Mi apacible exilio - 121
Sinceramente, pensé que ya nada me podía sorprender. Es que desde el primer día que llegué a este sitio, todo ha sido un loquerío: casi me secuestran, me tragó una avalancha y, por si fuera poco, hasta terminé en la panza de un monstruo.
Comparado con todo eso, encontrarse de porrazo con un cadáver era, digamos, una desgracia ‘tranqui’.
Pero que el cadáver empiece a manotear y a moverse de la nada… bueno, eso ya es otro cantar.
Tenet, sin inmutarse, me dijo que él se encargaba y que me metiera a la casa. Tenía una cara de lo más normal, como si viera muertos todos los días. Es más, se le veía hasta asado, con una cara de fastidio total, igualita a la que puso cuando Roy apareció para malograr el momento.
Tenet dio un paso hacia el cuerpo y se detuvo. Ahora que lo pienso, creo que fue en ese momento cuando se dio cuenta de que el tipo no estaba muerto.
—Charlotte.
Fue justo cuando pronunció mi nombre.
De ese muro de nieve horripilante, de donde solo asomaba una nariz, salieron disparados dos brazos. Acto seguido, alguien que estaba atrapado ahí adentro se vino abajo, desplomándose hacia adelante. El muro de nieve que lo tenía cercado se derrumbó encima de él, sepultándolo otra vez.
Yo me quedé tiesa, ni el grito me salía. Recién cuando reaccioné, le dije a Tenet:
—¡Está vivo!
—Sí. Por eso mismo, mejor métase a la casa de una vez.
Pero en vez de hacerle caso como niña buena, di un paso hacia el montón de nieve. Al toque, la nieve empezó a sacudirse y soltó una polvareda blanca.
¡Pum! Tenet, sin asco, le puso su bota encima al montón de nieve, pisándolo con fuerza para que no se mueva.
Se escuchó una tos seca. Y unos quejidos, como de alguien que está sufriendo de verdad. De pronto, ¡puaj!, se escuchó un resuello fuerte y una cara roja por el frío saltó de entre la nieve.
—No es el caballero Shamk.
—Ese idiota no haría algo así. Será un tonto, pero no tanto.
El tipo estaba bañadazo en nieve. A las justas podía abrir los ojos y la boca para jalar aire. Tenía el pelo marrón todo congelado y pegado a la cara.
Este desconocido que apareció de la nada para darnos —o mejor dicho, para darme— el susto de mi vida, me miraba con la cara pálida, como si estuviera a punto de estirar la pata.
En cuanto Tenet vio que el tipo me estaba mirando, volvió a levantar la bota. Iba con todo, como si fuera a rematar a un animal herido, sin una pizca de duda. Entonces, como acordándose de que yo estaba ahí, me miró.
No dijo ni media palabra, pero sus ojos hablaban por él. ‘Quítate de acá’, me decía con la mirada.
Pero yo no me moví ni un milímetro. Me quedé chequeándole bien la cara al desconocido.
—¿Lo conoce?
Lo dijo como por compromiso, pero sus ojos me suplicaban que, aunque lo conociera, le dijera que no.
Yo, sin quitarle la vista de encima al tipo, le respondí:
—Sí. Es una cara conocida.
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Era un intruso, un colado en toda regla. Literalmente, un invitado que nadie llamó.
Y Tenet, sin importarle si tenías invitación o no, trataba a todo el mundo con el mismo desprecio. Ese hombre que se estaba muriendo no iba a ser la excepción.
—Parece que ha estado viviendo escondido en el depósito.
Toc, toc.
Tenet soltó sobre la mesa las cosas que trajo del depósito.
—¿Me dice que estuvo ahí un mes entero?
—No. Si hubiera sido así, me habría dado cuenta.
En esa mochila hecha pedazos no había casi nada: charqui seco y duro, fruta deshidratada, una caja de fósforos vacía, una navaja y una soga.
—No debe llevar ni una semana metido ahí. El único momento en que bajé la guardia con la vigilancia fue en estos últimos días.
La poca comida que le quedaba estaba en un estado lamentable, de tanto congelarse y descongelarse.
—Obviamente, estar bajo techo es mejor que estar afuera, pero ni siquiera prendió una fogata…
—…
Tenet no decía nada. Solo se quedaba mirando fijamente hacia el cuarto donde tenían tirado al tipo, con una cara de póker total.
Quizás estaba pensando en esa última semana donde, según él, se descuidó. Si lo analizaba bien, la culpa de que Tenet no se moviera de mi lado era mía. Aunque, bueno, él solito se lo buscó. En fin, como así terminaron las cosas, ¿debería pedirle perdón o qué?
—Es el hombre que estábamos buscando.
Solté la razón de por qué debíamos salvarlo de una vez, sin rodeos. Mientras hablaba, señalé con el dedo el collar que estaba en la esquina de la mesa. A diferencia de su mochila vieja, eso lo tenía bien guardado entre su ropa.
Una gema verde del tamaño de un frejol y una cadena de plata barata. Era igualito al collar que vimos en la joyería el otro día. Se notaba que lo cuidaba como oro, porque estaba en mucho mejor estado que el resto de sus cosas.
—Sí. A mí también me parece que es él.
Qué decepción. Se me pasaron por la cabeza todas las penurias que pasamos para encontrar a este tipo. La información que soltaron los sirvientes de Ruth era cierta. Era el caballero que siempre estaba ahí, como un fantasma, sin que nadie notara su presencia… el guardia de Caylus.
—No le bastó con mandar a esos delincuentes para ponerla en peligro…
—…
—Parece que ahora ha venido él mismo para llevársela por la fuerza.
dijo Tenet con una calma que asustaba. Me pareció escuchar un ‘hay que matarlo por desgraciado’, pero quizás solo fue mi imaginación.
Tenet tenía una cara de lo más profesional y limpia. Al menos, eso aparentaba.
—Se metió calladito, como una rata.
Para empezar, estaba descartado traer al doctor del pueblo. Tenet no me iba a dejar a solas con ese tipo ni a balas, a mí tampoco me daba mucha confianza la idea. Entonces pensé: ‘¿Y si voy yo sola en el caballo al pueblo?’.
—…….
Siento que, para cuando regrese con el doctor, el tipo ya va a estar muerto y enterrado, nadie va a saber cómo pasó. Ya me lo imagino a Tenet recibiéndonos con una cara de lo más cínica, diciendo: ‘Uy, se murió solito, yo no hice nada’.
Cualquiera diría que soy una exagerada, pero Tenet ya tenía sus anticuchos, sus antecedentes.
‘Si le digo quién es, ¿va a ir a matarlo?’ ‘… No sé de qué me habla.’ ‘¿No es por eso que paraba desapareciéndose estos días? Se hace el que me ayuda, pero en cuanto esté seguro, usted va a ir y…’ ‘Duquesa.’ ‘Lo va a matar para desaparecerlo antes de que yo me entere.’
Definitivamente, ese plan no funcionaba.
Miré el perfil de Tenet, que estaba extrañamente calmado, me convencí de nuevo: por nada del mundo puedo dejar a estos dos solos.
A estas alturas, no creo que Tenet cometa una locura por miedo a que yo me entere de algo. Ya hace tiempo que sé lo que él tanto quería ocultar: que el Duque me botó como basura con sus propias manos. El problema es que, cada vez que sale el tema de Caylus, Tenet se pone en un plan hostil que no es normal.
—Yuri.
Sus ojos color agua me miraron fijamente, como esperando una respuesta.
‘Escúchame, ¿hay algo que todavía no me has contado?’
Estuve a punto de soltarle la pregunta así, a quemarropa, mirándolo a los ojos… pero me aguanté. Todavía no era el momento. Lo primero era salvar al tipo.
Tragué mis palabras y miré hacia el cuarto donde estaba el hombre, o mejor dicho, hacia la puerta que estaba bien cerrada.
—Como sea, me sorprendió verlo así de mal. ¿De verdad pensó que iba a poder cruzar toda esa nieve así nomás?
—A ese nivel, ya ni siquiera debe haber sido consciente de su propio estado físico.
—… Sí. O quizás estaba así de desesperado.
Sentí cómo Tenet levantaba la cabeza para mirarme tras mi comentario. En ese momento, estaba jugueteando con la navaja que encontramos en la mesa.
Me puse de pie de una vez.
—Si no es mucha molestia… ¿podría traerme un poco de agua caliente?
dije, recalcando bien el ‘si no es mucha molestia’.
Tenet seguía extrañamente calmado. Incluso me dedicó una sonrisa antes de responder con total docilidad…
—Entendido.
…….. y se levantó para ir por el agua.
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Aun así, por consideración a Tenet, no se me ocurrió traer al tipo cerca de la chimenea principal. En su lugar, prendí el brasero que había en el cuarto y las llamas ya estaban a todo dar. Agarré un banquito que estaba afuera, me senté y me puse a chequear la habitación de rincón a rincón.
Por lo que veía, parecía el cuarto que usaba el cuidador de la cabaña. Cerca de la camita que estaba en la esquina había un escritorio, encima, un diario con las fechas de las visitas de no sé quién.
Parece que, así como la lavandería servía de depósito para herramientas, Tenet usaba este cuarto para amontonar los muebles que no servían. Miré por un momento los trastes apilados en una esquina y luego regresé la vista hacia la cama. Bueno, mejor dicho, hacia el hombre de cara pálida que estaba echado ahí.
Por suerte, el tipo estaba estable. Dentro de todo el cuadro desastroso por haber pasado hambre y frío, al menos no se iba a quedar sin brazos ni piernas por congelamiento.
Tenet me dijo que, antes de perder el conocimiento, el tipo intentó meterse a la fuerza como sea.
—No va a despertar por más que se le quede mirando todo el día.
dijo él, apareciendo con una nube de vapor frente a mis ojos. Traía el agua caliente que le pedí, pero dejó el recipiente sobre la mesa con una desgana que se notaba a leguas.
—Es que siento que si lo miro bien, me voy a acordar. Estoy segura de que alguna vez hemos hablado.
Tenet, que estaba exprimiendo un trapo, se detuvo en seco. Yo no le quitaba la vista al trapo que tenía en las manos.
‘Ese es un trapo de limpieza, estoy segura. Ayer lo vi trapeando el piso con eso’.
—¿Era un caballero que usted estimaba mucho?
—Si hubiera sido así, me habría acordado al toque.
—Pero si lo reconoció de inmediato.
—Sí, bueno, era obvio que era el escolta de Kaylus, pero…
Es que, viéndolo así, se me hace extrañamente conocido. ¿Cómo explicarlo? A pesar de que casi no tenía presencia, sentía que siempre estaba cerca de mí por alguna razón.
—Porque se lo pegaron a usted fingiendo que no pasaba nada.
soltó Tenet con una voz más seca que desierto.
Apoyé la barbilla en mi mano y volteé a verlo de golpe.
—Yo también lo reconocí al instante. Era el caballero que siempre andaba dando vueltas a su alrededor, a donde sea que usted fuera.
—…
—Charlotte.
Susurró mi nombre y se quedó ahí, mirándome con una sonrisita de lado. ‘Eres bien lenta’, es lo que de seguro quería decirme.
Yo no me quedé atrás y lo llamé por su nombre con toda la naturalidad del mundo:
—Yuri.
—Dígame.
Le devolví la sonrisa y le solté:
—Si va a seguir con sus indirectas y su sarcasmo, mejor váyase del cuarto.
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