Mi apacible exilio - 81
Ya me lo veía venir, pero no pensé que me iba a chotear así, sin siquiera dudarlo. Por su culpa, me quedé a solas con esa mujer.
—¿Estás bien?
Todavía sentía el ardor del rasguño que me dejó Adrián cuando me soltó.
Mariposa preguntó con una dulzura que llegaba a ser empalagosa y, tal como yo hice antes, me tendió la mano.
—Saca eso.
Le respondí de forma estreñida, a lo que ella retiró la mano de inmediato mientras soltaba una risa que me dio mala espina.
Lejos de estar molesta, su cara gritaba que estaba más que satisfecha con cómo se estaban dando las cosas.
—¿Y ahora? ¿Sigo yo?
—Si lo dices así, me haces quedar como la mala de la película. No me mires como si fuera una salvaje.
—Lo que le acabas de hacer a tu compañero no tiene nada de elegante que digamos.
Ha.
Solté un suspiro de frustración y me llevé la mano a la frente.
Los magos eran un grupo que se ponía bien especial con el tema de los contratos. Sea cual sea el pacto, si alguien no cumplía, ellos mismos se encargaban de cobrarle la cuenta.
Por eso me había parecido tan raro el comportamiento que decían que los magos habían tenido por aquí.
En ese sentido, Adrián Rubeche era como un seguro que yo misma había jalado a mi lado a propósito.
Me revienta admitirlo, pero de todos los magos que he conocido, él parecía el único que valía la pena.
… Pero, ¿quién iba a imaginar que iba a mandar a volar a la gente de esa manera tan bruta?
—¿Es una costumbre de ustedes eso de jugar con las palabras? El contrato que hicieron con el señor feudal de aquí también…
—Sé que estás asada, pero no me hables con sarcasmos.
Su voz salió calmada, pero con un peso que llegaba a intimidar.
Me pareció el colmo que, después de la locura que acababa de hacer, me mirara como pidiéndome que me calme.
Ya me había pasado algo parecido antes.
Me acordé de cierto hombre que entró rompiendo la chapa de la puerta y, como si nada, me pidió que le sirviera un té.
Se supone que eran un grupo que se jactaba de ser los más intelectuales y racionales de todos.
Pensé que, aunque no fueran unos santos, al menos tendrían sentido común y sabrían guardar las apariencias.
Eso creía.
Kaylus tenía razón.
Por más que me esfuerce, no doy la talla para estar sentada a su lado.
Esto ya no es ser ingenua, es ser tonta.
—Si no es control mental, ¿entonces qué es?
Se detuvo justo cuando estaba sacando algo de su mochila con toda la calma del mundo.
Mariposa me miró de reojo con los ojazos de Germian.
—A ver… En algunos lugares creo que le decían ‘conciencia compartida’.
—…
—Para que me entiendas fácil: los cuerpos se quedan donde están, pero cada uno puede mover su conciencia libremente al cuerpo del otro.
—Y tú eres la que tiene el control de todo.
Mariposa sonrió como si estuviera diciendo algo obvio.
Ya, pues. Se notaba que esta tipa era un bicho raro.
Pero dejando eso de lado, se notaba a leguas que, ya fuera magia o un hechizo, no era algo que fuera bien visto ni siquiera dentro de su propio grupo.
Me acordé de Adrián, que confió en Germian hasta el final sin dudar ni un poquito.
—¿Germian aceptó eso voluntariamente?
—Ay, de verdad que eres bien linda.
—Solo quiero confirmar qué tan anormal y autoritaria puedes llegar a ser.
La sonrisa que tenía en la cara, como si se estuviera burlando de mí todo el tiempo, se le borró de golpe.
—Claro que sí. El chico dijo que era un honor que yo lo aceptara.
—…
—Y eso de ‘autoritaria’… Aunque no lo parezca, yo lo estimo bastante.
Esta vez fue distinto a cuando soltaba mentiras así por así.
Incluso parecía que se había picado de verdad por cómo me miraba.
Acto seguido, Mariposa sacó un pergamino de la mochila de Germian.
—Como sea, yo cumplí mi promesa.
—… Mentira. Hasta yo me doy cuenta. Aquí no hay nada.
Mariposa soltó una sonrisita.
Incluso siendo el rostro de Germian, se veía tan coqueta que me causó rechazo.
—Es aquí mismo. Ahora solo falta abrir la puerta.
Dijo eso y se paró bien derecha sobre el suelo plano.
Al romper el sello del pergamino, algo empezó a salir de la hoja en blanco, retorciéndose hasta caer al suelo.
Era una escena que daba náuseas. Pero apenas terminó de caer al piso, tomó su forma completa.
Era un círculo mágico.
Mariposa miró el círculo morado bajo sus pies y, con mucha cancha, empezó a dibujar cosas aquí y allá.
En cada lugar donde sus dedos tocaban y se alejaban, quedaban grabadas letras antiguas, restos de energía del hechizo que caían uno a uno.
En medio de todo eso, encontré un rastro que ya conocía.
Era exactamente igual a la marca única que dejó el hechizo que vi cerca de la mina de Hampshire.
—¿Es un vicio tuyo?
Mariposa, que estaba terminando de completar el círculo, me preguntó moviendo solo los ojos hacia mí.
—Aunque intento contenerme, se me van los ojos solitos sin querer.
—No es para tanto como para que te aguantes.
—Bueno, había alguien que lo odiaba a morir.
Me refería a Miriam Langton, la maga de Kaylus.
Pero como Mariposa no tenía ni idea de eso, levantó las cejas como si le sorprendiera bastante.
—No te lo voy a negar. Pero de todos ellos, siempre pensé que tú eras diferente. Lo digo en serio.
¿Se refería a eso de que le parecí interesante el primer día que nos vimos?
—De verdad, me alegra mucho que no te hayas muerto en ese entonces.
Pero lo que dijo después…
—… ¿Qué cosa?
—Es que me dio pica. Si hubiera sabido que eras tú, habría usado un método diferente.
—Pero de qué rayos estás habland…
Me quedé callada con el ceño fruncido. Lo que más asco le daría a un mago.
Ya sabía perfectamente de qué se trataba.
Me acordé de cuando le entregué el éter a Tenet cerca de la mina. Aparte de eso, no había otra situación en la que hubiera estado a punto de morir.
—… ¿Fuiste tú?
Sentí como si me hubieran dado un palazo en la cabeza. Mi cuerpo, que estaba encogido por la desconfianza, se puso rígido al instante.
Ella me miraba con una indiferencia total.
—Casi muere gente inocente por tu culpa. Eso…
—Entonces, ¿para qué te metes en lo que no te importa?
—…
—Yo también quería solucionar las cosas por la bajada, sin hacer bulla. Pero ese hombre que para contigo… sentí que si me metía con él, yo iba a terminar bajo tierra.
Me quedé muda ante su tono de reproche, como si la culpa fuera mía.
Y para colmo, añadió con una frescura increíble:
—Además, me dijeron que nadie murió. Entonces, ¿cuál es el problema?
Estaba a punto de mandarme encima para agarrarla del cuello, pero me detuve en seco.
Me quedé ahí parada mirándola fijo. Y continué:
—A mí no me habrás sacado, pero a Yuri Tenet lo reconociste al toque, ¿no?
—…
—Hiciste esa burrada porque tenías miedo de que el Emperador se enterara, no porque te diera pica.
Su cara estaba totalmente inexpresiva, pero ante mis palabras, su rostro se deformó como si no pudiera aguantar la risa y se tapó la boca con la mano.
Al ver eso, me empezaron a temblar los dedos.
—¿De qué te ríes?
—¿Que de qué me río? Pues me da risa. Me doy cuenta de que de verdad no tenías ni la más mínima idea…
Dejó de reírse en un segundo.
Esta vez me miró con una expresión extrañamente suave.
Reconocí esa mirada al instante. Es esa que, a veces, te hace sentir más miserable que si te estuvieran ninguneando o pisoteando abiertamente.
Es lástima.
—En este asunto, tú tampoco estás limpia; estamos en las mismas.
—…
—Somos del mismo bando.
Mariposa, que seguía en el centro del círculo mágico, movió los dedos. El círculo terminado brillaba ahora con mucha más fuerza que antes.
Parada en medio de ese resplandor morado tan siniestro, Mariposa habló:
—Mira. Aquí adentro está lo que tanto queríamos. …Esta barrera ridícula es un trabajo conjunto entre Elena y tu padre.
Y luego, me hizo una seña con la mano para que me acercara.
Hice toda la fuerza que pude con los pies.
Sentía que, por culpa de ese maldito círculo o por una fuerza inevitable, mi cuerpo estaba siendo jalado hacia adentro.
En ese momento, me acordé de que tenía la piedra mágica en el bolsillo. Menos mal que se me ocurrió cargarla con fuerza por si acaso.
Si Mariposa estaba distraída, esto sería suficiente para mandarla a volar.
La explosión también me iba a alcanzar a mí, pero era mejor eso que dejar que me arrastrara sin hacer nada.
—¿Desde cuándo sabías lo de Yuri Tenet?
—Creo que ya te lo dije. Desde que empezaste a investigar a mis espaldas, dándome una cólera…
Aproveché que respondía con toda la concha del mundo para meter la mano en mi bolsillo. Sentí la superficie lisa y delgada de la piedra mágica.
—… ¿Ustedes también hicieron lo del portal?
Mariposa abrió los ojos de par en par.
—¿Portal? ¡Por más que sea yo, no puedo hacer algo como…!
Se la tiré con todas mis fuerzas mientras respondía.
Sin embargo…
—… Ah. Sabía que iba a pasar esto. …Qué aplicado es Germian.
Mariposa murmuró como suspirando mientras miraba la piedra mágica que se había hecho trizas a sus pies.
—De tal palo, tal astilla. Definitivamente eres hija de tu padre.
La piedra estaba vacía.
Miré dentro de mi bolsillo, totalmente derrotada.
—¿Eso de no confiar en nadie viene de familia?
—…
—No te preocupes. Yo soy bien comprensiva.
Mi cuerpo fue succionado hacia el círculo mágico de un porrazo.
Mariposa hasta se hizo a un lado con delicadeza para hacerme sitio.
El siniestro círculo morado ahora flotaba a la altura de mi pecho, ondulando.
Ella agarró con toda la calma del mundo la punta de la daga que yo sostenía y la jaló hacia ella.
No sé si era por el círculo o por algún otro truco de esa mujer, pero mi cuerpo no me obedecía.
Como si nada, me sujetó la muñeca derecha —con la que sostenía el arma— y con la punta de la daga me hizo un corte en la palma de la mano izquierda.
Las gotas de sangre que brotaron de mis dedos empezaron a flotar y fueron absorbidas directamente por el círculo mágico.
—… Estás loca.
—Sí, pues. De remate. Elena era una traumada con estos hechizos antiguos. La salvaje es ella, no yo.
—…
—Pero, ¿tú crees que esta forma tan ruda de hacer las cosas salió solo de la cabeza de mi hermana? … Yo creo que no.
El círculo mágico, que antes era morado, ahora ondulaba en un tono negro absoluto.
No sé si era por todas las locuras que estaban pasando una tras otra, o por las cosas que decía esta mujer. O quizás era por esa magia siniestra que me presionaba el cuerpo con disimulo.
Lo extraño era que, de pronto, mi mente se puso fría, calmada.
—¿Qué hay ahí adentro exactamente?
—Te lo he dicho un montón de veces: hay piedra mágica.
—Aparte de eso.
—Ah, tranquila.
Su sonrisa ahora se veía hasta cariñosa.
—Ya debe estar muerto.
Mariposa susurró eso con misterio mientras me sujetaba la punta de los dedos, de donde todavía chorreaba sangre.
En ese instante, el círculo mágico empezó a sacudirse con más fuerza.
Mariposa ahora tenía una expresión de alivio e incluso cerró los ojos.
A simple vista parecía estar en paz, pero era obvio que estaba concentrando todas sus fuerzas en activar el hechizo.
Era una sensación asquerosa y mareante, como si estuviera atrapada en una pesadilla. Sentía los dedos entumecidos y no tenía ni pizca de fuerza en las manos.
Aun así, apreté los dientes para no soltar la daga y apunté hacia su cuello.
Solo tenía que clavársela directo en la carótida.
Por más que yo fuera una principiante, al menos una herida mortal sí le podía causar.
Me acordé de cuando Tenet me enseñaba cómo hacerlo, con esa cara de que no le quedaba de otra.
—… Ah.
Esta mujer ya estuvo a punto de matar a gente que no tenía nada que ver.
Le puse fuerza a mis dedos temblorosos, tomé un poco de distancia y, justo antes de dar la estocada, Mariposa abrió los ojos de par en par.
Ella vio clarito que le estaba apuntando con la daga, pero con la mirada perdida, murmuró:
—… Germian se va a morir de verdad.
¡BUM!
Un estruendo ensordecedor reventó el aire y mi visión se puso blanca por un segundo.
Sin ver absolutamente nada, mis labios se movieron por instinto.
—… Tenet.
Cuando la luz empezó a bajar, lo que vi no fue su brillante cabello plateado, sino una cabellera negra como el carbón.
Sentí que alguien me jalaba con una fuerza bruta.
Al mismo tiempo, el círculo mágico, que se había vuelto gigante, se encogió sobre sí mismo envolviéndome por completo.
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