Mi apacible exilio - 108
Para el pequeño Yuri, pedir perdón no había sido más que un mecanismo de supervivencia.
Era humillante, sí, pero los resultados eran mucho mejores que resistirse hasta el final a base de gritos. Al menos, podía ahorrarse uno de cada dos golpes.
—«Ponle sentimiento a tu disculpa».
—«Pero si no lo siento…».
Para alguien como él, una ‘disculpa sincera’ era algo indeciblemente más vergonzoso que cualquier castigo previo. Habría preferido arrodillarse y bajar la cabeza como siempre; le habría resultado más fácil golpearse la frente contra el suelo hasta sangrar o permanecer de rodillas sobre la piedra fría todo el día. Al menos, aquello no lograba quebrar su espíritu.
Ese era el peso de una disculpa real para Yuri: la sola idea de hacerlo se sentía como una rendición absoluta y deshonrosa.
—… Lo siento.
Sin embargo, en cuanto vio su rostro, al sentir esos ojos puestos sobre él, su cabeza se inclinó por voluntad propia antes de que pudiera procesarlo.
—… ¿Por qué lo sientes?
—Por hablar sin pensar.
Las razones fluyeron sin esfuerzo. Era una escena que su ‘yo’ del pasado jamás habría podido imaginar.
Tras disculparse con claridad, levantó la vista y se encontró con los ojos de la niña, que lo miraba con un gesto algo huraño. Ya no lucía esa sonrisa fingida de antes. A Yuri eso le dio una extraña paz. Se quedó mirándola fijamente, como un perro que espera a que su dueño le diga: ‘Ya basta, está bien’.
Ella, Charlotte, tenía una expresión peculiar. No era la cara de alguien que se jacta de haber obtenido una disculpa, ni la de alguien satisfecha. Al contrario, lo observó durante un largo rato con una seriedad casi solemne y luego…
—Ven aquí, Yuri.
Pronunció su nombre y le hizo un gesto para que se acercara.
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Era una sensación que nunca antes había experimentado en su vida. Yuri llegó a pensar que, de repente, se había vuelto un poco estúpido.
Pero así como él sentía que se había convertido en un idiota, también hubo pequeños cambios del otro lado. Después de aquel incidente, Charlotte se volvió mucho más amable con él.
No es que le dedicara sonrisas radiantes a cada momento; Charlotte seguía observándolo con esa expresión de indiferencia que la caracterizaba. No era una amabilidad obvia ni empalagosa. Eran, más bien, pequeños gestos casuales, como un roce inesperado.
—¿Cómo te hiciste esto?
La primera vez fue en la frente. Él había estado sentado a su lado, esperando pacientemente a que ella terminara de leer el libro en el que estaba sumergida. En algún momento, Charlotte apartó la vista de las páginas y clavó sus ojos en la cicatriz que Yuri tenía en la frente.
En cuanto los dedos delgados de la niña se acercaron, Yuri los rechazó de inmediato. O, para ser más exactos, apartó su mano con un movimiento brusco, casi violento.
—Solo iba a señalarla.
dijo Charlotte, un poco desconcertada por la reacción. De inmediato, con calma, se dirigió a los caballeros escoltas que fulminaban a Yuri con la mirada desde atrás:
—Está bien, vuelvan a sus puestos.
—Ha sido un acto reflejo.
Cualquiera que lo viera entendería que esa reacción venía de alguien acostumbrado a ser golpeado. Sintió que las entrañas se le retorcían de humillación. Charlotte parpadeó suavemente, pero no hizo más preguntas; parecía haberlo comprendido todo con esa simple explicación.
O quizás, ella ya sabía perfectamente qué tipo de trato recibía él en ese templo.
Darse cuenta de eso fue demoledor. Sintió una vergüenza tan profunda como si lo hubieran desnudado frente a ella. Charlotte lo miró de reojo y retiró la mano, como si entendiera que él se sentía miserable y avergonzado en ese preciso instante.
—Dime. Además de ese sacerdote, ¿hay alguien más que te ponga la mano encima?
Sin embargo, en esto parecía decidida a insistir. Yuri apoyó la barbilla en la mano y la miró de soslayo, con el rostro afilado por el orgullo herido, casi desafiante.
—¿Y qué si te lo digo?
Charlotte respondió con total naturalidad:
—Haré que no vuelvan a acercarse a ti, como hice la última vez.
—…….
—Al menos, me he dado cuenta de que puedo hacer eso aquí.
Sus últimas palabras sonaron algo autocríticas, pero para el joven Yuri era difícil percibir ese matiz. Estaba demasiado ocupado lidiando con su propia vergüenza y tratando de entender por qué, de repente, le importaba tanto sentirse patético frente a ella.
Yuri miró hacia un punto lejano durante un buen rato antes de murmurar:
—Me caí solo.
Charlotte, que no lo oyó bien, se inclinó hacia él preguntando:
—¿Qué dijiste?.
El cabello largo de Charlotte rozó la mejilla de Yuri al acercarse. Ese aroma floral que siempre emanaba de ella se volvió intenso, envolviéndolo. En un arranque de pánico sensorial, Yuri la empujó con fuerza.
—¡… Milady!
Charlotte, que ya era de por sí menuda y frágil, salió despedida hacia atrás con ese solo empujón. Los caballeros escoltas se lanzaron sobre él, presas del pánico.
Uno de ellos, como si hubiera estado esperando ese pretexto toda su vida, agarró a Yuri por el cuello de la camisa y lo levantó en el aire. Yuri quedó colgando, con las piernas suspendidas, mirando desde lo alto a Charlotte, que yacía en el suelo.
¿Se habrá golpeado la cabeza? ¿Se habrá muerto? ¿Qué haré si se muere?
—Estoy bien.
—Milady, insisto en que no es buena idea que siga relacionándose con este sujeto.
—He dicho que no me ha pasado nada, así que cálmense.
—Lo sacaré de aquí de inmediato.
—… Sir Mikhail.
El caballero, que llevaba tiempo queriendo darle una lección al joven Yuri, se detuvo en seco al oír su voz. Yuri lo vio soltarlo mientras Charlotte, ya incorporada con ayuda de otros, lo miraba desde abajo. Su rostro no era el habitual.
—Les he dicho que estoy bien.
Su expresión distaba mucho de su habitual indiferencia.
—¿Cuándo les he dado permiso para interferir en mis amistades?
—… ¿Amistades? Con alguien como este…
El caballero intentó protestar ante su joven señora, pero terminó bajando a Yuri al suelo. Había leído en los ojos de Charlotte no solo una ira fría, sino también una profunda amargura.
—Informen de esto a Su Excelencia hoy mismo. Seguramente, cuando lo sepa, me dará permiso para elegir a mis amigos en su lugar.
—… No haremos tal cosa.
Los caballeros retrocedieron sin decir una palabra más. Charlotte, como si nada hubiera pasado, recuperó su compostura y se sentó con elegancia. Luego, con total naturalidad, le hizo un gesto a Yuri para que se acercara.
—¿Te golpeaste?
—¿Es que no lo ves? Me duele toda la espalda.
—Lo siento.
—… Has aprendido a pedir perdón muy rápido. Antes actuabas como si prefirieras morir a disculparte.
—Sí. Pero solo contigo.
Una pequeña risa, como un suspiro de aire, escapó de los labios de Charlotte. Yuri se quedó prendado de su rostro mientras ella se reía con suavidad.
—Está bien. Yo tampoco hice las cosas bien. De ahora en adelante, no te tocaré sin previo aviso.
A Yuri, por alguna razón, esas palabras tan razonables le sentaron fatal.
—¿Ni siquiera esto? ¿Está bien si me avisas antes de tocarme?
—…….
Ella no respondió con palabras, pero asintió como si lo hubiera entendido. ‘De acuerdo, así lo haré’, pareció decir, dando el asunto por zanjado.
Cuando Yuri insistió tercamente en que se había caído solo y que por eso tenía heridas, ella se limitó a decir un ‘Ah, ya veo’ falto de convicción. Al día siguiente, trajo un ungüento, se lo puso en la mano y le dijo: ‘Póntelo, es del que uso yo’.
Ese no fue el único cambio en ella. Charlotte, que siempre había sido traviesa pero bastante indiferente, empezó a volverse preguntona. El problema era que casi todas sus preguntas hurgaban en recuerdos desagradables: cómo había llegado al templo, qué humillaciones había sufrido…
Si hubiera sido antes, Yuri habría respondido sin darle vueltas. Antes de esa ‘primera disculpa’, le habría contado todo como si hablara de otra persona, observando con curiosidad si ella sentía lástima o si lo miraba con frialdad.
Pero ahora era distinto. Ya no quería contarle nada. A pesar de saber que ella ya conocía parte de su miseria, le resultaba insoportable. Le dolía la idea de que ella imaginara sus momentos más bajos.
El interés de Charlotte le agradaba, pero al mismo tiempo lo atormentaba. Por primera vez en su vida, Yuri deseó haber crecido en un entorno mejor, ser alguien digno.
Afortunadamente, tras notar el rechazo de Yuri un par de veces, Charlotte dejó de insistir. Pero siguió teniéndolo a su lado: cuando rezaba en silencio, cuando leía o cuando charlaba con los caballeros como si nunca hubiera pasado nada entre ellos.
Ella rezaba, leía y charlaba con los caballeros como si él ni siquiera estuviera allí. A Yuri, lo último era lo que más le molestaba.
—… Ah.
Un dolor agudo la recorrió, como si alguien le hubiera dado un tirón deliberado. Yuri soltó el mechón de cabello de Charlotte que acababa de jalar y desvió la mirada hacia otro lado.
Charlotte interrumpió su charla con un gemido ahogado y lo miró. Yuri lo había hecho para probar, y el efecto fue inmediato. En lugar de enfadarse, ella simplemente le preguntó:
—¿Por qué?
Yuri, con total descaro, le devolvió la pregunta:
—¿Qué de qué?.
Pero el truco solo funcionó una vez. Cuando Yuri intentó jalarle el cabello de nuevo, Charlotte, como si lo estuviera esperando, le pisó el pie con fuerza.
A Yuri aquello le dolió en el orgullo. Reaccionó con irritación ante la mirada indiferente de Charlotte, pero fue incapaz de explicar por qué lo había hecho; terminó enfadándose como alguien que ha sido descubierto en falta y se marchó por su cuenta.
Decidió no visitarla durante unos días a propósito, pero cuando finalmente regresó, ella actuaba con total naturalidad, como si nada hubiera pasado. Volvió a sentarlo a su lado mientras charlaba con los caballeros. Se reía mucho más de lo que lo hacía con él. Y a Yuri eso, por alguna razón, le sentaba fatal.
Sin poder volver a jalarle el cabello, se limitó a mirar hacia cualquier parte, hasta que…
—… Se rompió de repente.
Extendió la palma de la mano, por donde la sangre brotaba debido a un cristal roto, mostrándosela como si fuera un trofeo. No era del todo mentira: mientras contenía ese mal humor inexplicable y retorcido, había apretado lo que tenía en la mano hasta que estalló.
Miró el rostro de Charlotte, que lo observaba fijamente, y pensó: «Esto funciona mejor que lo del pelo».
—Yuri.
dijo Charlotte, escrutándolo con intensidad.
—No vuelvas a hacer esto.
Hablaba como si conociera perfectamente sus intenciones.
—En lugar de jalarme el cabello o hacerte sangrar, simplemente di mi nombre.
Ella insistió con un tono autoritario, casi molesta, esperando una respuesta:
—Responde.
Yuri la miró de soslayo durante un largo rato. Sintió un vuelco extraño en el estómago y volvió a desviar la vista antes de decir, por primera vez:
—Charlotte.
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A partir de entonces, Yuri empezó a tener curiosidad por Charlotte. Del mismo modo que ella había querido saber de él, él deseaba interrogarla. Sin embargo, lo sabía sin necesidad de que nadie se lo dijera: por mucho que estuvieran siempre juntos, existía una línea invisible entre ellos.
El derecho de sentir curiosidad y hacer preguntas pertenecía únicamente a ella; era algo que ella podía hacerle a él, pero que él no podía devolverle.
—Al principio me preocupaba mucho que estuvieras cerca de ella.
le dijo un día el caballero escolta, que antes no lo soportaba y ahora se mostraba casi cercano.
—Pero últimamente parece que ella se ríe más gracias a ti.
Ese fue el momento en que Yuri fue consciente, por primera vez, del inmenso interés que sentía por Charlotte. Quería saberlo todo sobre ella.
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