Mi apacible exilio - 80
—Germian, no era necesario que usted también viniera.
La única luz que teníamos era la de los faroles que cada uno llevaba en la mano. Y eso que alumbraban bien poco, apenas para no tropezarnos con nuestros propios pies. Se sentía distinto a la mina de Hampshire donde estuve con Tenet; al menos allá había rastros de gente, pero aquí no había absolutamente nada. Ese vacío era lo que más piel de gallina me daba.
—¿A usted qué le importa? Yo quiero acompañar a mi maestra.
—Pero si está que tiembla como una hoja desde hace rato.
De las tres luces que flotaban como si bailaran en la oscuridad, había una que parpadeaba más de la cuenta. Aunque la luz era tenue, iluminaba lo suficiente para ver su cara. Desde donde yo estaba, se notaba clarito que Germian estaba muerto de miedo.
Adrian Rubeche se lo decía en tono de crítica, pero su rostro se veía más bien comprensivo, como si de verdad estuviera preocupado por él.
—Germian, ven por aquí.
Le hice una seña para que se acercara y le cedí el lugar por donde yo caminaba, que era el lado de adentro. La expresión de Germian empeoró. Parece que, en medio de todo esto, le daba mucha vergüenza que yo lo estuviera cuidando y no ese hombre.
Sin darle importancia a su desplante, busqué en mi bolsillo y le pasé un pañuelo. Él, aunque seguía con cara de pocos amigos, lo aceptó a regañadientes y se secó el sudor que le brotaba de la frente.
Luego, me dijo un ‘gracias’ casi susurrando.
—¿Ha encontrado algo?
le pregunté a Adrian, que estaba parado dándonos la espalda. Su cabello negro como el carbón brillaba de forma difusa bajo la luz del farol.
—Nada de nada. ¿Y usted? ¿No siente nada extraño?
—… ¿Yo?
—Si fuera magia de barrera, tendría que haber dejado algún rastro. Se supone que usted es la experta en ver esas cosas… ¿no?
Arqueé una ceja sin cambiar mi expresión.
—¿Cuánto nos va a tomar revisar este sitio de arriba abajo? Porque si ya se desvaneció, vamos a estar perdiendo el tiempo por las puras.
—¿Cómo que se desvaneció? ¿No se supone que son permanentes?
—No. Con el tiempo desaparecen.
—… ¿Entonces para qué vinimos?
Me quedé callada un momento. Me le quedé mirando a Adrian, que me preguntaba con una cara de lo más seria qué rayos hacía yo ahí entonces.
—Vaya… resulta que me cargaron con dos estorbos.
—Un momento. ¿Lo va a decir así, sin asco? ¿Y cómo que ‘dos’?
Era obvio que se refería a Germian y a mí. Volteé a ver a Germian, que seguía pegadazo a la pared por el miedo y no se movía para nada, y luego volví a mirar al frente.
—¿A qué ha venido, en serio? Es más, ¿en qué estaba pensando esa mujer para insistir tanto con usted?
—Yo más bien le iba a preguntar lo mismo. Por lo visto, usted no tiene ni la más mínima idea de nada, ¿verdad?
—¿Qué dice?
Sus ojos verdes se abrieron por la sorpresa y luego se encendieron de cólera.
—Usted… sabía que era mentira. Usted también…
Adrian estaba por dar un paso hacia mí con la cara desencajada cuando, de pronto, se escuchó un grito seco desde el otro lado: ¡Aaaaah!
Tanto Adrian como yo nos quedamos fríos y volteamos al toque. Era justo donde se había quedado Germian.
—¡Germian!
Adrian gritó su nombre y estiró la mano hacia allá. Una ráfaga de luz pasó volando por nuestro costado directo hacia donde estaba el chico. La luz tomó forma de círculo y, al chocar contra la pared, estalló iluminando todo el lugar.
Ahí estaba Germian, tirado en el suelo junto a su farol hecho trizas. Como la luz empezó a apagarse rápido, corrí hacia él.
—Uff… por favor…
Al acercarme, vi que no le había pasado nada grave. Pasé por el lado de Adrian, que no dejaba de suspirar fastidiado, y me agaché junto a Germian.
—Perdón, perdón de verdad… El farol se apagó de la nada y me asusté feo…
Menos mal no se había torcido el pie ni nada. Le tendí la mano sin decir nada y él me la agarró al instante, como si estuviera esperando ese gesto.
—¿Charlotte?
Lo miré con la cara seria, sin expresión alguna. En ese momento, se me vinieron a la mente todas las cosas raras que sentía cada vez que hablaba con él.
Esa forma de acercarse a mí sin miedo para luego, cuando yo me acercaba, dar un salto como si lo hubiera asustado un fantasma. La manera en que escuchaba mis historias con cara de pena, pero me consolaba con una frialdad que no cuadraba, mientras intentaba sacarme información disimuladamente.
Todas esas pequeñas contradicciones que, mientras más las pensaba, menos sentido tenían.
—¿Quieres que te ayude a pararte?
—Ah… sí, por favor.
—Germian. ¿Cómo que ‘sí, por favor’ tan campante…?
—Llega en el momento justo. Mejor que lo ayude el señor Rubeche.
Hace un rato se hacía el orgulloso y ponía mala cara, pero ahora aceptaba la ayuda como si la hubiera estado esperando… Así que, en vez de tomar la mano que me tendía, se lo dejé servido a Adrian, que venía hacia nosotros echando chispas.
Sentí la mirada inexpresiva de Germian clavada en mí. Comparado con hace unos instantes, cuando estaba pálido y parecía que le faltaba el aire, ahora se veía como una persona totalmente distinta.
—Ya está. Ya me siento mejor, así que no me toque.
—Que no te… ¿Qué dijiste?
A Adrian, que andaba queriendo cuidar a Germian sin que se note, se le desencajó la cara por el desplante. Sin darle importancia, Germian se sacudió la ropa y se levantó con total naturalidad.
—Lo malo es que el farol se rompió y ya no sirve.
murmuró como si nada, y se puso a mi costado.
Adrian me lanzó una mirada de confusión y luego nos dio la espalda para seguir caminando adelante. Parecía que le dolió lo que hablamos hace un rato, pero con Germian ahí pegado a nosotros, no era el momento para seguir con el tema.
Era solo una suposición, pero ahora lo tenía más claro. Adrian y Mariposa pertenecen a facciones distintas de la torre mágica, y lo más probable es que sea el bando de Mariposa el que esté metido directamente en el asunto de las piedras mágicas (manastones) escondidas aquí.
Ya sea por la carta de Elena Ford o por cualquier otra filtración, el bando de Adrian se enteró de lo que ellos ocultaban y vino para tratar de frenarlos.
«Elena Ford». Repetí ese nombre en mi cabeza, un nombre que recién ahora tomaba forma con claridad. Pero por más que buscaba en mi memoria, no recordaba a ninguna maga con ese nombre en el ducado. Y era imposible que yo no lo supiera.
… ¿Pero qué rayos? ¿Qué clase de lío habrá armado el Duque?
—Charlotte.
La voz de Germian me sacó de mis pensamientos. Se veía mucho más desanimado que antes, mirándome como quien mide el terreno. Lo miré con frialdad, sin responderle.
—Oye… perdón.
—¿Perdón por qué? ¿Por dejar que hablara de los viejos tiempos y me riera contigo como una tonta sin saber nada?
—…
—Tanto tú como tu maestra debieron ser sinceros conmigo desde el arranque. En vez de salir con eso de que te alegraba verme después de tanto tiempo y…
—No, eso sí es verdad.
Lo seguí mirando con la cara seria.
—Lo de que me dio gusto verte… eso es verdad.
—…
—Me encantó volver a conversar contigo después de tanto tiempo. Lo digo de corazón.
En su rostro apareció esa sonrisa algo soberbia que vi el día que nos reencontramos, pero esta vez con un toque de vergüenza. Justo cuando iba a preguntarle molesta hasta cuándo pensaba seguir tomándome el pelo, un grito seco de Adrian retumbó más adelante.
Mi cuerpo se movió por instinto hacia donde venía el sonido.
Sabía que era una imprudencia total, pero cuando reaccioné, mi cuerpo ya se estaba moviendo hacia allá por instinto.
Empecé a tantear el suelo con las palmas de las manos hasta que sentí una grieta áspera y, justo al borde, unos nudillos que se aferraban con todas sus fuerzas. Sin pensarlo dos veces, le agarré la muñeca.
—¡Luz…!
gritó Adrian desde abajo, con la respiración entrecortada.
Me esforcé por jalarlo hacia arriba en medio de la oscuridad y volteé la cabeza. Germian estaba ahí parado, tieso, sosteniendo mi farol.
—Maldita sea, ¿por qué viniste tú?
renegó Adrian desde el abismo.
Ignoré sus quejas y le grité a Germian que se acercara apurado. Él empezó a caminar hacia nosotros, pero con una lentitud que desesperaba.
—¡Roy!
llamé al fin a mi bestia mágica, pero no hubo respuesta.
Busqué con torpeza sobre mi hombro, donde él siempre solía estar posado. No había nada. Miré a Germian, que me observaba desde arriba, y le dije:
—Un contrato verbal sigue siendo un contrato. Dije claramente que me llevaría a este hombre conmigo.
—… ¿De qué rayos está hablando?
preguntó Adrian, confundido.
—Sé perfectamente lo que significa un ‘contrato’ entre magos.
le respondí a Germian, ignorando a Adrian.
—¡Pero qué…!
—Mariposa Ford.
Al pronunciar ese nombre en voz baja, Germian levantó el farol e iluminó la escena. Adrian soltó un suspiro de alivio, «¡Ah…!».
—¡Alumbre hacia abajo! ¿Qué hay ahí?
—No se ve nada. ¿Tanto importa?
respondió Germian con una calma inquietante.
—Claro que importa. Si me sueltas, podré usar mi magia para subir.
—Lo digo porque si hay rocas abajo, podrías romperte la cabeza antes de reaccionar.
explicó Germian con una amabilidad que me dio escalofríos. Volteé a verlo y me fijé en sus pies: había restos de tierra amontonados, como si algo se hubiera desmoronado.
—Señor Rubeche, no hay nada abajo. Puede soltarse.
—… ¿No me escuchó? ¡Suélteme!
me gritó Adrian, mirándome con furia.
—No. Te vamos a jalar entre los dos, sin necesidad de magia. Ven aquí, Noah Germian. Ahora mismo.
Ante mi orden, Germian dio un paso, luego otro, acercándose muy despacio. Yo estaba apretando los dientes, sacando fuerzas de donde no tenía, pero ya estaba llegando a mi límite. El brazo me temblaba desde la muñeca hasta el hombro.
Germian se arrodilló lentamente y estiró la mano hacia Adrian. Pero antes de que lo tocara…
—¡Pero qué creen que están haciendo…!
—Parece que Charlotte prefiere hacerlo a su manera. Aunque a nuestra forma sería mucho más fácil.
dijo Germian con una voz suave que hizo que Adrian me lanzara una mirada de odio.
—Adrian Rubeche ….… ¿No puedes confiar en mí por esta única vez?
No podía creer que terminara rogándole a este tipo. Sus ojos verdes, inyectados de cansancio, me clavaron la mirada. Ambos estábamos al límite, pero desgraciadamente, él todavía tenía más fuerza que yo.
Sintiendo un dolor agudo como si me estuvieran arañando las muñecas, Adrian se soltó de mi agarre por su cuenta. En el segundo en que cayó al vacío…
¡PUM!
Se escuchó un estallido sónico que me aturdió los oídos, seguido por un grito desgarrador de Adrian Rubeche. Choqué miradas con Germian, que estaba de pie con las palmas hacia abajo. Él, la persona que acababa de lanzarle un hechizo de viento a su propio compañero mientras caía, me miró con total naturalidad.
—Es verdad. Un contrato es un contrato.
—…….
—Pero nunca especificamos ‘hasta dónde’ lo acompañarías, ¿o sí?
No parecía un simple control mental. Era como si Mariposa Ford estuviera ahí mismo, usando el cuerpo de Noah Germian como un envase. Mariposa me sonrió con una suficiencia que me revolvió el estómago.
—Tranquila. No creo que se haya muerto.
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