Mi apacible exilio - 78
Me gusta hablar así contigo. Hacía tiempo que no recordaba cosas de antes.
No lo decía por cumplir, era la firme verdad.
Independientemente de que su maestro andaba portándose de forma sospechosa, conversar con Noah Germian me traía una nostalgia extraña. Nuestra conexión de niños no había sido la gran cosa; en realidad, si hablamos de quién era más unido a él, ese era Edward, no yo.
Así era. A través de Germian, yo estaba recordando a mi hermano Edward, a quien quizás no vuelva a ver nunca más. Y de paso, recordaba también esos días en la casa de la ciudad que tanto extrañaba. Si me había quedado ahí sentada, haciéndome la que le seguía la corriente en esa charla sin importancia, era por eso.
Dejando de lado las verdaderas intenciones de él, hablar me hacía sentir extrañamente tranquila.
Traté de dibujar en mi mente la cara del pequeño Edward, que siempre paraba sonriendo. Se parecía tanto a mi madre, desde el color de pelo hasta sus facciones, que cualquiera que lo viera pensaba que era un chico dulce. Pero después de que yo casi me muero, ese niño no hacía más que llorar cada vez que me veía.
… ¿O no era así? Ahora que lo pienso, Edward, desde cierto momento…
… Desde cierto momento.
—¿… Charlotte?
Eso que estaba nublado como la neblina, se despejó de un porrazo. Respondí con un ‘—¿Ah?’ medio perdida, y vi la cara de Germian mirándome con preocupación.
—¿Estás bien? De la nada te quedaste…
Su voz preocupada hizo que mi visión se terminara de aclarar. Los ojos azules de Noah Germian me reflejaban con total nitidez. Sin darme cuenta, me había inclinado hacia adelante, así que me enderecé de inmediato.
El olfato tardó un poco más que la vista en volver a la normalidad. Un olor dulce a trago inundaba la mesa. Levanté la cabeza y miré a mi alrededor. Era tarde, casi medianoche, y los magos que ya habían terminado su chamba estaban desparramados por todos lados, bien borrachos.
—Perdóname. No pensé que te afectaría tanto. O sea, es un tema delicado, ¿no? Sí, lo siento. De verdad, perdóname.
Al frente mío, él soltaba un montón de palabras sin sentido que empezaban y terminaban con un ‘perdóname’. Yo no había probado ni una gota de alcohol, pero ¿acaso uno se podía emborrachar solo con el olor?
Ignoré el floro de Noah Germian y me quedé mirando mi copa, la cual no había tocado para nada. Hablar un ratito y escapar por un momento a mis recuerdos no había sido una mala experiencia. Además, me sirvió para darme cuenta de esa ansiedad que tenía guardada en un rincón del corazón.
—No te preocupes. No tiene nada que ver con lo que dijiste. Puedes seguir.
Para ser exacta, todo empezó desde que escuché a escondidas la conversación de los magos. ¿Podré aguantar el golpe si llego a saber toda la verdad? De nuevo, ese miedo empezó a treparme por el cuerpo.
Cada vez que me pasaba eso, me acordaba de la cara de Yuri Tenet, pidiéndome disculpas con una expresión que de arrepentida no tenía nada. ‘Exacto. Esto debe ser justo lo que tú más querías’, pensé.
A estas alturas, ya era casi por puro orgullo.
—… Este… cuando todo esto termine… ¿qué piensas hacer después?
Aunque sabía que era un tema espinoso, Germian me lo preguntó sin rodeos. Me quedé mirándolo fijo. Sin que me diera cuenta, se había acercado bastante, pero ya no saltó asustado como antes; se quedó ahí, parpadeando y esperando mi respuesta.
—No sé. Supongo que dependerá de lo que pase de aquí en adelante.
—¿De lo que pase…?
—De la señorita Mariposa.
Al mencionar el nombre de su maestra, Germian achinó sus ojos redondos.
—Voy a aceptar lo que me propuso antes. No veo otra forma de solucionar esto.
—…….
—Pero quita lo último que dije. Solo dile eso. O sea…
Me quedé mirando a Germian, que ahora me observaba con la cara seria, y añadí:
—Olvídalo. Yo misma se lo diré. Va a ser mejor así.
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Al salir, la nieve soplaba con tanta fuerza que no se veía ni michi.
Hace un ratito, Yuri Tenet se había mandado a mudar de la nada. No aparecía por ningún lado; en su lugar, me crucé con la mirada de un pájaro de ojos azules que estaba sentado muy campante sobre un letrero bajo el tejado.
Roy, apenas me vio, soltó un chillido y voló directo hacia mí.
‘Ya sabía’, pensé, y sin hacerme problemas le puse el hombro para que se cuadrara. Sentí el peso del pajarito, que no era más grande que la palma de mi mano, aterrizando en mi hombro izquierdo. Como si me estuviera dando cariño, me presionó la mejilla con el pico y se acomodó bien.
Me veía un poco ridícula así, pero Mariposa no se rió al verme. Al contrario, tenía una cara de felicidad, como si acabara de recibir la mejor noticia del mundo.
Afuera, la nieve seguía cayendo a cántaros. Mariposa me recibió con gusto y me señaló el asiento más acolchonado para que me sentara.
—Si alguien me dice que tú eres la dueña de la casa y no yo, se lo creo.
me dijo Mariposa con una sonrisa, mirando mi hombro.
A Roy no le importó el comentario; estaba muy ocupado limpiándose la nieve de las alas encima de mi hombro. Yo me puse a chequear su cuarto sin mucho entusiasmo: era un desorden total. La mesa hecha un caos, la mochila con cosas saliéndose por los lados y un montón de libros raros tirados por toda la cama.
—¿Te interesa?
—…….
—Me han dicho que te gusta bastante la magia.
—¿Quién se lo dijo?
La sonrisa que tenía se le borró un segundo, pero al toque volvió a ser la de siempre.
—Un viejo colega. Me contó que le dabas clases al jovencito de tu casa.
—Ah.
Solté un ruidito, como quien por fin entiende de qué va la cosa, y volteé la cara.
—Tengo algo bueno para la resaca. Espérame un ratito.
—No se moleste, estoy bien. No probé ni una gota.
Añadí eso y me quedé mirándola en silencio. Los ojos amarillos de Mariposa se achicaron, como si me estuviera midiendo. Me analizó un momento y luego se me acercó, como si ya hubiera sacado sus conclusiones.
—Parece que ya sabe perfectamente por qué he venido y de qué quiero hablar.
—Ah, es que estaba esperando a que vinieras. Como te dije la otra vez…
—¿Qué clase de magia usa? Siento que cada palabra que le digo a Germian termina llegándole a usted.
—…….
—Como usted dice, me interesa mucho la magia. Es cierto. Así que… por si acaso, ¿no será algo como control mental o…?
—Nada de eso. Jamás.
respondió con una sonrisa, pero esta vez con la cara bien seria.
Su tono fue tan firme que no parecía que me estuviera floreando. Nos quedamos mirando un rato sin decir nada. Ella seguía con esa sonrisa alegre, pero no se le veía ni la más mínima intención de pedirme disculpas por habernos escuchado a escondidas usando algún truco de magia.
Bueno, ya fue. Eso no es lo importante ahorita.
Roy bajó de mi hombro y se posó sobre el dorso de mi mano, que tenía descansando en mis piernas. El pájaro soltó un ¡pío! que rompió el hielo y yo volví a hablar:
—¿Para qué quiere conseguir eso realmente? ¿Cuál es su verdadero objetivo?
Mariposa se quedó callada un segundo. Luego, respondió como si fuera la cosa más normal del mundo:
—Si me preguntas qué voy a hacer con eso, pues primero tendré que llevármelo para investigarlo, ¿no? Es lo más puro que he visto en toda mi vida.
—…….
—Si hay un contrato con el señor de estas tierras, ese no es mi rollo. A menos que se trate de Adrian.
—…….
—He visto que te llevas muy bien con el hijo del señor. Si has venido a pedirme un favor por ese lado…
—Acepto trabajar con usted, pero tengo una condición.
Le corté el tema en seco, demostrándole que eso no me interesaba para nada. Mariposa, sin picarse ni nada, se me quedó mirando con esa sonrisita de siempre.
—Haga que Adrian Rubeche también nos acompañe.
Pero ante lo que dije, su cara se puso tiesa y se quedó sin expresión, como si nunca se hubiera reído.
—Esa es mi condición.
‘¿Así que, por más que sea el mercado negro, igual les pisaron los talones?’.
Seguro no todo era floro, algo de verdad debía haber ahí. Pero el hecho de que mezclara mentiras para tratar de engatusarme me obligaba a no bajar la guardia para nada. No me importaba cómo estuvieran divididas las facciones dentro de la Torre Mágica, ni qué tan grave fuera el asunto. Lo que no quería, por nada del mundo, era terminar metida en sus broncas.
—No es una buena idea. Él es precisamente el tipo de hombre que podría poner a la princesa entre la espada y la pared…
Mariposa se calló de pronto y me miró con la cara más fresca del mundo.
—¿Escuchaste todo?
En vez de responderle que sí, me quedé mirándola fijamente.
—Ah, ya veo… Así que eras tú la que estaba ahí.
Una sonrisa con un aire medio raro se dibujó en su cara.
—¿Y se puede saber qué piensa hacer la princesa cuando consiga eso?
—Nada. Solo necesito saber exactamente cómo se relaciona con mi familia.
Y si, de paso, eso tiene algo que ver con la razón por la que estoy aquí. Sentí cómo sus ojos amarillos me escaneaban otra vez, como queriendo leerme el alma.
—De todas formas, me necesitan a mí, ¿no?
—…….
—¿O me equivoco?
Respiré profundo.
—Y hay una cosa más que quiero preguntar. Para ser exacta, quiero escucharlo directamente de tu boca.
—Dime.
—Ese hombre que tú y Germian vieron.
Continué con toda la calma del mundo:
—Cuéntame más sobre él, dame todos los detalles.
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