Mi apacible exilio - 120
Lo peor duró más o menos una semana. Me refiero a este frío de m…
Ya de por sí el segundo piso era un congelador donde no podías ni asomar la nariz, pero la semana antes de que la ventisca amainara, hasta el primer piso se puso bravazo. En esta casa, el único lugar calientito era la chimenea de la sala, o mejor dicho, el sofá que estaba justo al frente. Y aun así, a veces el frío me despertaba a mitad de la noche.
Por eso, sin darme cuenta, me iba acercando poquito a poco al fuego, como si no me importara terminar achicharrada. Menos mal que Tenet estaba ahí. Cada vez que me sentía gatear dormida hacia la chimenea, él me frenaba y me jalaba hacia su pecho. Gracias a eso, siempre amanecía bien acurrucada en sus brazos.
No calentaba tanto como el fuego, pero el calor humano no estaba nada mal. Aunque al principio le puse excusas un par de veces por mis ‘malos hábitos al dormir’, al final terminé siendo yo la que, al llegar la hora de acostarse, se quedaba echada esperando y apurándolo con la mirada.
Como ya estaba perdiendo la noción del tiempo, mi rutina de todas las mañanas era zafarme de sus brazos y chequear la fecha. Pasó el último día de enero, llegó el primero de febrero, la nieve no daba señales de querer irse.
¿Y hoy qué día es? Con los ojos todavía pegajosos por el sueño, agarré la esquina de ese papel ya amarillento. 4 de febrero. El cuarto día del mes en que la diosa del invierno por fin empieza a hacer sus maletas.
Solté un suspiro largo al aire. Hasta ayer, el humo me salía blanco de la boca, pero hoy ya no se veía nada.
Toc.
Mi mirada, que estaba perdida en el piso, se levantó de golpe. El mechón de pelo que me tapaba media cara fue echado hacia un lado. Miré esos dedos que habían movido mi cabello como quien corre una cortina, luego miré al dueño de la mano.
—Hola, Yuri.
Con eso se me quitó el sueño de porrazo. Esa neblina mental que me pesaba en los párpados se desvaneció.
Recién ahí me di cuenta de que el sonido del viento, que se la pasaba retumbando en la casa todo el día, ya no se escuchaba. De pronto, me entró una emoción que no podía controlar. Quería ponerme los zapatos y salir corriendo, o al menos chequear por la ventana qué estaba pasando afuera.
—Buenos días.
le dije, con una sonrisa que me salía del alma.
Tenet se dio cuenta al toque. Desvió su mirada, siempre tan neutral, hacia la ventana.
—No creo que pueda salir de inmediato.
dijo él desde la cocina.
Yo asentí como quien entiende, pero igual me fui acercando a la puerta poco a poco.
—Y mejor termine de secarse el pelo.
—Ya, ya sé.
Le respondí por cumplir mientras me hacía un turbante con la toalla.
—Solo quiero ver cuánta nieve se ha amonto…
La palabra se me quedó atorada en la garganta. Agarré la manija y jalé, pero la puerta no cedía. Me quedé desconcertada. Le puse más fuerza, jalé hacia adentro y, cuando por fin abrió…
Me quedé helada. Había un muro de nieve del tamaño de la puerta. Parecía que le hubieran tomado un molde a la entrada, con todo y el marco de la ventanita. Me quedé tiesa un segundo y luego miré a Tenet como diciendo: ‘Mira esto’.
Él ni se inmutó, solo soltó una sonrisita leve. Entendí el mensaje, cerré la puerta y caminé hacia la cocina donde estaba él.
—Es una locura.
—Va a tardar bastante en derretirse.
—Pero usted lo puede limpiar en un toque, ¿no, jefe? Vamos juntos más tarde.
—…….
—O sea, yo no voy a ayudar en nada, obvio.
En la lavandería había visto las herramientas que él había separado. Me acordé de que había una pala y por eso se lo dije.
Tenet no dijo nada, solo me alcanzó un plato de sopa calientita. Agarré la cuchara con el clásico ‘provecho’, pero me detuve al darme cuenta de algo. Levanté la cabeza y choqué con la mirada de Tenet, que me estaba observando. Para ser exacta, su cara no se veía tan amable como de costumbre.
—No sabía que tenía tantas ganas de irse.
dijo él, quitando la mirada como si nada mientras secaba un plato con un paño.
—Bueno, es que hemos estado encerrados siglos, por fin podemos salir.
—No sé… A mí me parecía que usted estaba de lo más cómoda aquí.
No se lo negué.
—¿Y qué? ¿Le molesta que esté tan feliz?
—Sí. Me da un poco de pena, la verdad.
Me lo soltó así, sin filtros, bien directo. Me quedé mirándolo sin saber qué decir.
Sabía perfectamente que no le daba pena solo por mi reacción del momento. Era porque nosotros… bueno, más que nada yo, ya le había soltado la indirecta: que en cuanto acabara esta bendita tormenta, cada uno se iría por su lado.
¿Debería consolarlo? ¿Decirle que a mí también me da pena que nos separemos? No sé, sentía que soltarle esas palabras por puro compromiso iba a ser peor que no decir nada.
O bueno, eso pensaba yo.
—En un rato voy a despejar la nieve.
Mientras yo me hacía un mundo pensando qué decir, él dio un paso atrás. Lo dijo con una calma total, como si hace un minuto no hubiéramos estado en medio de esa tensión.
—Yuri.
—Sí.
—Termine de secarse el pelo antes de eso.
Me lo dijo con una sonrisa perfecta, pero el tono no admitía réplicas; era casi una orden. Lo miré un rato y solo pude responder:
—Ya, está bien.
Mi pelo es largo, así que tardó una eternidad en secarse por completo. Después de comer, me quedé un buen rato dando vueltas frente a la chimenea y luego subí a la biblioteca del segundo piso.
Recién desde la ventana de arriba pude ver la magnitud del asunto. La nieve llegaba casi hasta el segundo piso. Si alguien viera la casa desde afuera, pensaría que es una construcción de un solo nivel. Ahora entendía por qué las ventanas del primer piso estaban tapadas por un blanco absoluto.
Escuché que me llamaban desde abajo. Me envolví bien la bufanda y bajé.
—¿Por qué está abriendo la puerta trasera?
—Para ir sacando al caballo.
respondió Tenet sin siquiera mirarme, mientras se abría paso entre la nieve.
—¿Ya le dio de comer?
—No, todavía.
—Yo voy.
Me di media vuelta y fui hacia la lavandería que estaba en la esquina. Al abrir la puerta, el caballo paró las orejas y me clavó la mirada. Ya con algo de práctica, le acerqué el heno fresco y le di unas palmaditas sobre la manta que lo cubría.
De pronto, el caballo soltó un bufido fastidiado. ¡Pfrrr! Lo miré confundida. ¡Tac! Se escuchó el sonido de sus dientes chocando, como si hubiera intentado morder algo con todas sus fuerzas. Cuando el animal se dio cuenta de que lo estaba mirando, bajó la vista hacia sus patas como diciendo: ‘Mira esto’.
—… Hola, Roy.
Dudé un poco, pero terminé saludando. A los pies del caballo, una pequeña bestia mágica me miraba con sus garritas afuera, como si hubiera estado arañando al pobre animal. En un segundo, como si no hubiera pasado nada, se hizo una bolita y empezó a lamerse la pata.
Hacía siglos que no lo veía. ¿En qué momento se salió de mi sombra? Mientras lo pensaba, el bicho se acercó a mí con toda la concha del mundo.
Instintivamente retrocedí, como queriendo esconder mi sombra. La bestia se detuvo y me miró con sus ojos azules brillantes. Tenía que ser justo un gatito; además, igualito a su dueño, sabía perfectamente qué cara poner para dar pena. Bueno, técnicamente Tenet no es su dueño, pero ya me entienden.
Al final, después de tanto pensarlo, lo cargué con cuidado. El bicho, como si hubiera estado esperando ese momento, empezó a frotarse contra mi palma.
‘… Y pensar que esto se hace llamar el enviado de Dios…’
Casi podía escuchar la risa burlona de Tenet en mi oreja. No es por nada, pero por más ‘lindo’ que se viera, esa cosa seguía teniendo un aura media turbia. No parecía el mensajero de Dios ni por asomo; es más, ahora hasta se veía ridículamente chiquito.
Metí a Roy en el bolsillo de mi abrigo para que el caballo pudiera comer tranquilo y salí.
—Ya casi termino.
dijo Tenet volteando a verme.
Tal como dijo, ya había abierto un camino directo hasta el almacén. Asentí, pero me quedé mirando los alrededores asombrada. Desde arriba, eso debía parecer un laberinto de nieve.
—¿No está cansado?
—Estoy bien. Esto no es nada.
—Por cómo se ve, mejor hubiera sido esperar a que se derrita sola.
Él no dijo nada, solo se me quedó mirando desde su altura.
Parecía que la tormenta de nieve por fin se había largado para siempre. Recién ahí me cayó el veinte. Bajo un cielo despejado y sin una sola nube, el sol le caía de lleno a ese hombre. No corría ni un poquito de aire. Aunque el frío se sentía salir de los muros de nieve que nos rodeaban, era algo que se podía aguantar.
—En cuanto termine aquí, voy a despejar la entrada principal.
dijo Tenet dándome la espalda.
—Yuri.
—Sí.
Él, que seguía respondiendo de forma cortante y sin mirarme, volteó de golpe con cara de sorpresa.
Se quedó mudo, tratando de procesar qué había pasado. Miró su hombro, que ahora estaba blanco por el bolazo de nieve que le acababa de caer, luego me miró a mí, que me estaba sacudiendo las manos rojas por el frío.
—… Este… ¿qué…?
Parecía que me iba a preguntar qué diablos estaba haciendo, pero no le salían las palabras. Yo le respondí con la mayor naturalidad del mundo:
—Algo más inmaduro que usted.
Parece que, por más serio que sea, ese hombre sí sabe lo que es una guerra de bolas de nieve.
Tenet puso una cara de derrota total, se pasó la mano por el rostro y volvió a darme la espalda de inmediato.
—¿Qué? ¿Me vas a ningunear? ¿Me estás ignorando?
—En el pueblo encontrará a mucha gente mejor con quien jugar.
—Buen punto. Pero el tema es que yo quiero jugar con usted, jefe.
En lugar de responderme, soltó un suspiro bajito.
Me acerqué a él con paso firme y, sin pensarlo dos veces, estiré la mano y se la puse en la cintura. Al toque, ¡zaz!, me agarró la mano con fuerza.
—…….
Durante todo el tiempo que estuvimos conviviendo, descubrí que ese era su único punto débil. Si le tocabas la cintura, le daban unos ataques de cosquillas locos; por eso se ponía rojo como un tomate cuando bailábamos, tratando de aguantarse.
Él no se atrevió a gritarme. Solo se me quedó mirando un buen rato con la cara aún más roja que antes.
—¿Por qué tiene que ser tan inmadura?
Yo no dije nada, solo bajé la vista hacia mi mano, que estaba atrapada en su mano grandaza. Aunque estuviera renegando, me la estaba calentando porque la tenía roja del frío.
—… ¿Y usted hasta cuándo va a seguir picado?
Tenet no respondió. Lo miré con cara de pocos amigos y, con la mano que me quedaba libre, le hinqué el cachete.
Incluso ese último recurso infantil me fue confiscado. Él me sujetó ambas manos, me observó por unos segundos y, con mucho cuidado, me cargó en el aire.
Ya no hacían falta explicaciones ni disculpas. Tanto él como yo sabíamos que había mejores formas de reconciliarse. Él estaba resentido y yo no tenía la menor intención de calmarlo con palabras huecas.
Nuestros labios se rozaron apenas y se separaron. Justo antes de volver a chocar, él me acomodó mejor en sus brazos y giró hacia la casa. Todo fluía de forma natural; por fin nos habíamos acostumbrado a este ritmo…
—¡¡Kiiik!!
De pronto, el chillido agudo de la bestia mágica rompió el encanto.
—¿En qué momento trajo a esa cosa?
preguntó Tenet con voz de ultratumba.
—¿Qué le pasa ahora?
dije yo, ignorando su tono lúgubre mientras sacaba a Roy de mi bolsillo.
A Roy no le importó que dos humanos lo estuvieran mirando; apenas lo puse en el suelo, salió disparado hacia un lado. Empezó a escarbar la nieve con sus patitas frenéticamente.
—¿Por qué hace es…?
Antes de terminar la frase, Tenet me bajó al suelo. Me detuvo cuando intenté acercarme y caminó él mismo hacia donde estaba el bicho.
Sin siquiera mirar a la bestia que tenía a sus pies, Tenet estiró la mano y empezó a derrumbar el muro de nieve. Una vez, dos veces. A la segunda, se detuvo en seco.
—Mejor no se acerque…….
dijo en voz baja mirándome, aunque yo ya estaba a su lado.
No le hice caso y me quedé mirando el muro blanco. Tardó un poco en despejarse el polvillo de nieve que flotaba en el aire.
—Charlotte.
Incluso cuando se despejó del todo, no entendía qué estaba viendo. De pronto, noté algo de color carne que resaltaba de forma extraña en medio de tanta nieve blanca.
—……
Era un bulto pequeño. Debajo, se veían dos agujeritos. Era una nariz humana.
No pude ni gritar; me quedé muda y agarré el brazo de Tenet con todas mis fuerzas.
—Charlotte.
—…
—Es un cadáver.
Tenet volvió a decir mi nombre, avisándome con una calma total qué cosa era eso que teníamos enfrente. Recién ahí pude reaccionar y le respondí casi gritando:
—¡Ya sé que es un muerto!
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