Mi apacible exilio - 114
A decir verdad, mi forma de dormir solía ser bastante terrible. Siempre despertaba con la manta tirada por cualquier lado y, teniendo una cama inmensa, terminaba toda encogida en un rincón.
Ese mal hábito que Marie, mi doncella, siempre me criticaba con cara de hartazgo, se curó apenas llegué aquí como por arte de magia. En un lugar donde basta con asomar la cara fuera de las mantas para que se te congele la nariz, aprendes rápido. Y más en estos últimos días.
No tenía punto de comparación con mis primeros días aquí, ni mucho menos con el tiempo que pasé en el castillo del Barón. Antes, como odiaba sentirme sofocada, me empecinaba en usar camisones delgados y ligeros, pero desde que empezó la tormenta de nieve, se me hizo costumbre dormir con cuanta capa de ropa encontrara.
Como la chimenea de mi habitación en el segundo piso estaba muy lejos de la cama, llevaba ya varios días durmiendo en el primero. Al principio me incomodó un poco, pero ahora hasta me resultaba más práctico.
Tenet ya no se limitaba a entrar con cuidado para dejar el agua del aseo e irse, como hacía cuando yo estaba arriba. Ahora, sabiendo que me costaba despertar, esperaba pacientemente y, cuando daban las doce del mediodía, empezaba a despertarme con suavidad.
—Charlotte.
—No quiero comer nada.
En realidad, llevaba rato despierta; simplemente no quería salir de la cama.
Escuché sus pasos acercándose hasta mi cabecera y, poco después, su voz llamándome por mi nombre con dulzura. Ante mi respuesta inmediata, Tenet se quedó callado un momento.
—… No es eso.
dijo finalmente, retomando el habla con parsimonia.
Sujetó el borde de la manta que me cubría hasta la coronilla y tiró de ella hacia abajo con cuidado. Como ya estaba despierta, me limité a mirar al intruso con total indiferencia.
Apenas cruzamos miradas, él entornó sus ojos azules —que brillaban como cristales— y me dedicó una sonrisa preciosa. Yo, sin querer, fruncí el ceño.
El sol que entraba detrás de él me dio de lleno en la cara, dejándome la vista en blanco por un segundo. Tenet se dio cuenta al instante y volvió a subir un poco la manta para protegerme de la luz.
—Dejó de nevar.
Ya veo.
Recibí la noticia sin mucha emoción y me incorporé con docilidad. Estos últimos días el cielo había sido de un gris perpetuo; cada vez que miraba por la ventana, solo veía ráfagas de polvo de nieve grisáceo cayendo con furia.
Gracias a que la chimenea estaba a tope, no sentí frío al salir de las mantas. O quizás era porque, como decía Tenet, el clima por fin había amainado.
Mis botas, que la noche anterior había tirado por cualquier lado, estaban ahora perfectamente alineadas a mis pies. Me las puse y caminé directo hacia la ventana.
—… Guau.
La exclamación salió sola. Tal como dijo él, después de tanto tiempo, el cielo estaba despejado. No es que no hubiera nubes, pero no recordaba cuándo fue la última vez que vi un azul tan intenso. Debajo del cielo, todo era nieve.
Los arbustos espinosos, secos pero firmes, estaban sepultados por la nieve hasta la mitad.
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Pensé que después de haber visto tanta nieve hasta el hartazgo ya no habría nada que me sorprendiera, pero me equivoqué. No podía quitar la vista de la ventana, así que Tenet se acercó despacio y me preguntó si quería acompañarlo afuera un rato.
Como llevaba casi una semana encerrada, ya sentía que el cuerpo me pedía movimiento. Asentí encantada.
—Escuché que el Percum dura mucho más, ¿es que ya se detuvo?
—Sí. Pero es solo temporal. No sabemos cuánto durará.
—Ojalá se mantenga despejado hasta la noche.
Me puse varias capas de ropa para salir. No olvidé armarme hasta los dientes con bufanda, guantes y hasta gorro. Aunque afuera se viera soleado, sabía que en cuanto pusiera un pie fuera, el aire estaría tan frío que me congelaría hasta la punta de la nariz.
Tenet dijo que, por si acaso, traería más madera para la chimenea. Mientras él iba por el hacha, subí un momento al segundo piso. Me paré frente a la ventana de mi habitación, donde se sentía un frío cortante. Allí me recibió la pequeña estatua de madera que el sacerdote Verda me regaló antes de partir. Cerré los ojos, le dediqué una breve oración a mi pequeña diosa de apenas un dedo de tamaño y bajé al primer piso.
Tenet ya tenía todo su equipo listo y me esperaba con la puerta entreabierta.
—Siento haberlo hecho espe…
Me quedé callada a mitad de la frase. La nieve llegaba hasta la cintura. Por la ventana ya se veía que había caído bastante, pero tenerla de frente me quitó las ganas de dar siquiera un paso.
—No se preocupe.
Tenet vio mi cara de espanto y soltó una risita. Apenas estiró la mano, la nieve que tenía enfrente se deshizo como polvo. Solo quedó un rastro de vapor en su lugar.
—Ahora entiendo por qué dicen que los aludes después del Percum son tan peligrosos.
dije, siguiéndolo dócilmente.
Tenet iba abriendo el camino. Por donde él pasaba la mano, la nieve que nos llegaba a la cintura se hundía de inmediato.
—Tenga cuidado, el suelo está resbaloso.
Asentí y caminé con cautela.
—¿A dónde vamos exactamente?
Pensé que iríamos detrás de la villa a buscar leña, pero nos estábamos alejando más de lo que esperaba. No dejaba de mirar atrás con curiosidad mientras caminábamos; solo el sendero por el que pasábamos estaba hundido. Parecía que estábamos creando un laberinto de nieve.
—Ya que salimos después de tiempo, quería mostrarle algo que le va a gustar, Lady Charlotte.
—¿El lago?
Había pensado en volver a visitarlo, de hecho lo hicimos, pero esa vez tuvimos un invitado inesperado que arruinó el momento. En lugar de disfrutar del paisaje, me la pasé escuchándolos pelear y no pude concentrarme en nada.
—No.
—Probablemente esto le guste mucho más que el lago. Mucho más que la pesca en el hielo.
—Parece que de verdad se aburrió pescando.
—Si hubiera estado a solas con usted, habría sido mucho más divertido.
Tenet, que iba delante, se dio la vuelta para decirme eso. Sus ojos me preguntaban si yo no pensaba lo mismo. Me pedían a gritos que le confirmara que yo también lo deseaba así.
Si hubiera sido antes, ni le habría respondido y solo habría dicho: ‘Ya, vamos’. Pero esta vez no cambié de tema como solía hacerlo, aunque tampoco le di la respuesta que tanto esperaba. Solo me quedé mirándolo fijamente por un largo rato.
—Olvídelo.
dijo Tenet de pronto, dándome la espalda bruscamente tras sostenerle la mirada.
—¿Qué cosa?
—… Siento que últimamente le ha agarrado el gusto a burlarse de mí.
Podría haber seguido siendo un descarado como antes, pero no.
—Es que ahora se avergüenza, no como antes.
le solté con toda la sinceridad del mundo.
—¿Avergonzarme…? ¿Se me nota algo tan patético?
—Al contrario, me gusta más cómo es ahora.
—… No sabía que, después de los hombres dignos de lástima, ahora su tipo eran los hombres patéticos.
Sus palabras tenían un matiz bastante extraño. Le di un par de toques ligeros en la espalda al hombre, que seguía caminando delante de mí, como si estuviera tocando una puerta.
—No es patético.
—……
—Es difícil de explicar exactamente, pero lo que sí es cierto es que esto es mucho más de mi estilo. No lo voy a negar.
—……
—Yuri.
Él seguía mirando hacia adelante sin reaccionar, pero escuché un ‘Sí’ muy bajito. Estiré la mano con toda la concha del mundo.
—Deme la mano, por favor. Ya empezó la subida y me estoy cansando.
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Comparadas con las montañas escarpadas que rodean el castillo del Barón, las de aquí no son tan altas. Pero, una vez arriba, el paisaje era realmente espectacular. Valió la pena el esfuerzo de subir arrastrando hasta el último rastro de energía que me quedaba.
Por más que mi resistencia física hubiera mejorado, subir una montaña así seguía siendo una chamba pesada. Tras disfrutar un momento de la vista, solté la mano del hombre y me desplomé ahí mismo, sentada en el suelo.
Sentí que Tenet se puso nervioso y empezó a revisarme. Sacudí la cabeza para decirle que estaba bien, bajé la mirada y me puse a recuperar el aliento despacio.
Poco a poco, mi respiración agitada se normalizó y esa opresión en el pecho fue desapareciendo. Recién ahí pude observar los alrededores con más calma que antes.
No me di cuenta cuando estábamos abajo, pero desde aquí arriba se veía clarito que esta montaña tenía una forma de arco bien curiosa. Dentro del arco estaba el lago congelado al que fuimos el otro día, por fuera estaba la villa donde nos quedamos. Detrás de la villa, no había más que una llanura de nieve inmensa. Si cruzabas toda esa nieve, llegabas al pueblito de Benihill.
Mientras yo miraba todo, Tenet se quedó parado mirando al cielo. Seguro estaba chequeando que el clima no se pusiera feo de nuevo.
—¿Puede ponerse de pie?
—No.
respondí tajante.
Tenet se acercó preocupado al toque, pero al ver mi cara de burla, puso una expresión de ‘me agarraste de punto’.
—Sus expresiones están muy variadas hoy.
—Y usted parece estar especialmente juguetón hoy, Sir Tenet.
—No sé… debe ser porque hace tiempo que no salía y estoy de buen humor.
Tenet giró la cabeza y empezó a observar los alrededores despacio, tal como yo lo había hecho hace un momento.
—¿Es de su agrado?
Era la misma pregunta que me había hecho alguna vez. En aquel entonces, yo estaba demasiado ocupada, hipnotizada por el paisaje, como para responder bien.
El hombre, parado en medio de ese escenario donde solo existía la nieve, parecía una pintura por sí solo. Su cabello, blanco como la nieve misma, se agitaba un poco con cada ráfaga de viento. Gracias a que se lo había cortado hace poco, sus orejas blancas quedaban al descubierto y volvían a cubrirse rítmicamente.
No sé exactamente qué emoción era esta, pero sentí un impulso repentino de pasarle la mano por la cabeza y despeinarlo por completo.
—Sí.
Pero, obviamente, no lo hice.
Tras darle mi respuesta afirmativa, como aquella vez, tomé la mano que él me ofrecía y me puse de pie.
—Por allá hay un lugar desde donde podrá disfrutar mejor de la vista.
—¿A dónde vamos?
—Hay una cueva, parece que solía ser de un oso.
—¿De un oso…? ¿Qué?
—No se preocupe. No entraremos mucho y ya no hay nada adentro. Lo he comprobado varias veces.
Lo seguí dócilmente, pero no pude evitar murmurar:
—¿Varias veces?
—Sí. Hace tiempo que pensaba en mostrárselo. Como le gustó el lago, estaba seguro de que esto también le encantaría.
Seguía caminando delante de mí, así que no podía verle la cara. Sin embargo, a diferencia de antes, sentía una tensión extraña en el aire.
Este era otro de sus cambios. Estaba segura de que, si pudiera verlo, no tendría esa sonrisa perfecta de siempre, sino una expresión más rígida y nerviosa. El impulso de ponerme frente a él para confirmarlo volvió a picarme la curiosidad.
Sacudí la cabeza para espantar esos pensamientos y seguí sus pasos mientras avanzábamos hacia la cueva.
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