Mi apacible exilio - 112
No paraba de nevar, ni un solo día. Ya no tenía sentido mirar por la ventana o abrir la puerta para revisar el clima, fuera de mañana o de noche; sentía que en este lugar estaba viendo toda la nieve que no vi en mi vida.
Como cualquier habitante del sur del Imperio, yo también tenía cierta fantasía con la nieve. Me parecía algo estético, el mundo teñido de blanco puro… Una ilusión que se hizo trizas el primer día que llegué aquí.
En los lugares donde transita la gente, la nieve no se queda blanca, sino que se vuelve gris ceniza apenas la pisan. Y en los días de frío a medias, se derrite y se convierte en una pista de hielo por la que es imposible caminar. Recién al venir aquí pude experimentar en carne propia todas esas horribles desventajas.
En la capital, cuando llegaba el pleno invierno y empezaba a nevar, los nobles terminaban la temporada social y regresaban a sus feudos. Yo hacía lo mismo. De pronto recordé a una mujer que una vez me dijo: ‘Qué suerte, allá debe ser cálido’, a lo que yo respondí con un simple: ‘Visítenos algún día, señora’.
—Será mejor que no salga por un tiempo.
Me quedé ahí parada, envuelta en mi manta y con los ojos todavía pegados por el sueño. El pensamiento inútil de quién habría sido exactamente esa señora se esfumó en cuanto escuché un ruido al otro lado de la habitación.
Giré la cabeza hacia donde venía el sonido.
—¿Ya llegó la tormenta?
—Probablemente.
—¿Estará bien el caballo en el depósito?
—Tendré que meterlo mientras pase la tormenta. Creo que el lavadero servirá, así que más tarde haré unos arreglos.
Asentí como quien entiende, el hombre volvió a concentrarse en su tarea, martillo en mano. Lo miré clavar con ganas unos tablones en la ventana de la cocina y luego desvié la vista hacia la mesa; estaba vacía.
—En cuanto termine esto prepararé el desayuno. Como estos últimos días se ha estado levantando tarde…
—No se preocupe, yo lo haré.
Respondí como si no fuera la gran cosa y saqué una sartén plana que estaba colgada. Luego, saqué de mi túnica un pequeño artefacto mágico con forma de flauta y encendí el fuego. Era un objeto hecho solo para prender fuego, pero definitivamente era mejor que los anteriores: ligero y fácil de llevar.
Traje tres huevos de una bolsa que estaba por ahí. Al principio, por no saber, una vez terminé ensuciando toda la encimera con huevo crudo. Ese día me dio mucha vergüenza porque me había hecho la valiente diciendo que no quería ser una carga, Tenet, sin decir nada, solo me preguntó si no me había hecho daño y se puso a limpiar.
De pronto me di cuenta de que el sonido rítmico del martillo se había detenido. Al voltear, me encontré con la mirada de Tenet, que había dejado de trabajar para observarme fijamente.
—…
—…
Al cruzar miradas, Tenet desvió la vista de inmediato, como si se hubiera dado cuenta de su error. Sabía que yo estaba a punto de decirle con cara de pocos amigos: ‘¿Qué pasa? ¡Ya puedo hacer esto yo sola!’.
Pero en lugar de lanzarle un dardo verbal como él esperaba, solo parpadeé. Me volví hacia la sartén y rompí los tres huevos sobre el metal ya caliente.
—Lady Charlotte.
—Dígame.
—El aceite está por allá.
—… Justo lo estaba buscando.
Al intentar darles la vuelta fallé estrepitosamente, así que terminé revolviéndolos todos hasta que quedaron como huevos revueltos. ¿Estará bien así? Mientras les echaba una pizca de sal con cara de duda, Tenet se acercó con un plato y, con una sonrisa amable, me dijo:
—Buen trabajo.
Básicamente me estaba diciendo: ‘Ya fue suficiente, retírese’. Me hice a un lado sin rechistar y me senté a la mesa.
¿Cómo explicarlo? Tenet tenía cierta obsesión con su espacio. Especialmente la cocina de esta casa; estoy segura de que la había marcado como su territorio personal. Si no fuera así, no saldría disparado hacia mí cada vez que intento hacer algo ahí.
En un abrir y cerrar de ojos, Tenet me tendió el plato terminado. Al lado de mis huevos revueltos había puesto unos vegetales encurtidos que no conocía y unas rebanadas de pan. Apenas agarré el tenedor, me metí a la boca un trozo de los huevos que yo misma había hecho.
—…….
Bebí agua con calma, tratando de mantener la compostura. No es que él sea obsesivo con su espacio… es que yo cocino terriblemente mal.
—No se lo coma.
—¿Perdón?
—Está tan salado que le va a caer mal al estómago. Mejor lo tiro.
—A mí me parece que está bien. Sería un desperdicio tirarlo.
Apenas dije que era un desperdicio tirarlo, me arrepentí. Tenet se levantó al toque y me quitó el plato. Lo escuché regresar los huevos a la sartén y prender el fuego otra vez.
Al rato, Tenet volvió con los huevos ya ‘reparados’. Hasta se veían distintos. No sé qué rayos hizo, pero ahora estaban mucho más esponjosos y tenían una pinta buenaza.
Lo miré con una cara de ‘no entiendo nada’, pero sin hacer mucho chongo, probé un bocado. Ya no estaba salado.
—¿Pero cómo…? No, un momento, ¿por qué usted se está comiendo los que están mal?
—A mí me parece que están bien.
—Le van a caer mal. Ya, cambie su plato con el mío.
Por más que fuera un tipo raro que parece no tener gustos propios, no significaba que hubiera perdido el sentido del gusto, ¿no?
Olvidándome de todos los modales de la etiqueta, estiré la mano hacia su plato para arranchárselo. Pero Tenet fue más rápido, aseguró su plato y lo escondió detrás de su espalda.
—A mí me gustan así. Tal como los hizo usted, Lady Charlotte.
Soltó eso como si fuera la gran razón del mundo. Sentí que la cara se me ponía roja como un tomate. ¿Qué le pasa?
—… ¿Acaso es usted un pervertido?
—Sí.
—No, o sea… ¿¡Qué!?
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Terminamos el desayuno así, a la volada, él se retiró rápido diciendo que tenía que ir a cuidar al caballo. Yo intenté salir, pero me arrepentí apenas abrí la puerta. El sonido del viento era aterrador, mucho más violento que antes.
Con un poco de miedo, intenté abrir la puerta con cuidado, pero una ráfaga de nieve me dio de lleno y me hizo soltar la manija. Tenet, que hace un rato me había advertido ‘será mejor que no salga’, se acercó con calma y me revisó la cara para ver si estaba bien tras el impacto.
—Lo siento.
le dije de inmediato, me puse a ayudarlo a limpiar el desastre de nieve que había entrado a la entrada.
Luego, siguiendo el consejo de Tenet, me abrigué bien y salimos. La nieve me llegaba exactamente a las rodillas. Con cada paso sentía que me hundía, así que terminé agarrando la mano de Tenet, que se había puesto a mi lado, para no irme de avance.
Él dijo que, con este clima tan feo, era mejor meter al caballo de una vez, yo asentí. Le dimos heno fresco al animal, que estaba todo encogido por el frío, regresamos a la casa para ayudar a reacondicionar el lavadero.
En realidad, Tenet hizo casi todo el trabajo duro. Mientras él arrancaba los estantes que no servían y reparaba las paredes, yo me encargué de esparcir el heno por todo el piso.
Por suerte, terminamos antes de que cayera el sol. Traje los restos de madera que Tenet había picado para la leña y listo. Después de eso, metimos al caballo por la puerta trasera; yo me bañé, tal como me dijo él, me senté en el sofá del primer piso a leer un libro hasta que, sin darme cuenta, me quedé seca.
Me dio un poco de vergüenza haberme dormido al toque, como si yo hubiera hecho el gran esfuerzo, cuando en verdad el que se sacó el ancho fue él.
—¿Ya despertó?
preguntó Tenet acercándose, como si hubiera estado esperando ese momento.
Sacudí la cabeza para espantar el sueño, pero él me detuvo diciendo que no era necesario.
—Será mejor que hoy duerma aquí.
—Está bien.
Respondí dócilmente y me pasé al sofá más grande. Mientras me sacaba las botas, Tenet se acercó con una manta gruesa.
—Siento que soy un poco patética.
solté de pronto, mirándolo desde abajo.
Él me miró confundido por el comentario tan repentino. Desvié la mirada y tiré mis botas por allá.
—Sé que ya es un poco tarde para decir esto, pero….
—…
—Siento que mis intentos por ayudarlo solo le dan más chamba. Creo que lo ayudaría más si me quedara quietecita sin hacer nada.
—No es eso. Además, cada persona tiene sus propios talentos.
Tan típico de él: no negar mi afirmación por completo, pero tratar de suavizarla. Solté una risita.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué forma podría ayudarlo yo a usted?
—Bueno… no lo sé.
—Tengo mis habilidades, pero usted ya es un mago nato.
—Yo no busco ese tipo de ayuda…
Me hundí en la manta gruesa que él me había traído y me quedé mirándolo. Su mano grande se acercó y, con cuidado, me sujetó el tobillo que se asomaba por un costado.
—Solo con que Lady Charlotte esté a mi lado…
—…..
Parece que a mitad de la frase sintió que lo que iba a decir no era apropiado. Al cruzar miradas conmigo, Tenet empezó a juguetear con mi tobillo —como si no supiera qué hacer con las manos— y continuó:
—Si tan solo de vez en cuando, muy de vez en cuando, hiciera lo que hizo aquella vez…
—¿Se refiere a besarlo?
Mi franqueza pareció darle un susto. Se me quedó mirando con la mente en blanco mientras seguía manoseando mi tobillo. Me di cuenta de que lo hacía sin pensarlo, por puro instinto, así que me pareció de más señalárselo.
—Vaya, así que con un simple beso puedo poner a trabajar a alguien de su calibre. Me parece bien; yo salgo ganando.
Pero mi broma no logró que su expresión se relajara. Sin darme cuenta, empecé a mirarlo de reojo, un poco desafiante.
—… Pero…
—…
—… ¿De verdad le bastará con que sea ‘de vez en cuando’?
Él se quedó mudo, como si le hubiera dado un cortocircuito. Reaccionó un segundo después y soltó mi tobillo de inmediato, como si se hubiera dado cuenta recién de que me estaba tocando.
Me incorporé y me senté frente a él.
—Es que yo pensé que esa vez usted, Lady Charlotte…
—No fue porque me dejé llevar por el momento.
Recordé la mañana siguiente al incidente. Me quedé helada al verlo tan tranquilo, como si nada hubiera pasado. Primero sentí alivio, pero luego empecé a sentir una punzada de fastidio que crecía en mi interior.
¿Por qué, después de haberme provocado tanto y haberme hecho sentir tan avergonzada, no me preguntaba nada? Era una mezcla de terquedad inexplicable y desesperación.
Me prometí a mí misma que no iba a soltar tonterías como ‘creo que me volví loca’ después de lanzarme a besarlo.
—Aquella vez.
continué hablando despacio y con seguridad.
—Lo besé porque quise. Fue puramente por mi propia voluntad.
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