Mi apacible exilio - 113
Fuera de las fronteras del Imperio, la gente suele preguntar en broma: ‘¿Acaso eres imperial?’, cada vez que se topan con alguien terco e inflexible.
Esa es la imagen que proyectan: la mayoría de los imperiales tienen una mentalidad bastante conservadora. Sin embargo, existía una sola excepción: su visión del romance, especialmente entre la nobleza.
Como nos pasó a Rian y a mí, muchos nobles se comprometían desde que eran apenas unos niños. Pero, como suele suceder con las relaciones forzadas a una edad en la que uno apenas está aprendiendo a tratar a los demás, la mayoría terminaba siendo enemigos acérrimos en lugar de amigos, con suerte, hacían las paces para llevar una relación puramente formal. Al menos, así era casi todo mi entorno.
Por supuesto, había casos donde encontraban un amor de película y se llevaban de maravilla. Tal como yo solía soñar alguna vez.
En ese sentido, me alegré de todo corazón al ver a Rian vivir feliz un tiempo después de su boda. Al menos al principio, parecía que ellos dos solo tenían ojos el uno para el otro. Eso me dio una esperanza ridícula: la ilusión de que tal vez yo podría llegar a ser así con Kaylus.
Años después, volví a ver a Rian. Traía consigo a un hombre al que nunca había visto. ‘Es mi amante de turno’, me dijo, con un tono como si no fuera la gran cosa.
—¿Todavía sigues enamorada del Príncipe?
me preguntó Rian, recalcando con malicia la palabra ‘enamorada’.
Negué con la cabeza. Ella solo soltó un ‘¿Ah, sí?’ y no insistió más. Tenía cara de alivio.
El Imperio era tan conservador que se aferraba a costumbres ridículas que imitaban al primer emperador. Por eso, aunque uno tuviera amantes, decirles ‘te amo’ con sinceridad era un tabú implícito. Por más que amaran de verdad, jamás lo decían en voz alta. Me parecía una ironía total, pero era la ‘línea’ que ellos mismos habían decidido no cruzar.
La relación de Rian con ese amante era igual. Yo sabía que ella lo quería bastante, pero como cualquier noble con un amante, jamás lo demostraba. Ni siquiera era cariñosa con él. Su regla no escrita era actuar como si no les importara en absoluto si el otro desaparecía al día siguiente.
La razón por la que recordaba de pronto ese viejo recuerdo no era cualquier cosa. En realidad, sí lo era.
Al ver la cara de Tenet, quien me sonreía como si el día anterior no hubiera pasado nada, me acordé de aquel hombre que trajo Rian. Tenet estaba increíblemente normal. Actuaba con la misma cortesía de siempre y me sonreía con dulzura, tal como si la noche anterior no hubiera existido. Como si acabara de llegar a este lugar por primera vez.
Eso me molestaba muchísimo. Me carcomía por dentro observarlo para ver hasta cuándo pensaba seguir fingiendo así.
Y no era, para nada, porque me sintiera como el amante de Rian. Para empezar, Tenet ni siquiera conocía la cultura romántica de la nobleza. Era más bien al revés. Verlo actuar como siempre, con esa sonrisa de fachada, me hacía sentir como uno de esos nobles descarados que, tras pasar la noche con su amante, actúan como si nada para no dar explicaciones.
Sentía que, si yo le decía directamente: ‘No pasó nada entre nosotros’, él pondría una cara triste pero aceptaría diciendo: ‘Entiendo’. Estaba segura de que, por más que su carácter se hubiera vuelto más fuerte últimamente, él jamás se pondría terco en este punto.
Y eso me reventaba. Me ponía de mal humor.
—… Sir Tenet.
A estas alturas ya no tengo fantasías sobre el amor. Tampoco tengo ninguna convicción heroica. Pero, al menos, no quería dejar que esto se volviera algo ambiguo, sin poder expresar mis sentimientos como antes.
Odio las relaciones ambiguas. Aunque tú estés bien con eso, yo no.
—Lo hice porque no quería perderlo.
No solté un ‘te amo’ dramático como una actriz de teatro. La palabra ‘amor’ todavía era prematura; sonaba demasiado grandiosa. Pero era cierto que este hombre me había sacudido tanto como para perder la paciencia y besarlo.
—¿Por qué no dice nada?
‘El amor vuelve a la gente patética’
dijo Rian alguna vez mientras fumaba un cigarrillo tras otro. En aquel entonces sus palabras no me llegaron mucho, pero ahora las entendía perfectamente.
Todavía es pronto para llamarlo amor, pero tal como dijo ella, me he vuelto patética.
—Si lo que quería era que esta relación fuera solo un juego para pasar el rato…
En medio de todo, el hecho de no querer admitirlo y tratar de mantener mi orgullo solo me hacía ver más patética.
—No es eso.
Tenet, que me había estado observando con la mirada perdida como si alguien le hubiera tapado la boca, me interrumpió al toque. Fue un sonido raspado, como el de un metal oxidado, que salió disparado como si hubiera estado contenido por demasiado tiempo. Además, me miraba como si me guardara rencor.
—Sentía que la cabeza me iba a explotar, por eso actué así.
—…….
—… Y también.
Hizo una pausa antes de terminar la frase.
—Ahora entiendo más o menos a qué se refieren cuando dicen que sienten que el corazón les va a estallar.
—¿Acaso lo sorprendí mucho, Sir Tenet?
pregunté, tratando de sonar calmada.
Él seguía mirándome con ese aire de resentimiento y respondió con un seco:
—Sí. Tenía las puntas de las orejas rojas, rojas.
—Bueno, es un alivio entonces. Porque, como usted mismo dice, el corazón no es algo que se reviente así nomás.
continué diciendo como si nada.
Tenet soltó un suspiro, ‘fuaaa’, se pasó la mano grande por toda la cara. Cuando volvió a mirarme, su rostro ya mostraba un fastidio evidente.
A mí no me importó. Me quedé sentada con las rodillas juntas, observándolo fijamente. Había logrado mi objetivo: quitarle esa máscara de cortesía que tanto me estorbaba.
‘O sea, que no era yo la única que estuvo pendiente de él todos estos días’, pensé.
Esa chispa de victoria me duró poco, porque de pronto me cayó la vergüenza encima. Fingiendo que no pasaba nada, desvié la mirada que tenía fija en él hacia mis propios pies. Tenet siguió mi movimiento y miró mis tobillos, luego la mano con la que todavía me sujetaba uno de ellos.
Parece que de verdad me estaba tocando sin darse cuenta. Soltó mi tobillo al toque, como si se hubiera quemado.
—Ah, lo siento mucho.
—No se preocupe.
‘Está avergonzado. Ni siquiera me puede mirar a los ojos’
Me pareció que ya era un poco tarde para tener vergüenza. Y de tanto mirarlo, sentía que yo también me iba a poner roja.
Estaba a punto de cerrar el tema así nomás, decirle un ‘bueno, que duermas bien’ y despacharlo. Luego pensaba tirarme a la cama y agarrar mi almohada a puñetazos pensando en las tonterías que acababa de decir.
Pero Tenet, que se había quedado callado un buen rato, habló primero.
—… Charlotte.
Me llamó por mi nombre con un tono bastante serio y luego dijo:
—Sobre lo que le propuse antes y usted rechazó…
Parpadeé confundida por un momento.
—… Eso.
—……
Sentía como si alguien me estuviera apretando la garganta; las palabras no me salían.
—… Eso no ha cambiado.
logré decir finalmente.
La expresión del hombre se endureció por completo.
—… ¿O sea que piensa quedarse aquí?
—Sí.
Era una escena fácil de imaginar. Incluso si lo seguía y me iba de este lugar, tendría que vivir aún más escondida que ahora, él se pasaría la vida tratando de protegerme. ¿Acaso Ethan es el único de su clase? No, hay montones de hombres peores que él allá afuera.
Toda la emoción de hace un rato se enfrió de golpe, dejándome la cabeza clara.
—Sé que suena egoísta. Lo siento.
—… Charlotte.
—Mi decisión no ha cambiado. Regrese y ponga en orden todo lo que dejó pendiente por mi culpa. Reciba lo que por derecho le corresponde; usted se lo merece.
Así que… No pude seguir hablando y me limité a mirar su rostro endurecido.
—Si para ese entonces sus sentimientos cambian, no se preocupe y envíeme una carta. No puedo prometerle una fecha exacta, pero si para cuando yo ya esté más estable, sus sentimientos siguen siendo los mismos…
¡Maldita sea! Hasta yo sentía que parecía una embaucadora que seduce a un hombre inocente y luego sale huyendo.
En realidad, ¿debería decirle que estoy planeando ir a Elton en algún momento cuando vea la oportunidad? ¿Debería contarle todo, incluso lo que no es seguro todavía? No, primero tiene que llegar la respuesta de Ruth…
Un apretón firme.
Me agarró la mano.
—Usted dijo que no quería perderme.
Su tono era mucho más calmado que hace un momento, su voz sonaba más grave. Solo entonces reaccioné y levanté la cabeza. Me encontré con el rostro inexpresivo del hombre que me observaba, casi como si me estuviera reclamando algo.
Apreté con calma la mano que me sujetaba.
—Sí. Pero si la otra persona no quiere lo mismo, tengo que aceptarlo.
A través de nuestras palmas entrelazadas, sentí un calor abrasador. Aunque no nos habíamos tomado de las manos seguido, sabía que él solía tenerlas frías; sin embargo, ahora quemaban.
—El hecho de que rechazara mi propuesta…
Hubo un breve silencio. Luego, Tenet continuó:
—… ¿fue porque estaba pensando en mí?
Lo medité un segundo antes de responder.
—Siendo estrictos, también fue por mi orgullo. No soportaría la idea de convertirme en la mancha o el defecto de alguien más.
—……
—…….Bueno, es verdad que en parte también lo hice pensando en usted.
Me detuve ahí, dudé un poco, pero volví a abrir la boca:
—Para serle sincera, si esto hubiera pasado cuando recién nos conocimos, tal vez habría aceptado descaradamente, haciéndome la rogada. Claro que en ese entonces habría sido mucho más grosera y malvada con usted.
—……
—…… Entonces, ¿entiende más o menos a qué me refiero?
De pronto, me sentí avergonzada. Cambié de tema rápido:
—¿Y bien? ¿Cuál es su respuesta?
Tenet tenía una expresión extraña, indescifrable. Me miró fijamente y dijo:
—No lo sé.
—…….
Traté de recomponer mi gesto, fingiendo que no me había desconcertado, respondí cualquier cosa:
—Bueno, es comprensible que se sienta así.
‘¿Qué rayos digo que es comprensible?’
me recriminé mentalmente.
—No. No me refería a eso.
Parece que Tenet se dio cuenta al toque de que había malinterpretado su respuesta. Tiró suavemente de mi mano hacia él y me corrigió:
—Lo que pasa es que lo que yo siento por usted, Lady Charlotte, no es algo tan considerado ni tan noble como lo que usted siente por mí.
Incliné la cabeza hacia un lado, mirándolo sin entender a qué se refería.
—¿Considerada? Creo que sus estándares son muy extraños. Más bien me estoy portando de forma egoísta. Ya se lo dije: en parte es por usted, pero sobre todo es por mi orgullo.
—…… No, no me refería a eso…
—¿Quiere que sea sincera? En cuanto escuché lo de su prometida, perdí la cabeza. Mire lo que pasó después: no solo lo besé sin permiso, sino que ahora lo estoy fastidiando para que deje las cosas claras. Desde el principio, esto es…
—Charlotte.
Tenet tiró suavemente de mí hacia él.
—No me refería a eso.
—… ¿Entonces a qué se refería?
Tenet me miró fijamente sin decir nada, como si le costara soltar las palabras. Tal como me había pasado a mí hace un momento. Esperé con paciencia a que hablara.
—… Yo no tengo la menor intención de mostrarla ante los demás.
—……
—Más bien era todo lo contrario. Pensaba mantenerla a salvo en un lugar donde nadie pudiera ponerle la vista encima. … Si usted me lo permitía, claro.
Sus palabras sonaron bastante inquietantes.
—… O sea, ¿que pensaba pedirme permiso para encerrarme?
—… ¿Perdón?
—El matiz de sus palabras fue algo extraño. Era medio broma; si no es así, olvídelo.
—……
¿Qué pasa? ¿Por qué no responde nada?
—… ¿Es en serio?
Apenas iba a soltarle la mano de un tirón cuando él respondió:
—No.
Tenet se quedó callado un momento. Miró hacia la distancia, como perdido en sus pensamientos, luego volvió a fijar sus ojos en mí.
—Charlotte.
—Dígame.
—Incluso si de verdad lo dice por mi bien, preferiría que no volviera a decir esas cosas.
—… ¿Qué cosas?
—Eso de que le envíe una carta si cambia de parecer.
Él acunó mi mejilla con delicadeza.
—O eso de que aceptará mi decisión si yo no quiero lo mismo.
Su tacto era áspero. Su palma, llena de callos y con algunas cicatrices, rozaba mi piel con una fricción que casi dolía.
—Ese tipo de cosas.
—…….
No pude responderle de inmediato. En lugar de decirle ‘pero es lo que siento de verdad’, me quedé observándolo mientras él me miraba con fijeza. Tampoco quería simplemente decirle ‘está bien’. Así que, en silencio, froté mi mejilla contra su palma.
Nos quedamos así, mirándonos por un largo rato. Al ver sus ojos, me di cuenta de que mis temores anteriores habían sido totalmente infundados.
¿Por qué me vino a la mente de pronto aquella conversación que tuvimos en el subespacio? Pensé que en ese entonces él se había vuelto loco y decía cualquier tontería, pero tal vez… parte de eso era verdad.
Quizás, sin darme cuenta, me he metido en algo que no voy a poder controlar. Los muros que nos separaban —o mejor dicho, el muro que yo había levantado unilateralmente— ya no existen. Han desaparecido por completo.
Y él también lo sabe. Sus dedos, que antes acariciaban mi mejilla, bajaron lentamente hasta rozar mi labio inferior.
Me quedé mirando cómo se acercaba poco a poco y, finalmente, cerré los ojos.
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