Mi apacible exilio - 110
Yuri no tuvo problemas en reconocer a uno de ellos. Era el tipo que siempre andaba detrás del capitán, sirviéndolo; ese mismo que callaba a los otros niños con desprecio cuando estos se emocionaban al ver a los caballeros.
Pero ahora, la cara del hombre estaba negra, como la de un cadáver.
Los otros dos que lo acompañaban estaban igual o peor. Yuri recordó lo que un chico del templo le sopló una vez a Ethan, en tono de burla: ‘¿Crees que entrar a esa orden te va a salvar la vida? Ni hablar. Al final, terminas viviendo peor que un mercenario de quinta’.
El sumo sacerdote Julius siempre decía que la Orden de Atanas estaba llena de gente sublime, verdaderos siervos de Dios que se sacrificaban por el resto. Pero viéndolos así, Yuri pensó que Julius hablaba puras piedras. No se veía como un sacrificio voluntario; más bien parecían hombres a los que el mundo había empujado al matadero.
La noche se puso cerrada, negra como la boca de un lobo. Yuri, rodeado y arrastrado a la fuerza, bajó la mirada a los pies de esos hombres. De la mano del que iba al frente goteaba una sangre oscura, casi negra. Apenas esa sangre podrida tocaba el pasto, no solo lo manchaba, sino que lo marchitaba, dejándolo gris y muerto.
Yuri los miró sin inmutarse. Era energía maligna (Magi). Estos tipos eran sobrevivientes de lo que hay más allá del ‘Portal’. Igualitos a esa mujer que decían era su madre.
—No te asustes, chibolo.
dijo uno de ellos, tratando de sonar amable.
—Tú eres el mocoso que trajo el sumo sacerdote Julius, ¿no?
De los tres, parecía el más cuerdo, pero igual no podía ocultar los nervios por la muerte que sentía soplándole la nuca. El hombre le dijo que sabía quién era y que conocía todos los chismes que corrían sobre él. Incluso usó ese término de ‘La encarnación de Atanas’ que Julius tanto pregonaba. Apenas terminó de hablar, el que estaba vigilando soltó una risotada burlona.
El hombre no le hizo caso a su compañero y siguió firme:
—Sabemos que no eres un niño común. Y como ves, nos estamos muriendo.
En resumen: a eso venían.
Cierto o no, si era verdad que tenías un don divino, entonces usa ese poder y sálvanos la vida. Parecía que se sabían todos los cuentos, menos el que decía que ese niño, lejos de tener poderes divinos, no tenía ni un gramo de energía sagrada.
Yuri aguantó las ganas de taparse la nariz por el hedor asqueroso que soltaban y respondió con una paciencia de santo:
—Yo no sé hacer nada de eso.
El cielo seguía negro. Unas nubes grises taparon la luna por completo, dejándolos a oscuras.
El que vigilaba puso cara de ‘ya lo sabía’, pero el que le hablaba ‘bonito’ pensó que Yuri estaba mintiendo. Pasó de los ruegos a los lamentos, recalcando lo miserables que eran.
Pero el tercer hombre, el mismo que lo había agarrado del cuello al principio, perdió los papeles. Levantó a Yuri y lo lanzó contra el suelo. Sin perder tiempo, sacó su espada vieja y oxidada.
Yuri se quedó ahí tirado, mirando hacia arriba. Sentía la nuca caliente y adolorida por el golpe; sin necesidad de tocarse, sabía que estaba sangrando a chorros.
La ‘conversación’ pasó de súplicas humillantes a amenazas directas. El hombre que antes trataba de convencerlo ahora tenía la cara desencajada por la desesperación. Su compañero, en cambio, ya no quería razones: le apuntó con la espada directo al pecho.
A ese tipo le llegaba al pincho si Yuri mentía o decía la verdad. Solo quería desquitarse con alguien antes de estirar la pata.
—Vamos a hincarlo. La Biblia dice que la sangre de los dioses no es roja, sino que brilla como la luz.
soltó el hombre con una sonrisa enferma.
—…….
Yuri seguía ahí, tirado sin fuerzas, mirando a esos sujetos con la cara lavada. El olor a muerto, ese hedor de alguien que grita porque no quiere morir, se hacía cada vez más insoportable.
—A ver pues, vamos a ver si este mocoso es la encarnación de Dios o solo un pedazo de carne.
Nadie detuvo al loco. La punta de la espada, apuntando directo al cuello de Yuri, brilló con una frialdad asesina.
A Yuri la escena se le hizo conocida. Tenet, ese tipo que una vez agarró una botella rota y juró que lo mataría ese mismo día, tenía exactamente la misma cara de loco.
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Si yo fuera realmente una ‘encarnación’, esa Diosa no se habría quedado de brazos cruzados. Esa Diosa hermosa que todos aman y que salvó al semidiós que se estaba volviendo un demonio… ella no habría permitido esto. No habría dejado que un niño fuera atacado con botellas rotas o que una espada estuviera a punto de atravesarle el cuello.
Pero, una vez más, el único que salvó su propia vida fue él mismo.
Pestañeó. Fue igualito a esa vez que cerró los ojos y, al abrirlos, vio a su tío muerto con el cuello roto al pie de las escaleras.
Volvió a pestañear, apretando los ojos, al abrirlos se encontró en su lugar seguro. Ese espacio que antes copiaba el ático mugriento y la chimenea sucia de su tío, ahora imitaba el sótano del templo.
Yuri no puso resistencia; dejó que esa ‘cosa’ se tragara su cuerpo. Caminó tranquilo hasta el centro del sótano, se quitó el abrigo y se limpió la cara manchada con la sangre de esos hombres.
Todo estaba en silencio. Aunque el lugar tenía la forma del sótano del templo que tanto odiaba, no se escuchaban los pasos de los sacerdotes vigilándolo. Estaba solo. Estaba en paz.
¿Cuánto tiempo habría pasado? Yuri pensó que hacía mucho que esta ‘cosa’ no aparecía. Y era verdad; desde que conoció a Charlotte, ese espacio mental se había quedado guardado. No salió cuando la ahorcó por primera vez, ni cuando se moría de calor sirviéndole mientras la insultaba por lo bajo.
Yuri se despeinó el cabello por instinto.
‘Ella ya no va a venir’. Ese pensamiento le cayó de la nada. Y recién ahí, su cabeza —que se había mantenido fría frente a los asesinos— empezó a hervir.
La furia era el sentimiento que Yuri mejor conocía desde que nació. Esto se sentía igual, pero a la vez era distinto. No era rabia pura.
‘Ella ya no va a venir’. ‘Entonces, no tengo por qué salir’.
Ya ni sabía cuánto tiempo llevaba ahí metido. Cada vez que despertaba contaba las veces, pero después de la quinta perdió la cuenta. Se quedó mirando el techo de piedra con la cara lavada.
‘Ojalá se mueran todos’.
Por su mente pasaron las caras de los que lo maltrataban, de los que no hacían nada y de los que le tenían lástima. Como si ese espacio mental le leyera el pensamiento, una voz siniestra se le metió en la cabeza:
‘Sal y mátalos a todos’.
Y en ese preciso instante, apareció Charlotte. Fue de Ripley. Justo cuando Yuri tuvo ese pensamiento oscuro, ella invadió su espacio personal.
Igual que el día que Julius apareció como si supiera lo que el pequeño Yuri estaba pensando, ella abrió la puerta al otro lado y entró como si nada.
—……..
Era una imagen irreal. Pestañeó pensando que era una alucinación, pero Charlotte lo miró, confirmó que era él, cerró la puerta y caminó hacia él con paso firme.
Incluso cuando la tuvo frente a frente, Yuri no lo creía. Pensó que la ‘cosa’ que creó ese lugar ahora estaba imitando gente para engañarlo. Pero al verle bien la cara…
—¿Cómo entraste aquí?
—le preguntó él.
—Apareció una puerta.
respondió Charlotte como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Qué dijiste?
—Que apareció una puerta. ¿Esto es algún tipo de magia? Te estaba buscando por todos lados y de pronto salió una puerta, la abrí y terminé acá.
—… ¿Y para qué me estabas buscando?
—Porque me dijeron que habías desaparecido.
—¿Esto conecta con el sótano del templo?
preguntó Charlotte, ignorando por completo el tono agresivo de Yuri y distrayéndose en mirar todo a su alrededor.
—Este no es un sitio donde tú debas estar.
le soltó él, asado.
—Sí, me doy cuenta.
Ella respondió como si nada, a pesar de que él la miraba como si estuviera loca.
—… Si estuvieras cuerda, ni a balas entrarías aquí.
—…,….
Yuri estaba convencido de que ese lugar era solo una alucinación creada por él. Charlotte empezó a tocar las paredes con curiosidad y luego se quedó mirándolo. Se le quedó viendo fijo, sin decir ni miau.
De pronto, soltó:
—Vámonos de acá.
—Vete tú si quieres.
—Escúchame…….
—¡Que te vayas tú sola, caracho!
Se armó un silencio pesadazo. Charlotte miró a Yuri, que la fulminaba con la mirada igual que el primer día que se conocieron. No, en verdad se veía mucho más furioso que esa vez.
Ella lo escaneó de pies a cabeza. Yuri se veía fatal, todo sucio con esa sangre pegada que ya se había secado.
—¿Dónde está la medicina que te di?
preguntó ella.
—No tengo nada.
—Pero si siempre la llevabas contigo. ¿La botaste?
¡CLANG!
Un sonido metálico retumbó en todo el lugar. Charlotte se quedó helada viendo cómo Yuri sacaba el ungüento de su ropa y lo tiraba al suelo sin asco.
El potecito redondo se quedó girando y haciendo bulla en el piso de piedra. Charlotte, como hipnotizada, dejó de mirarlo a él, caminó despacio y recogió la medicina.
Yuri sabía que se estaba desquitando con ella por las puras. Pero estaba tan cargado que no podía controlarse; le daba un roche tremendo saber que ella se había dado cuenta de que él guardaba ese regalo como un tesoro.
Charlotte se acercó y se sentó frente a él, así de la nada.
—La gente te está buscando.
—…….
—Algunos dicen que eres un monstruo y que hay que matarte de una vez.
Ella estiró la mano con un poco de crema en el dedo para curarlo, pero Yuri, en un arranque de cólera, le tiró un manotazo y le apartó la mano con fuerza.
Como esta vez le puso punche, ella casi se va de espaldas.
—¿Qué te pasa? ¿Me quieres romper la muñeca o qué?
Yuri no dijo ni esta boca es mía.
—Yuri.
—…….
—Si te quedas escondido en un hueco como este, de verdad te vas a volver un monstruo.
Charlotte lo miraba sin expresión, bien seria. Antes de que él pudiera soltarse otra vez, ella le agarró la muñeca y siguió hablando con una calma que daba miedo:
—¿Me escuchas? Tienes que salir, contar exactamente lo que pasó y hacer que los que se portaron mal reciban su castigo.
—…….
La voz de Charlotte bajó de tono, sonando tan solemne que hasta daba escalofríos.
—No te conviertas en un ‘monstruo’ tú solo.
—…….
—Yo te voy a ayudar.
Dejé que sus dedos pálidos me rozaran la mejilla. Era una sensación de calidez que no sentía hace un siglo.
Me daba cólera conmigo mismo por sentir que me estaba ablandando con eso. Así que, sin dejar de mirarla con furia, le solté un seco:
—Vete tú sola.
Charlotte me sostuvo la mirada un buen rato, sin decir nada. Luego, como quien acepta la cosa, se levantó tranquila y caminó hacia la puerta.
Me quedé mirando hasta que puso la mano en la manija, justo ahí volteé la cara con desprecio. Pasaron unos segundos de silencio total, hasta que escuché su voz:
—No abre.
—…
—Oye, ayúdame a abrir esto, ¿quieres?
La miré de reojo, todo sobrado, le dije:
—No quiero.
—No es broma, de verdad que no abre.
Ella me miraba como no pudiendo creer mi actitud, pero yo le devolví una mirada vacía. De pronto, se me escapó una sonrisa media maliciosa.
—Bueno, ni modo pues. Quédate aquí.
—…….
—Yo no pienso salir de acá, así que tú también te quedas.
—……
—Conmigo. Para siempre.
Pensar en eso, por más loco que suene, me dio una satisfacción extraña. ‘Al menos aquí no me vas a dejar tirado como la otra vez. Si estás atrapada conmigo, no te queda de otra’, pensaba. ‘Así por lo menos… por lo menos…’
—……
—……
Yuri levantó la vista hacia Charlotte, que ya se había acercado otra vez y estaba parada frente a él.
—Hubieras preferido seguir tratándome mal hasta el final.
—……
—¿Qué pasó? ¿Te dio curiosidad otra vez? ¿Ahora cómo piensas jugar conmigo?
En ese momento, sentí que entendía perfectamente a Ethan y su odio por los nobles. Aunque era por razones distintas, el sentimiento de ser un juguete que ellos usan y tiran a su antojo era el mismo.
Charlotte, al escuchar esas palabras tan cargadas de veneno, por fin pareció entender por qué Yuri estaba tan asado.
Antes de que él pudiera seguir soltando su artillería y decirle que se quedara ahí para siempre, ella dio un paso adelante y, sin previo aviso, lo abrazó fuerte.
—Perdóname.
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