Mi apacible exilio - 115
Aunque estábamos en la cima, la subida no era tan empinada, así que pudimos caminar tranquilos. Seguí la espalda de Tenet hasta que, de pronto, apareció una entrada secreta medio caleta, camuflada por la nieve. Me quedé mirando el hueco con una cara de duda total. Estaba tan tapado por la nieve que a las justas entraría un perro o un gato; quizás un niñito entrando a gatas podría pasar. Antes de que me saliera alguna broma pesada, Tenet estiró la mano al toque. Por donde él tocaba, la nieve se evaporaba dejando ese rastro de vapor blanco, igual que cuando abrió el camino. Al final, entramos por la abertura que ya se veía normal.
Cuando me dijo que era una cueva de osos, la verdad me asusté un poco, pero estaba más limpia de lo que pensé. Al menos por la entrada no olía a bicho muerto ni había huesos tirados por ahí. Mientras Tenet sacaba las cosas que trajo de la cabaña, yo eché un vistazo hacia adentro. Se veía bien profunda. Ni loca pensaba dar un paso más allá. Ya le agarré tirria a las cuevas. Supongo que tengo suerte de que, después de todo lo que pasé, no me haya quedado claustrofobia. Los rostros de El y Adrian se me venían a la mente a cada rato. Cada vez que pasaba, agradecía no estar sola.
—Charlotte.
Tenet ya había terminado de alistar todo. Como ya es costumbre, me senté sobre la manta que extendió. Le hice una seña para que se sentara conmigo, pero él me dijo:
—Espéreme un ratito.
se puso a hurgar en su maleta hasta que sacó algo envuelto en papel.
—Es que se saltó el desayuno.
Era un sándwich de cecina. Lo recibí calmadamente y solté un comentario corto:
—Parece que hemos venido de picnic.
Como ya no soplaba el viento, se sentía menos frío. Me puse a masticar mi sándwich mientras miraba el cielo. Todavía estaba despejado; un sol tan brillante que hasta daba mala espina. Tenet se sentó a mi lado en silencio y se puso a mirar el paisaje conmigo. Me quedé viendo la orilla del lago, que estaba blanquísima por la nieve, luego voltee. Ahí estaba él, mirando al frente de perfil.
—Debí traer papel o algo. Es un desperdicio guardarlo solo en la memoria.
—Qué pena. ¿O sea que tiene talento para el dibujo?
—Qué va, dibujo horrible. Como no tenía nada de talento, lo dejé hace tiempo.
‘Pero uno no tiene que ser un experto para dibujar’
murmuré riendo. De reojo, vi que Tenet me miraba fijamente.
—Charlotte.
—Dígame.
—Ese ‘algún día’ del que habló la otra vez… ¿exactamente para cuándo es?
Vaya cambio de tema tan repentino. Soltó la pregunta así de la nada, sin contexto, pero le entendí al toque. Eso sí, no le respondí de frente; primero le di otro mordisco a mi sándwich.
—Usted dijo que era un ‘algún día sin fecha fija’, pero igual…
—No sé, pues. Supongo que cuando se decida dónde me voy a quedar, ahí recién tendré una idea.
—… ¿Y de verdad cree que Luce Dyer la va a recibir con los brazos abiertos? Esa gente también tiene sus rollos, es complicado.
Seguí sin mirarlo mientras le respondía:
—Sí, me va a recibir.
—…….
—Ya sea porque me necesite o porque me tenga lástima, al final me va a aceptar.
—…… Charlotte.
—A ver, la propuesta vino del Barón primero. Pero como me dio mala espina, le mandé una carta directamente a Luce. Claro que no sé si el Barón seguirá vivo para ese entonces.
—¿A qué se refiere con que le dio ‘mala espina’?
Me miró con los ojos entrecerrados. A pesar de su pregunta, parece que se dio cuenta al instante.
—…… ¿Acaso piensa casarse con Luce Dyer?
—Oiga, ya se fue por las ramas. Un matrimonio entre nobles no se decide así de fácil. Menos con alguien que tiene una situación tan movida como la mía.
—Pero en un lugar como este, eso es lo que menos importa, ¿no?
—…….
—Aquí no tiene que cuidarse de las críticas de los nobles de la capital. Y aunque se corra el chisme, se olvidarán rápido.
—¿Usted cree? Seguro que la gente de los salones, que ama rajar de los demás, diría algo como: ‘Miren, la que fue prometida del Príncipe terminó arrimada en un pueblucho del norte’.
Hubo un silencio. Dejé de hablar con ese tono amargo y miré a Tenet.
—Vaya, resultó que conoce muy bien cómo es la nuez por aquí. No tengo de qué preocuparme entonces.
—…….
—Y la verdad, no entiendo por qué siempre asume esas cosas. Si yo de verdad tuviera planes así para mi futuro, ¿cree que se lo contaría así nomás?
Me sentía rara, como si fuera una de esas tipas aventureras de las que todo el mundo habla mal.
—Además, podrá ser el Barón, pero Luce Dyer no me quiere de esa manera.
A ver, ¿por qué creen que le mandé la carta a Luce Dyer después de escuchar la propuesta con esa ‘indirecta’ del Barón? Pues porque era obvio que ese viejo no iba a durar mucho más.
Era una discusión sin sentido. O mejor dicho, ni siquiera era una discusión, eran puras necedades de este hombre. Ya sentía que la cara se me calentaba del puro roce. Menos mal que Luce Dyer no estaba presente; y más aún, qué suerte que no había nadie ahí para ir con el chisme.
—A mi parecer, no es así.
—Yuri.
—Él, a veces, a usted la…
—Yuri Tenet.
Tenet se quedó callado a mitad de la frase. Luego, puso su mano sobre la mía, que estaba apoyada en su mejilla izquierda.
—Ya basta de hablar de Luce. No me interesa saber más y es una falta de respeto para él.
—…….
—Cálmese un poco, ¿ya?
Nuestros dedos se fueron entrelazando. Tenet metió sus dedos entre los míos con su mano grandaza. Y sin decir ni una palabra, hundió su mejilla en la palma de mi mano. Me miraba con una intensidad… era esa mirada de siempre. Me observaba como quien sabe perfectamente con qué cara me rindo. Parecía una mascota mendigando un poquito de atención de su dueño.
Pero ya no me dejaba llevar por eso. En lugar de ponerme nerviosa, lo miré con total desgano y le pregunté bajito:
—Hable.
—…….
—¿Qué es lo que lo tiene tan ansioso?
Claro que yo no era la más indicada para preguntar eso, después de haberle salido con lo de ‘algún día sin fecha fija’. Pero, dejando eso de lado, tenía la extraña certeza de que su apuro no venía solo por eso. Después de mirarme un buen rato en silencio, el hombre habló:
—Al sureste del Imperio hay un lugar donde usted podría vivir bien.
—…….
—… Es al sur, así que es muchísimo más cálido que aquí, ni punto de comparación. Se vive mucho mejor. Ya tengo lista una mansión y al personal para que usted llegue y se instale tranquila.
Volteé la cara con un gesto de cansancio. O sea, como ya vio que sus necedades no funcionan, ahora quiere convencerme de frente por el lado material.
—No sé, pues. Así como lo dice, no me convence mucho. Dígame el nombre exacto del lugar.
—Lilton.
Respondió sin dudarlo. No parecía que estuviera mintiendo; al contrario, parecía que había estado esperando este preciso momento para soltarlo. Conocía ese lugar. Alguna vez lo llamaron el Vizcondado de Lilton… ya veo. Así que esas eran las tierras que el Emperador le había dado. Terminé de organizar mis ideas con cara de pocos amigos y voltee hacia él.
—Ya, ok. Estaré esperando el día de mi visita, entonces.
—Charlotte.
‘¿Acaso no acepté esa confesión egoísta sabiendo todo?’
estuve a punto de reclamarle, pero me contuve.
—Como le dije la otra vez, Edward está en Elton.
—…….
—Esta vez pienso ver a Edward como sea. Todavía no hay nada seguro, pero por ahora ese es mi plan.
Si me preguntaran por qué me obsesioné con verlo, era simplemente porque me di cuenta de que él es el único pariente y amigo que me queda de verdad. Y sentía que, si no era ahora, tal vez no lo vería nunca más.
—Igual, le agradezco su propuesta. La tendré en cuenta.
Miré al hombre, que se había quedado mudo, añadí:
—Así que ya deje de ponerme esa cara de ‘pobrecito pero lindo’.
—¿Lindo… qué?
Tenet se quedó con una cara de confundido total. A mí me dio igual; solté mi mano de la suya, le di unos toquecitos en la mejilla y le dije:
—Eso ya no me convence.
—¿De verdad ya no le hace efecto?
—Nop. Ni un poquito.
El hombre, que se había quedado con la boca abierta, apretó los labios con terquedad y me preguntó eso con una frescura total. Aguanté las ganas de soltar una carcajada por su descaro y le respondí con firmeza. Tenet volvió a quedarse mudo.
Me dio igual y estiré la mano hacia el sándwich que estaba en la esquina. Bueno, mejor dicho, hice el intento.
—…… ¿Charlotte?
preguntó Tenet, extrañado.
Casi por instinto, giré el cuerpo de porrazo para tapar lo que había visto.
—¿Qué le pasa?
—¿A mí? ¿De qué habla?
Lo cubrí sin pensarlo. Le respondí cualquier cosa para despistarlo y luego giré la cabeza solo un poquito para confirmar lo que había atrás. Era esa criatura extraña que vi cuando fui a pescar con Ethan. La única diferencia era que ahora había crecido un montón. Antes no era más grande que una lombriz, pero ahora ya tenía el tamaño de un puño. Su forma también se veía más clarita: era igualito a un gatito recién nacido. La cosa esa, que se estaba zampando el sándwich con una gazuza terrible, levantó la mirada y me vio. En el segundo en que nuestros ojos azules se cruzaron, me di cuenta al toque.
… Si no me estaba rayando, ese era Roy.
—¿Hay algo detrás suyo?
—…….
Tenet volvió a preguntar. Pero a diferencia de hace un rato, que se veía confundido, ahora tenía una sonrisita ligera. Como diciendo: ‘Ya sé qué cosa me estás ocultando’.
—…….
—…….
No le respondí, solo me quedé mirándolo. La verdad, ¿no? Pensándolo bien, ese bicho tenía el antecedente de haberlo dejado a él hecho un desastre antes, así que… ¿por qué rayos intenté esconderlo?
—…… O sea.
Bajé la mirada hacia la mano grandaza de Tenet. A esa criatura del tamaño de un puño le bastaría un manotazo de él para pasar a mejor vida. Lo pensé un segundo y, al final, me hice a un lado para dejarlo ver.
La mano de Tenet se acercó de golpe. Y como si nada, agarró por el aire a la bestia negra que todavía tenía el sándwich en el hocico.
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