Mi apacible exilio - 104
Como suele pasar con los niños que entran al templo antes de los diez años, la infancia de Ethan no fue precisamente color de rosa.
Desde que nació hasta los siete años, vivió en una casa noble siguiendo a su madre, que era empleada; y hasta que ella falleció, a él no le quedó otra que aguantarse ser el juguete del hijo de los dueños, un mocoso con un carácter de los mil demonios. Esa fue la verdadera razón por la que sintió una pena legítima cuando vio que a la pequeña Yuri le tocó servir a Charlotte.
Por eso, cuando Yuri fue liberada, Ethan no entendía por qué ella no saltaba de alegría. Y cuando se enteró de que Yuri había ido por su cuenta a pedir perdón por sus faltas, él hasta le hizo señas de que estaba loca de la cabeza. Para Ethan, los nobles se dividían en dos bandos, los ‘de cuna’ —la gran mayoría— eran los que menos pasaba.
Charlotte Faryl era exactamente así. Para colmo, era la hija de ese duque y la prometida del primer príncipe, el mismo tipo que los trataba como perros. Ethan no solo no la pasaba, sino que le tenía una tirria tremenda.
—Lo de ayer… le pido disculpas.
Apenas se cruzó con Charlotte, Ethan soltó las disculpas como quien ya lo tenía preparado. Yuri observó con cuidado el rostro de Charlotte, que se veía algo desconcertada. Lo de Ethan ya se lo sabía: seguro estaba con esa cara de palo, sin una pizca de arrepentimiento, tal como se ponía con ella.
Charlotte recuperó rápido su compostura habitual, como si nada hubiera pasado.
—Si va a pedir perdón, no lo haga conmigo, sino con la persona afectada.
—Ya lo hice.
Yuri, que escuchaba en silencio, levantó una ceja. Eso era, técnicamente, un floro barato. No había sido para nada la disculpa ideal que Charlotte esperaba. Apenas vio a Yuri, Ethan solo le preguntó cuánto tiempo la ‘viejita’ se había desquitado con ella, le soltó un ‘perdona por salpicarte con mi lío’ así de cortante. Literalmente, la estaba paseando. Y lo más increíble era que el muy fresco de verdad creía que eso contaba como una disculpa.
Charlotte no picó el anzuelo de inmediato ante la respuesta atrevida de Ethan. Se lo quedó mirando un buen rato con desprecio y luego soltó con toda la calma del mundo:
—Me ha dejado algo sorprendida. ¿Usted suele ser así con todo el mundo?
—No. Con los demás soy muchísimo más directo.
—No sé qué decir ante tal trato preferencial.
—Si le molestó, mil disculpas. Intenté adaptarme a las formas a las que una dama como usted debe estar acostumbrada.
Charlotte, que mantenía la mirada fija en él, dibujó una sonrisa en los labios. Yuri sabía perfectamente que esa sonrisa no era de verdad; era la que ella ponía cuando estaba recontra asada (molesta).
—Me tiene mal conceptuada. Yo no me porto de esa manera.
—Ya veo. Por eso las disculpas…
—… Entonces.
Charlotte cortó en seco a Ethan, que intentaba seguir con su disculpa sin alma. Ella lo miró mientras él parpadeaba como un tonto y terminó la frase que le había cortado:
—¿O sea que pasé su ‘examen’, caballero?
Ethan ni pestañeó ante esa palabra tan directa. La miró como si nada y se rascó la cabeza.
—Quién sabe. Tendría que verla un poco más para estar seguro.
—Qué pena que ya se tenga que ir.
—Sí, una lástima.
—Con suerte, nos volveremos a ver.
Yuri, que miraba con frialdad la cara de fresco de Ethan, volteó a ver a Charlotte. Ella también la miró, ya con el rostro calmado, como si no hubiera estado a punto de explotar hace un segundo.
—Bueno, si no les molesta, me quedaré hasta el desayuno.
Ethan se metió en la conversación. Charlotte retiró la mirada de él con una elegancia increíble y sonrió.
—Como guste.
Esa última comida con Ethan fue tan tranquila que parecía que no había pasado nada. Él seguía con sus bromas pesadas y Charlotte hasta le seguía la cuerda con un par de chistes. Como él no traía casi nada de equipaje, se alistó al toque.
Ethan se puso la capucha y salió para traer el caballo. Al poco rato, de forma muy natural, Charlotte también abrió la puerta y salió. Yuri, que fingía estar concentrada lavando los platos, se detuvo. Se secó las manos rápido y se quedó muda, atenta a cualquier ruido afuera.
Se escuchaba el ‘crunch’ de la nieve bajo los pies no muy lejos de ahí. Yuri estiró la mano y arrancó con fuerza una de las maderas que había clavado en la ventana. Por el hueco de la ventana medio rota, los vio.
Ethan entró al almacén por el caballo y Charlotte lo siguió apenas él abrió la puerta. Yuri lo pensó un momento pero decidió esperar. Ganas no le faltaban de salir corriendo tras ellos, pero la última vez que hizo algo así le cayó una bronca de aquellas.
‘O sea que escuchaste todo desde el principio’
‘No fue a propósito, de verdad. Yo jamás…’
‘Pero al final, eso fue lo que hiciste’
Recordó eso y lo de ayer. Aunque Ethan Schramm sería un imbécil, no era tan estúpido como para repetir lo de ayer. Yuri se aguantó las ganas de salir para no convertirse en alguien que Charlotte detestara. Eso le resultaba mucho más difícil que aprenderse los modales para tratar con nobles.
Charlotte fue la primera en salir, después de unos veinte o treinta minutos. Entró a la casa y subió de frente a su cuarto sin decirle ni media palabra a Yuri. Yuri, que seguía fingiendo que clavaba la madera para no levantar sospechas, se quedó quieta. Soltó el martillo como si le pesara y se puso de pie.
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—Préndeme el cigarro.
Ethan sacó un cigarro mal enrollado de entre sus ropas, se lo puso en la boca y habló. Yuri lo miró con cara de pocos amigos y chasqueó los dedos.
—¡Aaaah!
gritó Ethan cuando un par de mechones de su flequillo terminaron achicharrados
—¡Oye, enfermo! ¡¿Qué chucha te pasa ahora?!
—¿De qué hablaron ustedes dos?
Ethan lo fulminó con la mirada, todo asado, mientras sacudía la ceniza del cigarro chamuscado. El olor a hierbas quemadas se le metió por la nariz junto con un humo rancio.
Incluso el caballo de Ethan, que odiaba ese humo tanto como Yuri, resopló demostrando que estaba de malas pulgas. Ethan le acarició el hocico sin muchas ganas y se apoyó en la pared exterior del almacén, manteniendo su distancia.
—Este sitio es otra nota, nada que ver con el castillo. Se vive más tranquilo. Será porque no hay ni un alma cerca.
—Responde lo que te pregunté.
—No quiero. Aunque claro, si decides regresar, tendré que tratarte como jefe otra vez, bien formalito.
—A ti te da igual si vuelvo o no.
Ante las palabras de Yuri (Tenet), Ethan se quedó callado un momento. Tiró la colilla sobre la nieve y la pisó con desprecio.
—Su Majestad me dijo que te trajera así sea de las greñas. Y a la señorita también… a ella, obvio, la trataremos con toda la elegancia del mundo. No me mires así.
—…….
—Como sea, Su Majestad se arrepiente.
—¿De qué?
—De haber sido tú el primero en enterarse de lo que pasó con la señorita.
Ethan buscó otro cigarro y se lo puso en los labios. Esta vez no le pidió nada a Yuri; se puso a pelear con los fósforos él solo.
—¿Cuándo le van a cortar la cabeza al Duque?
—Sobre eso… Su Majestad no es que sea terco porque sí con lo de la señorita. Él la necesita.
Otra vez, el humo gris llenó el aire.
—Dicen que ese viejo anda medio raro últimamente.
El viento soplaba entre los árboles negros y tupidos, haciendo un ruido tétrico, como si alguien estuviera llorando. Yuri miraba ese paisaje sombrío sin que se le moviera un pelo, luego volvió a mirar a Ethan.
—¿Raro cómo?
—No sé.
—…….
Ethan se quedó mirando fijamente a Yuri, que se había quedado mudo. Al final, puso una cara de asco y soltó:
—Estás loco. Se te nota todo, hermano. ¿De verdad piensas fugarte con ella?
—El primer príncipe mandó gente. Ahora que ellos también saben dónde estamos, no tiene sentido quedarnos aquí.
—¿Y ella está de acuerdo? Ni a balas, ¿no?
Yuri respondió con la cara más seria del mundo:
—Estoy en eso, pidiéndole permiso. Y no le digas ‘esa mujer’.
—Por lo que hablé con ella, la gringa no tiene ni idea de nada. Y eso no va a terminar bi…
Ethan se calló de porrazo. Miró a Yuri con una cara media extraña, como si estuviera procesando algo. Lo pensó un toque y volvió a hablar:
—Más bien, me parece que es ella la que se preocupa bastante por ti.
Recordó la charla corta que tuvo con Yuri el día anterior. Cuando Ethan le soltó esa disculpa que no sonaba a disculpa, preguntándole si Charlotte se había desquitado con él, Yuri le dio una respuesta media ambigua:
No. No está molesta contigo, está molesta conmigo.
Y también recordó esa cara que puso Yuri, como si se sintiera extrañamente bien, casi como si le diera gusto.
—Me preguntó qué pasaría si seguías así, sin regresar. Ya sabía que la ceremonia de investidura se fue al agua. Y también me preguntó qué otras cosas habías mandado al diablo aparte de eso.
—…….
La mirada que Yuri le lanzó fue gélida. Pero a Ethan le llegó altamente; se quitó el cigarro a medio terminar de la boca y siguió hablando:
—Así que se lo solté todo, tal cual. Lo de tu puesto de capitán ya se lo había dicho la otra vez. Aparte de eso, le mencioné a las candidatas a prometida que te están esperando desesperadamente allá…….
Esta vez, el rostro de Yuri se desencajó, pero de una forma aterradora. Ethan, sin inmutarse, terminó de hablar:
—No me pongas esa cara de loco. Más bien, deberías estar saltando en un pie.
Yuri recién acababa de escuchar de la boca de ella esa propuesta de ‘ser amigos’. Charlotte era una mujer que siempre marcaba bien su distancia, era muy probable que, por culpa de la bocaza de Ethan, hasta esa pequeña oferta se hubiera ido al tacho.
Yuri seguía con la cara recontra seria. A Ethan parece que eso le causaba mucha gracia.
—Lo que te quiero decir es que…
—…….
—Ese amor platónico enfermo que tienes, capaz y tiene esperanza después de todo.
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Con una despedida bien simple, Ethan se arrancó al toque. Incluso se dio el lujo de decirle a Charlotte que esperaba volver a verla.
Parece que la charla corta que tuvieron en el almacén le dejó una buena impresión a Ethan. Dijo, como analizando la situación, que aunque todavía no la conocía del todo y no confiaba plenamente en ella, le parecía de lo mejorcito que había conocido entre toda esa gente noble.
‘¿Cómo habría sido la cosa si yo también le hubiera caído en gracia a la señorita como tú?’
Incluso se atrevió a decir esa estupidez, Yuri se burló de él en su cara. El hecho de que Charlotte y él terminaran unidos fue puramente por una locura que él cometió cuando era chibolo. Si no hubiera pasado ese incidente tan fuerte —algo que ahora ni se atrevería a imaginar—, jamás habrían cruzado miradas.
‘Ese incidente’
De pronto, esa palabra se le quedó grabada en la cabeza. Habían pasado unos dos días desde que Ethan se fue; era temprano por la tarde, justo después del mediodía.
Charlotte salió del estudio y le dijo a Yuri, casi como dándole una orden, que tenía que ir al pueblo. Luego bajó a su cuarto a cambiarse.
La puerta del estudio se quedó abierta de par en par. Yuri se acercó para cerrarla, pero recordó que la otra vez ella le había dado permiso de entrar a limpiar, así que pasó.
Y ahí, sobre el escritorio, encontró una carta con la tinta todavía fresca. El destinatario era alguien que Yuri conocía bien:
Ruth Dyer.
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