Mi apacible exilio - 74
‘Tal vez no sea “esa persona” en la que usted piensa, Sir’. ‘¿Por qué está tan seguro de eso?’.
Para ser franca, no me había dicho abiertamente que le gustaba; solo que me consideraba alguien especial. Por eso, no me extrañaba que se pusiera a la defensiva de forma tan peculiar cada vez que surgía el nombre de Kaylus.
Sin embargo, a medida que me enteraba de hechos que ni yo misma conocía, empecé a pensar que tal vez entre ellos había una historia que yo ignoraba. Recordé la imagen de Tenet, parado allí, cubierto de vino —una escena que asombraría a cualquiera—.
‘¿Puedo preguntar cómo terminó así?’. ‘Preferiría que no lo supiera’.
Mientras más lo pensaba, más sentía que no era por simples celos. Yuri Tenet solía ser indiferente ante todo lo que no fuera yo, tal como él mismo decía; pero cuando se trataba de Kaylus, emanaba una sed de sangre que estaba a otro nivel.
Por supuesto, dependiendo de la persona, hay quienes muestran ese lado solo por celos. Pero mientras más lo pensaba…
‘¿Y si necesita a la joven dama por otra razón?’
Sentí que no se trataba solo de eso. Intenté imaginar el rostro de mi antiguo prometido, quien siempre me había tratado bien con esa sonrisa afable. Era un hombre amable, pero que siempre marcó una distancia conmigo; y, curiosamente, cuando finalmente me rendí y aparté mis sentimientos, empezó a actuar de forma cariñosa, volviéndose alguien indescifrable.
Mi antiguo prometido, a quien ni siquiera pude verle la cara —o mejor dicho, quien no quiso mostrármela— tras perder el trono ante su hermano.
Sea cual sea el propósito de Kaylus al buscarme…
Me detuve en ese pensamiento y miré al hombre frente a mí.
—Sí. Para ser honesta, no está mal. Incluso creo que me siento feliz, tal como dice usted, Sir.
Mi mirada, que estaba fija en el suelo, se levantó de golpe ante mis palabras secas.
—Sea cual sea su verdadero propósito al buscarme, tengo que encontrarlo. Si Su Alteza realmente me necesita…
Sus ojos, fijos en mí, se tiñeron de confusión. Con un rostro inexpresivo, como el de un actor ensayando, pero con un tono de voz exaltado, solté lo siguiente:
—Debo ir a verlo ahora mismo.
—…….
Tras declamar aquello como si fuera un guion, me quedé mirándolo en silencio por un momento.
—… ¿Pensó que diría eso?
La mano que sostenía su mejilla se deslizó lentamente hacia abajo, perdiendo fuerza. La punta de mi índice quedó enganchada en su firme mentón. Pude sentir su pulso, latiendo con un estruendo que delataba una agitación tan profunda como su expresión.
—¿Tenía miedo de que hiciera eso? ¿De que actuara como alguien cegada por el amor?
—No.
El pulso frenético que sentía en la punta de mis dedos comenzó a calmarse gradualmente. Lo miré desde arriba con ojos gélidos, como instándolo a continuar.
—Tal vez sea lo contrario.
—Dígamelo con claridad.
—Charlotte.
Él ya me había llamado por mi nombre algunas veces antes. Pero esta vez, sentí una extraña incomodidad. Intenté retirar mi mano con cautela, pero él la sujetó rápidamente, como si quisiera atraparme. Esto tampoco era la primera vez. Sin embargo…
—¿Qué tan especial lo considera?
—¿Me está preguntando cuánto me gustaba?
Me quedé helada por un instante, pero recuperé la compostura en cuanto escuché la pregunta, cargada de un matiz bastante audaz. Quise saber si lo que él llamaba “especial” coincidía con el sentido que yo le daba.
El hombre, que me miraba fijamente desde abajo, habló:
—Incluso si no fuera en forma de pareja, debe haber sido un ser importante para la Lady. Durante tanto tiempo…….
—Sí. A eso se refería. Tiene razón. Él ocupaba una parte muy importante de mi vida. Eso es verdad.
De hecho, no sería una exageración decir que lo era casi todo. Sacudí la cabeza de un lado a otro.
—En fin, lo que no le gusta es que un hombre así venga a desestabilizarme, ¿no es eso?
Esto también me resultaba incómodo a su manera. Él solía soltar palabras de ese tipo, de la nada, justo cuando estaba por olvidarlo.
Sí, últimamente se estaba comportando de una manera bastante aceptable. Sin siquiera negarlo, Tenet me miraba con unos ojos innecesariamente rectos. Por cierto, ¿qué demonios significaban esas palabras tan ambiguas de que «tal vez sea lo contrario»? Sentía que la cabeza me iba a explotar. No era un tema tan importante como para dedicarle tanta atención, y cuanto más lo pensaba, más desagradable me resultaba. Bien. Primero lo primero; lo que tengo justo enfrente. Una vez que descubra la realidad de estos asuntos, podré entender las intenciones de ese hombre o, tal vez, las del Emperador.
Ese pensamiento que me había estado atormentando desde hace rato comenzó a treparme por los pies, subiendo lentamente hasta la coronilla. Si realmente lo hubiera hecho de forma pura, sin segundas intenciones y solo por mi bien… entonces, ¿cómo debería tratarlo de ahora en adelante?
—Por cierto, rompió su promesa.
Dije con el rostro gélido mientras terminaba de apartar su mano de un tirón. ‘¿Puede ayudarme?’. No lo dije en su momento previendo que esto pasaría, pero, de cualquier forma, se convirtió en la excusa perfecta para acorralarlo. ‘No sé por qué me pide permiso a estas alturas’. Eso fue lo que dijo antes. Para decir eso, más le valdría haber nacido con el don de mentir bien, pero ni siquiera eso.
El hombre, que parecía absorto en sus pensamientos y algo distraído, se disculpó de inmediato como si acabara de reaccionar.
—Ah, lo lamento. Eso fue…
¿Qué habría dicho si no hubiera aceptado su culpa y hubiera dado una excusa como antes? Su rostro al disculparse se veía sumamente sereno.
—No parece que lo diga de corazón.
—…….
—Ya olvídelo.
Sacudí la cabeza levemente. Recordé cómo en el pueblo de Hampshire confesó dócilmente que aquello podría ser de ayuda para el Emperador. A menos que fuera un mentiroso nato o un actor profesional, lo que dijo en ese entonces debía ser verdad. Y como él no es actor, y es terriblemente malo mintiendo, por lo tanto…
Solté un leve suspiro y me froté el entrecejo.
—¿Ha descubierto algo más desde entonces? No creo que se haya limitado simplemente a buscar a ese hombre.
—Si se trata de algo relacionado con los magos… yo tampoco sé mucho.
—¿De verdad?
Ante sus palabras añadidas, desvié la mirada que hasta entonces mantenía fija en el suelo.
—¿Va a interferir de nuevo?
No es que hubiera puesto especial énfasis en la palabra «interferir». Sin embargo, en cuanto la pronuncié, las cejas del hombre se arquearon. Se notaba, sin filtro alguno, una mezcla de terquedad y rechazo; como si realmente no considerara que sus actos fueran una interferencia. Si yo no lo hubiera tanteado de antemano, ¿realmente planeaba encontrarlo y matarlo por su cuenta? ¿Y luego pensaba consolarme con cara de inocencia al verme sufrir?
—¿Qué significa exactamente eso de «interferir»?
—Lo que usted pretendía hacer. Todo aquello que decida hacer arbitrariamente sin mi consentimiento, bajo la excusa de que es por mi bien.
—Entonces, me gustaría que me dijera hasta qué punto se permite esa interferencia. —No se permite.
Su rostro se volvió tan inexpresivo como cuando se disculpó sin alma hace un momento. Tenet, que me observaba fijamente, abrió la boca.
—¿Y si se vuelve peligroso?
Recordé los momentos que, de vez en cuando, volvían a mi mente para aterrarme. La primera noche que llegué aquí y me dormí temblando; las personas que intentaron dañarme de formas totalmente irracionales. Incluso esa mirada que, de repente y sin ninguna relación de causa y efecto, se abalanzó sobre mí con la intención de devorarme. En cada una de esas ocasiones, recibí tu ayuda de una forma u otra, y desde algún momento, empecé a pensar en ti de manera natural.
—Sir Tenet.
—…….
Le sonreí a Tenet, quien me miraba con ojos sombríos.
—No voy a negar que he sobrevivido gracias a usted. Se lo agradezco.
Ante ese matiz que sonaba a despedida, su expresión de hierro flaqueó por un instante. Y al añadir el «se lo agradezco», su rostro se desencajó de inmediato, como si mis palabras lo hubieran sacudido profundamente.
—Pero esta vez, es una elección que tomo enteramente por mi voluntad.
Continué hablando mientras lo miraba con calma.
—Incluso si llegara a pasar algo… Usted…
…precisamente usted.
—Es un riesgo que estoy dispuesta a asumir. No me diga que me quede de brazos cruzados.
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Todo el lugar de las aguas termales está cubierto de blanco. Lo único bueno es que la altitud no es tanta, así que el frío es soportable. Junté mis manos, congeladas y enrojecidas, y soplé sobre ellas antes de terminar mi oración.
‘Por favor, ten piedad de mí y cuídame con tu amor’.
No fue una súplica interminable como de costumbre, ni tampoco algo tan ridículo como esa consulta amorosa que hice la última vez; así que el Señor debería estar satisfecho al escucharme. Terminé repitiendo un pasaje de una oración común.
De pronto, recordé la oración que hice poco después de llegar aquí. Fue justo después de despertar tras haber estado al borde de la muerte y de haber aceptado al enigmático Tenet. ¿Acaso no le pedí que, ya que había decidido sobrevivir, me ayudara a seguir adelante de alguna forma con el apoyo de ese hombre?
Despegué la frente de mis manos entrelazadas y giré la cabeza lentamente. A lo lejos, vi la figura de Tenet acercándose a grandes zancadas. También vi al mago de rostro arrogante que lo seguía de cerca, como si no tuviera orgullo alguno.
‘Está bien’. ‘……’. ‘No interferiré en nada de lo que haga la joven dama’.
Mientras recordaba su respuesta, tan inusualmente dócil, Tenet llegó a mi lado, sacó un par de guantes de su bolsillo y me los tendió.
—Yo también traje los míos.
Señalé mi bolsillo mientras hablaba, pero Tenet sacudió la cabeza.
—Estos son más cálidos.
Si él lo decía… No quise ser terca y acepté los guantes nuevos que me ofrecía. En ese momento, sentí una mirada punzante desde un costado.
—Por lo que veo, parece que el señor Rubeche también tiene las manos frías.
No era mentira. Su mano izquierda, que asomaba por la túnica, estaba más roja y congelada que la mía. El rostro de Adrian Rubeche, que me miraba con evidente fastidio, se contrajo con gracia.
—No importa cómo estén mis manos…
—Él sabrá qué hacer con ellas.
Tenet respondió por él. Adrian Rubeche lo volteó a ver con una cara que gritaba que tenía muchísimo que decir al respecto.
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