Mi apacible exilio - 83
Una vez que recuperé la compostura, me fijé por fin en el estado de aquel hombre, Adrian. A simple vista, era evidente que no se encontraba nada bien.
—Solo me golpeé la espalda un poco.
Pensé que me soltaría algún comentario mordaz por quedarme mirándolo, pero respondió con bastante mansedumbre.
—No habría pasado nada si no me hubieras apartado de un empujón.
—… ¿Es que ya olvidó la conversación que tuvimos?
—Bueno, al menos gracias a eso le habrá quedado claro: esa mujer y yo no somos cómplices.
Hacia el pasillo la situación era algo mejor, pero donde estábamos parados todo estaba cubierto de polvo. Sacudí la capa grisácea de mis mangas y le pregunté:
—¿Puede caminar?
—Caminar no es un problema.
Al entrar en el pasillo, el sonido rítmico de sus tacones golpeando los azulejos resonaba con cada paso firme que daba.
—¿Así que dice que no sabe nada?
murmuró Adrian, que caminaba un paso por detrás de mí.
Respondí de inmediato con un simple «Sí».
—Entonces, ¿a qué vino realmente? Dice que no sabe nada, pero ¿acaso la tentaron las palabras de esa mujer?
—No. Vine por curiosidad. Me pareció que esto tenía algo que ver con mi familia.
Me miró con cara de incredulidad. Aparté la vista de él y volví a mirar al frente.
—También me preguntó por qué vine a este baronado. Para ser exacta, me enviaron. El mismo día que llegó el acta de anulación del compromiso, mi padre me ordenó empacar y marcharme a la mañana siguiente.
—¿Por qué el Duque haría…?
—Si me hubieran enviado con el mismo propósito que a ustedes, me habrían dado un trato mucho más digno. En cuanto llegué, me metieron en una ruina abandonada. Sin comida ni nada; la intención era que muriera allí mismo.
—… ¿Y por qué Sir Tenet está con usted?
—Porque él me buscó. Apareció al día siguiente de mi llegada y me dijo que quería servirme.
—… ¿Qué dice?
interrumpió Adrian, que hasta entonces escuchaba en silencio
—¿Espera que me crea eso?
—Si no quiere creerlo, no lo haga.
—¿Acaso ustedes dos son…? ¿Eran amantes desde antes? Se supone que usted…
—Tener un amante teniendo como prometido al príncipe del imperio… No soy tan audaz.
Miré de reojo a Adrian; su rostro reflejaba una confusión total.
—Sea como sea, gracias a él no morí de hambre y logré sobrevivir hasta llegar al castillo. Fue entonces cuando me encontré con ustedes. Me involucré porque sospeché que lo que buscan tiene relación con el Ducado.
—¿Solo por eso?
—Porque tal vez así pueda confirmar quién fue exactamente la persona que me envió aquí para matarme.
Me detuve en seco y Adrian me alcanzó al instante. Su rostro estaba pálido y esos ojos verdes mantenían su agudeza, pero su expresión se había suavizado considerablemente en comparación a antes.
Sin embargo, no parecía creer todo lo que yo decía. Podía ver esa desconfianza residual que no terminaba de disolverse. Adrian soltó un largo suspiro.
—Ahora, cuénteme lo que sabe.
—No estoy segura de qué quiere que le diga exactamente…
—Está bien. Entonces preguntaré yo. ¿A qué se refería Mariposa con «nosotros» y «ustedes»? ¿Y qué es exactamente lo que los magos de su bando hacían aquí?
Adrian no respondió de inmediato. Fue ralentizando el paso hasta que se detuvo por completo. Yo también me giré para quedar frente a él.
—Es un asunto que se dio por zanjado cuando el nuevo Señor de la Torre asumió el cargo.
Su intención de no querer revelarle nada a una extraña como yo era más que evidente. No obstante, terminó forzándose a continuar.
—¿Conoce a los antiguos Señores de la Torre? Especialmente al que fue famoso por ser el más infame de todos.
—¿Se refiere a Ismael?
—Veo que acertó a la primera. Sí. Debido a ese Señor de hace dos generaciones, el caos persiste hasta hoy. Es vergonzoso admitirlo, pero aún quedan aquellos que desean heredar la voluntad de Ismael.
—…….
Recordé la conversación que tuve anteriormente con Tenet. El Señor de la Torre, Ismael. El hombre que murió tras masacrar a otros magos en un ataque de locura en sus últimos años. Pero que, en realidad, fue un mago tan poderoso que se decía que incluso se infiltró en el mundo de los demonios en busca de un maná más grandioso.
—Me saltaré la historia del anterior Señor de la Torre. Ese hombre era un monigote, no pudo hacer nada. Sea como sea, el actual Señor fue quien asumió el cargo personalmente para intentar arreglar la situación.
Mencioné el nombre de Idun, el mismo que había visto en los periódicos. Adrian asintió.
—El Señor de la Torre se está esforzando por unificar todo de nuevo, pero…
Hacía apenas un momento que él había intentado marcar una línea diciendo que era un asunto «más o cual resuelto». Ahora, continuaba hablando con lentitud, como un niño obligado a confesar algo de lo que se avergüenza profundamente.
—¿Quién iba a imaginar que se estarían moviendo de forma tan organizada entre ellos? Que alguien que se hace llamar Señor de la Torre no hiciera absolutamente nada mientras…….
—Entonces…….
Resumí sus palabras con calma.
—Lo que me dice es que, mientras el anterior Señor solo ocupaba el asiento, los seguidores de Ismael aprovecharon para agruparse. El actual Señor está en proceso de arreglar ese desastre, y la razón por la que ustedes están aquí es…
—Sí. Para ayudarlo a lidiar con lo que esos sujetos han hecho.
—Y Elena Ford, que trabajaba para el Duque, también era parte de ese grupo de seguidores. —…
Adrian respondió con el silencio. Me di media vuelta y apresuré el paso de nuevo.
—Ustedes también deben estar ansiosos por no llamar la atención del Emperador. Por lo que veo, pensaban encargarse de esto discretamente.
Adrian no lo negó.
—Por eso reaccionó de forma tan agresiva al ver que Sir Tenet estaba conmigo.
—Como dijo Mariposa, no parecía que él la estuviera vigilando precisamente.
Seguramente pensó que incluso Tenet había sido engañado por una mujer y se había pasado al bando enemigo.
«¿Vas a traer a Sir Tenet y ordenarle que le sea sumiso a ese hombre?».
Había dos personas que me venían a la mente. Mi padre, que parecía estar involucrado de forma bastante directa en este asunto, y mi ex prometido, Kaylus.
—¿Por qué aquí?
pregunté en voz baja, casi para mis adentros. Adrian arqueó las cejas como si no me hubiera escuchado bien.
—Digo que no tiene sentido común. Si planeaban tramar algo, me pregunto por qué hacerlo en tierras ajenas.
—¿No será que el Barón también es cómplice?
Ante sus palabras, giré la cabeza bruscamente hacia él.
—Yo también estaba pensando en esa posibilidad. Me pareció que el Barón los estaba… ignorando a propósito.
Era evidente que, en esta tierra estéril, se estaba haciendo algo, y precisamente en un espacio que había sido ocultado con intención. De repente, recordé la piedra de maná de una pureza excepcionalmente alta.
—¿Es común que esas piedras de maná de grado superior aparezcan de forma natural?
—No, no lo es. Por eso vinimos, ¿no?
Seguramente ellos también sacaron sus propias conclusiones tras interceptar la carta que Elena le envió a Mariposa. ¿Acaso habían estado realizando algún tipo de experimento aquí?
Pensé en Ismael, el gran mago que murió miserablemente mientras perseguía un poder mágico colosal. A simple vista, no parecía que lo que nos esperaba fuera una situación precisamente agradable.
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No caminamos mucho hasta que apareció un pasaje que conducía a alguna parte. Adrian, habiendo terminado su relato, tomó la delantera con naturalidad y paso firme, así que lo seguí.
Recordé el rostro de Tenet cuando me dijo que no sabía nada sobre los magos, pidiéndome que le creyera. No parecía estar mintiendo. A juzgar por su comportamiento hasta ahora… si lo hubiera sabido desde el principio, habría fingido que ni siquiera le interesaba.
También recordé su rostro inexpresivo la última vez que lo vi. Esa cara que mostraba, sin filtros, una especie de resentimiento, como diciendo: «Si esto es lo que deseas…». ¿Qué debería decirle cuando regrese y lo vea de nuevo? ¿Que lamento haber dudado de él? Por supuesto que tendría que disculparme, pero…
—Deténgase.
Tan pronto como entramos al pasaje, Adrian levantó la mano para frenarme. Obedecí y me detuve de inmediato.
Era, tal como sospechaba, un espacio circular creado artificialmente. A nuestro alrededor, mesas y sillas estaban desparramadas en desorden, y viejos papeles que parecían ser pergaminos se encontraban dispersos por doquier.
Adrian, que estaba de espaldas a mí, soltó un quejido sordo y encogió el cuerpo.
—¿Se encuentra bien? Debe ser por el golpe de hace un rato…
Él rechazó con firmeza mi mano, que se había extendido por reflejo.
—… No. No es por eso.
Adrian, hablando con dificultad, se inclinó por completo y se tapó la boca con la mano, como si no pudiera contener las ganas de vomitar.
—… Locos desgraciados.
Murmuró con furia y de inmediato me ordenó que me cubriera la nariz y la boca con la manga. Hice lo que me pidió, sin entender qué pasaba.
—¿Pero qué… qué sucede?
Adrian se giró bruscamente hacia mí. Tenía una expresión como si estuviera viendo a alguien increíblemente indefenso e ingenuo.
—Es energía demoníaca (Magi). Si no encontramos la salida pronto, estamos muertos.
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