Mi apacible exilio - 85
Hay días en los que, desde que uno se despierta, siente el ánimo por los suelos sin razón aparente.
Esos días, sin falta, algo termina estallando: o te accidentas, o pasa algo que te malogra el humor por completo. Ruth Dyer se levantó con esa sensación tan familiar como fastidiosa, se cambió de ropa al toque y salió de su habitación. ¿Acaso no se sintió así el día que su padre, quien se había ido del castillo, regresó convertido en un cadáver frío? Y aquel día en que casi muere atravesado por una lanza, también tuvo exactamente este mismo presentimiento.
Entre los sirvientes que ya se movían apurados desde la madrugada, su escudero se le acercó con cautela. Tenía la cara roja de frío, como si recién acabara de volver de afuera. Ruth se inclinó para prestar atención a lo que el muchacho, más joven que él, le contaba en un susurro casi imperceptible. Tras escuchar toda la historia, Ruth recuperó su postura firme y se quedó mirando hacia la nada, a lo lejos.
El joven escudero observaba la expresión de su señor, que parecía haber quedado medio aturdido. Ruth se quedó un momento con la mirada perdida en el aire, pero no tardó en dar media vuelta para subir las escaleras a paso acelerado. Su destino estaba clarísimo: la habitación de su abuelo.
Su abuelo le había repetido mil veces que no pusiera un pie ahí a menos que él mismo lo llamara. Eran las palabras que su abuelo —quien antes era estricto pero generoso a su manera— empezó a decirle con el rostro gélido desde hacía ya un tiempo. Se detuvo frente a la puerta, sin atreverse a entrar de frente. Estaba tratando de recuperar el aliento y justo cuando iba a tocar con cuidado, alguien habló.
—¿Joven amo?
Una cara conocida lo saludó. Para ser exactos, se puso delante de él para impedir que siquiera llegara a tocar la puerta.
—Tengo que ver a mi abuelo.
—Seguro todavía está durmiendo. Mejor regrese más tarde…
—A estas alturas ya debe estar más que despierto. Olly, ¿tú lo sabes mejor que yo?
Era un sirviente que incluso solía jugar con él cuando era niño. Ruth sabía perfectamente cuánto apreciaba y confiaba su abuelo en este hombre, a quien él mismo había acogido. No es que estuviera molesto en plan de ‘quién te crees que eres’, para nada. Pero le resultaba extraño que ese tipo, que antes paraba fuera del castillo haciendo los encargos secretos de su abuelo y al que casi ni se le veía el pelo, ahora no saliera para nada de la fortaleza. Solo era por eso.
En cuanto Ruth bajó la mano que todavía flotaba en el aire, el sirviente dio un paso atrás, al parecer más aliviado, aunque sin dejar de chequear sus reacciones. Acto seguido, Ruth agarró la manija de la puerta y, con un clic, la abrió.
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El viento gélido, como si tuviera filo, no dejaba de rasparle las mejillas. A pesar de haber nacido y crecido en estas tierras, el clima despiadado de cada invierno siempre lograba que se encogiera de frío. Cada vez que hablaba de su hogar, todos imaginaban por inercia montañas nevadas y frío extremo, pero para Ruth, su hogar era el verano. No ese invierno que te calaba hasta los huesos, sino un verano con ese frescor sutil que daba gusto vivir. Las flores del jardín que brotaban por doquier cuando el clima calentaba, y la gente que sonreía con sencillez entre ellas.
En cada lugar donde pisaban sus botas, la nieve se hundía dejando una huella clara. Entre las casas civiles abandonadas, las luces que parpadeaban se hacían más nítidas a medida que se acercaba. Unas siluetas que murmuraban entre sí se amontonaron alrededor de Ruth apenas lo divisaron. No quedaba ni rastro de su habitual actitud relajada, que a veces llegaba a parecer arrogante. Al final, el punto central de todo ese mar de palabras era uno solo. Que él solucionara esa situación aterradora que ellos ni se atrevían a tocar.
Justo en medio de un acantilado escarpado, había una hendidura profunda. Antes de entrar a la loca, puso la palma de la mano sobre ella y la deslizó con cuidado, tratando de calcular desde cuándo existía eso. Ruth finalmente puso un pie dentro de esa situación absurda de la que hablaban los magos.
—… Sir Tenet.
Ante su voz, que salió como un susurro bajo, el hombre que alguna vez fue su héroe levantó la cabeza y lo miró. No parecía estar muy sorprendido. Incluso daba la impresión de que sabía que vendría, o de que había estado esperando únicamente su llegada.
—¿Qué significa esto?
Ruth desvió la mirada hacia el joven mago que Tenet tenía bajo su bota. Al ser de su misma edad, le resultó familiar y lo reconoció al toque. El joven mago, que yacía desmayado, por suerte no parecía estar en peligro de muerte. Ruth volvió a mirar a Tenet, quien seguía presionándole el hombro con el pie.
—Sir Tenet, esto ya se pasó de la raya.
—¿Has venido sabiendo qué está pasando?
—… Hasta cierto punto. —¿Hasta cierto punto?
No era una pregunta para saber exactamente cuánto sabía. Solo lo murmuró para sí mismo, y su rostro tampoco mostraba una mueca de burla hacia Ruth. Como todo a su alrededor era sorprendente y desconcertante, Ruth movió los ojos con desesperación. Tenet, que tenía retenido al joven mago, también se veía en un estado alarmante, muy impropio de él.
Era ese olor a sangre que ya lo tenía harto. Ya había visto a ese hombre bañado en sangre una o dos veces antes. Pero… En el momento en que la vista de Ruth se posó en la herida horrible que asomaba entre su cuello y su hombro, se le cortó la respiración. A diferencia de otras veces, esa sangre era puramente suya.
Ruth, que no tenía forma de saber que esa herida la había causado una bestia, miró hacia el frente con el rostro desencajado. Una mujer que, postrada, dibujaba algo en el suelo con sus manos hechas pedazos. Tras confirmar eso último, volvió a mirar a Tenet.
—Estoy buscando a alguien. Usted también debe haber venido por eso, Sir.
Ese joven mago era un rehén. Ruth miró a Tenet con una expresión de total rechazo.
—Yo sé dónde está. Dígale que se detenga.
—¿No lo sabes todo, pero sí sabes dónde es ese lugar?
El héroe que nunca lo recibió con gusto, pero que en los momentos decisivos lo rescató de las garras de la muerte, ya no existía. De la misma forma, su hogar, aquel donde los jardines de verano eran hermosos y todo era paz, tampoco existía más. Ya no quedaba nada. O quizás, puede que nunca hubiera existido desde un principio.
—Sí. Lo sé.
No sabía de dónde había sacado el valor. Ruth sujetó al joven mago inconsciente por el hombro y lo arrastró fuera de los pies del hombre.
—Si no lo está disfrutando a propósito, deténgase ya.
—…….
—Encontrar lo que busca es lo primero, ¿no?
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—¿Ahora se ha puesto a rezar?
Me había quedado en una posición que parecía de oración, pero la verdad es que no me salían las palabras y simplemente me había quedado así, estática.
—Sí.
mentí, mientras volvía a enderezar el cuerpo para sentarme bien.
Levanté la linterna que iluminaba tenuemente los alrededores y la agité un poco. Ya me lo imaginaba, pero parece que el aceite se está acabando.
—Ojalá yo también pudiera, aunque sea, rezar.
—Puedo hacerlo por usted. Dígame qué quiere pedir.
—… Olvídelo.
Adrian, que me miraba con mala cara desde su lugar frente a mí, soltó un quejido y se dio la vuelta. En su nuca, que quedaba al descubierto, todavía se veían esas cicatrices espantosas. Él ni se inmutó, como si ya no le importara que las viera.
—Échese mirando hacia aquí. Si no, no puedo chequear cómo sigue.
Parece que entendió clarito a qué me refería. Soltó un ‘ja’, como si estuviera indignado, pero al poco rato se acomodó de nuevo para quedar frente a mí.
—No se preocupe, que morir como un perro en un lugar como este no está en mis planes.
—¿Acaso esas cosas se cumplen solo por planearlas? Si fuera así, yo también me habría armado un plan de vida con tiempo.
Adrian se me quedó mirando fijamente, sin responder.
—¿Vivió sin tener uno? ¿Pensó que con entrar al Palacio Imperial ya estaba todo dicho?
Seguro lo dijo intentando bromear. Si no fuera así, este hombre tendría un problema de personalidad bien serio. Por suerte, no era lo segundo. Me quedé mirando a Adrian, quien después de soltar esa broma de mal gusto para ‘romper el hielo’, me observaba de reojo como esperando mi reacción.
—Sí. Ahí se acaba todo. Mi plan de vida llegaba hasta ahí. Convertirme en Emperatriz como fuera, tal como quería mi padre. Después de eso…
—…….
—… Nunca me puse a pensarlo.
Sus ojos verdes me clavaron la mirada. Por un momento, solo por su apariencia, me hizo recordar a Caylus. Pero mientras más lo veía, más me daba cuenta de que eran distintos. Al menos, este hombre era mucho más humano.
—… Aunque no hace mucho que conversamos de verdad, pero…
—Dígalo.
Ya me esperaba que dijera algo como que soy más patética de lo que pensaba, así que esperé en silencio a que continuara.
—Me parece que usted no encaja en un lugar así.
Me quedé mirando a Adrian sin decir nada ante esa respuesta inesperada. Él, como si le diera roche lo que acababa de soltar, carraspeó por las puras.
—Y no me refiero al puesto de Emperatriz.
—Ya, entonces no entiendo a qué se refiere.
—Digo que, ya que iba a aspirar a un puesto así, quizás tenía otras opciones.
Esta vez lo capté al toque.
—El compromiso entre la familia imperial y la nobleza no es algo que yo pueda decidir. Mi compromiso con Su Alteza es, estrictamente hablando, un tema de intereses entre él y mi familia…
—… Ah, claro, me imagino.
respondió Adrian de forma cortante y se calló.
Si no me hubiera comprometido. De por sí, cuando era niña no tenía ninguna opción, pero si no hubiera habido compromiso… Igual habría tenido que casarme por estrategia con alguna familia de mi nivel, siguiendo las órdenes de mi padre. Y como el matrimonio se fue dilatando por ese dichoso concurso, a estas alturas ya estaría casada con alguien.
—Pensar en ‘qué hubiera pasado si…’ no tiene mucha gracia.
—Bueno, es cierto. Bastante chamba tenemos ya con pensar en lo que se viene.
Él mismo saca el tema y él mismo me da la razón al toque.
—Sí, así es.
respondí, en lugar de recalcarlo.
Hubo un largo silencio. Me quedé mirando con frialdad los restos que teníamos enfrente. Cristales de varios atributos desparramados por todos lados; rastros del esfuerzo que hizo Adrian Lubece para derrotar a esa cosa. Al lado, estaban tirados los fragmentos de piedra mágica que ya no servían para nada. Los aparté con la manga para que no se mezclaran.
Esa cosa que ni siquiera tiene forma definida y que ni se le puede llamar ‘bestia mágica’, todavía nos tiene en la mira. Para ser exacta, nos ha arrinconado justo en el centro y está esperando su oportunidad. Nos refugiamos donde caímos primero, porque la concentración de energía oscura era menor, pero ¿quién iba a pensar que nos seguiría tan caleta? Como todo está oscuro, pensé que eran solo sombras. Me quedé mirando cómo nos rodeaban en silencio, como si nos estuvieran cercando.
—Ya sé por qué le cae mal Su Alteza. Es por la Ley de Protección a los Magos, ¿no?
le hablé a propósito a Adrian, que seguía echado sin moverse.
Entonces, abrió esos ojos que tenía bien cerrados.
—No es solo por eso.
—…….
—Ya habrá visto qué es lo que tengo en el cuello.
—Sí. No fue mi intención mirar.
Soltó un resoplido, como un ronquido medio picón. Pero al instante volvió a ponerse serio.
—Es obvio, ¿no? Me lo hicieron en el lugar donde mis padres me vendieron. Por más que exista esa ley tan famosa, los magos no son dioses para saber todo lo que pasa en este imperio tan grande.
Aun así, no se olvidó de defender al grupo al que pertenecía.
—Al menos yo tuve suerte. Me rescataron rápido.
—Si no me equivoco, creo que lo vi en el periódico. Que no fue cualquiera, sino otros magos los que hicieron eso…
—Sí. Se armó un escándalo total.
Soltó un suspiro y se presionó el entrecejo.
—Por lo visto, no recibieron el castigo que merecían…
—Salieron libres al toque. Ahora trabajan bajo las órdenes de esa persona ocultando su identidad.
No supe qué responderle. Adrian tampoco parecía esperar una respuesta de mi parte. Lo único que podía decirle era un ‘lo lamento’ que sonaría a hipocresía, o la excusa de que yo no sabía nada.
Se escuchó el roce de la ropa y él volvió a darme la espalda.
—Ya me voy a dormir. Despiérteme apenas lleguen mis compañeros.
—Usted fue el que dijo que si nos dormíamos aquí, nos moríamos.
No hubo respuesta. En su lugar, mientras veía cómo su espalda subía y bajaba rítmicamente, levanté el pañuelo que estaba cerca de su cabeza. Tenía manchas de sangre roja. Lo doblé dejando la parte limpia hacia afuera y lo puse de nuevo en su sitio.
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