Mi apacible exilio - 106
Una boda en pleno invierno.
Para mí, que crecí siempre en el sur, donde hace calorcito, era una imagen que no me podía ni imaginar.
Para empezar, en el feudo de Peiryl, donde me crié, los días que nevaba en invierno se podían contar con los dedos de una mano.
Pero cuando llegó el día, resultó ser más hermoso de lo que esperaba.
La vieja capilla, con solo una buena limpieza, ya no se veía lúgubre como antes, sino que tenía un aire clásico y solemne. O sea, encajaba perfecto como lugar para una boda.
—Hay un montón de gente.
Tal como dijo Tenet, más que haber gente, la capilla estaba que reventaba.
—De verdad. Si nos demorábamos un poquito más, ni sitio para sentarnos encontrábamos.
A las justas logramos sentarnos al borde de los asientos que quedaban.
Al poco rato, entraron Bianca y Frederick, los protagonistas de la boda.
El vestido, que pasaba de la abuela a la madre, de la madre a la misma Bianca por tres generaciones, era sencillo pero precioso.
Si les soy sincera, se veía mucho más elegante que cualquiera de esos vestidos pomposos de los nobles que había visto antes.
—Hoy, estas dos personas están aquí para hacerse la promesa de compartir toda una vida.
Un anciano de cabello blanquísimo se paró frente al altar y empezó a hablar.
A sus espaldas estaba la estatua de la Diosa, bien pulidita y brillante.
Parecía que estuviera mirando a Bianca y a Frederick con una sonrisa desde arriba.
—Pidamos que la bendición de la Divinidad acompañe a estos dos, oremos todos juntos.
Dijo el anciano con una voz bien ronca. Todos cerraron los ojos siguiendo sus palabras.
Por un momento, el silencio llenó toda la capilla. Poco después, se escuchó el quejido de un niño chiquito por ahí.
La boda avanzó con una solemnidad tranquila, sin apuros.
Menos mal que hizo buen clima. Por cada ventana entraba una luz de sol clarita que hacía que todo se viera más espectacular.
—Madre de la Tierra, por favor, haz que todos los días que les queden por delante a estos dos estén llenos de pura felicidad.
Por un segundo, crucé miradas con Bianca. Ella, que estaba ahí parada con una cara seria que no era la suya, tuvo el descaro de mirarme y hasta picarme el ojo con toda la confianza del mundo.
Solté un ‘ejem’ bajito y quité la mirada de ella.
La verdadera fiesta empezó recién cuando terminó la ceremonia y arrancó el banquete.
La gente salió en mancha de la capilla hacia el pueblo.
Para ser honesta, era un ambiente un poco bullicioso al que no estaba acostumbrada.
Por donde fueras, veías grupos de gente; pero en vez de estar saludándose con elegancia y preguntando cómo estaban, se la pasaban hablando a gritos de cualquier cosa.
Entre la gente, también correteaban un par de perros y varios niños.
Uno de esos niños, apenas cruzamos miradas, me saludó a todo pulmón como si me estuviera esperando:
—¡Buenas tardes!
Le devolví el saludo por inercia y recién me di cuenta de que era el niño que habíamos rescatado del Portal hace un tiempo.
—Sabía que vendrías.
Apenas me vio, Bianca me metió un abrazote.
Me sorprendí un poco, pero al toque le palmeé la espalda para calmarla. Eso sí, me fijé bien de no ir a malograrle el vestido.
Sentí que de Bianca salía un olorcito suave a vino.
—Toma, Bianca. No es la gran cosa, pero…
—¡Qué lindo!
Sin siquiera abrirlo, Bianca gritó de emoción y me volvió a abrazar.
Entre la bulla de la gente y tener a Bianca gritándome al frente, sentía que me iban a sangrar los oídos. Tenet ya se había puesto a una distancia prudente, mirando hacia la nada.
Para un hombre que odia a la gente como él, ya era un milagro que no hubiera salido corriendo de ahí.
Se notaba a leguas que estaba haciendo su mejor esfuerzo por aguantar.
Volví a mirar a Bianca.
Ella recién se puso a abrir el regalo, se quedó maravillada con el broche que había adentro y soltó una sonrisa radiante.
En eso, los perros y los niños, que ya habían dado como una vuelta completa, regresaron corriendo hacia nosotros. Bianca, con mucha maña, se los sacó de encima y me dijo casi en un susurro:
—Te vas a quedar hasta la noche, ¿no? La noche es lo mejor. Tienes que quedarte sí o sí.
—No sé, ¿acaso pasa algo especial cuando oscurece?
—¡Claro! Tomamos un poco más y, antes de irnos, todos miramos las estrellas y pedimos un deseo. Para que el próximo año también nos vaya bien.
Pedir un deseo mirando las estrellas.
Imaginarme a todos reunidos, cerrando los ojos y rezando como en la ilustración de un libro, me hizo sentir algo raro, una sensación bonita.
Pero a Bianca no le importaba mucho mi reflexión; ella ya estaba recibiendo una copa nueva y se la estaba bajando.
Y de paso, me ofreció una a mí.
—Toma. ¡Es un día especial!
No me hice de rogar y acepté la copa que ella me ofrecía.
—Y ya que estamos, aproveche hoy para amistarse de una vez.
¡Guau!
Un perro se metió justo entre Bianca y yo.
Yo me hice la loca y le pregunté como si nada:
—¿Amistarme? No sé de qué hablas.
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Cuando cayó la noche, el pueblo se puso todavía más movido.
Había llegado gente de otros pueblos cercanos porque corrió la voz, eso era un mar de gente.
La plaza de Benihill, que antes se sentía algo vacía, ahora estaba que reventaba, igualito que la capilla en la tarde.
Por todos lados veías gente con la frente y la nariz rojas por el frío, bajándose ese trago fuerte que es el orgullo de las tierras del Barón.
La fiesta de madrugada era terreno de adultos.
Al menos me servía de consuelo que ya no había perros ni chiquillos correteando y haciendo bulla; así que me senté a una distancia prudente a mirar a la gente que, ya bien picadita, conversaba alegre y se ponía a bailar.
‘¿Amistarme? No sé de qué hablas’.
Desde que la conocí, me di cuenta de que Bianca era bien pilas. Y además, le encantaba el chisme ajeno.
Al final, ni siquiera me había visto hablar con Tenet, pero con solo vernos juntos ya se había dado cuenta de que la cosa estaba media tirante entre nosotros.
¿Tanto se me notaba en la cara? Me puse a pensar mientras miraba hacia el otro lado. Entre un grupo de hombres grandazos, resaltaba un cabello plateado.
Eran los guardias que habían venido del castillo los que lo tenían rodeado.
Parece que los soldados ya le habían puesto el ojo desde antes y estaban emocionadísimos de poder hablar con él por fin.
‘Ah, ¿o sea que no se han peleado?’.
Me acordé de la cara de Bianca cuando me lo volvió a preguntar, sin pizca de vergüenza, como diciendo: ‘Ya pues, se nota a leguas que el ambiente entre ustedes está raro’.
La verdad que era bien aguda. Siendo estrictos, ese hombre y yo no nos habíamos peleado así, de frente.
No nos habíamos peleado de verdad. En serio.
Tenet seguía sonriendo cada vez que cruzábamos miradas, cada vez que le hablaba, me respondía de lo más educado y lindo.
Para ser franca, estaba siendo hasta demasiado amable.
Y yo sentía eso como una indirecta bien pesada.
‘Usted misma lo dijo’.
Es mi culpa, por dármelas de sabelotodo.
‘Usted dijo que quería que fuéramos ‘algo’, ¿no?’.
Tal cual lo esperaba, mis propias palabras me terminaron pasando la factura.
Me juré a mí misma que nunca más iba a hablar por hablar, pero por más que me cuidara, ya era por las puras. Si ya había metido la pata, ¿qué ganaba lamentándome ahora?
—Cuéntenos un poco más de la capital, por favor.
Justo cuando estaba por voltear a mirar a Tenet sin darme cuenta, la amiga de Bianca, que estaba sentada al frente mío, me habló con los ojos brillándole de curiosidad.
—He visto que no ha tomado ni una copita desde hace rato, ¿no le gusta el trago?
—No es eso, es que el licor de aquí es muy fuerte y siento que con un poquito ya se me va a subir.
La otra vez me la di de valiente y terminé con la cabeza clavada en la mesa, bien ruca.
Se lo conté como si fuera cualquier cosa y ella se mató de risa. No era por burlarse; es que tanto ella como Bianca ya estaban bien entonadas.
Cuando uno está con sus tragos, hasta la tontería más grande te hace morir de risa.
—¿Y usted qué va a pedir de deseo?
Me preguntó una chica de pelo corto.
—Yo ya sé qué pedir. Voy a pedir que me toque un hombre así de guapo como ese de allá.
Yo no le hice caso a su borrachera y solo solté una sonrisa suave.
Al toque el tema de conversación pasó a ser Tenet, así que aproveché para levantarme y salir de ahí.
Los hombres robustos que no dejaban de hablarle a Tenet ya se habían ido hace rato.
En su lugar, ahora había unas chicas de otro pueblo que andaban rondando cerca de él.
Una de ellas le susurró algo a su amiga que estaba prendida de su brazo, miró a Tenet.
Luego se le acercó y le dijo algo.
Vi que Tenet las miró desde arriba y abrió la boca para decirles algo cortito.
Vi eso y me di la vuelta al toque para irme de ahí.
Me daban ganas de vomitar. Era una sensación bien fea.
Peor que cuando me dio rabia darme cuenta de que tenía celos de mi versión niña, peor que cuando me quedé medio lela al escuchar lo de su prometida (que era obvio que debía tener).
Ahora sí me tenía agarrada y me traía de un ala.
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