Mi apacible exilio - 105
El pueblo se sentía distinto a la última vez; había un alboroto por todos lados. Seguro era por lo que Charlotte me contó: se venía un festival y el matrimonio de alguien. Aunque cada quien estaba en su onda, en la cara de todos los que andaban por la plaza se notaba la emoción.
Apenas bajó del caballo, Charlotte revisó su bolso donde tenía la carta. Me dijo que volvía al toque y se mandó mudar, dejándome ahí parado. Ya sabía a quién buscaba: seguro quería encargarle la carta a algún transportista que hiciera la ruta entre el castillo del Barón y este sitio.
Me quedé mirando un buen rato cómo se alejaba. Ni siquiera me dijo exactamente ‘a dónde’ iba, solo se fue. Ahí estaba yo, parado como un poste en medio de la plaza con el caballo, mientras la gente que pasaba me miraba de reojo, haciéndose los locos.
Incluso hubo uno que me miró tanto que, al final, se armó de valor, se me acercó y me habló:
—Ah, de veras era usted. Tiempo sin verlo. ¿Se acuerda de mí?
—…….
Me quedé mirando al tipo, que me saludaba con una cara de lo más alegre. Sí, su cara me sonaba. Era uno de los ronderos que rescaté de una manada de lobos apenas llegué al pueblo.
Le hice un gesto seco con la cabeza, como diciendo ‘sí, ya me acordé’, el hombre me sonrió de oreja a oreja.
—Justo quería verlo para darle algo. A todos nos quedó el clavo de no haberle dado las gracias como se debe esa vez.
—Ya fue. No quiero nada.
Le corté el floro de una porque ya me estaba llegando al pincho. Para mí, rescatar a alguien en aprietos era casi como mi chamba diaria hasta hace unos años. Ya estaba harto de que me den las gracias o, por el contrario, de que me esquivaran como si fuera un monstruo. Si tuviera que elegir, prefería lo segundo. No hay nada más pesado que esa gente que te trata como a un héroe y te mira con ojos brillantes cada vez que te cruzas con ellos.
Pero el tipo parece que entendió mi rechazo por otro lado.
—No es nada del otro mundo, de verdad. Es algo bien sencillo, más bien me da un poco de roche dárselo.
—Entonces con mayor razón, no lo necesito.
le respondí cortante, sin darle chance a nada.
En mi cabeza, la gente de este pueblo solo eran dos cosas: o como ese padre asqueroso que solo quería encubrir a su hijo, o como los demás vecinos que estaban desesperados por serrucharle el piso al otro. No quería tener nada que ver con ellos.
Detrás del hombre que estaba parado frente a mí, me crucé con la mirada de una mujer. Ella se asustó, me miró con miedo y dio media vuelta rápido para irse. Ves, así es más fácil, pensé.
‘Incluso después de tanto esfuerzo, habrá gente que ni te dé las gracias y te evite’. Claro, Charlotte pensaba todo lo contrario a mí. Me acordé de cuando era chibolo y me ponía feliz solo porque ella me tenía lástima, tratándome igual que a los demás. En ese tiempo, me bastaba con que su compasión también fuera para mí.
‘Eso no tiene nada que ver con cómo te veas tú mismo’. Pero ahora… ‘Si alguien se atreve a hablarte así otra vez, muéstrate indignado’. …Pero ahora es distinto.
—Disculpe si lo incomodé. De todas maneras, solo queríamos decirle que estamos muy agradecidos.
El hombre se quedó tieso un segundo, pero luego me miró fijo y me habló claro y directo. Yo lo miraba sin ninguna expresión. Por alguna razón, se me parecía a la persona que más me ha estado estorbando desde que vi esa carta: Ruth Dayer.
De pronto, caí en cuenta de algo y miré detrás del tipo. Charlotte, que dijo que volvía rápido, ya venía de regreso después de terminar su trámite. Apenas me vio, me dijo:
—No se preocupe por mí, siga conversando tranquilo.
A diferencia de mí, que mandé a rodar al hombre desde el arranque, Charlotte le siguió la corriente muy bien. Aunque rechazó el ‘regalito’ que el tipo le ofrecía, no le dijo que no a la idea de conocer a la nueva jefa de la comunidad. Lo pensó un toque y aceptó.
La nueva jefa era una señora mayor a la que yo nunca había visto. Me quedé mirando desde lejos cómo Charlotte y la señora hablaban un buen rato. Se notaba que la señora le había caído bien a Charlotte. Al principio pensé que solo se saludarían, pero se sentaron y se pusieron a conversar como si se conocieran de toda la vida.
—¿Esperaste mucho?
me preguntó Charlotte después.
—No, para nada.
Menos mal la charla no pasó de una hora.
—Me han dicho que en la posada hay un cocinero nuevo que es un trome. Estaba pensando si nos quedamos a cenar ahí antes de volver.
—Me parece bien.
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Era un sentimiento extraño, algo que nunca había sentido. ‘Quiero pedirle disculpas, caballero’. Cuando escuché a Charlotte decir eso, lo entendí. Supe que no era esa misma amabilidad de siempre, esa que ella reparte por igual a todo el mundo. Estas eran palabras que solo yo podía escuchar, precisamente por ser yo.
Al principio me quedé en el aire, pero cuando caí en cuenta, me emocioné como un tonto. Sentía un cosquilleo raro en el pecho; una sensación nueva que no sabía cómo manejar.
Pero el gusto me duró poco. Pronto me di cuenta de que este cambio no era del todo bueno. ‘Más bien, me parece que es ella la que se preocupa bastante por ti’. Esa atención especial, ese favor que me revolvía el estómago… ahora sentía que sería la razón perfecta para que ella me rechazara. Bajo el floro de ‘lo hago por tu bien’, Charlotte me iba a decir que no. Y se iría con un tipo como Ruth Dyer, alguien en quien ella sentía que podía apoyarse sin tanta carga.
—Tengo algo que decirle.
dijo Charlotte cuando ya casi terminábamos de comer.
Me quedé mirando su plato; apenas había probado bocado. Su rostro se veía más rígido que de costumbre. Estaba nerviosa.
—¿Es algo serio? Si es así, mejor busquemos un lugar más…
—No. Aquí está bien.
‘Yo no quiero escuchar’, fue lo que quise responder, pero la frase se quedó atorada en mi garganta.
—Siento que aquí podré hablar con más calma. O sea, lo que quiero decir es…
‘¿Es que si estamos solos te pones nerviosa y te cuesta hablar?’
Me hice el loco y pregunté:
—¿He hecho algo que la incomode, señorita?
Charlotte respondió al toque:
—No. Para ser exacta, no es un problema suyo, sino mío. Pero bueno, eso no es lo importante ahora.
—Si es un problema suyo, con mayor razón me preocupa. Si gusta, puede contarme…
—No puedo.
—…….
—Lo siento. Es que… es un tema muy personal. Puedo solucionarlo yo sola.
Me quedé callado un rato y luego, con mi sonrisa impecable de siempre, le respondió:
—Está bien, entiendo.
Charlotte estaba recontra tensa. Lo estuvo durante toda la cena. En realidad, estaba así desde que propuso venir a este restaurante; es más, creo que estaba así desde la mañana. Era obvio por qué se empecinó en hablar en este sitio tan bullero. Tenía miedo de que, si estábamos solos como siempre, perdería los papeles y terminaría soltando cualquier cosa. Tenía miedo de dejarse llevar y decir algo que luego no supiera cómo arreglar.
Dejarse llevar… Siempre fui yo el que terminaba rojo como un tomate y portándose como un idiota. Siempre fue ella la que se hacía la desentendida. ‘Está usted un poco colorado’. Y ahora que por fin te dabas cuenta de mi existencia…
—Le he mandado una carta a Sir Dyer.
Y ahí estaba. Tu bendita amabilidad, esa que usas como excusa perfecta para mandarme a rodar.
—Este lugar no es adecuado para vivir.
—… ¿Vio la carta?
—No la estaba espiando. Entré de casualidad y estaba ahí sobre el escritorio.
Respondí con toda la calma del mundo, sin paltearme. Charlotte no se molestó; de seguro pensó que, como ella no la había sellado, también era su culpa. Se me quedó mirando un rato y solo dijo:
—Ya veo.
—Sir Schramm me comentó que, en cuanto pase la tormenta, lo más probable es que regresen a la capital.
—¿Usted quiere que me vaya con ellos?
—…….
—¿Cree que debería volver a ser el Capitán?
Por momentos me sentía emocionado como un chibolo por sus cambios, pero luego, de la nada, me ponía de un humor de perros. Sabía que ella saldría con algo así, pero más allá de eso, sentía un impulso que me quemaba por dentro. Un impulso de agarrarla y no soltarla, de hacerla mía mientras ella me mira sin entender nada. Es loco, porque la cuido como si fuera de cristal, pero al mismo tiempo tengo unas ganas de romperla.
Era una sensación horrible que nunca había experimentado. Por un lado, quería que me engría como a un niño, pero por otro, quería agarrar esa mano que me acaricia y jalarla hacia mí con fuerza. No sé qué me pasa últimamente, pero así me siento.
—No.
Yuri, que estaba lanzando preguntas ácidas con una sonrisa fingida, cerró la boca de golpe.
—Esa no es una decisión que alguien deba imponerte; es algo que tú tienes que elegir porque quieres. Lo que trato de decirte es que no dejes tiradas las cosas que abandonaste por mi culpa.
—…….
—Tienes que arreglar eso. Tienes que hablar con Su Majestad como sea, solucionar el tema de la Orden… recibir el título que ya deberías tener y también a esa persona que te está esperando.
Charlotte se detuvo un segundo.
—…… También está el tema de tu prometida.
dijo, cerrando la boca con fuerza, como si le costara soltar las palabras.
Yuri no pudo corregir ese malentendido absurdo de inmediato. Se quedó mirándola, medio ido. Ella se veía… molesta. Picona.
—…… Eso no es algo que tenga que ‘arreglar’. Es algo que otros decidieron por su cuenta.
—Pero ese ‘otro’ es el Emperador.
De pronto, ese impulso oscuro que me estaba carcomiendo se esfumó. Tuve que mirar hacia otro lado un momento porque sentí que se me iba a escapar una sonrisa estúpida.
—Ya, dejemos ese tema. El punto es que…
—…….
—Como ya viste, le voy a pedir ayuda a Sir Dyer por un tiempo. Claro, lo ideal hubiera sido decírtelo cuando ya tuviera una respuesta fija, pero…
—¿Y si él te dice que no?
—Entonces le escribiré a Adrian Rubeche.
… ¿Y cuándo chucha ese infeliz le había dicho algo así?
—Adrian no me va a rechazar. A diferencia de Sir Dyer, él fue quien me lo propuso primero.
—…… ¿Cuándo?
—Como sea. Aún no hay nada seguro, pero sentí que debía decírtelo de una vez.
Charlotte ignoró olímpicamente la insistencia de Yuri y terminó de hablar:
—Charlotte.
—Gracias. Gracias por hacerme esa propuesta. Y gracias por todo lo que has hecho por mí hasta ahora.
—…… Charlotte.
Yuri la cortó en seco, interrumpiendo ese discurso que sonaba a despedida
—¿Por qué habla como si no nos fuéramos a ver nunca más?
Me dolía que no confiara en mí ni me pidiera ayuda como lo hacía con los demás, pero al mismo tiempo, saber que se sentía así me daba esperanzas. Tú misma lo dijiste.
—Usted lo dijo.
—…….
—Dijo que quería que tuviéramos ‘cierta relación’, ¿no es así?
No necesitaba que estuviéramos a solas para ponerla en aprietos. Otra vez, esa expresión evidente de nerviosismo que no podía ocultar se dibujó en su cara. Charlotte lo miró un buen rato, como si estuviera indignada, hasta que por fin abrió la boca:
—¿Usted sabe exactamente qué significa eso?
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