Mi apacible exilio - 109
Antes de ir a ver a Charlotte, mirarme al espejo se había vuelto un hábito que no podía saltarme.
‘Es porque a esa chiquilla se le puede ocurrir tocarme la cara sin avisar’—así me justificaba yo. Y eso que ella misma me había prometido que no volvería a ponerme una mano encima sin permiso.
Ethan, el chico con el que compartía cuarto, me miraba con una lástima cada vez que me veía en esas. Si me arreglaba la ropa, me preguntaba: —¿Te han dejado algún moretón? —y si me tocaba la cara, saltaba con un: —¿Te ha metido un pellizcón ahí?
Ethan siempre ponía mala cara cuando yo salía o entraba con el rostro intacto. Era obvio que el muy envidioso estaba esperando que yo llegara con el ojo morado, gritando que ya no aguantaba más esa chamba.
Pero yo no me gastaba en aclarar sus malentendidos. No tenía por qué contarle que, lejos de ser una molestia, era yo el que la buscaba; o que ella, en vez de arañarme, me traía sus propias medicinas para mis heridas.
Ni mucho menos le iba a decir que, cuando me hacía el dormido, ella bajaba la voz para no despertarme mientras hablaba con los caballeros. Esas cosas solo las podía saber yo.
Y mucho menos iba a compartir que su voz sonaba bien bonita cuando leía, o que tenía la manía de pestañear rápido cuando se quedaba sin palabras. Esos detalles eran mi tesoro personal.
—Comparado a la primera vez que te vi, te ha mejorado bastante el semblante, muchacho.
Tal cual como dijo una vez el guardia de Charlotte, yo me veía cada vez mejor. Los moretones que antes me tapaban la cara habían desaparecido por completo y mis nudillos, que siempre paraban con costras, ahora estaban linitos.
Al llegar el invierno, me di cuenta de que también había crecido un montón en pocos meses. Antes, cuando estaba al lado de Charlotte, solo le sacaba una cuarta, pero ahora la diferencia era brava. Si me ponía cerca, ella solo llegaba a verme la nuez de Adán.
—Has crecido bastante, ¿no?
Parecía que no le hacía mucha gracia que la dejara tan abajo. Pero mientras yo estaba ‘papiao’ y cada vez más recuperado, ella seguía igualita. Siempre flaquita, como si apenas comiera una vez al día, y con la cara pálida sin importar el clima.
Pero se notaba que era noble de nacimiento. Su postura, su forma de caminar, su habla y esa mirada altanera… eso no cambiaba por nada. Lo único que cambió fue cómo la veía yo; ya no me daban ganas de burlarme de ella.
En este lugar la trataban como a una reina, así que los únicos que podían atreverse a castigarla eran sus padres. Hasta alguien tan ignorante como yo se daba cuenta de eso. Pero aunque me lo imaginaba, no me atrevía a preguntar. Ya me había pasado antes por hablar de más, así que prefería cerrar el pico y solo mirarla.
Yo sabía perfectamente que mi forma de hablar no era la más educada y que para los chicos de mi edad resultaba bastante pesado.
—La señora Klim me dejó esto. Tengo que aprendérmelo para mañana.
—¿Y de qué trata?
—Es el protocolo de etiquetas entre damas de la alta sociedad. ¿Quieres verlo?
Cuando puse cara de asco y negué con la cabeza, Charlotte soltó una risita, como diciendo ‘ya sabía’.
Aunque el invierno se ponía cada vez más frío, Charlotte pasaba más tiempo en el templo. Antes llegaba al mediodía y se iba tempranito, pero ahora venía desde la mañana y se quedaba hasta el cansancio.
En estas tierras del sur, en Faryl, el invierno no era tan crudo. La nieve que todos mencionaban solo caía una o dos veces al año, y cuando pasaba, se derretía antes de formar hielo. Pero igual se sentía el frío, especialmente en esa capilla hecha toda de piedra. Aun así, Charlotte no se regresaba a su mansión, donde seguro estaba calientito.
Me daba curiosidad saber por qué, pero no me quejaba. La verdad, me gustaba.
Estar con ella era tranquilo. Solo me fastidió al principio cuando me traía de aquí para allá, pero ahora era yo el que la buscaba. Ella ya no me mandaba a hacer cosas; solo se reía cuando yo me picaba por sus bromas.
Estar con ella era mi escape de la rutina aburrida del templo. No tenía que estar copiando versículos de la Biblia hasta que me salieran callos, ni escuchando los sermones pesadazos de los sacerdotes estando de rodillas.
—¿Y los otros chicos qué?
Ethan era el único especial, porque los otros aprendices ya se habían dado cuenta de que yo me la llevaba fácil. Todos sabían que, en vez de servir a la noble, me la pasaba sentado a su lado cabeceando de sueño.
—Nada, solo curiosidad. ¿Los demás también viven como tú?
—¿Por qué?
—Ya te dije, por curiosidad.
Charlotte me miró como si mi reacción fuera extraña después de haberme preguntado por la rutina de los demás. Yo me quedé callado un rato. Ella esperó paciente y luego dijo: —Si es un tema delicado, no me respondas.
—¿Por qué? ¿Acaso nos vas a cambiar?
Apoyé la cara en mi mano y, mirándola de reojo con una actitud medio sobrada, solté la pregunta así de la nada.
Charlotte solo pestañeó. Tenía esa cara de ‘qué diablos está hablando este’.
—Que si me vas a cambiar por otro.
repetí bien clarito para que me entendiera.
Charlotte no me respondió al toque. Más bien, me miró como si no pudiera creer lo que estaba escuchando, medio indignada.
—No te lo estaba preguntando por eso, ¿ya?
—Ah, ya. Entonces todo bien.
Mi respuesta tan simple pareció asarla más. Se quedó dándole vueltas al asunto y, de tanta cólera, cerró su libro de un porrazo.
—¡Oye! No tienes por qué preocuparte, no me voy a meter con tus amigos, ¿ok? Además, acuérdate que si me metí contigo fue porque tú fuiste el que me buscó la lengua primero.
—…….
—Y ponte a pensar un poquito. ¿Acaso te sigo tratando como a un sirviente? No, ¿verdad? Al contrario, me porto bien contigo.
Al decir ‘me porto bien contigo’, como que le dio un poco de roche. Yo me quedé mirándola sin expresión mientras ella trataba de calmar su rabia.
Después de un buen rato, le contesté:
—Lo sé.
—…….
—Sé que te portas bien conmigo.
Su cara se transformó. Fue un poema; se quedó desencajada.
—Por eso te preguntaba. Quería saber si vas a ser así de buena con cualquier otro idiota que no sea yo.
—Yuri…
pronunció mi nombre bien despacito.
Charlotte me miró fijo mientras yo seguía ahí, todo fresco. Entonces, habló con una calma que daba miedo:
—¿Por qué crees que estoy aquí perdiendo el tiempo contigo?
—Por lástima.
—…….
—Porque me ves como un pobre diablo.
Como ella no decía nada, le clavé la estocada final:
—Es la verdad, ¿no?
Charlotte me clavó una mirada fría, sin expresión. No era la mirada de siempre; esta era de hielo puro. Se me quedó viendo fijamente un rato y volvió a hablar:
—Ya. Tienes razón, no lo voy a negar.
Y luego añadió:
—Pero no es solo por eso.
Sus dedos, delgaditos como ramas secas de invierno, se acercaron y me tocaron el flequillo suavemente. Mi cabello plateado se movió un poco, dejando ver por un segundo mi frente ya limia, sin rastro de heridas.
Charlotte bajó la voz, como si me estuviera contando un secreto prohibido:
—Fue porque te pareces a mí.
‘Porque tú y yo somos iguales’
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No es que lo que pasó ese día fuera el detonante exacto.
Pero lo cierto es que, poco después de esa charla, Charlotte dejó de venir. Así, de la nada. Como el clima se estaba poniendo cada vez más frío y al sacerdote le costaba un ojo de la cara calentar el lugar, más bien parecía aliviado de no tener que recibir visitas. El único que la esperaba como un tonto era Yuri.
Yuri salía a la misma hora de siempre, pero se quedaba ‘en el aire’ y regresaba con las manos vacías. Pasaban los días y la situación no cambiaba. Por si acaso, salía de nuevo por las tardes, pero volvía igual, todo desanimado.
Ethan, su compañero de cuarto, lo veía tirado en la cama sin ganas de nada y, según él para ‘consolarlo’, le decía: —Por fin eres libre. Esa noble ya se aburrió de ti, así que alégrate, ya puedes estar tranquilo.
Los días de espera sin motivo se acumulaban. Ahora Yuri, en vez de dar la vuelta y regresar al cuarto, se quedaba sentado en la capilla vacía matando el tiempo antes de volver.
Fue en esos momentos cuando se dio cuenta, con un golpe de realidad, de lo desigual que era su relación. Al igual que al principio, para ella era facilísimo soltarlo y dejarlo atrás, sin que alguien como él le importara lo más mínimo.
‘Hubiera preferido que me odiara, pero al menos haberle preguntado qué le pasaba’, pensaba Yuri. Si tan solo supiera la razón, no tendría que estar aquí, esperando como un tonto sin entender nada.
Tal como decía Ethan, aunque Charlotte ya no estaba, Yuri podía seguir disfrutando de una vida tranquila. Como ya se les había quedado grabado a todos que él era ‘el favorito’ de la noble, nadie se atrevía a ponerle un dedo encima.
Estaba mucho más cómodo que antes de conocerla. Pero estaba aburrido; tan aburrido que la desesperación lo ponía de un humor de perros.
Y justo cuando Yuri estaba en ese plan, aparecieron unos visitantes inesperados, como si hubieran olido su frustración. Era la hora en que el sol ya se había ocultado, y no había ni un alma en la capilla, excepto él.
Ellos aprovecharon ese momento para acercarse.
—Aquí estabas. Nos costó un mundo encontrarte.
El hombre que iba a la cabeza fue el que habló. Llevaba una hombrera tan vieja que estaba partida. A pesar de la oscuridad, Yuri pudo reconocer el escudo que llevaban en el pecho.
Eran de la Orden de Atanas, los paladines que servían al Dios de la Guerra.
—Ayúdanos a vivir… por favor.
Se veían hechos un desastre, más que pobres, parecían espectros. De sus labios secos salió una voz completamente ronca. Era una voz débil, como de alguien que está en las últimas, y de ellos salía un olor que te pateaba la nariz. Era un hedor asqueroso, como si se hubieran bañado en sangre de alguna bestia… y no de cualquier bestia, sino de una maldita.
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