Mi apacible exilio - 103
Este viejo edificio de madera siempre hacía un escándalo; ya sea por las paredes o por el piso, parecía que se iba a venir abajo en cualquier momento. De las paredes carcomidas salía un silbido de viento aterrador, como si alguien estuviera llorando, el piso, por donde sea que uno pisara, crujía como si la madera estuviera gritando de dolor.
Gracias a los arreglos que hizo el hombre, las paredes estaban algo mejor. Por lo menos ya no me despertaba a mitad de la noche por el ruido del viento. El problema era el piso: cada paso que alguien daba dejaba un rastro de crujidos insoportables.
Yuri Tenet, que me había seguido hasta el tercer piso, llevaba ya varios minutos merodeando frente a mi puerta. De pronto, hasta esos pasos dubitativos dejaron de escucharse.
Yo, que estaba echada sin ganas sobre el escritorio, me enderecé y me quedé mirando hacia la puerta. Si se hubiera ido, debería haber escuchado sus pasos bajando las escaleras, pero no se oía nada. Al final, me levanté de un arranque y caminé hacia la puerta haciendo más ruido de lo normal, para que me oyera.
¡Click!
Apenas abrí, me di con la cara de desconcierto de Tenet. Aunque era obvio que me había escuchado caminar, parecía que no se esperaba que abriera la puerta así de frente.
—Perdóneme.
Y cuando le solté esa disculpa de la nada, su cara de confusión fue a más.
—¿Eh?
Le respondí de inmediato:
—Es por mi culpa que usted ha tenido que escuchar cosas que no debían decirse.
Esa mirada de duda, de no entender por qué le pedía perdón, cambió a una expresión extraña en un segundo.
—Usted lo sabe, ¿verdad? Esas palabras no eran para usted, eran para mí.
—… Yo…
—Eso de que es ‘fácil de usar’ y todo lo demás… lo dijo solo para ver cómo reaccionaba yo. Si usted hubiera estado solo, no lo habría dicho. Seguro que ni él mismo se esperaba que yo reaccionara así.
Mientras me escuchaba soltar todo eso, la cara del hombre se mantenía extrañamente tranquila. Como si no le importara lo más mínimo lo que habían dicho de él; es más, parecía aliviado, como si le diera gusto saber que mi mal humor era solo por eso.
Esa reacción de Tenet, en un sentido muy distinto a los insultos de Ethan, hizo que me desanimara un poco.
—Ustedes dos se llevan con mucha confianza, ¿no? Para que le diga en su cara que es un pesado… si están acostumbrados a decirse esas cosas, entonces ya no digo nada.
—…….
—Parece que la única que se ha picado por las puras soy yo. Pero es que, para mis estándares, lo que dijo ya era demasiado. No podía seguir escuchando.
—… Princesa.
—Así que, si a usted no le molesta, entonces yo…
—Princesa.
Me llamó una vez más mientras ponía su mano grande sobre mi hombro con cuidado. Me quedé mirando su mano y luego, por fin, choqué miradas con esos ojos azules que me observaban fijamente.
—Charlotte.
Susurró mi nombre una vez más y me jaló suavemente hacia él. De pronto, tac, la puerta se cerró. Él mismo la había cerrado al entrar conmigo al estudio.
—Discúlpeme un momento. Es que abajo nos podrían escuchar.
La mano que me rodeaba el hombro con delicadeza se apartó. Seguíamos estando muy cerca. Ahora podía verle la cara mucho mejor que antes… lo que significaba que él también podía ver perfectamente lo mal que me sentía.
—Primero, permítame pedirle disculpas yo a usted. Siento mucho que, por mi culpa, haya tenido que escuchar palabras tan fuera de lugar.
—…….
—No le haga caso a lo que dijo ese tipo. Es tal como usted dice: solo lo hizo para provocarla, para ver cómo reaccionaba… se atrevió a decirle eso a usted por mi culpa.
‘Me sorprendió que usted sea la que tiene la soga al cuello’, recordé de pronto las palabras que Ethan soltó hace poco como si nada.
Tenet seguía siendo cuidadoso, dulce y hasta un poco desesperado por calmarme. Se notaba que estaba haciendo todo lo posible por quedar bien conmigo.
—Voy a hacer que él mismo le pida perdón. Claro, si usted no quiere ni verle la cara…
—No sé. Así me pida perdón, creo que me sentiría igual.
Porque…
—Claro que me molestó que lo hiciera con esa intención tan obvia. Pero la razón por la que estoy así es…
… La razón es…
No pude terminar la frase y me tragué mis palabras. Miré hacia otro lado un momento y volví a hablar:
—Dígame la verdad. ¿Ese hombre ya le había dicho cosas así antes?
—Como usted dijo, nosotros…
—Eso de que es un tipo raro que vive sin ambiciones, que es un hombre fácil de manipular… ¿Ya lo había escuchado antes? ¿También se lo decía en son de broma?
A pesar de que le corté la frase a la mitad, él me escuchó con la mirada perdida. Luego, apretó los labios con fuerza y, después de un buen rato, por fin respondió.
—No me ha dicho nada de eso.
Y luego añadió:
—… Yo estoy bien.
—…
—Como le iba a decir hace un rato, si le preocupa cómo me siento, no tiene por qué hacerlo. De verdad, no me afecta en lo más mínimo.
Sin darme cuenta, lo miré de reojo con una expresión de pocos amigos. Él notó mi mirada picada y su rostro se contrajo, como si no entendiera mi reacción.
Sin importarme nada, di media vuelta y caminé con paso firme hacia el fondo de la habitación. Me dejé caer con todo mi peso en el sofá que estaba en la esquina.
Bueno, es cierto que desde que nos conocimos, él mismo decía sin paltas que era un tipo raro, casi que se llamaba basura a sí mismo. Pero una cosa es que tú pienses eso de ti y otra muy distinta es escucharlo de la boca de otro, ¿no?
Por más que odie a la gente, no es lo mismo un sacerdote del templo por el que no das ni un sol, que un compañero con el que has arriesgado la vida varias veces. No es que le pida que se ponga a gritar de rabia, pero esa cara de ‘no me importa nada’ me pone…
… De verdad me pone…
—…….
Este sentimiento de fastidio que me recorre desde los pies hasta la cabeza, estas ganas de mandarlo todo a la m… y de meterme en su vida, ¿se le puede llamar simplemente lástima?
Sería un chiste que yo sienta lástima por alguien estando en mi situación, pero ahora sé que esto no es lástima.
… Sí. Lo sé.
—Bueno, independientemente de que no le importe…
—…….
—¿Usted está de acuerdo con lo que él dijo?
Sus ojos, del color del agua, me miraban fijamente con esa paz que me desesperaba.
—Sí. En realidad, tiene razón.
—…
—Claro que, para usted, debo parecer alguien bastante patético…
—No es así.
Él se demoró un segundo en reaccionar.
—¿Eh?
Yo le respondí de frente y, como queriendo esconderme, me hundí más en el sofá. Mis pies, que estaban colgando, tocaron el suelo y mis tobillos se deslizaron por la alfombra.
Solté un suspiro largo y me tapé la cara con las manos. Al toque escuché sus pasos acercándose con firmeza sobre la alfombra.
—Una cosa es lo que usted piense de sí mismo.
le dije, mientras agarraba su mano que estaba extendida hacia mí de forma dudosa.
—Pero si alguien se atreve a hablarle así otra vez, por favor, moléstese.
—…….
—No importa si más adelante llega a ocupar un cargo importante o no; nadie tiene derecho a pisotear a otro por una razón tan tonta como esa.
—…….
—¿Que si pienso que es patético? Para nada. Yo soy la patética aquí. Míreme a mí, que me quedé así por vivir pensando solo en mis benditos objetivos.
—Charlotte.
—Yo soy la más patética.
Sentí un calor suave subiendo por la palma de mi mano. Al jalarlo, él se dejó llevar sin resistencia.
—Alguien me preguntó qué era lo que yo quería hacer realmente, no pude responderle. Mi cabeza se quedó en blanco. Yo soy la que no tiene nada por dentro.
—Charlotte.
Su voz volvió a pronunciar mi nombre con dulzura, pero esta vez con más firmeza. Sentí una ligera presión entre nuestros dedos entrelazados, como pidiéndome que parara. Seguía siendo exageradamente cuidadoso conmigo.
Me quedé mirando el piso un momento. Mis botas estaban muy cerca de sus botas grandes. Me armé de valor y levanté la mirada.
—Quiero pedirle disculpas, Sir Tenet.
—No es necesario. De verdad, yo…
—No. Esto es por otra cosa, no por lo de hace un rato.
Pero después de decir eso, las palabras se me quedaron trabadas. Tenet se quedó mirándome con calma, esperando. Lentamente, se agachó y se sentó frente a mí.
—Quiero pedirle perdón por lo que dije la otra vez… eso de sus gustos y de que le iba a buscar a alguien.
—…….
Sentí que él apretaba mis dedos con más fuerza que antes.
—Fui una presumida.
El hombre se me quedó mirando sin decir nada, pero de alguna forma, podía leerle la cara perfectamente.
—… Yo…
—Solo acépteme las disculpas. Si le da roche (vergüenza) hablar de eso, no diga nada.
Solté despacio la mano que estaba sosteniendo.
—Vuelva a agarrarme la mano, por favor.
Apenas lo dije, me di cuenta de que estaba siendo muy mandona: primero le pido perdón así de la nada y encima lo presiono para que me perdone a mi manera. Pero a él no parecía importarle. Más bien, su cara era la de alguien a quien le incomodaba muchísimo que le pidieran perdón por algo así.
Después de mirarme un rato con cara de no saber qué hacer, bajó la vista hacia mi mano, que ya lo había soltado. Entonces, sus dedos grandes agarraron los míos con cuidado y me jaló hacia él, tal como yo lo había hecho hace un momento.
—Fiuu.
No fue un tirón fuerte, para nada, pero mis pies se resbalaron y mi cuerpo terminó deslizándose del sofá directo al piso.
—¡No se ría! Es que este sofá…
La vergüenza me cayó de golpe y empecé a soltar cualquier excusa, pero me detuve al levantar la cabeza.
El hombre no se estaba riendo. Al contrario, tenía una expresión extraña, como si estuviera en las nubes, o quizás como si tuviera ganas de llorar.
—… Gracias por sujetarme.
Estábamos tan cerca que podíamos sentir la respiración del otro. Mientras me echaba un poquito hacia atrás para poner distancia, él respondió bajito:
—No tiene por qué.
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Por otro lado, Ethan, que yo pensé que se quedaría una eternidad, apareció a la mañana siguiente con sus maletas listas.
Igual que cuando llegó, el hombre estaba envuelto en su túnica gruesa. Vino a buscarme para despedirse y se quitó la capucha de un tirón.
—Siento mucho lo de ayer.
Y me soltó esa disculpa con una cara de que, en el fondo, no lo sentía ni un poquito.
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