Mi apacible exilio - 88
Se decía que Almen Dyer, el anterior barón, era una persona que irradiaba bondad. Le encantaba socializar, tanto así que en sus tiempos el castillo paraba lleno de gente hasta en el invierno más crudo. Al menos ese era el bisabuelo que Ruth Dyer recordaba.
Lamentablemente, esas virtudes no siempre hacían a un buen gobernante. Entre tanto invitado, de hecho que hubo gente que solo venía a vivir de él, otros que, fingiendo ser sus amigos, le veían la cara para llenarse los bolsillos.
Incluso ahora que el barón actual les cerró la puerta a esos sinvergüenzas que no perdían la costumbre de venir, para la gente del castillo la palabra ‘invitado’ seguía teniendo ese significado pesado y desagradable. Por eso, al ver a los huéspedes entrar al castillo con caras de cansados, las miradas volvieron a ser de pocos amigos. Ahora, incluso, se notaba una hostilidad evidente en sus dudas.
El regreso inesperado de esos invitados tan poco gratos, sumado a los chismes sobre la salud del barón, terminó de poner al castillo de cabeza. Sobre todo porque el rumor de que su estado era más grave de lo que se pensaba se corrió como pólvora por todo el lugar. Todos nos miraban de reojo mientras rajaban sobre la salud del actual señor, la preocupación por quién heredaría el puesto y cómo eso les afectaría a ellos.
En cierto modo, se creó el ambiente perfecto para manejar las cosas ‘por lo bajo’ sin que nadie se diera cuenta.
Esa era la primera vez que veía formalmente al barón desde aquella cena. Parece que los rumores no eran puro floro, porque el viejo tenía una cara de enfermo que no podía con ella. Nunca fue alguien que se viera muy fuerte, pero me sorprendió verlo tan pálido y con los cachetes todos hundidos.
Como Adrián Rubeche terminó como terminó, un tipo nuevo se presentó como el representante del grupo. Era el mismo que siempre se reía por lo bajo cada vez que Adrián me trataba mal.
—Usted tiene que hacerse responsable.
Fue lo primero que soltó el mago apenas se sentó, mirando al barón. Básicamente, decía que como todo pasó en sus tierras, él tenía que pagar una indemnización.
‘Pero si somos honestos, fueron ustedes los que se metieron a escarbar como si buscaran un tesoro sin pedirle permiso al dueño, ¿no?’, pensé mientras lo miraba con total desinterés, como diciéndole ‘tú también eres la misma nota’. Pero en eso, el barón abrió la boca y respondió tal cual lo que yo estaba pensando:
—Ustedes sabían perfectamente qué había ahí abajo. Lo mínimo que pudieron hacer fue avisarme.
—A mí más bien me sorprendió. Pensé que, como prometieron, la cosa ya estaba ‘limpia y sin rastro de nada’.
Ante ese descaro, el barón ni se inmutó y le respondió con una tranquilidad increíble. Todo era mentira. Recordé la charla que tuve con el barón mi primer día aquí. Esa actitud tan tibia que tuvieron con el tema de las bestias mágicas era, en realidad, porque ellos tampoco sabían qué hacer.
Los que firmaron el contrato no habrán querido arruinar estas tierras a propósito. Lo más probable es que todo fuera por una variable que no calcularon. Una variable. Que el segundo príncipe subiera al trono en lugar de Caylus, el primer príncipe. Si todo se fue al tacho por eso, entonces tenía sentido. Poco después de la coronación del nuevo emperador, el jefe de la torre mágica cambió. Los seguidores de Ismael, que eran los del contrato, desaparecieron por completo; y mi padre, que fue quien armó el trato o al menos puso la plata, seguro estaba escondido para que no lo limpien a él también.
—Agradezco que hayan venido a cumplir su promesa, aunque sea tarde. Es una pena que las cosas hayan terminado así. Si me hubieran avisado antes, yo mismo habría mandado gente.
dijo el barón, dándoles donde más les duele a los magos (el incumplimiento de un contrato) y tirándoles el dedo por haber hecho las cosas a sus espaldas siendo él el señor de estas tierras.
Miré al barón con curiosidad. Se me vino a la mente lo que Mariposa me sopló sobre el mercado negro. Al principio pensé que era mentira, pero… si todo esto fue fríamente calculado por ese viejo… Si él mismo atrajo a los magos y ya sabía que se iban a mover caleta sin decirle nada…
Miré a Ruth Dyer, que siempre paraba fuera de estas jugadas. Estaba en un rincón con cara de confundido, mirando a su abuelo que ni siquiera le prestaba atención.
—¿Y entonces por qué tenía a esa mujer con usted? Incluso nos la mandó en el momento preciso.
Como era de esperarse, me estaba tratando directamente como la enviada del duque. El mago estaba desesperado, tratando de echarle la culpa a cualquiera con tal de que le paguen algo.
—Fue decisión de la misma señorita. Además, no estaba en los planes que se quedara tanto tiempo…
dijo el barón mientras se limpiaba la boca con un pañuelo y me miraba.
Su mirada era extraña. Parecía indiferente, pero se notaba que sospechaba algo.
—Si vamos a ser exactos, yo diría que fueron ustedes los que me metieron en esto. Yo mismo me preguntaba por qué Mariposa Ford era tan pesada tratando de convencerme.
—¿Me va a decir que no sabía nada?
El diálogo se volvió un círculo vicioso.
—No. No sabía ni michi.
Ya me tenían harta.
—Recién me entero de lo de la barrera y de ese supuesto contrato y los experimentos.
—…….
—Es más, yo misma quería preguntarles algo. Porque, según tengo entendido, a mí me mandaron aquí directo a morir.
La cara de Ruth Dyer se puso bien rara por lo que dije.
—¿Y esto ahora de qué trata?
respondió el mago, perdiendo la paciencia.
Pude ver cómo el barón me miraba fijamente, con la cara totalmente seria.
—Si vamos a estar echándonos la culpa así, no vamos a terminar nunca. Valoro su esfuerzo por defenderla, pero seamos claros: todo este chongo se armó por esa mujer que tienen ahí con ustedes.
—Ford es…
—Incluso intentó usar a una bestia mágica para matar a la persona que más quiere el emperador. Ustedes no deberían estar preocupados solo por este problema.
Me acordé de la bestia a la que llamé Roy y a la que hasta le llegué a agarrar cariño. Tenet nunca me dijo exactamente por qué la bestia que me seguía terminó atacándome. Más allá de que eso sigue siendo un misterio, no pensé que terminaría usándolo a mi favor de esta manera. Al escuchar mis palabras, la cara del mago se puso pálida y se quedó tieso. Volteé a mirar al barón, que me observaba sin decir ni una palabra. Si mi teoría era cierta, para el barón yo también era una variable que no estaba en sus planes. Como ese experimento era algo turbio de por sí, seguro pensaban manejarlo caleta sin que el emperador se enterara. Incluso si me dejaban de lado a mí, mi sola presencia debía ser un grano en el cuello para ellos.
—Como sea, todo esto va a terminar llegando a oídos de Su Majestad el Emperador.
Me quedé mirando el asiento vacío donde debería haber estado Tenet.
—… Después de soltar todas esas tonterías, habla como si de verdad el asunto no fuera con usted.
En vez de repetirle en su cara de palo: ‘Ya te dije que mi destino era morir aquí’, solo pestañeé con total naturalidad. ¿De verdad pensó que lo que le dije a Tenet se iba a cumplir tal cual? Sea como sea, esto era la excusa perfecta para que el emperador le jalara la alfombra no solo a la torre mágica, sino también al duque. Incluso esbocé una sonrisa sarcástica, en eso me crucé con la mirada de Ruth, que me observaba con los ojos medios perdidos.
—Ya basta.
Volteé hacia donde vino la voz. El barón, que me había estado analizando con una mirada afilada y seria, hizo una seña hacia un rincón. Ollie, el sirviente que estaba ahí parado como una sombra, se le acercó. Recibió un susurro del barón y fue directo hacia el escritorio del despacho. Pareció buscar algo y luego regresó para entregárselo al barón. Era un sobre de color crema. Se escuchó el crujido del sello de cera seco al ser arrancado. Solo me bastó un segundo para reconocerlo. Era el sello de mi familia, el de la Casa del Duque de Fayril. Ese sello que ya me tenía harta.
—Si la señorita lo permite, se lo mostraré a este hombre.
Solté mis dedos, que estaban todos tensos y apretados. Al toque sentí las palmas de mis manos empapadas de sudor. Pero, por el contrario, mi cabeza se puso fría como el hielo.
—Si no le molesta, ¿puedo revisarlo yo primero?
—… Adelante.
Recibí la carta con calma. El papel también era el que usaba mi familia. Empecé a leer esas oraciones escritas casi al guerrazo, sin llenar ni la mitad de la hoja. Leí las palabras del duque, que incluso en un papel así, no perdía ese tono prepotente que lo caracteriza.
—…….
No me tomó mucho tiempo. No había ni saludos ni floro de cortesía; fue directo al grano. El contenido era corto y, por lo mismo, bien directo. Volví a pasar la mirada por la carta y leí las últimas líneas:
「Con esto, doy por cancelada cualquier deuda entre nosotros」
「No entierren el cadáver; quémenlo hasta que no quede nada」
Me quedé mirando esa última frase por un buen rato antes de apartar la vista y volver a doblar el papel. Luego, se lo alcancé al mago y le dije:
—Tenga, vea usted mismo.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com