Mi apacible exilio - 76
Los preparativos por este lado ya estaban listos.
Llené hasta la última piedra de maná que quedaba con el éter que había extraído de Luite.
A simple vista no parecía haber cambiado nada, pero si aparecía la más mínima grieta en esa superficie, todo alrededor volaría por los aires en una explosión.
Adrian Rubeche observó todo el proceso.
Para ser franca, me incomodaba que me viera un mago, más que cualquier otra persona, pero como sentía que él miraba de una forma distinta a la de sus compañeros, lo pensé un poco y se lo permití.
Para ser exactos, era curiosidad; y la otra mitad, de seguro, eran sus ganas de comprobar si yo estaba intentando estafarlos.
Cuando saqué las piedras de cristal de mi bolsillo y las solté de porrazo, él entornó los ojos con desconfianza, pero en cuanto empecé a extraer el éter, sus ojos se pusieron redondos como los de un niño.
—Sé que hay algo ahí. Aunque no pueda verlo.
—Eso suena bastante aterrador, ¿sabe?
Metí el éter, que había enrollado como si fuera un hilo, dentro de la primera piedra de maná.
Entonces se la entregué a Adrian Rubeche, que se había acercado sin que me diera cuenta para mirar.
Le dije que probara lanzándola; pensé que aceptaría al toque, pero me salió con que por qué íbamos a desperdiciar algo tan valioso así por así.
—Ya me quedó claro que la joven duquesa no mentía.
—…… Eh…… bueno, se lo agradezco. Pero igual tenemos que confirmar si explotan bien, ¿no?
En ese momento Tenet, que no había dicho ni una palabra, se acercó de pronto y le arrebató la piedra de la mano a Adrian Rubeche.
Y antes de que alguien pudiera reaccionar, la lanzó lejos con fuerza.
Tenía tanta fuerza que la piedra voló hasta el fondo de un solo tiro; al poco rato, se escuchó un estallido sordo y vi cómo la nieve se dispersaba en una nube blanca.
—Funciona bien.
—Me parece que no hace falta ni usar magia, usted mismo podría lanzarlas, sir. Qué bárbaro.
—No es para tanto.
Adrian Rubeche seguía en la misma postura, como si todavía estuviera sujetando algo, mirando hacia allá con una cara de tonto.
Pronto reaccionó y, con el rostro desencajado por la molestia, abrió la boca:
—¡Cómo van a desperdiciar así una piedra de maná tan cara!
—Tranquilo. Como era para la prueba, usé una de la peor calidad a propósito.
Cuando le respondí con calma, él se quedó mirando alternadamente a Tenet y a mí, como si no supiera con quién desfogar su cólera.
—¡Al menos me hubieran avisado! ¡Si me la habían dado a mí!
—No es que se la haya dado a usted precisamente.
Tenet respondió sin inmutarse mientras miraba hacia acá.
—Parece que él también se moría de ganas por lanzarla.
—¡No, o sea, también, pero si lo dice así me hace quedar como un…! ¡Sir Tenet!
Ignoré lo que siguió, que empezó con un ‘Usted, no pensé que fuera así’ y continuó con una sarta de quejas, mientras terminaba de cargar el resto de las piedras con éter.
Para cuando terminó todo el proceso, sus humos ya habían bajado, así que con una cara más tranquila que antes, cargó la caja llena de piedras y regresó con los suyos.
Los preparativos por allá tampoco demoraron mucho.
Sin embargo, como no se sabía qué podía pasar a pesar de manejarlo con magia, hicimos que la gente de los pueblos vecinos evacuara con anticipación a través de Ruth.
Como era de esperarse, nuestro alojamiento pasó a ser una posada vacía en medio del pueblo.
Pasamos la noche ahí y, a la mañana siguiente, el escudero de Ruth nos confirmó que todos los habitantes de las cercanías ya habían evacuado.
El movimiento de los magos se volvió frenético.
En realidad, mi papel aquí ya había terminado, pero los seguí con total naturalidad, como si fuera parte del grupo desde el principio.
—¿Cómo piensan hacerlo sin que suba nadie?
—Ni idea.
Escuchando la respuesta de Tenet, a quien de verdad parecía no importarle nada, observé cómo los magos se preparaban afanosamente.
El lugar en sí se había elegido siguiendo el consejo de Ruth.
Iríamos en orden, empezando por los puntos donde, según las estadísticas, las avalanchas eran más frecuentes.
Andando por ahí, quizás podríamos terminar llegando cerca de la mina oculta donde estaba la piedra de maná que ellos buscaban.
Pronto, los magos se alinearon guardando cierta distancia entre sí.
En todo el centro estaba Adrian Rubeche, y a su lado se encontraba Mariposa, la maestra de Germian.
Me quedé mirando su espalda en silencio.
A diferencia de cuando nos volvimos a ver, que me saludó con una cara bastante amable, ahora no intentaba hablarme de forma activa como la primera vez.
Todas las pistas fueron entregadas a través de Germian.
Recordé lo que me contó Germian: que la rescató cuando estaba perdida y la acompañó un rato, y que la que habló con ese hombre fue su maestra.
Los magos, por naturaleza, le daban mucha importancia a las recompensas, por lo que algunos decían que eran incluso más interesados que la gente común.
Luego, recordé las palabras que ella añadió con naturalidad mientras me hacía esa propuesta secreta, diciendo que sería bueno para ambas.
Tenía que acercarme a Mariposa de alguna forma, pero el problema era que la vigilancia de ese tal Adrian era más estricta de lo que pensé.
Y este hombre…….
—Creo que aquí estaremos seguros.
Desde que descubrí sus intenciones, se estaba portando de una manera extrañamente tibia.
No es que quisiera que tomara la iniciativa como antes, pero como le dije que no estorbara, es como si de verdad no estuviera haciendo absolutamente nada.
‘Si llega a saber las intenciones de ese sujeto, ¿qué piensa hacer?’
Recordé la pregunta que Tenet me hizo a la ligera aquel día, después de decirme que haría lo que yo pidiera.
‘¿Y si ese autor intelectual es quien usted cree, duquesa?’
‘¿Qué es lo que piensa hacer?’.
Luego, las conversaciones que tuve antes con el barón me vinieron a la mente una tras otra.
‘Nada, supongo’.
La respuesta seguía siendo la misma. La prometida del príncipe, la hija de un duque. Incluso si descubriera quién está detrás de todo esto, con este estatus que no es más que una cáscara vacía, no habría nada que yo pudiera hacer.
‘Pero es mejor que estar como una idiota sin saber nada’.
Sentía que no me quedaría tranquila hasta confirmar con mis propios ojos si el hombre que buscamos es realmente quien yo pienso. Como fuera, parecía estar relacionado con mi familia, así que también quería verificar eso. Además, así podría resolver de una vez esa duda que me venía carcomiendo desde hace un tiempo.
¿Será verdad que fue el Emperador quien me envió aquí? Y si es así, ¿estará relacionado de alguna forma con Tenet, ese hombre? Cosas así.
A pesar de que los preparativos ya estaban más o menos listos, por allá se seguían portando de una manera bastante tibia. Mientras me preguntaba cuándo pensaban empezar, me acerqué y vi a Adrian y a Mariposa conversando uno al lado del otro en el centro. Daba la impresión de que a Adrian ya no le importaba que nos metiéramos en medio.
—Disculpen si interrumpo. Es que tenía curiosidad por saber qué piensan hacer con eso.
—No tiene por qué decir eso. Usted también es parte interesada en este asunto, ¿no?
Ante la respuesta seca de Adrian, Mariposa puso una cara extraña y soltó un ‘Hmm…’ mientras le hincaba el costado con el codo. Adrian fulminó a Mariposa con una mirada de desprecio, pero de inmediato se dirigió a mí:
—La señorita Mariposa dijo que ella se encargaría de esta parte.
—Sí. Esta parte la puedo solucionar yo.
Mariposa respondió con toda la seguridad del mundo y señaló hacia atrás con la mano. Seguí su mirada. Algo que se veía como un puntito a lo lejos se fue acercando cada vez más hacia nosotros. Era Noah Germian, que venía corriendo con la cara roja como un tomate cargando algo.
—Germian. Vas a tener que mejorar esa condición física.
—¡Es que usted no lo ha cargado, maestra! ¡De verdad pesa un montón!
A Mariposa no le importó la queja de su discípulo y le hizo señas para que se acercara. Lo que él traía era algo cubierto con una tela oscura; por la silueta que se traslucía, parecía ser una especie de jaula.
—Vamos a usar esto.
Mariposa habló con elegancia mientras retiraba la tela de un tirón. Tal como sospeché, era una jaula. Sin embargo, lo que había adentro era…….
—Lo encontré hace poco. Resultó ser bastante útil. Y además, es bien obediente.
Mientras la escuchaba, volteé a ver de forma natural a Tenet, que estaba parado a mi lado. Tenet miraba lo que había dentro de la jaula con una cara inexpresiva, imposible de descifrar. Yo también volví a mirar.
Nuestro amigo con forma de ave hizo brillar sus ojos azules y, como si se alegrara de vernos, soltó un chillido: ¡Kik-kik!
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