Mi apacible exilio - 125
—¿Hoy va a ir al pueblo?
Me preguntó Tenet mientras me pasaba una taza con agua caliente. Todavía con los ojos medio pegajosos por el sueño, recibí la taza y miré por la ventana.
Como era bien temprano, el cielo se veía de un azul bajito.
Me quedé callada un momento, sacando la cuenta de los días mentalmente. Había pasado una semana y dos días exactos desde que llegó la primera carreta del castillo. Hacía cinco días que el caballero Rolan se había ido, ya iban dos semanas desde que el bendito Percum se largó de una vez.
—No
respondí, me terminé el agua de un solo porrazo.
La respuesta de Ruth se estaba demorando más de la cuenta. Al principio me dio un poco de roche acordarme de cómo le había asegurado a Tenet que respondería rápido, pero ahora más que nada sentía culpa por Ruth. Al final, esta tierra del norte, que es bien brava, recién estaba tratando de volver a la normalidad después de esa tormenta de nieve tan horrible.
Si en el pueblito de Benihill todos andaban ocupadazos reconstruyendo todo, me imagino que en el castillo la cosa debía estar mil veces peor. Menos mal que no se me ocurrió poner en la carta que me respondiera al toque; me habría muerto de la vergüenza por ser tan desconsiderada.
Hoy ya se cumplían tres días que no pisaba el pueblo. No quería ir para que no pareciera que estaba presionando por la respuesta.
Según lo que le saqué a uno de los cargadores la otra vez, los invitados importantes de la capital seguían metidos en el castillo. A lo mejor el lío con los magos no se arreglaba ni con el mismo Emperador mandando gente para mediar.
De solo pensarlo, sentía que ya no había esperanza. Si la cosa seguía así, no me iba a quedar de otra que chapar un caballo e ir yo misma al castillo. Si Ruth no podía ayudarme, mi plan B era Adrian Lubeche; y como ya habíamos hablado de él, pensé que mejor era ir de frente.
Para pasar caleta, no había mejor lugar que la Torre de los Magos, aunque me dejaba un sinsabor extraño.
Mientras ordenaba mis ideas, me di cuenta de que Tenet me estaba mirando. Me hice la loca y le sonreí.
La propuesta de ese hombre tenía que ser mi última, ultimita opción.
Estaba ahí dándole vueltas a mis planes cuando noté que las manazas de Tenet, que estaban secando una taza, se quedaron quietas. Levanté la cabeza y vi que se había quedado serio, mirando fijo hacia la entrada.
Al toque, escuché afuera el resoplido de un caballo y un relincho.
—Parece que tenemos visitas desde temprano.
Antes de que pudiera decirle algo, Tenet se levantó y caminó a paso firme hacia la puerta. Por el perfil de su cara, se notaba que no le hacía ninguna gracia.
Después de Ethan y Rolan, la verdad es que todos los que caían por acá eran, como decía Tenet, unos ‘arrimados’. Así que en vez de seguirlo, me quedé sentada estirando el cuello para ver qué pasaba en la entrada.
Escuché su voz preguntando:
—¿Quién es?
Se quedó callado un buen rato y de ahí me llamó:
—Charlotte.
A pesar de que el visitante se había venido bien abrigado, tenía todas las partes descubiertas rojas por el frío. Era un muchachito que, con la boca casi congelada, nos saludó a los dos y explicó que venía a entregar una carta de su patrón.
No debía tener ni dieciséis años, se le veía bien chibolo. Seguro era un aprendiz de los que le hacen los mandados a Ruth.
Se sacó la carta del pecho al toque y me la entregó agachándose hasta la cintura. Me quedé mirándolo un poco perpleja y lo invité a pasar.
El chico, que estaba tieso de los nervios, se puso contento cuando lo invité, pero miró de reojo a Tenet y luego me miró a mí, como pidiendo permiso.
—Disculpe por venir tan temprano.
Me lo decía a mí, pero estaba clarísimo que el saludo era para quedar bien con Tenet. Yo le seguí la corriente con naturalidad.
—No te preocupes. ¿Te has pasado toda la noche cabalgando?
—Sí. Es que me pidieron que se la entregara lo más rápido posible…
El muchacho se acercó a la chimenea, todavía un poco tímido.
—También me dijeron que regresara con una respuesta. Así que, esto…
—Claro. Quédate aquí y descansa tranquilo hasta que la tenga.
Asentí y le alcancé un poco de agua caliente.
—Para haberse demorado tanto, ahora resulta que tienen mucha prisa por la respuesta .
—Mejor así. Voy un ratito arriba a traer papel nuevo.
Le respondí a Tenet y bajé al toque con mis cosas. Me senté a una distancia prudente del chico y abrí el sobre de Ruth.
Eran dos hojas escritas por ambos lados con una letra chiquitita, bien apretada.
Me acomodé en el sofá y empecé a leer con calma.
Estimada señorita Fayril:
Primero, le pido mil disculpas por haberla hecho esperar tanto. La verdad es que pensaba responderle al día siguiente de recibir su carta, pero como iban saliendo noticias nuevas que quería contarle, terminé escribiéndola de nuevo tres veces. Espero que, después de tanta demora, mi respuesta sea lo que usted esperaba.
Antes que nada, gracias por preguntar por la salud de mi abuelo. A diferencia de lo que decía el médico, que no pasaba de este año, él sigue dando pelea. Cuando le dije que usted estaba preocupada, se puso muy contento y me pidió que le diera las gracias de su parte.
Lo que seguía era un texto largo contándome cómo seguía el Barón últimamente.
Incluso mencionaba que, desde que llegaron las visitas de la capital, el Barón parecía haber recuperado las fuerzas.
También me escribió preocupada por el lío con los magos. Para serle franco, después de que usted se fue, la cosa seguía estancada, pero gracias a que Su Majestad mandó a su propia gente, se ha avanzado un montón.
Primero, le pido que me disculpe por no poder darle detalles sobre la repartición de esas piedras de maná, aunque sé que usted estuvo metida en todo esto y fue una de las víctimas.
Lo que sí le puedo asegurar es que, gracias a la mediación del Emperador, todo se ha resuelto de forma bastante pacífica. Y esto, repito, se lo debemos a usted y a Sir Tenet, así que estamos más que agradecidos.
La verdad, a mí no me quitaba el sueño cómo se repartían las piedras. Lo bueno era que, al parecer, habían solucionado el problema. La Torre de los Magos se iba a hacer cargo de purificar las piedras y también toda la zona donde hicieron sus experimentos.
De los contratos previos que tenían con la Torre, no decía nada. Yo tampoco pregunté y Ruth seguro no vio la necesidad de tocar el tema. Decía también que, en cuanto acabe la temporada de nieve, la Torre mandaría más magos para empezar la purificación y que, como el castillo queda lejos, pensaban convertir las casas de los pueblos cercanos en alojamientos.
Señor Rubeche se llevó a esa mujer y a su discípulo apenas paró la tormenta. Se habló mucho sobre qué hacer con ella, así que no le puedo contar todo, pero el conde Milton, el asesor de Su Majestad, no estaba muy de acuerdo, aunque al final dejó que se los llevaran.
Rubeche no tardó nada en volver con más magos para apoyar con la limpieza. La otra vez que me lo crucé, me preguntó por usted y por Sir Tenet, así que aprovecho para contárselo.
Dice que se quedará ayudando aquí hasta que el Maestro de la Torre lo llame. Me lo repitió varias veces, como dándome a entender que quería que se lo dijera.
Aparte de eso, Ruth me contaba algunos chismes del castillo y cosas suyas; incluso que apenas termine el invierno —o quizá en primavera— heredaría el título de Barón.
Y entonces, llegué a lo que de verdad estaba esperando:
Sobre ese ‘favor’ que me pidió con tanta cautela en su carta, quiero decirle que no tiene de qué preocuparse. Más bien, cuando leí la palabra ‘favor’, me dio hasta roche.
Como le dije aquella vez, todos en el castillo les estamos profundamente agradecidos. Así que, si de verdad decide venir, todos la recibiremos con los brazos abiertos.
¡Imagínese lo feliz que se va a poner la pequeña El! Ella está muy bien; la señora Verda se quedó con ella en el castillo mientras pasaba el Percum.
Bueno, ya me estoy yendo por las ramas, pero el punto es que, si decide volver como me dijo, esta vez sí quiero atenderla como Dios manda. Por supuesto, tomando en cuenta su situación, ya estoy viendo cómo instalarla en un lugar tranquilo donde nadie la moleste.
La carta ya estaba por terminar. Me pareció raro que no hiciera tanto escándalo preguntando por Tenet.
Estaba por darle una lectura rápida al final, pero me detuve. Había un párrafo entero lleno de tachones, como si hubiera escrito algo y luego se hubiera arrepentido. Al final, parece que Ruth se armó de valor para contarme lo que tanto dudaba:
Hay algo que no me ha preguntado, pero me imagino que le debe dar curiosidad. Como le dije, mi abuelo quiso encargarse personalmente del lío con los magos a pesar de estar mal de salud, así que yo no me metí mucho.
Pero, siendo su mano derecha, escuché algunas cosas. Una tiene que ver con su padre, el Duque. Fue un chisme que le escuché al conde Milton mientras hablaba con otros, pero parece que el Emperador no piensa dejar pasar esto así nomás.
Escuché que están investigando si el Duque ha hecho jugadas parecidas en otros lados; es más, creo que ya lo están investigando a fondo. Me pareció que era importante que usted lo supiera, por eso se lo cuento con mucha reserva.
Debajo de eso, había otra línea tachada.
Y luego, el cierre de la carta, escrito como con apuro:
Como esta carta tiene información delicada, se la mando con mi propio escudero. Apenas tenga su respuesta, désela a él para que me la traiga volando.
Mi abuelo está que se mete a cada rato en lo que escribo, así que mejor corto aquí. Espero su respuesta. Que Dios la proteja.
Atentamente, Ruth Dyer.
Ruth Dyer, siempre tan leal. En su carta no faltaba nada de lo que le había preguntado. Sobre lo que no pregunté, en algunas cosas se disculpaba por no poder hablar y en otras me decía que prefería contarme porque ‘era mejor que lo supiera’.
Saqué papel nuevo al toque. Aunque el clima había mejorado bastante, pensaba escribir sin apuro para que el muchacho, que se había pegado ese viaje cansadazo bajo el frío, pudiera descansar tranquilo.
Estaba por mojar la pluma en la tinta para escribir ‘Querido Sir Dyer…’, cuando algo me saltó a la vista, como una pieza de un rompecabezas que no encajaba. Me di cuenta de que era algo escrito al reverso que se me había pasado. Para haberlo puesto después de despedirse, Ruth debió estar bien apurado.
Le di la vuelta al papel, así como quien no quiere la cosa, me quedé helada a mitad de la lectura. En ese instante, crucé miradas con el chico, que me estaba observando fijo como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
Añado esto de urgencia. Un caballero que vino con el Conde tiene algo que entregarle, así que lo mandé con el muchacho. Pero ese caballero recalcó una y otra vez que la persona que está con usted no debe enterarse por nada del mundo; tiene que revisarlo a solas.
Como el asunto me pareció medio sospechoso, yo mismo chequeé el objeto por si las moscas, pero no encontré nada raro. Apenas termine de leer, avísele al chico y él le dará lo que ese caballero le encargo.
No hubo necesidad ni de decirle nada. Apenas confirmé que Tenet no estaba porque acababa de subir las escaleras, el muchacho se me acercó y me tendió lo que traía guardado en el pecho.
Lo recibí sin hacer mucha fonomímica y me lo metí al bolsillo. Le dije que iba a terminar de escribir la respuesta arriba y que se relajara un rato, subí las escaleras.
Tenet debía estar por algún lado del segundo piso. Me quedé pensando un ratito si de verdad estaba bien ocultarle esto. Me quedé ahí parada a mitad de la escalera, indecisa, hasta que finalmente entré al cuarto y cerré la puerta. ‘Bueno, vamos a ver qué es esto’, pensé, saqué el objeto con cuidado. Era una bolsita bien humilde, toda gastada, de esas que a cualquiera le daría cosa tocar.
Al tantear la bolsa, sentí algo redondo. La abrí al toque para ver qué había adentro.
—…….
Me quedé mirando eso con una cara de no entender nada. Por más que lo observaba, no lograba descifrar qué diablos era.
Era una esfera del tamaño de la palma de mi mano. Lo raro era que era negra como la boca de un lobo, pesaba más de lo que parecía y… se sentía una pizca de energía mágica flotando alrededor.
Y lo más importante…
—Yo ya he visto esto antes.
Definitivamente me resultaba familiar. Para ser una simple esfera, se notaba a leguas que era algo fuera de lo común. Y al toque me cayó el veinte de dónde la había visto.
Era igualita a esa esfera partida por la mitad que encontré revisando la maleta de Tenet apenas llegamos a este lugar.
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