Mi apacible exilio - 122
‘Roland, el pausado’
Logré acordarme de su nombre justo antes de que despertara. O mejor dicho, me acordé primero del apodo burlón que la gente le había puesto para fastidiarlo.
Como no dominaba bien el idioma del Imperio, Roland solía arrastrar las palabras y hablar bien lento para no trabarse cada vez que alguien le dirigía la palabra. Lo de ‘pausado’ era un sarcasmo fino para burlarse de su forma de hablar.
No es que yo tuviera la obsesión de conocer a todos los caballeros de Kaylus, pero un día, de la nada, me fijé en él y me di cuenta de que su cara me resultaba bien familiar. Fue el día que bajé del carruaje y él estaba ahí parado, con la cara tiesa, estirándome la mano para ayudarme. Sin pensar mucho, le pregunté cómo se llamaba.
El pobre se puso pálido de los nervios.
—Ro… Ro… land… servidora.
Otro caballero que venía corriendo detrás soltó una carcajada y lo corrigió: ‘Se llama Roland’. El pobre tipo agachó la cabeza para esconder su cara, que estaba roja como un tomate.
No todos eran así, pero los del Imperio solían mirar por encima del hombro a los extranjeros, más si venían de países chicos que a nadie le importaban. Los caballeros de Kaylus eran, en su mayoría, gente de ‘familia bien’ del Imperio. En medio de ellos, un caballero extranjero resaltaba por todos lados.
Kaylus era de los que se fijaba tanto en el apellido como en el talento. Que alguien de origen humilde o extranjero estuviera bajo su mando significaba que era un tonto para el combate. Tenía que serlo.
A diferencia de los demás, Roland era altísimo y bien macizo, pero para el lomo que tenía, su presencia era casi invisible. En verdad, eso era un talento fuera de serie.
Esa fue la primera y última vez que hablamos. Antes de que yo pudiera decir algo más, él soltó mi mano de un tirón. El caballero que se había burlado de él puso una cara de pocos amigos por ese gesto tan malcriado y falto de etiqueta, se apuró en pedirme disculpas a mí.
Sí, así fue la cosa.
El caballero Roland recuperó el conocimiento antes de que pasara un día. No es que haya tenido una recuperación milagrosa, sino que se obligó a levantar su cuerpo moribundo a punta de pura fuerza de voluntad.
Fue a la mañana siguiente, bien temprano. Yo había ido al depósito a ver al caballo; no pasaron ni diez minutos. Si Tenet hubiera querido darle ‘vuelta’ calladito, el tiempo le quedaba cortísimo para matarlo y desaparecer el cuerpo.
Pero en cuanto terminé mis cosas y entré a la casa, sentí un silencio extraño.
Tenet no estaba en la cocina. Ni siquiera se escuchaba el hervor de la olla. Solo se oía el ruidito de las brasas de la chimenea apagándose. Fui directo al grano. Sin pensarlo dos veces, caminé hacia el cuarto donde estaba Roland y, ¡pum!, abrí la puerta de un porrazo.
Aunque era temprano, todavía no salía el sol y adentro estaba oscurazo. Pero gracias a la poca luz que entró cuando abrí la puerta, pude ver clarito qué estaba pasando.
—Charlotte.
Tenet, que tenía a Roland agarrado de la nuca contra la cama, me llamó con una calma que daba miedo.
—Quédese donde está.
—Usted también quédese así.
le respondí, me fui volando a la cocina. Agarré la vela de la mesa y regresé al cuarto.
Tenet y Roland seguían en la misma posición, enfrentados. Bueno, ‘enfrentados’ es un decir, porque la cosa era totalmente desigual. Me quedé mirando a Roland, que estaba hecho un desastre y completamente sometido por Tenet.
Tenet le estaba aplastando la cara contra el colchón sin una pizca de asco.
—¿Qué ha pasado acá?
pregunté en cuanto crucé mirada con el único ojo que Roland tenía libre. El pobre estaba morado, asfixiándose.
Tenet, bien ‘bondadoso’, lo levantó un poco antes de que se quedara sin aire, pero al toque volvió a presionarlo como si quisiera romperle todos los huesos.
—Tenet.
—Él me atacó primero.
respondió Tenet con una tranquilidad pasmosa.
—No me daba confianza tenerle solo un brazo amarrado; pensaba amarrarle las cuatro extremidades. Estaba en esas cuando pasó esto.
—Pasó justo cuando me descuidé un ratito.
—Es que no era una escena agradable para que usted la viera.
Miré alrededor sin decir nada. Las sábanas blancas estaban tiradas en el piso y había sogas desparramadas por todos lados.
—Estaba aquí, agazapado como una rata, esperando a que usted regresara.
—…….
—… Si en mi lugar hubieras entrado tú.
Tenet no dijo más, pero me lanzó una mirada como diciendo: ‘Ya te imaginarás lo que hubiera pasado’.
A diferencia de lo que decía Tenet, parece que Roland sí quería defenderse. En medio de sus quejidos de dolor, al escuchar a Tenet, giró los ojos para mirarme e intentó decir algo.
Pero fue por las puras. Apenas Roland hizo el intento de abrir la boca, Tenet le volvió a empotrar la cara contra el colchón.
—……
Me quedé callada un momento. Solté un suspiro y me pasé la mano por la cara. Me daban ganas de suspirar otra vez al verlo patalear así, cuando lo más inteligente hubiera sido quedarse quietecito. Aunque, bueno, supongo que eran sus ansias de vivir o un gesto de pura impotencia.
—¿Lo vas a matar?
Ya no podía cuadrarlo como ayer diciéndole que no fuera sarcástico. Con una situación así de fuera de control frente a mis ojos, no me salía la voz para frenarlo en seco.
Ante mi pregunta, que solté casi en un susurro después de tanto pensarlo, Tenet levantó la cabeza y me miró. Pensé que, como quien espera la oportunidad, me iba a soltar un ‘sí’ rotundo.
—¿Usted quiere que viva?
Fue una reacción que no me esperaba. En vez de romperle el cuello ahí mismo, Tenet me clavó la mirada y me lanzó esa pregunta. Estaba serio, sin ninguna expresión. Ya ni siquiera se molestaba en fingir esa sonrisita de compromiso de antes.
Era como si me estuviera diciendo: ‘¿Incluso después de esto lo vas a defender?’. Lo miré un rato y luego volví a hablar:
—Haz lo que te parezca mejor.
—……
Tenet no respondió. Me sostuvo la mirada en silencio por un buen rato y, finalmente, soltó la nuca de Roland. El pobre quedó desparramado en la cama, sin fuerzas. Aun así, con los ojos inyectados en sangre, me miró fijamente por unos segundos antes de desmayarse otra vez.
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En cuanto perdió el conocimiento, Roland estuvo mal por cuatro días seguidos. Volaba en fiebre, todo rojo y respirando con dificultad; daba pena verlo.
Cuando traje al doctor del pueblo, el hombre casi se va de espaldas al ver a Roland amarrado de pies y manos. Le dije que teníamos nuestras razones y, aunque no muy convencido, asintió y se puso a chequearlo con calma.
Después de curarlo un poco, el doctor me miró y me dijo lo mismo que me dijeron a mí hace un tiempo: que si lograba pasar esta crisis, la contaba.
Recién ahí volteé a ver a Tenet, que estaba parado a mi lado. Él se dio cuenta de que lo miraba, pero no hizo ni un gesto y desvió la vista hacia otro lado. El doctor me dejó el antipirético y unos calmantes para los nervios, se fue.
A diferencia de cuando vino, el doctor se regresó solo. Tenet le ofreció llevarlo (por cumplir, obviamente), pero el señor rechazó la oferta varias veces y se mandó a mudar. Me imagino los chismes que irá a contar en el pueblo, pero la verdad no tenía cabeza para eso. Además, como ya nos íbamos a ir pronto, me dio igual verlo salir con la cara pálida de susto.
Desde ese día, Tenet estuvo tranquilo. Ya no soltaba indirectas pesadas y se quedaba callado a mi lado mientras yo cuidaba a Roland.
Y al fin, después de cuatro días de tenernos en ascuas, Roland abrió los ojos. Yo estaba sentada cerca de él, leyendo un libro para pasar el tiempo. Escuché un quejido y el ruido de las sábanas, levanté la vista al toque.
Roland, que hace un segundo estaba noqueado, estaba tratando de zafarse de las amarras mientras me miraba fijamente.
—Ya despertó.
Se lo dije a Tenet, que acababa de entrar hace un momento.
—Ya despertó.
—Qué bien.
respondió él con total calma. Esta vez no usó ese tonito sarcástico de antes; fue de lo más seco y directo.
—Hable con él.
—Yo me quedo aquí afuera. Si pasa cualquier cosa, me pasa la voz.
—Ya, está bien. Gracias.
Al escuchar el ‘gracias’, Tenet levantó la vista y me quedó mirando un segundo. No dije nada más, me di media vuelta y entré al cuarto.
A decir verdad, Roland se veía mucho mejor que hace unos días. Y eso que se acababa de despertar después de estar casi al borde de la muerte por cuatro días seguidos. Al menos ya no tenía esa cara de muerto, pálida y azulada, de cuando lo encontramos.
Él estaba forcejeando, tratando de zafarse de las sogas que lo tenían bien amarrado, pero en cuanto me vio entrar de nuevo, dejó de patalear por las puras. Se quedó mirándome en silencio mientras yo jalaba un banquito y me sentaba frente a él.
—Tanto tiempo, caballero Roland.
Lo llamé por el nombre que me había costado tanto recordar.
Él se quedó medio desconcertado por un momento. Luego, como si recién se diera cuenta de quién era yo, intentó saludarme con la cortesía que los caballeros le deben a una dama. Pero claro, como estaba amarrado de pies y manos, lo único que pudo hacer fue inclinar la cabeza un poquito.
—Me alegra… me… me alegra… que esté… bien…
Daba hasta risa, pero lo primero que soltó apenas recuperó el sentido fue que se alegraba de que yo estuviera a salvo.
Como no le respondí y me quedé mirándolo callada, él desvió la vista hacia la puerta abierta. Su mirada se puso filuda, llena de un odio evidente.
De alguna forma, su cara se me hacía conocida. Se parecía mucho a la expresión que tuve yo el primer día que vi a Yuri Tenet en este lugar.
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