Mi apacible exilio - 116
Roy, la bestia mágica, colgaba del aire agarrado por el pescuezo, pero no parecía importarle mucho su situación actual. Sobre todo, le daba igual que el hombrón que lo sostenía lo mirara con una frialdad de pocos amigos; él solo estaba apurado por terminarse lo que tenía en el hocico.
—Roy.
Lo llamé en voz baja mientras miraba la escena medio atontada, pero seguía concentrado en su comida. Solo movió las orejas y me lanzó una miradita de reojo. Esos ojos azules que brillaban de forma siniestra incluso en la oscuridad… definitivamente era Roy.
Tenet, que me observaba en silencio, le arrebató el trozo de sándwich que Roy masticaba y lo tiró lejos. Luego, soltó a la criatura como quien se sacude algo sucio de las manos. Sin pensarlo, estiré los brazos por instinto. El gato, que no era más grande que un puño, cayó surcando el aire y aterrizó sano y salvo justo en las palmas de mis manos.
—…….
—…….
Hubo un silencio incómodo. Levanté la mirada despacio para ver a Tenet, que seguía con la boca cerrada.
—Charlotte.
—Dígame.
Él bajó la mirada con frialdad hacia el gato, que se había enroscado en mis manos como si fuera su nido, casi como queriendo provocarlo.
—Como ya vio el otro día…
—Sí.
—Esa cosa intentó matarme.
Para ser exacta, solo me lo habían ‘contado’, pero no era el momento de ponerme a discutir detalles. Su voz era pausada, como si hablara así por si acaso yo me hubiera olvidado del asunto. No sentía rabia en su tono, pero sí una pizca de incredulidad por el hecho de que yo estuviera protegiendo a esa cosa.
Me quedé mirando fijamente el rostro del hombre. Parecía inexpresivo, pero sus ojos… mejor dicho, la forma en que miraba a la bestia acurrucada en mis manos… Se le notaba un aire extrañamente caprichoso, como si estuviera haciendo un berrinche silencioso.
—Ya lo sé.
—…….
—Por eso pensé que lo mataría en el acto.
Tenet levantó esa mirada llena de fastidio y me observó por un momento.
—No lo haré mientras usted esté presente.
—… Ah, ya veo. Entonces, ¿quiere que me retire?
A pesar de que estábamos teniendo una conversación bastante tétrica, la bestia ni se inmutaba. Y eso que entiende perfectamente lo que dicen los humanos. ¿O será que ahora no? Miré de arriba abajo a la criatura con duda. Cuando lo vi en el lugar de pesca, era una forma de bicho que ni siquiera parecía un animal; ahora, aunque había tomado la forma de un gatito, se veía extrañamente inestable. Si no me equivocaba, parecía que apenas podía mantener esa apariencia.
—Déjelo así.
Justo antes de que mis dedos rozaran su pelaje negro, escuché su voz gélida desde arriba.
—Aunque lo mate, volverá a regresar como ahora.
—…….
—Y como por un buen tiempo seguirá con ese aspecto tan mediocre, creo que está bien así.
De pronto, Tenet estiró la mano y volvió a agarrar a Roy, que seguía hecho una bola en mis palmas. Se quedó un largo rato mirando a la bestia a los ojos, sin decir nada. Luego, lo soltó tirándolo a un lado de donde yo estaba sentada.
—Eso sí, mejor no le dé de comer. Si sigue robando comida así, va a recuperar su tamaño en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Ya lo había matado antes?
Tenet no respondió de inmediato. Me lanzó una mirada indescifrable y sacó un pañuelo blanco de su traje. Me quedé mirando cómo tomaba mi mano y la limpiaba meticulosamente con el pañuelo.
—Sí. Desde la primera vez que lo vi.
—… ¿Y esa vez también lo atacó de la nada?
—No.
—…….
—Ha sido así desde siempre. La primera vez que lo maté, se metió a la fuerza en mi sombra. Y esta vez, parece que se quedó agazapado en la suya.
Apenas terminó de hablar, se escuchó un chillido desde el suelo. Roy empezó a piar como un pollito mientras miraba a Tenet con sus ojos azules, como si estuviera reclamándole algo, pero al rato volvió a agachar la cabeza, todo desganado.
Sin sorprenderme mucho, le pregunté a Tenet:
—¿Qué dice?
—Dice que las veces anteriores solo me estaba dejando ganar.
… Ay, por favor.
Perdí todas las ganas de responderle y me dejé caer sobre la manta extendida. Quizás pensando que me había asustado demasiado, la mano grandaza de Tenet se acercó de inmediato. Primero acercó su mano a mi cara como para examinarme y luego, con mucho cuidado, tomó un mechón de mi pelo y empezó a darle vueltas con los dedos.
—O sea…
—…….
—… que todo este tiempo ha estado viviendo como si nada con una bestia mágica que intentaba matarla.
—Como siempre regresaba aunque lo matara, no me quedaba de otra.
—…….
No le respondí y voltee la cara de porrazo. Sus dedos, que jugueteaban relajados con mi cabello, se detuvieron en seco. Luego, subió sus dedos largos y me acarició la mejilla con delicadeza.
—Perdone que no se lo dijera antes. Yo también me confié, pensando que esta vez sí había desaparecido de verdad.
—…….
—Igual, apenas crezca otra vez, lo mato y listo.
Parece que mientras más hablaba, más cuenta se daba de lo raro que sonaba todo, porque terminó quitando la mano de mi mejilla. No necesitaba mirarlo para imaginármelo: de seguro arriba estaba con una cara de ‘ya la fregué’.
—Ya, bueno. Entonces, mientras esté con usted, tendré que vivir con esa cosa también. Ya entendí.
—A ese bicho le agrada usted bastante. Hasta me llega a estorbar.
—…….
—Así que, mientras no sea conmigo, no le va a hacer ningún daño.
—Se le está olvidando un detalle importante desde hace rato.
Me quedé escuchando callada, pero al final tuve que soltarlo:
—¿Y por qué esa cosa lo quiere matar a usted?
Pensándolo bien, en ese momento todo fue un caos y no escuché nada en concreto. A las justas logré salir de ese lugar y me encontré a este hombre bañado en sangre. Después de eso, estuve ocupada cuidándolo y lidiando con los magos que no dejaban de fregar con el asunto de Miriam. Y además, hasta ese entonces, él era para mí solo alguien que ‘tarde o temprano se iría’. Más allá del cariño que le había agarrado, de sentirme agradecida o apenada, solo era alguien a quien no volvería a ver pronto.
Hacer esa pregunta significaba, en el fondo, hurgar en su pasado. Si fuera la ‘yo’ de antes, jamás habría tomado la iniciativa ni me habría dado curiosidad el tema. ‘¿Para qué conocer su pasado si igual no lo voy a volver a ver?’, pensaba. Por eso mismo no me hacía ninguna gracia cada vez que él empezaba a soltar cosas de su vida por voluntad propia.
—…….
—…….
El silencio se prolongó. Me lo quedé mirando fijo y le dije:
—Si no quiere responder, está bien.
Apenas terminé de hablar, Tenet puso una expresión extraña y abrió la boca.
—No, no es eso.
—…….
—Es que no es una historia que vaya a conmover mucho a la señorita.
Otra vez con lo de ‘señorita’. Iba a reclamarle, pero me aguanté.
—A estas alturas ya he escuchado suficiente de sus historias de otro mundo. Pero como lo tengo aquí frente a mis ojos, ya no siento que sean cuentos chinos.
Recordé a la masa de monstruos que vi en lo profundo del subterráneo. Esa imagen espantosa de criaturas pegoteadas unas con otras, habiendo perdido su forma original por culpa de los experimentos humanos. Al principio solo sentí terror y pavor, después… Fui recordando, paso a paso, el momento en que el monstruo me tragó, como si me hubiera estado esperando. Como no era un recuerdo nada bonito, lo había enterrado en mi mente para no volver a pensar en eso. Hasta yo misma, cuando trataba de explicárselo a él, me trababa toda porque ni yo me lo creía.
—¿Sabe qué dicen los rumores sobre mí?
—¿Cuáles? He oído que es un hombre aburridísimo, sin ningún chisme interesante.
—¿El sacerdote de Loxia no le contó nada sobre mí?
—… Si se refiere al sacerdote Verda…
Me detuve antes de seguir. Aquel viejo sacerdote de carácter muy recto que, desde la primera vez que lo vio, no se esforzó ni un poquito en ocultar que Tenet le daba mala espina.
—Me dijo algo. Mencionó algo de que usted era alguien que no podía estar frente a Dios con la frente en alto o algo así.
—Eso no.
‘Cuando lo veo, me pongo a la defensiva por instinto, como si estuviera viendo algo muy siniestro’
Se me vino a la mente, pero no lo dije. Me incorporé y me senté en la manta.
—¿Se refiere al Gran Sacerdote que lo crió?
—…….
—Ese que en sus últimos años lo trataban de loco porque decía que Dios iba a reencarnar en cualquier lugar al que fuera.
—Exacto. El Gran Sacerdote Julius creía que yo era el envase.
Por un momento, sentí que la cabeza me daba vueltas.
—¿El envase?
—Sí. Creía que yo era la encarnación de algún dios.
No supe qué responder al toque. Me quedé parpadeando con cara de tonta.
—Eh… o sea… ¿el Dios que sale en la Biblia?
—Sí.
—¿Al que le rezo todos los días?
—No, ese no.
Traté de responder como si no estuviera desconcertada:
—Ah, ya. O sea, otro dios.
—…….
—…….
—……Charlotte.
Tenet me llamó bajito y se me quedó mirando fijo antes de continuar:
—Puede reírse si quiere.
—…… ¿Qué?
—Es una historia de locos, ¿no? Un disparate total. Puede burlarse, como hacen todos los demás.
Pero no pude reír por más que él me diera permiso. Me quedé tan desconcertada que no me salía ni una palabra. O sea, yo sabía que ese Gran Sacerdote en sus últimos años paraba hablando de la venida de Dios, pero… ¿todo era porque creía que este hombre era su encarnación? A medida que iba procesando la situación, menos ganas me daban de reírme. Sin poder ocultar mi asombro, miré a Tenet con la cara desencajada. Él, en cambio, estaba de lo más normal, con una calma total.
—…… ¿Por si acaso?
—Dígame.
—¿Es de verdad?
—…….
—No me mire así. Lo pregunto por si las moscas, de verdad. A ver, es que usted no es alguien muy común que digamos. O sea, usted es alguien… ¿normalmente extraordinario?
Pucha, qué estoy diciendo.
En lugar de seguir hablando tonterías, preferí cerrar la boca de una vez. Al ver mi reacción, una sonrisa se dibujó en el rostro del hombre. Parece que le divertía verme así.
—No. Realmente no soy común. Mi nacimiento no tuvo nada de normal.
La pregunta que tenía en la punta de la lengua sobre hasta qué punto se estaba burlando de mí, se me esfumó. Él me llamó suavemente mientras yo contenía la respiración:
—Charlotte.
—Hace un tiempo me preguntó por qué yo estaba como si nada después de cruzar el Portal, ¿se acuerda?
—…….
—Yo vengo del otro lado.
Su tono no era exagerado, no parecía el de esos cuentacuentos que sueltan fanfarronadas que nadie se cree. Tampoco tenía esa cara rígida ni esa voz tensa que pone cuando intenta decir una mentira (que es lo único que le sale mal). Hablaba con una calma total, pero sus ojos me escudriñaban con mucha insistencia. Había algo de ansiedad en su mirada, como si estuviera impaciente por ver cómo iba a reaccionar yo.
Aun así, terminó de soltarlo con toda la naturalidad del mundo:
—Para ser exactos, lo más probable es que yo haya nacido allá, en el otro lado.
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