Mi apacible exilio - 128
El muchacho, que estaba sentado frente a la chimenea calentándose, puso cara de alegría apenas me vio bajar las escaleras. Tenet, que estaba sentado no muy lejos de él, también levantó la mirada al instante al verme. Estaba concentrado haciendo algo con un cuchillo, sin prestarle la más mínima atención al chico.
—Lo siento, pero creo que me va a tomar un poco más de tiempo terminar la respuesta.
El joven bajó la mirada de forma natural hacia mis manos vacías. Al escucharme, abrió la boca con un gesto de desconcertismo.
—Te voy a dar un cuarto en el primer piso. Es donde se quedó un invitado hace poco, no se vive nada mal ahí.
Le hice un gesto con la mano para que se acercara y el chico se levantó dócilmente. Sentí cómo la mirada de Tenet, que seguía sentado sin inmutarse, se clavaba en él. Sin darle importancia, guié al muchacho hasta el dormitorio donde se había hospedado Rolan. Lo dejé ahí mientras no paraba de agradecerme con reverencias y salí de la habitación.
—Yo mismo me encargaré de sus comidas.
—Gracias. No me voy a demorar mucho.
Tenet levantó la mirada en silencio y se me quedó viendo. Pasé por su lado sin detenerme y volví a subir las escaleras. Mi destino era el estudio del tercer piso. Ese lugar donde me encerré un día entero a escribirle la carta a Caylus antes de que Rolan se fuera. Por culpa de eso, no había vuelto a pisar ese sitio en buen tiempo. Entré al estudio con frialdad y volqué el tacho de basura que estaba debajo del escritorio.
Salió un montón de cartas que había descartado mientras escribía. Unas porque no me convencía el saludo, otras porque la despedida no me cuadraba. O simplemente por puro capricho las había tirado a la mitad.
Recogí algunas y les eché un ojo rápido. El contenido no era muy distinto a la que le envié con Rolan. Por más que intenté ser lo más respetuosa posible, por todos lados asomaban frases afiladas como cuchillos que soltaban toda mi indignación hacia Caylus. En aquel momento, escribí eso porque sentía rechazo ante su obsesión inexplicable hacia mí; eran hojas que, bajo un empaque elegante, no eran más que armas bien afiladas. Pero ahora, comparado con la verdad, me parecían cartas demasiado tibias.
‘Aileen Sonnet. Seguro te suena el nombre. Fue la dama de compañía que estuvo a tu lado por años’.
Lo que el Emperador me acababa de decir volvió a revolverme la cabeza. La segunda hija de un Vizconde, de cara dulce y pocas palabras. Tal como dijo el Emperador, a pesar de que estuvo conmigo tanto tiempo…
‘La encontraron muerta, parece que se suicidó. O sea, ya pasó hace un tiempo. ¿Unos días antes de que usted se fuera para allá, quizás?’.
Mi propia dama de compañía, la que supuestamente cambió mi regalo con total descaro para mandarme directo al matadero.
‘Honestamente, fue algo sospechosamente simple. Sin ningún tipo de encubrimiento elaborado, todas las pruebas y circunstancias estaban armadas para que te señalaran a ti’.
No es el estilo de mi hermano, ¿no crees?, añadió el Emperador con tono burlón. No, ahora que lo pienso, era un método muy propio de Caylus. Aunque resentía al difunto Emperador por hacerlo sufrir, él fue alguien que hasta el último segundo nunca dudó de que se sentaría en el trono. Jamás se le pasó por la cabeza que su hermano menor, no él, terminaría siendo el Emperador. Esa trampa tan simple, que ni se molestó en pulir, le habría servido al Caylus emperador como la excusa perfecta para hundirnos a mí y al Duque sin mayor esfuerzo. Así es. Él realmente estaba convencidazo de que el poder sería suyo.
‘¿Hay pruebas claras de que el Príncipe Caylus está detrás de esto?’.
‘Pruebas contundentes, todavía no. Esas sí las tiene bien escondiditas’.
‘¿Cuántos saben sobre esto?’.
‘Solo yo y mis allegados. …… Ah, ahora usted también’.
Quien tiene la sartén por el mango es el Emperador. Tal vez podría usar esta carta para terminar de deshacerse del Duque, tal como Caylus quería. O quizás, usando como excusa que la situación es insalvable, podría quitarme del camino de Tenet de una vez por todas, ya que siempre he sido un estorbo para él. Pero él dijo que no lo haría.
‘…… ¿Puedo preguntarle por qué me cuenta todo esto?’.
El Emperador, que me instaba diciendo que yo ‘tenía que estar furiosa’, se quedó callado. Si hubiera estado frente a mí, seguro se habría quedado analizando mi reacción en silencio.
‘Condesa. Soy yo el que quiere preguntar’.
‘……’.
‘…… Ahora, ¿qué es lo que quieres hacer tú?’.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
No respondí de inmediato a la pregunta del Emperador. Esa interrogante tan vaga y lejana me dejó aturdida por un momento, tuve que aguantarme las ganas de soltar una risa amarga. Después de un buen rato, pregunté:
—En eso de ‘sus allegados’ que mencionó…
—……
—…… ¿También está incluido Sir Tenet?
El Emperador respondió de inmediato, sin mostrarse ofendido.
—Puedes preguntarle a él directamente para confirmarlo.
Toc, toc. Toc, toc.
Luego de los toques que venían escuchándose desde hace un rato, se oyó el clack de la puerta abriéndose. Tenet, que abrió la puerta con cuidado, me miró con una mezcla de alivio y desconcierto. Dijo que entró porque le preocupó que no respondiera después de haber tocado varias veces, pero yo no le contesté nada; solo me quedé mirándolo.
—Charlotte.
—Dime.
—¿Acaso la carta decía algo malo?
Esperé un poco antes de responder:
—No.
—Yuri.
—Sí.
Tenet respondió al toque, pero como me quedé callada después de llamarlo, me miró un buen rato como extrañado. Se le notaba todo en la cara. Se veía clarito que estaba preocupado, pensando que de verdad había pasado algo. Al tenerlo cerca, se notaba más. Entró a paso firme hasta el fondo de mi habitación. Luego, se sentó con cuidado en el borde de la cama y estiró la mano hacia mí, que estaba echada mirando el techo.
—Me he enterado de una noticia lamentable.
—…… ¿Es algo que no me puede contar?
Sus dedos, que jugaban con un mechón de mi pelo cerca de mi mejilla, subieron con total naturalidad para acariciarme. Parecía cauteloso, pero a la vez era bastante lanzado.
—…… ¿Acaso él rechazó su pedido?
La mirada con la que me observaba era algo feroz y pesada. Aunque para él debería ser una noticia excelente, su cara reflejaba indignación, como si pensara: ‘¿cómo se atrevió ese tipo a rechazarla?’.
Solté una risa amarga y me incorporé despacio.
—No. Sir Dyer aceptó mi pedido con gusto.
—…… Qué bueno, entonces.
Fingió calma para ocultar su decepción y sonrió. Yo me quedé mirándolo un momento y, de la nada, lo empujé por el hombro hasta hacerlo caer de espaldas. Aunque se desconcertó, Tenet solo parpadeó en silencio. Me miraba a mí, que lo observaba desde arriba casi como amenazándolo, pero aun así me sonrió como siempre.
—¿De verdad piensas eso? ¿Que es algo bueno?
Parecía extrañado por ver mi cara tan fría, algo inusual en mí, pero no le tomó mucha importancia. Como ya lo había vacilado otras veces haciéndome la seria, seguro pensaba que esta era una de esas ocasiones.
Me quedé callada un buen rato. Sentía que si abría la boca, se me iban a escapar todas las palabras atropelladamente, así que no era fácil soltarlas. Todo el esfuerzo que hice por ordenar mis ideas fue por las puras. Apenas vi su cara, me quedé muda otra vez. ¿Por dónde se supone que debía empezar? ¿Y cómo se supone que le transmita todo este remolino de sentimientos que estoy sintiendo por él ahora mismo?
—Charlotte.
—…….
—Perdón por lo de la otra vez. Debí respetar su voluntad, pero solo me puse a pensar en lo mío.
—¿A cuenta de qué te disculpas de pronto?
—Es que tiene una cara como si estuviera resentida conmigo.
Tenet, que me miraba fijamente ante mi silencio, estiró la mano. Con total confianza, me acarició la mejilla con su mano grande, como tratando de calmarme.
Su otra mano subió y me rodeó la cintura con confianza, como queriendo acercarme. Yo le sujeté el brazo con fuerza, frenando su intención de abrazarme.
—…… ¿De verdad me respetas?
—Sí.
Mentiroso.
Contuve las ganas de mandarlo a rodar ahí mismo y apreté más su brazo. Suspiré mirando hacia la nada por un momento y luego volví a hablar.
—Si de verdad me respetas…
—…….
—… dime todo lo que no me has contado hasta ahora. Suéltalo todo.
El hombre no respondió. Solo parpadeó ante mi tono gélido, que sonó casi como una amenaza.
—No entiendo de qué me está hablando.
—La verdadera razón por la que terminé aquí… y todas las demás cosas que me has estado ocultando.
—…….
—Como por ejemplo, que te vendiste al Emperador solo por la seguridad de alguien.
—Charlotte.
Él intentó incorporarse a medias mientras pronunciaba mi nombre, como queriendo refutarme.
—¿Acaso se lo dijo Ethan?
Y lo único que se le ocurrió decir fue eso.
—¿Eso es lo que importa ahora?
—…… No sé quién se lo habrá contado, pero…
—¿Pero por qué rayos hiciste una locura así?
Sentí que las emociones se me desbordaban; traté de contenerlas, pero en cuanto solté las palabras, me derrumbé por completo.
—…… ¿Quién diablos me creo que soy? ¿Por qué te entregaste por alguien como yo? ¿Por qué hiciste esa estupidez…
—…….
—¿…… por qué lo hiciste?
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com