Mi apacible exilio - 119
—¿Por qué se enojó?
—No estoy enojado.
Pero era obvio que sí, mucho. Me miró con la cara toda desencajada por un segundo y luego, como si no pudiera aguantar ni un segundo más sosteniéndome la mirada, se dio media vuelta y se fue. Caminaba a zancadas, alejándose de mí.
Era igualito a esas veces en las que se pone ‘picon’ por puras tonterías. Ya he aprendido por experiencia que tratar de consolarlo en ese plan es por las puras; al final, o regresa solo con su cara de ‘aquí no pasó nada’, o termina dejándome más confundida a mí por intentar ser buena gente.
Así que al principio me quedé ahí sentada, solo siguiéndolo con la mirada y pensando ‘ya se le pasará’. Pero mientras más lo pensaba, más me entraba la duda de si me había pasado de la raya. Quizás para él era un tema súper serio eso de su nacimiento y sintió que yo me lo tomé muy a la ligera.
—…….
Al final, me levanté de un salto. Como él camina tan rápido, ya me llevaba una buena distancia. Tuve que apurar el paso para ponerme frente a él. Antes de soltarle un ‘lo siento’, preferí primero tantear terreno para ver si de verdad estaba asado.
Estiré la mano con cuidado y toqué uno de sus dedos largos con los que se cubría la cara. Como si hubiera estado esperando ese contacto, bajó la mano al toque. La mirada que me lanzó fue bien afilada.
—U…
Ni siquiera pude terminar de decir su nombre cuando ya estaba atrapada entre sus brazos. Literalmente, atrapada. No se sentía como un abrazo cariñoso, sino como si me hubiera encerrado. Me quedé quietecita un rato, pero cuando sentí que él encogía todo su cuerpo para apoyar su cabeza en mi hombro y su aliento caliente me rozó el cuello, ya no pude más y le di unos toquecitos en la espalda.
Recién ahí levantó la cabeza para mirarme. Tenía una cara de querer llorar que no podía con ella.
—…….
Me tragué las preguntas de ‘¿en serio estás molesto?’ y las disculpas. Me quedé un buen rato mirándolo a los ojos, analizando esa expresión suya. Hay muchos tipos de caras tristes, la suya no era de esas de pena pura; era algo mucho más complejo, una mezcla de frustración y rabia contenida.
Por mucho que él mismo me lo haya contado, yo nunca podré entender de verdad todo lo que ha pasado en su vida. Sentí que incluso tratar de consolarlo sería una falta de respeto, así que bajé la mano que le estaba tocando la espalda.
—¿Y qué pasa si es porque soy un ‘mitad y mitad’?
—…….
—¿Qué pasa si lo único que heredé de esa mujer fue este corazón?
Pestañeé sin responder de inmediato. Desde que lo conocí, siempre se esforzó por demostrarme que era inofensivo, que nunca me haría daño. No entendía por qué ahora se ponía a ponerme a prueba de esa manera.
—… ¿Y entonces?
—¿Me está diciendo que aproveche que todavía estoy a tiempo y escape de usted?
Seguro se moría por escucharme decir algo como ‘no te preocupes, yo nunca te voy a dejar’. Pero verlo ahí, portándose como un chiquillo que no sabe manejar sus emociones, me quitó las ganas de dárselo tan fácil.
Sintió que me quería soltar y apretó más el agarre en mi cintura. Le di un manazo suave en el dorso de la mano y recién ahí aflojó un poco, aunque me seguía mirando con esos ojos picados, como si yo fuera la mala de la película.
—A ver, dígalo de una vez. ¿Cuál es ese ‘defecto fatal’ que cree tener? ¿Que es medio monstruo y por eso no encaja en la sociedad?
—No es nada de eso.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿cuál es el problema?
No hubo respuesta. Nos quedamos ahí, midiéndonos con la mirada. Yo sabía que él quería que le jurara amor eterno y le dijera que me quedaría a su lado pase lo que pase, pero soy tan terca como él. No me gusta soltar palabras así por así, en el fondo, sentía que no decírselo era mi forma de respetarlo.
—Usted dijo que se iba a portar como un ser humano, ¿no?
—…….
—Si vive como un humano, entonces es un humano. Eso es lo que yo pienso.
añadí toda avergonzada, tratando de romper la tensión
—En fin… usted dijo que lo haría por mí. Así que hágalo.
—Aunque no fuera por mí, hágalo por usted mismo.
añadí, pero el hombre ni se inmutó.
Su rostro ahora estaba mucho más dócil que antes. Lo miré con una mezcla de asombro y resignación.
—Entonces…
—Sí.
Respondía al toque, como si hace un rato no hubiera pasado nada. Me dieron unas ganas locas de apretarle los cachetes.
—Dígame la verdad, ¿por qué se enojó de la nada?
—Ya le dije, no estaba enojado.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué me dio la espalda y ni me respondió cuando lo llamé?
—… Porque me gusta tanto que ya no podía más.
Hubo un silencio total. Mientras yo lo miraba con cara de tonta, él soltó un: —Me gusta tanto que no sabía cómo manejarlo —como si estuviera comentando el clima.
Se me fue todo el aire. Y al segundo, la que se puso ‘picona’ fui yo.
‘¿Solo por eso?’, pensé. Yo aquí toda preocupada, dándole vueltas a si lo había ofendido o si había sido grosera, resulta que…
—Tenet.
Con toda la calma del mundo, agarré su brazo y lo aparté de mí.
—Suélteme.
Como si el cielo despejado de ayer hubiera sido un sueño, desde la madrugada volvió a estallar la tormenta. Otra vez ese laberinto de nieve interminable.
Por culpa de eso, daba igual si era de día o de noche; todo estaba oscuro y lúgubre. Teníamos que andar con velas por toda la casa. Aunque, la verdad, no había muchos sitios a donde ir. El tercer piso y la biblioteca del segundo estaban tan helados que ni loca me quedaba ahí mucho tiempo.
Como los días se hacían largos, empezamos a despertarnos tarde. Al mediodía tomábamos un desayuno tardío con Tenet, luego me traía libros de la biblioteca para tirarme en el sofá del primer piso a leer todo el día. A veces adelantaba algo de mis estudios o investigaciones, pero poco más.
El espacio de Tenet también se redujo. Salvo por las veces que salía un ratito desafiando la nieve, se la pasaba conmigo en el primer piso. O mejor dicho, merodeando a mi alrededor.
A veces sentía que me miraba de reojo y luego se alejaba un poquito por su cuenta, como si no quisiera estorbar. Se sentaba donde pudiera verme y se ponía a picar verduras o a tallar madera, seguro porque no tenía nada más que hacer.
Saber que se esforzaba por no interrumpirme me ponía más nerviosa. Al final, no pasaba mucho tiempo antes de que yo lo llamara por su nombre y él, como si hubiera estado esperando el momento exacto, se acercaba volando. Primero se sentaba a mi lado todo derechito, fingiendo que no me miraba, pero terminaba abrazándome por la espalda para leer el libro sobre mi hombro.
Tenet ya no insistía con eso de que ‘pensara en su propuesta’ ni intentaba seducirme como antes. Incluso si me veía leyendo libros sobre viajes, no decía ni pío.
La verdad, eso me preocupaba un poco. Este hombre es más peligroso cuando está callado que cuando habla. Me preguntaba si de verdad se había creído eso de que ‘lo iba a tener en cuenta’ y por eso estaba tan tranquilo.
Pasaron unas dos semanas así. Nos volvimos expertos en dejar pasar el tiempo, compartiendo una rutina cada vez más relajada y perezosa. Disfruté de esos días lentos, olvidándome por un rato de su extraño silencio.
—El Percum sí que es largo, ¿no?
—Falta poco para que termine, un par de semanas más
dijo Tenet mientras lavaba los platos. Intentó consolarme, pero al verme se quedó callado.
Yo, que estaba echada como si no me importara si la tormenta duraba un año entero, me incorporé con toda la parsimonia del mundo.
—Siento que se me van a desaparecer los músculos que tanto me costó formar.
—¿Perdón?
—Mis músculos. ¿Qué tiene?
Tenet no dijo ni pío y volvió a darnos la espalda. Sabio de su parte.
Me quedé tocándome el brazo —que quizás no estaba de piedra, pero al menos ya no estaba tan blandito— y luego miré hacia el otro lado. De pronto, recordé algo y, con los ojos bien abiertos, me acerqué a la mesa.
Ahí estaba el sobre que Bianca me dio en su boda, todavía sin abrir. Me acordé de ella, con su voz toda enredada por el alcohol, dándome las gracias por haber ido mientras me entregaba esto.
‘¿Será comida? Espero que no se haya malogrado’
Aunque, conociéndolo, si hubiera sido algo perecedero, este hombre lo habría abierto hace rato con ese instinto suyo.
Sujeté el borde del sobre y lo abrí. Era del tamaño de mi palma. Al meter la mano, sentí el frío del metal y la superficie lisa de una piedra preciosa.
—Un broche y…
Un musical. Para cuando me di cuenta, Tenet ya estaba a mi lado curioseando.
Era un broche con una gema roja, muy parecida al color de mis ojos, una cajita de música que cabía en mi puño. Busqué la manivela, le di varias vueltas y la solté. Al toque empezó a sonar una melodía bastante elegante. La conocía.
—Es «Esperando al Sol».
—No me sé el nombre, pero la he escuchado antes.
—Seguro. Es la canción favorita de los caballeros.
Trataba sobre el regreso triunfal del Emperador tras la aniquilación del Rey Demonio. Por eso la melodía era bien solemne, pero si te ponías a analizar la letra, era demasiado trágica para mi gusto.
—Siento una pizca de energía de Luite. Me lo imaginaba…
—…….
—Aunque esté a medio romper, me pregunto de dónde habrá sacado algo tan valioso.
Murmuré eso para mí misma y, al levantar la cabeza, me encontré de frente con la mirada de Tenet, que me sonreía de lado. Me dio un poco de roche y me aclaré la garganta con un ‘ejem’.
Bueno, como era solo música sin letra, se dejaba escuchar bastante bien. Lo pensé un segundo y volteé hacia él.
—Dijo que nunca había bailado, ¿no?
—Así es.
—¿Quiere probar ahora?
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—El paso es sencillo. En el primer tiempo, das un paso adelante; en el segundo, mueves el otro pie hacia un lado. Luego vuelves a mover el primero para juntarlos.
—…….
—Lo hace muy bien. Y eso que solo se lo he explicado con palabras.
—Si usted me lo explica así, no es nada difícil.
Lo dijo con tanta naturalidad, sin pizca de soberbia, que en vez de darme cólera me hizo reír.
—Sujéteme.
Tenet, todo dubitativo, tomó mi mano derecha.
—La otra mano aquí.
—…….
—Ahí no, un poco más arriba. Sí, ahí.
Aprendía rápido. Estiré mi mano izquierda y la apoyé sobre su hombro.
A pesar de que al principio parecía no tener nada de confianza, Tenet empezó a moverse al ritmo de la música de inmediato. Me sentí hasta un poco tonta por haber pensado que tendría que guiarlo yo.
—Charlotte.
—Dígame.
—¿Normalmente se baila así de cerca?
—No estamos tan cerca.
—… Sí, lo estamos. De lejos no se notaba, pero ahora…
‘Puedo ver hasta cada una de sus pestañas’, dijo él con una voz bien seca mientras seguía moviéndose.
—Acostúmbrese.
—No es cuestión de acostumbrarse, es que…
Solté su mano de un tirón. Antes de que él pudiera poner cara de susto, rodeé su cuello con mis brazos.
—Estar cerca es esto.
El efecto fue inmediato. Se quedó mudo.
Bajé lentamente los brazos de su cuello y los apoyé en su cintura. Como la distancia seguía siendo la misma, podía ver clarito cómo contenía el aliento mientras me miraba.
Sin importarme lo que él sintiera, me puse de puntitas y apoyé mi mejilla contra su hombro.
La canción ya llegaba a su clímax. En esa parte, la letra le suplica a Dios, casi con desesperación, que el brillante y glorioso héroe regrese sano y salvo a casa.
—Charlotte.
Su voz sonó bajito, como si le preocupara mi silencio. Me hice la sorda y me quedé ahí, quietecita.
Desvié la mirada de la pared de madera. Afuera de la ventana todo estaba en tinieblas, aunque técnicamente todavía debía ser de día.
Esa ansiedad que siempre me carcome cuando bajo la guardia volvió a sacudirme. Era una sensación de inseguridad absoluta, como si estuviera colgada en el aire sin nada de donde sostenerme.
Sin darme cuenta, apreté con fuerza mis brazos alrededor de su cintura. Negué con la cabeza suavemente y hundí la frente contra su hombro, buscando refugio.
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Tal como Tenet predijo, la tormenta de nieve siguió azotando por unas dos semanas más hasta que, finalmente, se detuvo.
Y con ella, se fue también esa oscuridad densa que parecía tragárselo todo, fuera de día o de noche.
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