Mi apacible exilio - 84
Según lo que me explicó Tennot, el magi no es más que la cristalización misma del maná de alta pureza. Si no fuera por ese aura siniestra que emana de las tierras muertas del más allá, seguramente todo el mundo, sin excepción, se habría lanzado a investigar el magi. Incluso dejando de lado el caso del archimago Ismael, la razón por la que su estudio es un tabú era más que obvia: porque, de una forma u otra, te arrebata la vida. Ya sea que te consuma lentamente por una enfermedad o que, de la nada, haga que tu cuerpo explote.
Interesarse por el mundo del más allá es, en sí mismo, algo prohibido. Escuché con atención las palabras de Adrián mientras analizaba su rostro. Esa palidez azulada, ¿será solo por la impresión ante las atrocidades de sus compañeros, o será que el magi ya está empezando a corroerlo por dentro? El hombre no pudo seguir hablando; se encorvó y su cuerpo se sacudió como si fuera a vomitar. Pero como tenía el estómago vacío y no tenía nada que devolver, solo terminó escupiendo saliva.
—¿Puede ponerse de pie?
Al voltear a mirarme, su rostro gritaba que, pase lo que pase, no pensaba aceptar mi ayuda por puro orgullo. Sin decir nada, retiré la mano que le había extendido. El aire húmedo volvió a colarse por mi nariz y mi boca, que hasta hace un momento mantenía cubiertas siguiendo el consejo de Adrián. Si había una diferencia, era que aquí se sentía mucho más pesado respirar que en otros lados. Sin embargo, no sentía esas náuseas ni el malestar estomacal que aquel hombre sufría.
—¿Es necesario seguir guardando las apariencias hasta en un lugar como este?
Ante mi murmullo, él volteó la cabeza de golpe. Adrián me clavó la mirada, pero al toque la desvió de forma evidente.
—Qué amable es usted. Pero descuide, creo que todavía estoy bien.
—No debería ser así.
—Ya veo. Capaz que de un momento a otro exploto y me muero…
—…… ¿Qué dijo?
—Por si las moscas, mejor manténgase un poquito lejos.
Adrián, que me miraba con los ojos entornados como sospechando de mí, saltó espantado ante mi comentario. Así que esto es lo que se siente que sospechen de uno hasta por respirar. No pensé que me tocaría estar en los zapatos del otro de esta manera, pero bueno. Aunque no era exactamente igual; después de todo, yo sí le había contado a este hombre casi todo lo que podía. Lo que añadí fue medio en serio, pero Adrián me miró con fastidio, como si pensara que me estaba tomando todo a la broma sin entender la gravedad del asunto.
—A mí también me encantaría perderte de vista, pero…
Adrián se presionó el entrecejo, soltó un suspiro y me dijo que me quedara pegada a su espalda. Estaba tenso, temiendo que algún monstruo saltara de la nada. Mientras dejaba que Adrián fuera adelante, me puse a hurgar entre los restos tirados en el suelo para ver si encontraba algo que sirviera. Había pergaminos en blanco, restos de madera de lo que alguna vez fueron mesas o sillas, y entre todo eso, tuve la suerte de hallar una pequeña linterna. La sacudí suavemente y escuché el chapoteo del aceite adentro. Lamentablemente, parecía que no le quedaba mucho.
Adrián, que se estaba quejando de qué diablos estaba haciendo yo ahí atrás, no dijo más y pasó la llama que tenía en su palma a la linterna.
—¿Ya no va a usar lo de hace un rato?
—¿Acaso tienes idea del desgaste de maná que eso implica…?
se cortó en seco, interrumpiendo su tono quejumbroso.
Fue porque se escuchó un ruidito a lo lejos, como si algo se hubiera caído, provocándonos un escalofrío. Adrián puso la cara seria y de inmediato lanzó una esfera de luz blanca hacia allá. Era una luz mucho más grande y brillante que la anterior, tanto que me obligó a cerrar los ojos con fuerza. Tal como antes, la luz se desvaneció rápido. Incluso con los ojos cerrados, el resplandor fue tal que me hizo fruncir el ceño, pero pronto se disipó como una niebla grisácea.
—…….
—…….
No hacía falta confirmar qué era lo que teníamos en frente. Tanto Adrián como yo reconocimos al instante esa piedra que, de tan negra, brillaba de una forma que resultaba siniestra. La luz terminó de apagarse por completo. Sosteniendo la linterna, saqué una de las piedras de maná que tenía en mi bolso para compararlas. Normalmente, una piedra de maná debería ser de color azul o, a lo mucho, azul oscuro. Pero esa de allá…
—Ya veo. Las trajeron de aquí.
—Había una grieta en la pared.
—…….
—¿Va a recoger eso?
Su mirada, que estaba fija en el frente como si estuviera hechizado, se dirigió hacia mí.
—No, ahora eso es lo de me… Ugh.
No pudo terminar la frase.
Adrián, con el rostro mucho más pálido que antes, se tapó la boca.
Esta vez no me atreví a tocarlo como hace un rato.
—¿Se encuentra bien?
Adrián se quedó encorvado y en silencio un buen rato, como tratando de recuperar el aire, y al final solo asintió. Con la punta de los dedos, que le temblaban visiblemente, señaló hacia la grieta.
El mensaje era claro: al diablo con las piedras de maná, lo primero era salir de aquí.
‘¿Qué hay exactamente ahí dentro?’.
La puerta de rejas, que estaba toda descuadrada y maltratada, se abrió con un simple empujón.
Cualquiera se daría cuenta de que ese lugar servía para encerrar algo y hacer experimentos.
Sentí el frío metálico en la punta de mis dedos por un segundo antes de soltar la reja.
¿Poner unas rejas tan resistentes solo para guardar unas piedras? Si fuera por seguridad, las habrían escondido en un lugar más decente.
Y para empezar, el hecho de que esa piedra de maná se hubiera puesto así de negra…
‘Descuida’.
Recordé el rostro de ese mago pelirrojo que sonreía con tanta confianza.
Parecía medio zafado, pero no me pareció el tipo de persona que arriesgaría la vida por una piedra de porquería.
‘Ya debe estar muerto’.
Los cadáveres de las bestias mágicas no dejan rastro porque, al morir, se deshacen como si fueran humo. Entonces, ¿qué pasaba con el magi que llenaba este lugar?
Incluso siendo un espacio cerrado, que hubiera una concentración de magi tan alta como para hacer sufrir a un mago de ese nivel significaba que…
—…… Esa mujer se equivocó.
Iba a agarrar a Adrián del hombro para hablarle justo cuando estaba por entrar, pero no hizo falta. Él ya estaba encorvado de nuevo, con puras arcadas.
Se notaba que estaba mucho peor. Parecía que, mientras más se acercaba a ese lado, su cuerpo más lo rechazaba.
Puse mi mano en el brazo del hombre, que ni siquiera podía enderezarse, y lo empujé con cuidado. Fue un empujoncito de nada, pero terminó rodando por el suelo hacia un lado.
—¿Qué haces…?
—Es lo que quedó de lo que usaste hace un rato.
Vacié sobre el suelo los cristales de fuego que había recogido.
A estas alturas, creo que podría manejar el éter elemental hasta con los ojos cerrados. Quién iba a decir que terminaría usándolo tanto en un lugar como este.
Pasé la energía directamente a las piedras de maná de bajo rango que traía conmigo.
Al alejarse un poco, Adrián empezó a verse mejor. Me quedé parada a su lado, apunté al hueco de la puerta abierta y lancé la piedra con todas mis fuerzas.
¡Crac! El sonido de la piedra rompiéndose vino seguido de un chispazo naranja de fuego en el interior.
¡Iiiik!
Y ese chillido que te taladraba los oídos no lo escuché solo yo.
Adrián también volteó a verme con los ojos como platos.
El hombre hizo un esfuerzo por ponerse de pie otra vez. Yo agarré la linterna y lo seguí.
Parece que el fuego de adentro se apagó rápido. En su lugar, aquello que había recibido el golpe salió disparado desde el fondo.
Adrián se detuvo en seco. Yo, que estaba alumbrando hacia allá con la linterna, también me quedé tiesa.
—Un conejo…….
…… Un conejo.
Fue lo único que atiné a decir como una tonta.
Era un conejito bebé, del tamaño de una palma, de esos que ves en cualquier lado.
Lo raro era que tenía el pelaje negro, le faltaba una patita delantera y, sobre todo…
—¡Atrás!
Que el tamaño del hocico que nos abrió de par en par era algo totalmente fuera de este mundo.
No tenía dientes de conejo ni lengua ni nada. Por dentro, era puro vacío negro.
Un trozo de hielo salió disparado de la mano de Adrián, apuntando directo a la pata que le quedaba sana.
¡Iiiik! Con otro chillido, la cosa cerró el hocico y cayó de costado de forma casi patética.
Pero no duró mucho; al toque se compuso, se levantó y se nos quedó mirando con sus ojos negros.
Se me puso la piel de gallina. Yo pensaba que las bestias mágicas eran simplemente monstruos sin cerebro que devoraban todo lo que estuviera vivo.
Pero al verlo de cerca, esta cosa parecía mucho más…
Se nos quedó mirando sin moverse, pero pronto me di cuenta de que no nos quitaba la vista de la llama que bailaba en la punta de los dedos de Adrián.
Se quedó ahí parado, sin moverse ni un milímetro, analizándonos como lo haría cualquier depredador.
—Con uno así es manejable.
De pronto, recordé lo que decía Tennot: que las criaturas débiles suelen andar en manada.
—¿Y si allá adentro está repleto de cosas como esa?
—…….
—¿El tamaño de la bestia es proporcional a la cantidad de magi? ¿O es que esa cosita es tan fuerte para su tamaño que emana todo este rastro…?
Me callé de golpe. El bicho, que nos estaba midiendo con la mirada, simplemente dio media vuelta y desapareció de lo más normal hacia el fondo.
—Si fuera Mariposa, ya habría usado un hechizo de teletransportación para salir de aquí en un toque.
—¿Se supone que debo pedirle perdón por eso?
—No. Ya le dije que gracias por ayudarme. Esa mujer me habría matado aquí mismo para escapar ella sola.
—No sé si le sirva de consuelo, pero gracias al ritual que hizo Mariposa con su san… con su sangre, la barrera se rompió. Tengo un colega que es especialista en hechizos de rastreo, así que…
Su voz, que venía fluyendo tranquila, se detuvo en seco. Adrián cerró la boca y puso la cara dura, como si hubiera sentido algo. Un ruido siniestro rompió el silencio y llegó clarito hasta mis oídos.
Chic, chic.
Era el sonido de algo viscoso retorciéndose. Adrián volvió a lanzar una esfera de luz. Llegué a verle el perfil por un segundo y se veía mucho peor que antes. El sonido viscoso se detuvo. Pero apenas la luz se desvaneció, el ruido volvió con más fuerza y algo empezó a asomar por la grieta.
—…….
—…….
Ni Adrián ni yo dijimos una sola palabra. Lo miré de reojo como preguntándole qué diablos era eso, pero él tenía la misma cara que yo: nunca en su vida había visto algo así. Al principio pensé que era una sombra. Pero empezó a expandirse como si hubieran soltado tinta negra sobre un papel en blanco. Me quedé como hipnotizada hasta que un chillido me hizo reaccionar. Colgando de un extremo de esa cosa amorfa, estaba la bestia de hace un rato. Solo cuando logró pasar por la estrecha grieta, esa cosa mostró su verdadera forma. ¿Se le podía llamar «forma» a eso? Como sea, era lo más raro que había visto en mi vida. Parecía un pudín negro todo aplastado y deforme. Lentamente, empezó a jalar hacia sí al conejo que estaba atrapado en lo que parecían ser sus patas.
Esa cosa también tenía un hocico. Dentro de su superficie negra, había un interior todavía más oscuro. Apenas el pobre conejo negro fue succionado por ese vacío, el único ruido que quedaba desapareció por completo.
—Hay que aguantar.
dijo Adrián rompiendo el largo silencio.
Su cara estaba cada vez peor. Parecía que en cualquier momento se me iba a desmayar al lado.
—¿Me está escuchando?
Me volteó a mirar. Yo le respondí con toda la calma del mundo:
—Claro que sí. Es que estaba pensando intensamente en algo.
—¿En qué?
Recordé la puerta de madera que apareció de la nada en el aire hace un tiempo. Ahora que lo pienso, se me hacía conocida. Era igualita a la puerta principal de la villa que Tennot destruyó.
—…… En que ojalá apareciera un lugar seguro donde escondernos, eso pensaba.
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