Mi apacible exilio - 124
Esa frase que Rolan soltó como último recurso logró, fríamente, dejar a Charlotte clavada en su sitio cuando ya estaba por irse.
Se quedó quieta un momento, de espaldas, sin reaccionar. Luego, se dio la vuelta con una lentitud pesada para encarar a Rolan.
Su rostro parecía haber olvidado hasta la última gota de compasión, incluso ese mínimo de cortesía que se le tiene a un enfermo. Charlotte ya ni se molestaba en ocultar la furia que le hervía por dentro mientras lo fulminaba con la mirada.
—… ¿Me está amenazando?
El que terminó descolocado fue Rolan.
—N-no… Pero, ¿p-por qué…?
—No veo la diferencia con una amenaza. Decirle a alguien que ya te rechazó que no piensas rendirte…
—…
—Si de verdad lo dijo con esa intención, qué valiente. Su Excelencia dice que no se va a rendir conmigo, ¿y quién sabe si mandará a otro tipo como usted? Me da pánico pensar que esa persona sea igual de inepta que usted y me vuelva a poner en peligro por no saber hacer bien su trabajo.
Rolan se quedó pálido, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua. Parpadeó confundido ante esa descarga de críticas mordaces y luego se le quedó mirando a Charlotte, como si no terminara de procesar lo que oía.
Él aceptaba que la había fregado por su falta de experiencia, tal como ella decía.
Pero, mientras más escuchaba, más sentía que Charlotte no solo lo atacaba a él, sino que le estaba lanzando dardos directamente a Kaylus, su ex-prometido.
Rolan volvió a fijarse en la cara de Charlotte. No se veía como una mujer herida o resentida por haber sido abandonada por su padre y su pareja. Y eso lo descolocaba aún más.
—Y-yo… s-solo… de v-verdad… lo d-digo por… su… su s-sinceridad… por lo que é-él siente…
Rolan tartamudeaba peor que antes de lo nervioso que estaba.
Para él, Kaylus era un hombre que, a su manera, le daba un amor infinito a su prometida. El solo hecho de haberle puesto un guardián como él para que nadie se le acercara —sabiendo que ella era fácil de convencer con la amabilidad de otros— era, según él, una prueba de afecto.
El problema de raíz era que Kaylus la veía como alguien desesperada por afecto ajeno y por eso le puso un ‘vigilante’, pero Rolan no tenía cómo saber que eso estaba mal.
Era, básicamente, un choque de perspectivas. Al ver que Rolan la miraba como si ella fuera la rara, Charlotte se dio cuenta al toque de cómo pensaba él.
Pero, aunque lo entendiera, no tenía por qué ponerse a explicarle toda su vida para que él comprendiera por qué ella estaba tan asada.
Charlotte decidió no seguirle la corriente y cerró la boca, así que solo se escuchaba a Rolan soltando palabras desesperadas en un monólogo unilateral.
Fue recién ahí cuando Yuri soltó el puño que tenía apretado sin darse cuenta y guardó la navaja, que le había dejado una marca roja en la palma de la mano.
—U-usted… lo e-está… m-malin-terpretando… t-todo.
Yuri se fue hacia la cocina buscando algo para limpiarse la sangre que le empezaba a salir. Agarró un trapo blanco y se frotó la palma para quitarse el rastro rojo.
Desde esa nueva posición, podía ver mejor a Charlotte.
Ella le había vuelto a dar la espalda a Rolan. Se notaba que ya se había calmado un poco, pero todavía tenía esa cara de pocos amigos que delataba su fastidio.
—…….
La perorata de Rolan ahora se centraba totalmente en defender cuánto quería y cuidaba Kaylus a Charlotte. Hasta se puso a enumerar ejemplos que, según su criterio, eran pruebas irrefutables.
Yuri dejó de restregarse la mano con el trapo. Sin darse cuenta, levantó sus ojos azules y clavó una mirada penetrante en Charlotte.
¿Por qué no se va de una vez? ¿Por qué se queda ahí escuchando todas esas tonterías? No le gustaba nada verla con esa expresión perdida, sin asco pero también sin ganas de discutir.
—… P-por eso… n-no sea a-así… y p-píén-selo… una v-vez m-más.
—…
—A-ahora… é-él… la n-necesita…
Aunque le reventaba, Yuri estaba dispuesto a esperar hasta que Charlotte terminara de hablar.
Pero en cuanto escuchó eso último, no pudo evitar caminar directo hacia ellos.
—Por si acaso, le pregunto: ¿eso último es una opinión suya, Sir Rolan?
—…
—¿O fue él quien se lo dijo directamente?
Charlotte no salió de ese cuarto hasta que confirmó que esas palabras habían salido de la mismísima boca de Kaylus. Al salir, se topó de frente con Yuri, que estaba parado frente a la puerta como si estuviera a punto de tumbarla.
Entonces, Charlotte se fijó en el trapo que él todavía tenía en la mano. Al ver la tela manchada de rojo por la sangre, frunció el ceño y lo miró de arriba abajo.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Después de hablar con Rolan, Charlotte anduvo como en las nubes hasta el día siguiente. Ni ella misma parecía darse cuenta, pero se quedaba pegada mirando al vacío, perdida en sus pensamientos, hasta cuando hablaba con Yuri se le iba la onda y no le prestaba atención.
Día y medio después —un tiempo que no es poco, pero tampoco suficiente para procesar un llega y va de ideas—, Charlotte finalmente llamó a Yuri para decirle:
—Voy a dejar que se vaya.
Su plan era mandarlo de vuelta con una carta. Yuri, por dentro, no pudo evitar una sonrisa burlona ante esa forma tan ‘correcta’ y diplomática de manejar las cosas.
—La verdad, no la entiendo. Yo creo que no estaría mal que Su Excelencia se quede esperando noticias que nunca van a llegar, hasta que por fin le caiga el veinte de que esa es la voluntad de usted, señorita.
—No puede ser así.
Hacer eso solo serviría para picar al Príncipe Heredero, que es un soberbio. Charlotte quería dejar clara su postura de manera formal. Ella lo conocía bien; sabía que, aunque su ex-prometido solía dárselas de muy racional, en el fondo no lo era tanto.
No es que le creyera todo a Rolan, pero estaba segura de que eso que él llamaba ‘afecto’ no era tal cosa. Y si Kaylus seguía creyendo que ella era de su propiedad, con mayor razón tenía que cortar por lo sano de una vez. De paso, pensaba soltarle un par de indirectas sobre las cosas turbias que habían pasado en ese lugar, como quien no quiere la cosa.
Aun así, a Yuri no le cuadraba el método de Charlotte. El Emperador pensaría igual que él. Lo que Yuri quería era que Kaylus perdiera los papeles de una vez y cruzara la línea, para así tener una excusa y sacarlo del juego.
—¿Y usted cree que ese tipo se va a ir así de tranquilo llevando su carta?
—Sir Rolan sabe muy bien cómo está. Sabe que no tiene fuerzas para quedarse aquí un minuto más. O se queda de terco y se muere, o hace de tripas corazón y le lleva noticias reales a su amo. Él sabe perfectamente qué opción le va a gustar más a su jefe.
—…
—Y si por desgracia decide lo primero… pues no quedará de otra que darle esa muerte rápida que usted sugirió.
añadió ella con una frialdad que dejó a Yuri callado.
—Sea Sir Rolan o quien sea que traiga una respuesta, usted se encarga, Sir Yuri. De todas formas, en cuanto él se vaya, yo también me largo de aquí.
Ahí quedó la conversación ese día.
Aunque al principio no le gustó la idea, Yuri se dio cuenta de que el plan de Charlotte no era tan malo. Para el Emperador, que solo buscaba una oportunidad para hundir a su hermano, este método seguía siendo muy tibio, pero el único objetivo de Yuri siempre había sido proteger a Charlotte a como diera lugar.
Además, le dio harto gusto que ella asegurara que la obsesión de Kaylus no era amor, que estuviera tan decidida a terminar con todo sin que le temblara la mano.
Al final, a Rolan no le quedó otra que aceptar la propuesta. Se dio cuenta de que, si no lo hacía, ahí mismo quedaba. Tal como Charlotte sospechaba, el tipo estaba en una situación desesperada.
Tanto a ella como a Yuri —y a él más todavía— les importaba un comino la vida desgraciada de Rolan, pero esa misma desesperación fue lo que hizo que el caballero razonara y decidiera que lo primero era salir vivo de ahí.
Con las cosas así, Yuri se encargó de vigilarlo de cerca, mientras Charlotte se encerró de nuevo en la biblioteca del segundo piso. Allí, sin que nadie la molestara, se puso a escribir la carta para Kaylus.
El clima, como si nada hubiera pasado, se puso tranquilo. Salvo por alguna nevada corta, los días estaban despejados y los muros de nieve que los rodeaban empezaron a derretirse. En cuanto el camino estuvo lo suficientemente libre para que pasaran caballos y carruajes, Rolan finalmente se marchó.
Ya no intentó convencer a Charlotte de nada, pero antes de irse, no pudo evitar su último comentario: que la próxima vez vendría para llevársela sí o sí. Su mirada ya no tenía ni un rastro de respeto; era puro hielo.
Rolan también se despidió de Yuri con una mirada asesina antes de arrancar.
En cuanto llegara al puesto de control en el límite del territorio del Barón Dyer, ya tendría a gente vigilándolo.
Yuri observó cómo se alejaba, procesando todo con calma. Total, si la cosa se ponía fea, siempre podía matarlo silenciosamente en el camino.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Como sea, esa paz que por fuera parecía perfecta —pero que nadie sabía cuánto iba a durar— volvió a la casa.
Yuri estaba bastante satisfecho, salvo por el hecho de que Charlotte, desde que se despejaron los caminos, se la pasaba esperando todos los días una respuesta del castillo.
En Benihill, el pueblito cercano, la gente que se había ido por las tormentas de nieve empezó a regresar de a pocos y las calles volvieron a tener vida.
Hace unos días llegaron carretas con suministros y guardias del castillo, pero, para mala suerte de Charlotte, parece que Ruth Dyer todavía no se dignaba a responder.
Cada vez que ella regresaba del pueblo con esa mala noticia, no decía ni pía; simplemente subía al segundo piso y se ponía a alistar sus cosas, matando el tiempo mientras empacaba sus pocos bártulos.
Pero, aunque ya estaba con un pie afuera, Charlotte no dejaba de ser cariñosa con Yuri. Al contrario, parecía que quería sacarle el jugo al tiempo que les quedaba, dándole muestras de afecto a cada rato.
Ella decía que era un comportamiento egoísta, pero para él, ese mes de cariño había sido lo más dulce y detallista del mundo.
Sin embargo, después de andar un tiempo embobado con tanta dulzura, a Yuri le empezó a dar vueltas una idea en la cabeza.
‘¿De verdad cree que quedarse ahí aguantando es la mejor opción?’
De pronto, el consejo del Emperador, ese que él había ignorado por completo, le retumbó en la mente:
‘Si yo fuera ella, en vez de agradecerte, te guardaría un rencor tremendo’.
En su momento, Yuri respondió que no le importaba, pero ahora la cosa era distinta.
Ahora conocía a Charlotte mucho mejor que antes.
Sabía que, aunque ella actuara como si estuviera harta de todo, si sentía que algo la involucraba, no paraba hasta meterse al fondo y descubrir la verdad. Así era su genio.
Y si se lo confesaba ahora, daría lo mismo.
Ella actuaba como si estuviera lista para irse ya mismo, pero si se enteraba de lo que él ocultaba, haría lo mismo de siempre.
La única diferencia sería que, tal como predijo el Emperador, esta vez se le iría encima con todo.
Y ahora, por fin, tenía miedo. Miedo a sus reclamos; o mejor dicho, miedo a perder esa mirada llena de amor que tanto le había costado ganarse.
Pero como él era más terco que una mula, no tenía la más mínima intención de soltar la lengua y contar lo que venía escondiendo.
Lo que se le pasó por alto fue que la paciencia del Emperador no era precisamente infinita.
Como si le estuvieran avisando que se le acababa el tiempo, primero vino Ethan y luego Rolan a moverle el piso.
Y a los pocos días, le llegó a Charlotte un regalo de parte del Emperador.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com