable llamada Yuri Tennot, y luego por la muerte, que lo venía persiguiendo más rápido de lo previsto.
—… ¿Por qué no le dijo al Duque que yo no estaba muerta?
Manchas rojas de sangre quedaron en su pañuelo. El Barón retiró el pañuelo ensangrentado como si no fuera la gran cosa y respondió:
—Simplemente no respondí porque ellos no preguntaron.
Desvié la mirada hacia Ollie, el sirviente que se acercaba. Su subordinado más fiel, famoso por ser de pocas palabras, miraba a su señor con el rostro desencajado.
—¿Desde cuándo supo que me necesitaba para deshacer la barrera?
—… ¡El Barón no lo sabía! ¡Al contrario, él no quería que usted se involucrara en eso!
El sirviente, que servía agua en las copas vacías conteniendo la respiración, intervino de pronto alzando la voz. No le reclamé por su falta de modales y continué:
—Si lo hubiera sabido, más bien se habría alegrado. No habría tenido que usar trucos para atraerla, como hizo con los magos.
—……
Esta vez, el sirviente, que estaba a punto de meterse de nuevo, cerró la boca. El Barón bajó la mano derecha que había levantado hacia él para callarlo.
—Tienes razón. Así debió ser.
—…….
El Barón le hizo un gesto al sirviente que seguía parado allí.
Él pareció entender solo con eso, pues se acercó a la ventana y la abrió apenas un poco.
—Le ruego me disculpe. Siento el aire muy pesado y parece que las palabras no me salen bien.
Recordé el rostro de Ruth, que se había visto confundido de principio a fin durante la charla.
—Me preguntó por qué no se lo dije al Duque; seré más franco con usted.
—…….
—Esa no es la forma de pensar de un padre normal, ¿no cree? De cierta manera, pensé que esto podría servirme como un as bajo la manga.
—…….
—Además, hubo alguien bastante imponente que me ordenó guardar silencio absoluto.
Me había dicho que liquidaría nuestra relación de forma limpia, pero era obvio que él no me creyó.
De hecho, solo con ver lo que pasó esta vez, el Duque les vio la cara tanto al Barón como a los magos, y se mandó con esa jugada de la barrera.
¿Acaso el Duque no habrá pensado en esa barrera al enviarme aquí?
Lo más probable es que, en su cabeza, él haya dado por sentado que ese experimento nunca existió, que fue borrado.
Independientemente de eso, él simplemente… me abandonó.
A un lugar donde alguien le debía un favor y no le quedaría más que obedecer sin chistar; un lugar tan alejado, en los confines del Imperio, donde podía deshacerse de mí en silencio sin miedo a que se corran chismes.
Simplemente porque todas esas piezas encajaban.
—Como sea, me quedé con la espina y quería conversar con usted.
—¿Sobre qué exactamente?
—… Sobre el hecho de que su situación haya salido a la luz de esa manera.
No me esforcé en ocultar mi risita amarga.
A estas alturas, venir con esa lástima… Realmente era de risa.
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Toqué la puerta suavemente y pronto escuché la voz familiar respondiendo desde adentro.
Click
Al abrir la puerta y entrar, Tennot justo estaba cerrando la ventana.
—… ¿La tuvo abierta todo este tiempo?
—Estaba ventilando un momento.
Recordé que alguna vez mencionó que no le gustaba estar mucho tiempo en lugares cerrados.
Ahora que lo pienso, cuando nos quedábamos en aquella villa, se podían contar con los dedos las veces que lo vi metido en su dormitorio.
Contrario a lo que decía, parece que la tuvo abierta bastante rato, porque el aire de la habitación estaba helado.
Tennot estiró la mano de inmediato para avivar el fuego de la chimenea.
Y cuando iba a jalar una silla cerca del fuego para mí, negué con la cabeza y le hice señas para que se fuera a echar.
—No estoy tan mal como para eso.
—¿Ah, no? ¿Y no fue usted quien hasta ayer fingía que no podía ni moverse para tenerme de arriba para abajo?
—¿De arriba para abajo…?
—Es una broma. Digamos que pidió cuidados bastante… específicos.
Él desvió la mirada descaradamente, como si recién ahora le diera vergüenza.
Como no lo negó, parece que él también era consciente de lo que hacía.
Me encogí de hombros.
—Úseme todo lo que quiera. Aunque no soy tan hábil como usted para hacer de todo en un abrir y cerrar de ojos.
Ya sabía desde que llegué que a él no le gustaba que nadie lo tocara.
A lo mucho, yo solo ayudaba a que no sintiera tanto rechazo cuando el doctor venía a revisarle las heridas.
Dicho así, de verdad parezco su tutora o algo así.
—¿De qué estuvo hablando con ellos?
Acerqué la silla a la cama y me senté antes de responder.
—Me querían echar la culpa de todo, así que fui a poner mis excusas. En el proceso, terminé enterándome de cosas que me daban curiosidad.
—…….
Me lanzó una mirada intensa, como exigiéndome que le contara más.
—Como eso de que usted asaltó el castillo del Barón antes de venir a buscarme.
—…….
—Y no solo eso, sino que de frente agarró del cuello a un sirviente para que lo llevara ante el Barón.
—Señorita, un momento…
—¿Y que ese sirviente resultó ser el mismo hombre que me trajo aquí?
Me preguntaba cómo diablos habría dado con mi ubicación si no era porque el Emperador lo envió.
Desde su perspectiva, lo más lógico era que yo estuviera en el castillo, por eso fue allá primero.
Recordé su rostro de aquel entonces, cuando llegó todo congelado de pies a cabeza, casi llorando mientras decía que si me quedaba sola en un lugar así, de verdad me iba a morir.
Inconscientemente, borré esa imagen de mi mente rápido.
Como sea, ahora todo encaja.
Por qué ese sirviente temblaba tanto antes de siquiera cruzar palabra con usted, y por qué el Barón estuvo tan agresivo con usted desde el principio. Todo.
—Y también…
Abrí los labios con calma.
—Ya sé quién fue la persona que me mandó aquí y ordenó que me dejaran morir.
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