Mi apacible exilio - 77
Aunque dicen que es mitad espíritu, la verdad es que Roy, sin importar la forma que tome, no tiene una apariencia que caiga bien a primera vista a quien no lo conoce.
Ya sea por esos ojos azules que brillan intensamente o por la superficie de su pelaje que emana un vapor tenue como el humo, los magos tampoco parecían muy encantados con su presencia.
Especialmente en el caso de Adrian Rubeche, quien no ocultaba su cara de asco; pero a Mariposa no le importaron lo más mínimo las reacciones de los demás y, más bien, me miró y me dijo toda orgullosa: ‘¿Verdad que es hermoso?’.
No es que esperara un reencuentro emotivo, pero volver a ver a Roy terminó siendo algo medio rancio. Aunque soltó unos chillidos al vernos, como alegrándose, me dejó con la boca abierta cuando se puso a hacerle mimos a Mariposa, frotando su carita contra sus dedos como si nada.
Por si las moscas, volteé a ver a Tenet, pero parecía que él tampoco se esperaba que Roy apareciera así. Se quedó mirando fijamente a su bestia mágica con cara de palo por un momento, luego, para rematar, se hizo el loco como si ni lo conociera.
—Se le ve bien compinche con su nueva dueña.
—Ya veo. Puede que ni quiera regresar.
Ante su respuesta tan desganada, volví a girar la cabeza. A Tenet no le importó y siguió concentrado chequeando los alrededores.
Con la mente hecha un nudo, recordé lo que pasó hace un rato. Tras el susto inicial, Adrian Rubeche se puso serio y empezó a reclamarle a Mariposa, criticándola por haber recogido una bestia mágica así de la nada; se armó una de esas discusiones que parecen no acabar.
Mariposa defendía que Roy era inofensivo, argumentando que no soltaba energía oscura como las bestias normales y que era extrañamente cariñoso con los humanos. Tenet, el verdadero dueño, se mantuvo al margen de la pelea, como diciendo ‘hagan lo que quieran’.
Yo era la única angustiada y le pregunté si lo iba a dejar así, pero Tenet solo respondió bien fresco:
—Sí. Veamos qué pasa.
—Juraría que lo enviamos a investigar a las bestias mágicas.
—Sí.
Fue una respuesta bien sosa.
—De verdad que no tenía idea, joven duquesa.
—Ya, está bien.
Le respondí sin muchas ganas cuando intentó dar más explicaciones, como si se hubiera dado cuenta de su falta de tacto. Si es que está tramando algo, de hecho no me lo va a decir a menos que lo presione como la otra vez.
—Ya tiene sus antecedentes, así que aguántese por un tiempo.
—No. Es eso, pero también…
Respondió balbuceando, sintiendo mi mirada clavada en él. Ese hombre, que a veces me mira tan fijamente, ahora arrastraba las palabras como si le faltara confianza.
—Hable de una vez.
—Es que me preguntaba si es por eso que me ha estado evitando últimamente.
Hubo un silencio breve. Pestañeé con total naturalidad y solté un: ‘Quién sabe’
—Yo siempre trato de mantener mi distancia con usted, sir.
—Lo sé. Pero esto es diferente a eso…
¿Y este por qué me responde tan rápido que ya lo sabe? Antes de que siguiera hablando, lo interrumpí:
—Sir.
—Mire allá. Ya van a empezar.
Era un cambio de tema tan monse que de seguro se dio cuenta de mis intenciones. Pero Tenet, captando que yo no quería seguir con esa conversación, no dijo nada más. Giró la cabeza hacia donde apuntaba mi dedo.
Un puntito negro salió disparado hacia lo alto de la montaña. Por la distancia de seguridad no se distinguía ni la silueta, pero no había duda: era Roy. No es que estuviera preocupada, pero Roy cumplió su tarea a la perfección.
Al poco rato, desde la dirección por donde voló Roy, se escuchó un ¡pum! y se vio a lo lejos cómo se levantaba algo parecido a una neblina blanquecina. Acto seguido, como si le hubieran clavado un tenedor a un pedazo de torta bien hecha, apareció una pequeña grieta y la nieve empezó a caer hacia abajo como espuma blanca.
La vez anterior, a pesar de estar en peligro, me quedé embobada mirando esa escena. Pero vista desde esta distancia, daba bastante miedo. Se notaba clarito cómo la nieve, que caía como espuma dispersa, se iba enrollando y ganando un tamaño descomunal en un abrir y cerrar de ojos.
De verdad que fue un milagro que sobreviviéramos esa vez. Con ese pensamiento rondándome, me froté los brazos con una mueca de desagrado. Si ahora se ve así de terrible, quiere decir que cuando pase la temporada de frío extremo, vendrán avalanchas de una escala mucho más monstruosa, ¿no?
De inmediato recordé lo que vi en el pueblo de Hampshire. En ese entonces, al menos se llegaban a ver los techos de las casas, pero si algo así pasaba después de Perkum, se habría tragado el pueblo entero, sin dejar ni rastro ni escombros. Como si nunca hubiera existido nada, como una hoja de papel en blanco.
Las bolas de nieve, que bajaban a una velocidad de espanto, se detuvieron de forma antinatural antes de tocar el suelo. Al instante, esa zona se puso borrosa, como si hubiera caído una neblina espesa. Los magos estaban haciendo su trabajo con mucha eficiencia. Era un espectáculo impresionante, en otro sentido de la palabra.
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Para ser sincera, con los antecedentes que tenían, pensé que después lo harían al champú. O que al menos fingirían. Pero contra todo pronóstico, los magos se estaban tomando el trabajo muy en serio. Tanto que me hacía sentir mal por haber pensado que eran unos aprovechados que solo hacían contratos injustos.
Eso significaba que todo marchaba sobre ruedas según el plan original. Casi todos los días me la pasaba trabajando, metiendo éter en las piedras de maná. La verdad es que el proceso de extraer éter de Luite exige muchísima concentración, así que terminaba con un cansancio mental bien pesado. O sea, no estaba pudiendo avanzar con mi verdadero objetivo.
Además, esos tipos eran tan aplicados que parecía que hasta ellos se habían olvidado de sus verdaderas intenciones. Pensé que solo harían la finta y se pondrían a buscar por todos lados como en Hampshire, pero cuando terminaban el trabajo, regresaban rendidos solo para descansar.
Ya estamos en el segundo destino. En la noche del segundo día de haber llegado, me puse a caminar lentamente entre las carpas buscando la cabeza rubia de Noah Germian. Como Mariposa siempre andaba ocupada y me seguía dando un poco de cosa, pensé que era mejor hablar con su discípulo. Además, Germian también vio al hombre que estamos persiguiendo.
No sé si habré supuesto mal, pero me pareció que Germian se sentía bien incómodo con Tenet, así que inventé una excusa cualquiera para alejar a Tenet de mi lado por un momento. Sin embargo, por más que busqué a Noah Germian, no asomaba la nariz por ninguna parte.
‘Mañana simplemente hablaré directo con Adrian Rubeche’, decidí, justo cuando me daba la vuelta para regresar, pasó.
En la carpa por la que estaba pasando, la luz se encendió de porrazo y, de inmediato, las sombras de dos personas se proyectaron a mis pies. Intenté apurar el paso para pasar de largo, pero mis pies se plantaron en el sitio de forma antinatural al escuchar una voz familiar que venía de adentro.
—…… Si te vuelves a meter en mis asuntos una vez más, date por muerto.
Me estremecí al oír esa voz fluyendo tan nítida. Cualquiera se daría cuenta de la profunda hostilidad que cargaba; además, como era un tono mucho más grave de lo que recordaba, al principio dudé de si se trataba de la misma persona.
—No es solo un asunto suyo. Es un asunto de todos nosotros.
—Qué conchudo eres, después de haberte robado mis cartas a escondidas. Me arrepiento de haberte cuidado desde que eras un polluelo. …… Si hubiera sabido que te volverías igualito a ellos, jamás lo habría hecho.
—No hable así de sus hermanos.
—Ya lárgate.
La que estaba echando chispas era Mariposa, la maestra de Noah Germian, el que aguantaba su furia con bastante terquedad era Adrian Rubeche. Al identificar a los dueños de las voces me picó la curiosidad, pero la conversación se sentía cargada de sentimientos tan privados que me dio cosa seguir escuchando. Por más que la situación fuera crítica, sentí que no estaba bien andar de ‘sapa’ escuchando algo así, así que estaba por retomar mi camino sin pensarlo dos veces cuando escuché:
—Te voy a reconocer una cosa que hiciste bien. El haber traído a esa mujer.
—Ella no tiene nada que ver con este asunto. Es más, voy a hacer que no tenga nada que ver.
Mis piernas se quedaron tiesas al escuchar que hablaban de alguien que, obviamente, era yo.
—Ay, Adrian, qué sano eres. ¿Ella te ha dicho exactamente por qué razón está aquí?
—…….
—Tú también lo sabes. Esa mujer vino aquí buscando eso. Pobrecita, parece que la tienen chequeada con una vigilancia brava y no se puede ni mover.
Caminé con cuidado, haciendo crujir la nieve, me oculté al lado de un árbol seco y flaco.
—Está equivocada. Ella no sabe nada.
—Ah, ya. ¿O sea que vino puramente como invitada del Barón? Pues qué pena por ella, porque el Barón también le tiene el ojo puesto.
—Mariposa Ford.
Dejando de lado los malentendidos sobre mi persona, era una conversación difícil de descifrar. Como parecía que la charla iba para largo, me deslicé lentamente por el tronco del árbol hasta quedarme sentada.
—Ya deje de hablar de ella. La que me preocupa más es usted.
—¿Yo? ¿Yo qué?
—Incluso si sospecha de sus intenciones, ni se le ocurra hacerle daño. Lo que pasó con su hermano…….
Las palabras de Adrian se cortaron en seco por una carcajada estrepitosa. Fue tan repentino que hasta yo, que estaba escuchando a escondidas, me pegué un susto; y más que una burla, sonaba hasta alegre. Sí. Eso era lo que me causaba más desconfianza.
—Ay, mi hermanito… él se fue por su propia cuenta y terminó así, pues. Esté como esté ahora, no tiene nada que ver conmigo. A mí lo único que me interesa es…….
—Eso será recuperado y destruido de inmediato.
—Eso es lo que decidieron ‘ustedes’, pero para ‘nosotros’ la cosa es distinta.
—Sin importar el bando, el Maestro de la Torre dijo…….
—Shhh.
Adrian Rubeche se calló de golpe.
—Me olvidaba que en este lugar hay muchas orejas escuchando.
Tras esas palabras, no se oyó nada más. Deben haber usado algún hechizo de silencio para que las voces no se filtraran. Para alguien como yo, que no conoce bien el trasfondo, solo era una lista de información bien confusa y sin contexto. Me quedé sentada ahí mismo, grabando paso a paso en mi cabeza lo que acababa de escuchar.
Pero un momento después, sentí una respiración cerca y levanté la cabeza con cuidado. En medio de la oscuridad total, solo brillaban unos ojos azules. Me quedé mirando fijamente a la bestia negra que tenía la forma de un depredador grande. ¿Un lobo? No, para ser un lobo era un poco más pequeño. Los colmillos que asomaban por su hocico abierto daban bastante miedo. Sin embargo, lo que más me helaba la sangre eran esos ojos que me observaban sin hacer ni un ruido.
—Hola, Roy.
En el tiempo que no lo vi, su aura se había vuelto bien imponente. Terminé mis breves observaciones y le hablé bajito mientras ponía mi mano sobre su cabeza. Normalmente habría saltado a pedir mimos, pero esta vez, extrañamente, se me quedó mirando sin reaccionar. Sin embargo, al poco rato cerró el hocico donde mostraba los dientes y cerró los ojos, dejándose acariciar por mi mano.
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