Mi apacible exilio - 86
Recordé esas rocas que brillaban con un negro lúgubre dentro de las celdas.
Esa mezcla de energía maligna y cristales de maná… era una combinación que sonaba lógica, pero que estaba totalmente de locos.
Había que estar mal de la cabeza de verdad para pensar en usar esa oscuridad para fortalecer los cristales.
No pude evitar pensar en el trágico final de aquel gran mago del que decían que, tras andar vagando por el mundo demoníaco, terminó capturado por los inquisidores y con el cerebro lavado.
Viéndolo bien, este tipo había seguido sus pasos al pie de la letra; de tal palo, tal astilla, como quien dice.
—Si yo fuera usted, estaría feliz haciendo investigaciones sobre esto.
le dije alguna vez.
Claro, yo misma solté esas palabras.
Pero eso fue bajo la premisa de que, como ese hombre Tenet, a uno no le pasaba nada al exponerse a esa energía.
Levanté la mirada, que hasta hace un momento estaba fija en mis palmas llenas de rasguños.
Sujeté con cuidado el hombro de Adrian, que estaba echado, y me fijé en su cara mientras dormía con los ojos cerrados, bien sereno. Acerqué la punta de mi dedo a su nariz y sentí una respiración bien débil.
Recién ahí me tranquilicé, me alejé un poco y volví a sentarme.
‘El barón también está metido en esto, ¿no?’.
Recordé que Adrian lo había murmurado como si me estuviera preguntando algo obvio.
También se me vino a la mente la vieja mina de Hampshire, ese espacio sellado que guardaba restos de lo que fuera que pasó ahí.
A menos que fuera una tierra abandonada y sin nadie que la cuide, no tenía sentido que dejaran algo así en un lugar por donde la gente pasa todos los días. Había algo ahí que no me cuadraba para nada.
—¿Acaso tiene el hobby de coleccionar bestias mágicas?
—No.
Pensándolo bien, esas conversaciones del pasado habían sido bien sospechosas…
—No solo hay cosas grandes y bestiales. También hay pequeñas, como murciélagos o serpientes, que viven escondidas y sin hacer bulla. En lugares como cuevas donde no pasa ni el alma.
Los recuerdos me venían a la mente en total desorden.
Sea como sea que haya terminado el experimento, parece que no cerraron el asunto de forma muy limpia que digamos.
No sé exactamente cuándo el Duque e Elena Ford pusieron esa barrera. Como sea, por lo que dijo Mariposa, los magos reaccionaron como si les hubieran jugado chueco, y seguro el barón debe estar en las mismas.
A pesar de que ya sabía la verdad de toda esta vaina, las dudas seguían ahí y, para colmo, me sentía cada vez más asqueada.
Ya me lo imaginaba, pero ver con mis propios ojos las porquerías que hacía el hombre que llamo padre fue otra cosa.
Cof, cof.
Escuché una tos y levanté la cabeza, que tenía apoyada en las rodillas. Adrian empezó a toser fuerte mientras se sacudía, pero al rato se quedó callado como si nada. Me acerqué gateando para confirmar que seguía respirando y, solo después de eso, regresé a mi sitio.
En conclusión, el experimento fue un éxito, pero a la vez un fracaso total.
Dejé de mirar el piso y clavé la vista en esa cosa que se retorcía de forma grotesca.
Miren a esa criatura deforme y lamentable; ni siquiera se le puede llamar bestia mágica.
—¿Habrá sido así desde el principio?
Decirle ‘bestia’ le queda grande. Esa cosa, que ni forma de animal tiene, parece más un engendro o una aberración.
Adrian negó con la cabeza ante mi pregunta.
Dijo que al comienzo del experimento seguro usaron bestias pequeñas que podían controlar. Nada que ver con lo que me habían contado Tenet o el barón.
—Tal vez se fusionaron por algún efecto secundario…
Adrian lo dijo con dudas al principio, pero los dos pensábamos más o menos lo mismo.
—¿Sabe qué pasa cuando las bestias mágicas se devoran entre sí?
Mis pensamientos se cortaron en seco. Esa cosa, que estaba tranquila, empezó a moverse soltando un sonido asqueroso, como si algo burbujeara por dentro.
Me toqué el cuello sin querer mientras veía cómo esa vaina se retorcía no solo a nuestro alrededor, sino como si quisiera tapar hasta el techo.
Sentía el aire más pesado que antes, pero no me daban náuseas ni mareos como a Adrian.
Adrian, que se la pasó tercamente rechazando mi pedido de que se echara a descansar, recién a la cuarta vez se dio por vencido y se tendió en el suelo.
—… De verdad, ¿usted está bien?
Cuando me preguntó eso, yo puse cara de no entender y le dije que sí.
Y mi respuesta seguía siendo la misma. Desde que caímos aquí hasta ahora, me sentía sorprendentemente normal.
Capaz estoy en ese estado justo antes de explotar. Como un vaso lleno hasta el ras que, de un momento a otro y sin previo aviso, se hace añicos.
Moví mis manos casi por inercia para juntar los restos que quedaban en el suelo.
Entre todo eso, escogí los pedazos que tenían puntas y brillaban con un tono blanco.
Si este intento desesperado funcionaba, podría mover a Adrian hacia la entrada, donde la energía maligna no era tan fuerte; y si fallaba, bueno, no me quedaría de otra que esperar a los magos y rezar para que Adrian aguante el golpe.
Recordé que Adrian me dijo que las bestias con forma de animal tienen el mismo punto débil que los animales normales de la superficie.
‘¿Y cuál será el punto débil de este revoltijo de cosas?’, le pregunté. ‘Parece que no soportan la luz’, fue lo que me contestó.
De pronto, un hilo de energía pura empezó a salir, brillando en blanco.
Como ya estoy acostumbrada, lo enredé en la punta de mis dedos y armé un ovillo.
Tengo un montón de cosas que hacer cuando regrese. Para empezar, tengo que interrogar a varios, incluyendo a ese mago pelirrojo.
Y también tengo que hablar con Tenet.
Preguntarle por qué, sabiendo perfectamente que no era el Emperador, ni siquiera se molestó en negarlo.
Y después de eso…
—¿Acaso vivía usted sin tener algo así?
Tal vez pueda empezar a armar algo parecido a un ‘plan’, como hace Adrian.
Aunque no sea algo detallado, al menos pensar en qué hacer de aquí en adelante. Hasta podría ser divertido elegir las cosas que siempre quise hacer.
‘Lo que siempre quise hacer’.
Mientras lo decía para mis adentros, terminé de juntar toda la energía.
Como la superficie estaba bien pulida, el brillo se veía medio borroso.
Me levanté despacio.
Había una cosa más que no llegué a preguntarle a Adrian Rubéce.
Es una locura, pero sentía que ese engendro extraño no solo me tenía cuidado, sino que se portaba hasta ‘respetuoso’ conmigo. Sé que suena a que me falta un tornillo, y por eso quería preguntarle si él también lo veía así. Al final, me guardé la pregunta.
Vi de reojo que el engendro empezaba a moverse otra vez.
Vi cómo estiraba esas patas de diferentes tamaños, todas deformes, hacia Adrian.
Como ya se me había acabado la paciencia por todos lados, estiré la mano de un porrazo.
La cosa esa, como si se hubiera asustado, se movió toda loca para esquivarme, pero cuando me di cuenta, ya tenía sujeta entre mis dedos una de esas patas asquerosas.
Sentí esa superficie resbalosa que antes repelía el viento y las dagas como si nada.
… Me dieron ganas de vomitar.
Solté esa vaina fingiendo que no me importaba y esperé a que abriera la boca como hace un rato.
Esa cosa, que había retrocedido con dudas, volvió a enredarse en mi muñeca.
Me quedé mirando cómo subía por mi brazo con una lentitud que daba asco, y luego miré hacia adelante. Adentro de su boca abierta solo había una oscuridad que parecía tragárselo todo.
¡Bum!
Se escuchó el sonido de algo cayendo tras un golpe seco y, de pronto, todo se volvió oscuridad.
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Quizás por haber estado en tensión todo este rato, sentía la nuca toda tiesa y me jalaba feo. Ruth Dyer se masajeó el cuello mientras miraba de reojo, como quien no quiere la cosa. Recién ahora se atrevía a ver cómo estaba Yuri, quien se había quedado calladito ante sus palabras, muy distinto a ese aire amenazador que tenía antes. Yuri Tenet estaba bastante dócil. Incluso se quedó mirando sin decir ni muna cómo entregaban al pequeño mago que tenía de rehén y a su maestro al grupo de magos. Ruth lo miró de perfil y pensó que era todo un cuadro: estaba en un estado tan lamentable que uno se preguntaba cómo diablos seguía parado. De cerca, parecía que lo hubiera agarrado una bestia, lo que lo dejaba más desconcertado todavía.
—Sir Tenet.
Ruth se lo pensó un poco antes de hablar. Unos ojos mucho más calmados que antes se volvieron hacia él. Bueno, en realidad ese hombre había estado extrañamente tranquilo y sereno incluso en medio de todo ese chongo.
—¿En qué está pensando?
Yuri recorrió con la mirada a Ruth, quien ya no le tenía miedo ni andaba midiendo sus palabras, y que ya tenía toda la pinta de un caballero hecho y derecho.
—Es que me siento un poco arrepentido.
Ruth levantó una ceja y lo miró como apurándolo para que soltara lo que seguía. Yuri continuó con una cara que hasta parecía de aburrimiento:
—Es que se repite la misma situación de hace poco.
—…….
—Y me puse a pensar si no hubiera sido mejor dejarla ahí desde el principio.
—… ¿Cómo?
Era algo que no se entendía ni un poquito.
—¿A qué se refiere exactamente con…?
Por suerte, la pregunta atrevida que iba a soltar se quedó ahí. Detrás del mago, que tenía una cara de estar muerto en vida, el escudero de Ruth gritó:
—¡Es por aquí!
Ruth vio cómo Yuri pasaba a su lado como un rayo y se dirigía a zancadas hacia allá.
¡BUM!
Con un estruendo seco, la nieve de alrededor salió volando como si fuera humo. Tanto el escudero de Ruth como los magos que estaban cerca se pegaron un sustazo y se alejaron volando de la grieta. El mago no perdió la oportunidad de lanzarle una mirada de odio a Yuri. Se escucharon varias explosiones aterradoras seguidas. Ruth dejó atrás a los magos que estaban blancos del susto y se mandó detrás de él.
—¡Sir Tenet! Si dispara así a la loca…
—Ya no voy a usar más. Y mejor será que usted no entre, Sir.
Fue una respuesta bien calmada. Lo último que dijo sonó como si estuviera preocupado, pero en realidad era un: ‘No estorbes y lárgate de acá’. Ruth se hizo el que no entendía y lo siguió de terco. No caminó mucho cuando tuvo que taparse la nariz y la boca con la manga. A medida que entraba, un olor a rancio y podrido inundaba todo el lugar. Era ese mismo hedor a muerto descompuesto, igualito al del hombre que se mató al rodar por las escaleras.
Yuri caminaba a paso firme sin siquiera mirar a Ruth, que venía detrás aguantándose las ganas de vomitar. De pronto, Yuri se detuvo y miró al frente. Cuando el polvo que se levantó por la explosión se asentó, se vieron unas siluetas encimadas de forma poco natural. Yuri se quedó ahí parado como clavado en el piso, solo mirando hasta que la silueta llegó casi a su nariz.
—¡Milady!
Antes de que Yuri pudiera abrir la boca, Ruth se metió. Charlotte, que venía cargando a duras penas a Adrian, pasó por su lado como si estuviera esperando ese momento y se acercó a Ruth.
—Sáquenlo rápido de aquí. Está mal.
Parece que, aunque Adrian era bien flaco, le había pesado bastante. Apenas se lo entregó a Ruth, Charlotte casi se desploma y se sentó ahí mismo en el suelo.
—¿Logró averiguar lo que quería?
Recién ahí levantó la cabeza al escuchar esa voz seca que venía de arriba y vio a Yuri. Yuri se quedó mirando a la mujer, que se veía mucho mejor de lo que él esperaba. Casi sin querer, la repasó con la mirada buscando alguna excusa, y se dio cuenta de que, en el fondo, hasta se sentía un poquito decepcionado. Pero ella, sin tener idea de lo que él estaba pensando, lo miró con total naturalidad. Luego, levantó la mano derecha de costado.
Recién ahí Yuri se movió hacia Charlotte. Estiró también su mano derecha para ayudarla a levantarse, pero en ese instante… La fuerza con la que ella lo jaló hacia abajo no era nada del otro mundo, pero, qué gracioso, fue como si su cuerpo hubiera estado esperando eso porque se dejó caer de lo más fácil. Unos brazos delgados le rodearon el cuello y lo jalaron hacia ella. Sintió el aliento suave de Charlotte sobre su hombro derecho. Fue cortito. Antes de que pudiera reaccionar, Charlotte lo abrazó y se soltó en un abrir y cerrar de ojos.
Ese suspiro cargaba puro alivio. Al mismo tiempo era alegría y hasta un poquito de culpa. Fue un flash, pero después de ese abrazo rápido, llegó a ver que ella tenía la cara toda arrugada, como si estuviera a punto de llorar. Yuri se quedó mirando a Charlotte, que ya volvía a mirarlo como si nada hubiera pasado. Y en medio de todo, él sentía que se le subían los ánimos.
—Sir, ¿pero qué diablos le ha pasado a usted?
Era una sensación de euforia bien rara que no sabía de dónde venía. Después de quedarse mirándola un ratito, Yuri sonrió como siempre.
—Yo estoy bien. Más bien, me alegra mucho que usted esté a salvo, Milady.
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