Mi apacible exilio - 101
—Ya se ocultó el sol.
Ethan habló apenas se sentó. Seguí su mirada hacia la ventana; tal como dijo, la oscuridad ya lo había envuelto todo afuera. Volvió a fijar sus ojos en mí.
—Incluso los caballos deben estar durmiendo ya.
No respondí a esa frase tan directa. En su lugar, agarré un leño nuevo y lo arrojé al fuego de la chimenea. Lo miré de reojo; seguía ahí, en silencio. En cuanto nuestras miradas chocaron, volvió a abrir la boca.
—¿No me llamó para botarme?
—No. Para nada.
—…….
—¿Cuánto tiempo más piensa quedarse aquí?
—Ya decía yo que me quería bo…
—Lo pregunto por curiosidad, de verdad. Solo por eso.
Ethan no respondió de inmediato. Me observó con una fijeza obsesiva, como si estuviera tratando de descifrar si le estaba mintiendo.
—Lo decía por si tenía que mandar algún telegrama al castillo. Avisar si se va a quedar más tiempo de lo previsto, por ejemplo.
—No estaré aquí por mucho tiempo.
—¿No vino para llevarse al caballero Tenet de regreso?
Hubo un pequeño silencio.
—¿Cree que ese tipo me haría caso solo porque yo intente convencerlo?
‘Ese tipo’. Usó un tono bastante familiar para referirse a él.
—Y, como le dije antes, no vine con ese propósito.
—Pues para haber venido solo a ver cómo estaba, no los he visto conversar mucho que digamos.
Ethan no dijo nada, se limitó a mirarme con fijeza. Desde que lo vi por primera vez sentí que tenía una mirada que, a diferencia de la de Tenet, reflejaba una indiferencia absoluta hacia el mundo. Después de un silencio algo incómodo, Ethan volvió a hablar.
—Para serle franco, esto superó mis expectativas.
—¿A qué se refiere?
—A que ese idiota está, de forma muy ordinaria, desviviéndose por usted, señorita.
Me tomó un segundo procesar sus palabras.
—¿A qué se refiere con ‘ordinaria’? ¿Qué imagen se esperaba encontrar Señor Shamuk?
—Perdone que se lo diga así, pero pensaba que la encontraría en una situación un poco más… miserable.
—…….
—Pero ahora que estoy aquí, veo que es todo lo contrario. Usted es quien tiene la correa en la mano.
‘Correa’. Una expresión tan cruda como desagradable. Y una metáfora con la que no podía estar de acuerdo. Pero más allá de eso, sonaba como si él supiera perfectamente lo que Tenet sentía por mí. En lugar de rebatirle de inmediato, me quedé observando su rostro.
—Es una escena que no se diferencia mucho de la de hace años.
Ante sus siguientes palabras, decidí preguntar:
—Entonces, Señor Shamuk también debe haber sido aprendiz en el Templo de Maia.
—Así es.
Respondió con una cara de quien contesta algo obvio.
—Según tengo entendido, yo solía andar de arriba abajo con el caballero Tenet cuando era aprendiz.
—Sí. Y después de un tiempo dijo que se había aburrido de él y lo echó, ¿no se acuerda?
—¿Qué?
—¿Cómo que ‘según tengo entendido’?
Eso no me lo esperaba. Quería preguntarle qué rayos significaba eso de que lo había echado, pero me limité a asentir con naturalidad.
—Sí. Es que no recuerdo muy bien esa época.
—…….
La expresión de Ethan, que siempre parecía indiferente, se volvió extraña. Justo cuando abrió los labios para decir algo mientras me escudriñaba…
—¿Señorita?
Tenet, que había bajado las escaleras sin que nos diéramos cuenta, se metió en la conversación.
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Al final, la conversación quedó en el aire. No tuve oportunidad de retomarla, el ambiente estaba tan pesado que ni siquiera pude lanzarle una mirada cómplice a Ethan. En medio de esa tensión extraña, terminamos de cenar el pescado que habíamos atrapado ese día. En cuanto me levanté de la mesa, vi que Tenet empezó a reclamarle algo a Ethan, pero no me metí y subí directo a mi cuarto.
Por suerte, parece que Ethan se las ingenió para que no lo botaran, aun sin mi ayuda.
A la mañana siguiente, me saludó como si nada y hasta consiguió que le dieran desayuno. Después de comer, subió al segundo piso y no bajó en toda la tarde. Su caballo seguía amarrado en el depósito. A pesar de que juraba que solo vino para ver cómo estaba Tenet y confirmar que seguíamos vivos, el tipo no daba señales de querer largarse.
Intenté hablar con él de nuevo, de verdad que lo intenté. Pero cada vez que trataba de sacar el tema de nuestra conversación anterior, él cambiaba de tema con una habilidad desesperante.
Tenet, por su parte, no dejaba de preguntarme de qué tanto hablábamos, se la pasaba rondándome como un guardaespaldas, así que fue imposible volver a estar a solas con Ethan.
—Ese tipo se va mañana por la mañana.
Justo cuando empezaba a preocuparme si Ethan tenía algún plan oculto, me crucé con Tenet y me soltó la noticia.
—¿Mañana?
—Sí. Dice que hoy tiene que preparar sus cosas… aunque no trajo casi nada.
Tenet lo dijo con un tono bien ácido y luego me preguntó:
—¿A dónde va, señorita?
—Voy afuera un rato.
respondí mientras terminaba de bajar las escaleras.
—Si me quiere seguir, sígame. Total, lo va a hacer aunque no le diga nada. —Yo…
Intentó defenderse como si lo estuviera acusando de algo injusto, pero no le salieron las palabras.
Al abrir la puerta principal, el viento frío me dio un buen golpe en la cara. El cielo estaba gris y el clima no era el mejor, pero mientras no nevara, me parecía aceptable.
—¿Acaso Ethan le dijo alguna grosería o fue irrespetuoso…?
Ya empezó de nuevo. Esta vez decidí no limitarme a decir que no, como la vez pasada.
—No, para nada. Solo recordamos un poco los viejos tiempos.
—… ¿Los viejos tiempos?
—Sí. Como Señor Shamuk también fue aprendiz en esa época, pensé que quizás él y yo nos conocíamos, igual que usted y yo.
Mentí un poquito para ver qué pasaba.
—Me enteré por ahí de que yo lo eché a usted una vez. ¿Es verdad?
Tenet se detuvo en seco. Yo hice lo mismo y me di la vuelta para mirarlo. Me observó con una expresión indescifrable y luego se acercó a mí lentamente.
—Le estoy preguntando si es verdad.
—… Sí. Le supliqué que me perdonara y usted aceptó recibirme de nuevo.
—¿Y yo fui tan…?
—No. Yo me lo merecía. Y no es que me echara exactamente, solo me dijo que no volviera a buscarla.
‘¿Y qué diferencia hay?’, quise reclamarle, pero me contuve.
—¿Y qué fue lo que hizo mal?
—…….
En lugar de responderme, Tenet solo me dedicó una sonrisa. Cuando este hombre se pone terco, prefiere sonreír así antes que poner cara de pocos amigos, ahí sí que no hay quién le saque una palabra. Ahora estaba haciendo exactamente eso.
Normalmente habría suspirado y lo habría dejado pasar. Pero esta vez me entró una especie de terquedad y me quedé ahí plantada, sin moverme. Nos quedamos mirándonos en silencio un buen rato, hasta que él por fin soltó una respuesta corta:
—Dije algo que no debí.
—¿Qué cosa?
—No me acuerdo.
‘Qué mentiroso’, pensé. Su tono de voz sonaba natural, pero su cara lo delataba por completo; se le notaba a leguas que estaba ocultando algo.
—No puede ser. Se ha vuelto más natural.
—… ¿Perdón?
—Digo que ya actúa mucho mejor. Sus expresiones han mejorado bastante.
‘Siento que, por mi culpa, este hombre se está volviendo un experto en mentir’. En lugar de soltarle el sarcasmo, simplemente me di la vuelta y seguí caminando.
Al final, un error al hablar cuando uno es niño no debe ser la gran cosa. Aun así, viéndolo esforzarse tanto por no soltar prenda, decidí que no valía la pena seguir insistiendo; mejor enterrar el tema ahí mismo.
Pronto, llegamos a la parte trasera de la cabaña.
—¿Para qué salimos?
me preguntó Tenet cuando me detuve donde me pareció adecuado.
Empecé a sacar cosas de una bolsa que traía conmigo.
—Para practicar.
—Ah, lo que mencionó el otro día…
Era el nuevo artefacto mágico (y arma) hecho con los restos del que se rompió en dos en la mina. Ruth me presentó muy amablemente al herrero del castillo, así que fue más fácil mandarlo a hacer y recogerlo.
Fundieron el artefacto roto y, gracias a la consideración de Ruth, le añadieron piedras mágicas de alto grado para reforzarlo. Por eso tenía una densidad tan alta que podía soportar una potencia considerable sin inmutarse.
—Sí. Es mi propia arma. Ya que usted dijo que me tomaría diez años manejar bien una espada.
—Yo no dije tanto.
corrigió él con tono de injusticia mientras se acercaba.
—¿Puedo verla?
Le entregué con gusto el nuevo artefacto. La forma original de vara larga había cambiado a una con una curva suave, parecida a un número 7. Lo hice así para que el agarre fuera más estable, e incluso le puse un botón justo donde descansa la palma para poder activarlo apenas se empuña.
—¿Qué tipo de magia le puso?
—Magia de hielo. Pensé que los cristales de hielo serían lo mejor para disparar como si fueran flechas, así que le pedí ayuda a Adrian.
—No tenía por qué pedírselo a él…
—Es que su potencia es tan alta que se le hace difícil controlarla.
—Yo también sé controlarme.
—Ya, ya. Entonces la próxima vez se lo pido a usted.
—Más bien… ¿cuándo llegaron a tener tanta confianza como para llamarse por su nombre…?
—Tengo que preparar un blanco. ¿Me ayuda?
Colgamos un blanco dibujado en un papel en un árbol que estaba a una distancia prudente. Sostuve el arma con una mano y estiré el brazo, luego lo acerqué a mi pecho, pero como no me sentía cómoda, la agarré con las dos manos.
Tenet, que me miraba en silencio, se acercó.
—Si me permite, la ayudaré con la postura.
No me negué y asentí. Él se paró detrás de mí y, con mucho cuidado, puso su mano derecha sobre mis manos que sujetaban el arma. Manteniendo esa posición, estiró los brazos lentamente como si estuviéramos apuntando juntos al blanco.
—¿Qué tanto retroceso tiene?
—No sé. Habrá que probar para saber.
—Presione el botón.
¡Click!
Apenas apreté, se escuchó un ¡PUM! estruendoso y un cristal de hielo salió disparado. Iba tan rápido que casi ni se veía. Superó mis expectativas… de hecho, fue demasiado.
El cristal ni se acercó al blanco; terminó clavado en el tronco de un árbol cercano.
—Es una excelente arma, incluso para alguien con poca experiencia. Es magnífica.
—Sí. Para amenazar a alguien será perfecta.
Por muy mala puntería que tenga, a corta distancia seguro le abro un hueco a cualquiera. Me reía bastante satisfecha hasta que crucé miradas con él y me quedé tiesa.
Estábamos muy cerca. Recién en ese momento fui consciente no solo de su mano sobre la mía, sino de que su espalda y la mía estaban prácticamente pegadas.
—¿No le duele el hombro?
—No, estoy bien.
‘¿Va a seguir ayudándome en esta posición?’, pensé. Traté de no mirar hacia atrás y me concentré en el blanco que estaba allá lejos.
—Señorita.
—Dígame.
—¿Yo también podría… pedirle que me llame por mi nombre?
¡PUM! Con un estallido escandaloso, el cristal de hielo salió volando hacia una dirección mucho más lejana y peor que la anterior.
Giré la cabeza para mirar de reojo a Tenet, que tenía una expresión sumamente seria, luego volví a mirar al frente.
—No quie…
—¿Perdón?
¡PUM!
Otra vez disparé a cualquier lado. Esta vez ni siquiera llegó cerca del árbol.
¿Qué le pasa ahora, de repente? Traté de recomponerme y corregí mis palabras como si nada.
—… Está bien.
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