Mi apacible exilio - 82
El verdadero nombre de la bestia es Sol Agneta. Era un nombre que el dueño que lo rescató le puso con todo el cuidado del mundo. No tenía nada que ver con esos nombres puestos a la de Dios es Cristo, como ‘Roy’, que solo sirven para animales que viven mendigando el cariño de los humanos; lo suyo era de otro nivel. La bestia, Sol, recordó el rostro de la mujer que le puso ese nombre insignificante mientras le sonreía con bastante ternura. Luego, giró la mirada hacia el hombre que tenía enfrente, quien, a pesar de conocer perfectamente su nombre real, no hacía más que llamarlo ‘tú’. Aunque el nombre que le puso no le gustaba mucho, esa mujer sí le caía bien. Parecía que ya había criado animales antes porque sus manos eran bastante hábiles para tratarlo, y verla sonreír como si él fuera algo ‘lindo’ —a pesar de ser una criatura aterradora— le resultaba tan ridículo como placentero. En ese sentido, Sol sentía una lástima sincera por esa mujer, Charlotte.
—Ah… ugh…
La bestia, Sol, dejó de lado sus pensamientos y volvió a enfocarse en la escena cruda y desgarradora que tenía ante sus ojos. El cabello desparramado por el suelo era rojo como la sangre. Ese joven discípulo estaba haciendo un esfuerzo desesperado. Sin embargo, la magia que intentaba usar bajo la sombra de su maestro le quedaba grande; se veía torpe, como si se hubiera puesto una ropa que no era de su talla. En el fondo, Sol estaba sorprendido de que ‘eso’ no hubiera matado al pobre discípulo todavía. Comparado a cuando se conocieron, esto ya era un avance tremendo. Pero en cuanto el discípulo empezó a estorbarle y a rogarle con desesperación, lo mandó al suelo sin ninguna contemplación.
‘Eso’. ‘Ese desgraciado’. O ‘ese hombre’. Tal como él ignoró su nombre, Sol también se refería a él de esa manera, sin llamarlo por el suyo.
—Normalmente, los magos dejan de usar magia cuando les rompen las muñecas.
—…No. No…
—¿Tú también serás así?
Era una pregunta por puro compromiso. Antes de que pudiera salir una respuesta, la bota negra le aplastó los dedos, triturando cada hueso. Hacía nada que Charlotte había sufrido un montón por una herida similar en la muñeca. Ver cómo él destruía a alguien de la misma forma le provocó una risa burlona. Sol lamentó que esa mujer, tan dulce y desdichada, no estuviera ahí para verlo.
Incluso el jadeo agónico se fue apagando. El hombre miró con frialdad el cuerpo que yacía inerte a sus pies. Una sombra oscura cayó sobre el rostro lleno de lágrimas. Estaba a punto de aplastarle la cabeza con la bota. Sin embargo, de repente se detuvo, como si acabara de darse cuenta de algo. Entonces, volteó a ver a la bestia que estaba sentada detrás de él. Parecía haber recordado que no tenía tiempo que perder. Pero apenas hizo el amague de voltearse, Sol se le cruzó en el camino.
—Quítate.
La bestia, con la cola levantada de lo más normal, caminó en círculos alrededor del hombre.
[Si vas ahora, de verdad te va a odiar]
Le susurró al oído, como quien sabe perfectamente a qué le tiene más miedo.
[Mírate cómo estás. Se va a morir del susto]
Esa voz se le metía en la cabeza mientras se burlaba de él. El hombre lo miró con una cara totalmente inexpresiva. Al poco rato, abrió los labios apenas para decir:
—Tú lo que quieres es que ella se muera.
¿Qué diablos será eso que llaman amor? Sol, que nació siendo una bestia y que alguna vez sobrevivió oculto en las sombras de los demás, jamás podría entender ese sentimiento. Recordaba a su antiguo dueño, que en vez de maldecir a la diosa que nunca escuchaba sus oraciones, lloraba gritando que la amaba… y solo de verlo, Sol decidió que no quería saber nada del asunto. No conocía ese sentimiento tan grande ni le interesaba, pero de lo que sí estaba seguro era de que los sentimientos de ese hombre estaban muy lejos de lo que se considera normal. Esa obsesión que pasaba del cariño a la veneración, casi como un culto. ¿Qué diferencia había entre él y su antiguo dueño, que quería proteger a su diosa pero terminó arrastrándola hasta el fango donde él estaba?
[Ese olor asqueroso que sale de ti se ha vuelto más fuerte]
Los ojos que miraban a la bestia sin reaccionar estaban gélidos. Esos ojos azules, como cristales, brillaban con una intensidad feroz, como una cuchilla recién afilada.
[Has vuelto a abrir la puerta de ese lado, ¿no? ¿A que sí?]
Ese hombre no había cumplido ni una sola de las promesas que le hizo a la bestia. Parecía que se había vuelto manso tras conocer a la mujer, pero miren cómo se puso a perder los papeles la otra vez. Por mucho que dijera que no fue su intención, al final fue él quien terminó abriendo la puerta por su cuenta.
La bestia, Sol, recordó que hace apenas unos días estuvo a punto de arrancarle el cuello a Charlotte de un mordisco. Podría haberle clavado los colmillos en ese cuello delgado y matarla al toque, sin que sufriera. Esa era la forma en que Sol demostraba su consideración y su afecto. Fue un intento fallido y patético. ¿Por qué Dios les habrá puesto sentimientos hasta a las criaturas más insignificantes?
—…Ugh…
Desde atrás, donde todos hubieran jurado que ya estaba muerto, se escuchó un gemido muy bajo. Tenía una tenacidad que daba ganas de aplaudirle, pero al mismo tiempo, daba mucha lástima. Por suerte, el hombre ni se inmutó; ni siquiera lo miró. En cuanto él dio media vuelta para irse, Sol le volvió a cerrar el paso. Sin pensarlo dos veces, el hombre sacó la espada de su vaina. Agarró a la bestia del pescuezo, la levantó y le hundió el espadón de un tajo. Un chorro de sangre oscura saltó por los aires y salpicó todo el suelo. Sin embargo, la herida se cerró sin dejar rastro, como si nunca hubiera pasado nada, y las manchas de sangre se deshicieron en el aire como si fueran sombras.
[Si los dioses de verdad cuidan de ella, entonces estará bien].
Tras su intento fallido, la bestia Sol decidió dejarlo todo en manos del juicio divino. Si de verdad ese hombre tenía alguna posibilidad de redención, si como él decía, esa mujer era su única esperanza, entonces los dioses no la dejarían morir. El hombre partió en dos a la bestia, que volvía a arremeter contra él.
—¿Qué clase de dios es ese que solo ayuda cuando se le da la gana?
se burló el hombre apenas Sol terminó de hablar.
—¿Y a eso llamas ‘dios’? ¿A algo tan acabado que tiene que mandar a una cosa débil como tú?
Un gruñido bajo, como una advertencia, retumbó en el lugar. Incluso el pobre Germian, que estaba tirado a un lado aguantando la respiración, pudo escucharlo. Las sombras que se habían dispersado como humo se juntaron otra vez, creando la figura de una bestia mucho más aterradora que la de antes.
—Ya es demasiado tarde para que intentes matarme.
La mirada de la bestia era solemne, como si lo estuviera regañando, preguntándole si por eso había intentado matar a una mujer inocente. Sin más, Sol se lanzó al ataque y le clavó los colmillos en el hombro al hombre.
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Ese aroma que sentía en la nariz me era muy familiar. Era el olor de las flores que brotaban desde la primavera hasta el otoño, y que en esa época llenaban todo, desde el jardín hasta la mansión entera. Mi madre estaba sentada en medio de una nube de jazmines blancos. Por suerte, se veía sana, sin rastro de su enfermedad. Quizás por eso, su sonrisa al mirarme se sentía mucho más dulce y tranquila que de costumbre. Hacía mucho que no la veía con tanta claridad. Como siempre que me doy cuenta de que es un sueño termino despertándome, hice un esfuerzo por alejar mi conciencia lo más posible. Esa emoción que me apretaba el pecho se calmó rápido. Me quedé mirando a mi madre, que estaba sentada frente a mí, con los ojos perdidos. Ella me ofreció una taza de té y empezó a decir algo mientras masticaba algo pequeño, pero su voz sonaba como un susurro lejano, casi inaudible. Mi conciencia, que antes intentaba nublarse, estaba volviendo a despertarse. Dejé de intentar escuchar su voz y simplemente puse mi mente en blanco. Fue entonces cuando la mesa empezó a vibrar ligeramente. Las tazas de té que estaban encima también se sacudían como locas. El suelo vibraba tanto que mi cuerpo saltaba por sí solo. Solo mi madre seguía ahí sentada, tranquila, mirándome. Me quedé mirando fijamente cómo movía sus labios hacia mí. Y finalmente, entendí lo que estaba diciendo: ‘Charlotte’.
—¡Señorita!
Al mismo tiempo, una voz chillona me sacudió por completo.
—No puede ser que se quede dormida en un lugar como este.
Al escuchar los rezongos, abrí los ojos de golpe. Todavía con la sensación del sueño encima, miré hacia arriba a la persona que me había despertado. ¿Quién es este tipo? Ah, es ese mago. Adrian Lubetce.
—Ya, reaccione de una vez. Vamos.
—…Estaba teniendo un sueño del que no quería despertar.
—Esas son puras tonterías del dios de la muerte. Si se duerme aquí, se muere.
—…….
—¿Qué pasa?
—Nada… es que me sorprende que de su boca salgan cosas sobre dioses.
Ignorando sus quejas por lo que le dije, me giré sobre el suelo y logré incorporar el torso.
Quizás por el esfuerzo de hace un rato, sentía que todo el cuerpo me dolía. La pesadez que me subía desde el antebrazo hasta el hombro era lo peor. Quién hubiera pensado que el cansancio por haberme desvivido tratando de salvar a este tipo me pasaría la cuenta tan rápido.
—Me duele el hombro por su culpa.
—¿Qué cosa dice?
De verdad que no deja pasar ni una, siempre tiene algo que refutar. Normalmente le habría seguido el juego encantada, pero ahora no estoy para eso.
Recién entonces me puse a mirar a mi alrededor.
—… ¿Dónde estamos?
—¿Me lo pregunta a mí?
—Sí, pues. Porque yo no tengo ni idea.
Ante mi respuesta tan directa, su cara se puso toda desencajada. En vez de quedarme mirándolo, me puse de pie por completo.
Era un lugar que parecía excavado artificialmente; el aire se sentía extrañamente húmedo y sofocante, no muy distinto a donde estábamos hace un momento. Sin embargo…
—¿Y Mariposa Ford?
—Probablemente esté allá.
Frente a nosotros se extendía un pasadizo largo con el suelo bastante bien nivelado.
—Si dice que está allá, eso significa…
—Que si yo no me metía, probablemente ahorita usted estaría aquí con esa mujer.
Era una loca que, con tal de que el Emperador no la descubriera, no dudó en intentar matar a la gente con una avalancha. De seguro, apenas terminara lo que tenía que hacer aquí, me habría matado para que no regresara con Tenet y así taparme la boca para siempre.
Mi cabeza empezó a trabajar a mil por hora. Luego, hablé con calma:
—Bueno, qué suerte entonces.
Tuc.
Adrian, que tenía el ceño fruncido como si estuviera viendo a un bicho raro, me tiró algo.
—Primero fíjese en eso.
Sin decir nada, agarré el pañuelo tosco que me dio y me miré la palma de la mano. Puse el pañuelo sobre la zona donde la sangre ya se había secado y, al frotar con cuidado como sacudiendo, los restos de sangre seca cayeron como polvo.
—Huele a jazmín.
El pañuelo olía a jazmín. Ah, con razón. Ya decía yo por qué había tenido ese sueño…
Adrian respondió con tono de queja:
—Siempre llevo uno conmigo. ¿Algún problema?
—Sí.
—¿Quééé?
soltó él, como si no pudiera creer lo que oía.
Doblé el pañuelo con cuidado y volví a hablar:
—Gracias por ayudarme.
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