Mi apacible exilio - 87
Escupió la sangre que se le había acumulado en la boca. Sentía un ardor insoportable en la garganta, como si alguien la hubiera arañado por dentro sin piedad.
Apenas vio ese cuadro, el sacerdote Johannes agarró al pequeño Yuri por la nuca con brusquedad y se lo llevó arrastrando.
A pesar de que el empeine de sus pies se raspaba contra el frío suelo de piedra y empezaba a sangrar, ni al que lo arrastraba ni al que era arrastrado parecía importarles.
Johannes levantó a Yuri y lo lanzó con violencia frente a Julius. Sentado impecablemente ante su escritorio, Julius levantó la cabeza en silencio para mirarlos.
Tenía el semblante pálido, como el de un muerto. Desde hacía un tiempo, la enfermedad que se había instalado en su cuerpo le había arrebatado primero ese color saludable que solía tener.
Johannes miró fijamente el rostro del Sumo Sacerdote moribundo y, como dándole una lección, recitó una por una las faltas del niño que acababa de traer.
Julius, como de costumbre, no reprendió a Johannes. Simplemente asintió diciendo que entendía y lo hizo salir.
El niño, que se veía en un estado lamentable, terminó arrodillado frente al anciano, quien no estaba en mejores condiciones que él.
El pequeño Yuri, con el rostro lleno de fastidio, cerró los ojos con fuerza. Sabía que Julius, como siempre, le apretaría las manos y empezaría con ese sermón obsesivo de toda la vida:
‘Mira todo con piedad y ama a todos. Pero no desees nada’.
‘Ten paciencia y comprende aquello que te causa dolor y tristeza’.
Julius, consciente de que su muerte no estaba lejos, lo obligaba a grabarse esas palabras a fuego, casi como si quisiera lavarle el cerebro a medida que su final se acercaba.
Lo que se reflejaba en los ojos grises del agonizante Julius era el ‘recipiente de Dios’ que regresaría tras superar largas pruebas y tormentos.
No veía a un pobre niño siendo maltratado.
Qué tonto fui, me tomó bastante tiempo darme cuenta de eso.
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Nuevamente sentí ese picor en la garganta. Sacudí el cuerpo con brusquedad para intentar expectorar lo que tenía atascado, pero en lugar de sangre, lo que salió fue una tos seca. Abrí los ojos con irritación. Cerca de ahí se escuchaba el chisporroteo de las brasas. También se oía el sonido aterrador de la gente golpeando las ventanas. Yuri observó a su alrededor con el rostro inexpresivo. Era la casa particular donde se estaba quedando con Charlotte.
—¿Despertaste?
Giró la cabeza hacia donde provenía esa voz familiar. Charlotte, que estaba sentada en una silla no muy lejos de ahí, se levantó como si hubiera estado esperando ese momento y se acercó.
—Por si acaso, me mantuve a una distancia prudente. Aunque sé que a ti no te afecta en nada, Sir.
Charlotte soltó aquello de la nada, sin que se entendiera bien a qué venía el comentario. Yuri no respondió de inmediato; solo la quedó mirando con ojos calmados. Ella lucía casi igual que cuando se marchó de aquel lugar. Tenía el cabello más revuelto de lo normal, todo despeinado, y se le notaba el cansancio en la cara.
Yuri recibió un vaso con agua tibia. Se limitó a sostenerlo mientras la observaba en silencio, como examinándola, pero a Charlotte no parecía importarle si él bebía o no, o si la miraba; simplemente se quedó contemplando por la ventana con el rostro sumido en sus pensamientos. Más allá de lo fatigada que se veía, su mirada estaba tan afilada como una cuchilla recién amolada.
—Sir Dyer trajo a un médico de otro pueblo. Es probable que, incluso cuando regresemos al castillo, ese hombre siga tratándote. Dijeron que el médico de la corte tiene que encargarse del barón.
Contó que el médico que trajeron se había ido a donde estaban instalados los magos.
—Ya han pasado varias horas…
—¿A qué se refiere con eso de que no me afecta?
—…….
Charlotte no respondió enseguida. Se quedó mirando a Yuri un buen rato con el rostro endurecido y luego retrocedió unos pasos, tal como había estado antes. A Yuri eso no le gustó para nada.
—Es que estuve expuesta a la energía maligna por mucho tiempo. Por eso Adrian Rubeche está aislado. En teoría, yo también debería estar con él, pero…
—¿Qué fue lo que vio allá adentro?
Aunque la interrumpió en seco, Charlotte no se mostró sorprendida ni desconcertada. Yuri escuchó en silencio el relato que ella iba soltando con calma. Dijo que, efectivamente, ese lugar desagradable era la entrada. Sin embargo, el duque, junto con el mago que lo seguía, habían hecho una ‘jugada’ con una barrera de sangre para que solo él pudiera entrar y salir. Y que, para deshacer dicha barrera, se necesitó la sangre de la propia Charlotte, por ser de su linaje.
Y contó que, una vez dentro, se topó con experimentos mucho más atroces de lo que imaginaba. Al parecer, realizaban experimentos impensables: utilizaban la energía maligna que emanaba de las bestias mágicas para fortalecer las piedras de maná. Y dijo que, ahí dentro, se enfrentó cara a cara con la bestia en cuestión.
—Parece que Mariposa Ford pensó que esa cosa ya estaba muerta y desaparecida, pero no fue así. Seguía viva, de una forma espantosa.
Dijo que Adrian Rubeche no pudo soportar la energía que emanaba esa cosa; empezó con arcadas y terminó escupiendo sangre. Charlotte relató que, tras la caída del mago, se dio cuenta de que esa horrible bestia detestaba la luz, así que reunió los restos de magia de luz y los metió a la fuerza dentro de las piedras de maná que quedaban. Cuando la bestia derribó la linterna, todo quedó sumido en la oscuridad. Por suerte, podía distinguir lo que tenía enfrente gracias a la tenue luz que brotaba del pedazo de piedra que tenía en la mano.
De pronto, esa cosa abrió las fauces y le engulló desde la mano hasta el codo. No sintió dientes aterradores ni un dolor como si le estuvieran moliendo la carne. Como la bestia se quedó quieta en ese estado, ella rompió de golpe la piedra de maná que sujetaba. Una luz tan brillante que cegaba estalló de porrazo y la bestia reventó al instante. Para ser exactos, se hizo cenizas ahí mismo.
—A los magos…
—No creo que sea necesario decirles nada.
Charlotte lo miró con una expresión extraña.
—De todos modos, como soy la única que está así de ilesa, ni siquiera quieren escucharme bien. Creen que arrastré a Adrian a propósito. Que todo esto fue mi plan desde el comienzo.
Charlotte frunció el ceño sintiendo una punzada de dolor de cabeza. Ruth Dyer intentando mediar la situación entre los magos que gritaban, los rostros asustados de los soldados… Todo eso le vino a la mente a la vez, revolviéndole la cabeza antes de desaparecer.
—¿Usted me cree?
—Por supuesto.
—… Entonces, ¿usted sabe por qué yo estoy así de bien, Sir?
—Hasta hace poco vivía con una bestia mágica en brazos, ¿no? Debe ser por eso.
—Roy no es una bestia común.
—Tiene razón a medias. Aparte de eso, solo queda que la señorita tenga una constitución especial como la mía.
—Eso tiene menos sentido todavía. Lo primero es más creíble.
Por suerte, Charlotte no profundizó en las palabras de Yuri, ni vigiló su expresión con la agudeza de siempre. Claro, ella tenía un cerro de cosas en qué pensar además de eso. Con el rostro mucho más calmado, Charlotte soltó su muñeca, la cual había estado acariciando repetidamente.
Yuri podía adivinar sin mucha dificultad la razón por la cual esa bestia no pudo dañar a Charlotte. Tal como el mundo del ‘más allá’ no le hacía daño a él, sino que le daba la bienvenida, también se había portado generoso con Charlotte, la única persona a la que él le había entregado su corazón. Exactamente igual a lo que él mismo había creado cuando era niño.
Mientras él estaba sumido en sus pensamientos, Charlotte se acercó de nuevo y se sentó a su lado. Él sonrió complacido, a lo que ella respondió con un leve suspiro.
—Probablemente el médico no venga hasta que amanezca. Los magos lo tienen retenido.
—Con estos cuidados me basta.
—… Ya veo. El médico decía que usted es de esa clase de gente que sobreviviría aunque lo tiraran a una jaula de osos.
Lo decía con una cara de total desaprobación. Yuri miró con cierta curiosidad el entrecejo fruncido de Charlotte. Ella miró de reojo a Yuri, que estaba tan campante en vez de estar quejándose después de semejantes heridas. Siendo así, era difícil llevarle la contraria a lo que dijo el médico.
—Aun así, tengo que cambiarte este vendaje.
Yuri entendió de inmediato a qué parte se refería y se tocó la venda envuelta en su hombro izquierdo. Era el lugar que esa bestia había mordido con saña una y otra vez, buscando su cuello. Yuri recordó a la criatura que se había ocultado en las sombras de los magos para salvar su vida. Probablemente no se dejaría ver por un buen tiempo.
El vendaje empapado en sangre se fue desenrollando. Charlotte tomó con naturalidad la venda que él tenía en la mano y esparció sobre la herida expuesta un polvo blanco que le había dado el médico. Debía ser un cicatrizante. El rostro de Charlotte se puso rígido, pero esta vez por un motivo diferente al de antes. Y es que la herida que quedó a la vista, para cualquiera que la viera, no parecía para nada la marca dejada por una cuchilla.
—Pero qué demonios es esto…
Sin importarle que ella se hubiera quedado helada a mitad de la tarea, Yuri tomó con naturalidad la venda que Charlotte sostenía y empezó a envolverla él mismo. Recién entonces levantó la mirada. Vio la mano de Charlotte suspendida en el aire, en un gesto torpe, como si se hubiera quedado a medias en su intención de ayudar. A Yuri no le importaba si ella tenía dudas sobre su herida o no. Simplemente tomó el extremo de la venda y se lo puso otra vez en la mano a Charlotte.
—Por lo visto, ya terminó.
—Solo falta envolverla.
—Será mejor que lo haga usted misma, Sir. Yo solo…
—¿Podría hacerme el nudo?
Charlotte se le quedó mirando un momento a la cara, ante ese pedido tan fresco de Yuri.
—De verdad que no sé si eres ingenuo o si te haces el santito.
No parecía que lo dijera esperando una respuesta. Sin decir palabra, Charlotte tomó ambos extremos de la venda y los amarró con firmeza.
—… ¿Por qué no me preguntas nada después de lo que escuchaste?
Estaban muy cerca el uno del otro. Charlotte lo miraba con el rostro desencajado mientras hablaba en voz baja. No era la expresión de alivio que él había visto antes de cerrar los ojos. Esto era, sin duda…
—Te estoy preguntando por qué no dices nada. ¿Acaso con que esté a salvo ya es suficiente para ti?
—No. Yo…
—En lugar de decirte que no estorbaras, debí decirte que simplemente no te metieras.
—Señorita.
A simple vista parecía enojada, pero su rostro también se veía como si fuera a romper en llanto en cualquier momento. Y el objeto de su ira no era Yuri, sino ella misma, Charlotte.
—No quería involucrarte de esta manera.
Recién ahora Yuri podía leer sus sentimientos por completo. Era culpa. Por culpa es que ella no se había atrevido a acercarse y se había portado con una cautela que llegaba a ser hiriente. … Al menos por ahora.
Yuri se quedó mirando fijamente el rostro de Charlotte, encendido por la emoción contenida. Ese muro de hierro de ella, que cada cierto tiempo sacaba garras y sospechaba de él, se estaba desmoronando. Sintió esa extraña euforia de antes haciéndole cosquillas por dentro, pero al mismo tiempo, una ansiedad le recorrió el cuerpo desde los pies.
‘… ¿Hasta dónde habrá descubierto?‘
La rabia contra el duque, ese hombre que había venido hasta este lugar para mandar a su propia hija al matadero, también empezó a asomar la cabeza. Al mismo tiempo, recordó el rostro del barón, quien al igual que esos magos arrogantes, se había quedado callado hasta el final. Era esa sensación que lo había consumido antes. Al ver a esa gente que solo hablaba para su propio beneficio, pensó: ‘Mejor sería matarlos a todos y acabar con esto’. Apenas lo pensó, esa sensación lo tragó por completo…
‘Sir, ¿le desagrada la gente?‘
Pero, a la vez, pudo salir de eso rápido gracias a las palabras de la mujer, que se las soltó como si le hubiera leído el pensamiento… Un apretón suave. El tacto de ella sujetándole los dedos lo hizo volver en sí. Yuri recordó de pronto que aún no le había respondido a Charlotte. Esa herida de mordida, independientemente de ella, era algo que él mismo se había buscado. En rigor, lo correcto era decir que ella estuvo en peligro por culpa suya.
Tenía que corregirla de inmediato para que no se sintiera culpable. Pero, al mismo tiempo, no quería hacerlo. Sentía que, tal como estaba Charlotte ahora, ella aceptaría cualquier cosa que él le pidiera.
—… Ese hombre que es mi padre.
—Señorita.
Sin embargo, lo que ella dijo a continuación lo hizo reaccionar al instante. Una mirada seca, cargada de desilusión, se dirigió hacia él. Yuri decidió cortar el tema antes de que Charlotte escarbara más en ese asunto.
—Esto no tiene nada que ver con ese problema.
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