Mi apacible exilio - 100
Tal como dijo Ethan, que la tormenta pararía en dos días, el cielo se despejó por completo justo cuando se cumplían las cuarenta y ocho horas de su estadía.
Hacía tiempo que no se veía un día así, con un sol radiante y ni una sola nube. Pero, como queriendo demostrar que estábamos en pleno invierno, el aire se sentía más helado que nunca. Lo curioso era que, al llegar la mañana, Ethan no daba señales de querer arrancar.
Apenas se levantó, bajó al primer piso y, con toda la concha del mundo, le exigió a su superior que le diera desayuno. La actitud de Tenet hacia él se estaba poniendo cada vez más fría, de forma bien rochosa.
Mirándolo desde arriba, Tenet tenía una cara de querer decirle: ‘Ya pues, sírvete tú mismo, no seas fresco’. Pero al final, al verme sentada cerca, agarró un pedazo de pan y se lo puso en el plato a Ethan, casi como si se lo estuviera tirando.
Qué tipo tan extraño. Rompió por completo mi idea de que un subcomandante que viene a buscar a su jefe se portaría de forma más humilde o rogona.
En estos dos días, me la pasé chequeando si ellos dos tenían alguna conversación seria en privado, pero lamentablemente ni siquiera los vi juntos a solas. Como Ethan se dio cuenta desde el primer día que, si estaba cerca de mí, Tenet no podía botarlo ni tratarlo tan mal, lo usó a su favor para vacilar a su superior durante todo el tiempo.
Y yo, que cada vez que empezaban a hablar esperaba que la cosa se pusiera seria, terminaba yéndome aburrida de escuchar sus peleas de chiquillos.
—Ya se cumplieron los dos días prometidos.
me dijo Tenet cuando nos quedamos solos después del desayuno.
—Si al mediodía no da señales de querer irse, lo voy a botar de verdad.
Eso no se lo decía a Ethan, me lo decía a mí. Para ser exactos, me estaba pidiendo permiso bajo la facha de un aviso, ya que yo fui quien permitió que se quedara. Me quedé mirándolo fijo, recordando estos dos días que, lejos de darme alguna respuesta, solo me habían dejado más cansada.
—¿De casualidad han tenido alguna charla seria mientras yo no estaba?
—Ninguna.
Pregunté por si las moscas, pero la respuesta fue la misma decepción de siempre.
—Él es así, se la pasa burlándose de la gente de forma bien cínica. Ya se habrá dado cuenta de que no es alguien que valga la pena tomar en cuenta.
—No. En realidad, de quien yo estaba pendiente era de usted, caballero.
—… ¿Perdón?
Tenet me preguntó con una cara de no entender nada. En vez de repetírselo a ese rostro que parecía estar en las nubes, desvié la mirada de golpe.
—Es un poco especial, pero ese señor no se portó malcriado para nada.
—Es un tipo que me revienta porque siempre sabe marcar su distancia de forma ambigua para sacarme de quicio.
—Ya veo. Pero se nota a leguas que ustedes dos se llevan con mucha confianza.
—…….
Sus ojos, que miraban al frente con molestia, se fijaron en mí. Con el reflejo del sol, sus ojos azules brillaron como el agua.
—… Sí. De todos los que he conocido, es de los pocos que pasan.
Ese hombre, que una vez me dijo que odiaba a la gente y que le llegaban todos menos yo, acababa de decir que Ethan ‘pasaba’. Aunque después de soltarlo, puso una cara de que no estaba muy convencido de lo que él mismo había dicho.
Sus orejas, que asomaban entre su cabello plateado bien finito, estaban más rojas que de costumbre. Su cara se veía tranquila, pero las orejas lo delataban.
—¿Se cortó el pelo?
—… Ah, sí. Me lo corté hace unos días porque me estorbaba… ¿Se ve raro?
Subió su manaza derecha y se rascó la nuca. Se veía bien palteado. La zona que acababa de tocar se puso tan roja como sus orejas. Recién ahí me di cuenta de que llevaba puesta la camisa que le regalé a la fuerza.
De verdad que no me fijé antes. Estaba tan ocupada leyéndole cada expresión de la cara que se me pasó.
—No, le queda muy bien. Tiene buena mano.
En estos últimos días ha sido así. Bueno, en realidad, ya pasaba desde antes. Por eso me repetía a mí misma, casi como un lavado de cerebro, que no podía ser ‘ese’ sentimiento, que si lo era, tenía que frenarlo. La visita de Ethan, de alguna forma, sirvió para enfriar mi cabeza que andaba ardiendo de tanto pensar.
Me quedé mirando su cara que sonreía con timidez y luego quité la vista rápido.
—¿Cómo va su herida?
—Yo mismo la estoy chequeando. Ya no hace falta que me ayude.
No es que pensara jalarle la camisa para quitársela como aquella vez. Al contrario, quería pedirle disculpas por haberme portado así. Pero me soltó el parche antes de que saliera el grano, diciendo que ya no necesitaba mi ayuda.
Cruce miradas con Tenet, que ya tenía hasta los cachetes colorados. Y apenas me miró, desvió la vista como un niñito. Pero luego, haciendo como que no pasaba nada, volvió a mirarme y se asustó al ver que yo lo seguía observando descaradamente.
—¿Tiene algo que decirme?
preguntó después de pensarlo un poco.
—No. Es que su corte de pelo es bonito. ¿No puedo mirarlo?
—… No. Míreme todo lo que quiera.
Ay, por favor. Ese rostro que sonríe con tanta alegría, como si hubiera estado esperando que le dijera eso, es precisamente el problema.
Pero el gusto duró poco. La cara del hombre, que estaba roja como un tomate, recuperó su color normal en un abrir y cerrar de ojos. Por inercia, giré la cabeza hacia donde él miraba, justo detrás de mí.
Ahí estaba Ethan, apoyado en el marco de la puerta. No sé en qué momento llegó, pero nos miraba con una cara de lo más fresca.
—Y bien, ¿qué planes tienen para hoy?
En resumen: el plan de Tenet de botar a Ethan apenas dieran las doce se fue derechito al tacho. Empezó con esa pregunta de Ethan sobre nuestros planes y, cuando menos me di cuenta, ya estábamos los tres alistándonos para ir a pescar en el hielo.
Para ser honestos, la que soltó la idea de la pesca fui yo. Ethan andaba diciendo que el día estaba bonito, Tenet le respondió al toque que entonces se largara de una vez, yo, ya aburrida de escucharlos pelear, solté sin pensar: ‘Estaría bueno para ir a pescar, ¿no?’.
Ethan agarró la idea al vuelo. Se puso a hablar de lo bueno que era pescando, de las veces que lo hacían en la Orden, no perdió la oportunidad de decir que Tenet siempre se quedaba a un lado mirando, así que en vez de ayudar, solo iba a ser un estorbo.
—Como el día está despejado, cae perfecto. ¿Tienen equipo?
—No tenemos, así que lárgate.
—Justo yo cargo con unas cositas. Tengo unas cañas portátiles que a la señorita le van a quedar mucho mejor.
Parece que no mentía cuando decía que le gustaba la pesca.
—Dejemos a este señor acá. Si lo llevamos, se la va a pasar fastidiándome y estorbando como siempre.
Esos ojos negros como el azabache se clavaron solo en mí. Sonaba a la típica frase para sacarle de quicio a su jefe, como lo había hecho estos dos últimos días. Pero esta vez, en vez de quedarse mirando la cara de amargo de Tenet, no me quitaba la vista de encima.
Ya lo sospechaba un poco, pero en ese momento lo confirmé: ya sabía la verdadera razón por la que este tipo había venido hasta acá.
Mantuve la calma, puse mi mejor sonrisa y asentí.
—Entonces alistémonos y vamos todos.
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Apenas salimos, la punta de mi nariz se congeló y empezó a picar por el frío. Me hundí más en la bufanda y seguí a los dos hombres hacia la colina de atrás. El lago congelado se veía igual que la primera vez que vine.
Seguía siendo hermoso. Me dediqué a disfrutar del paisaje a mi ritmo, sin importarme si esos dos andaban discutiendo detrás de mí o si intentaban darme conversación.
Después de contemplar el lugar un ratito, empezamos con la pesca. El proceso no era muy diferente de lo que había leído en los libros.
Ethan me preguntó si quería intentar hacer el hueco yo misma. No le dije que no; agarré el pico pequeño que me dio y me puse a darle al hielo. Estuve a punto de preguntarle por qué rayos cargaba con un pico en su equipaje, pero cuando vi que sacó hasta las cañas y la caja de carnada, mejor me quedé calladita.
No era floro, el tipo era un enfermo de la pesca.
Lo que sí, la cosa no era tan papayita como en los libros. Para empezar, hacer el hueco fue un dolor de cabeza; el hielo estaba tan grueso que a los cinco minutos ya me dolía el brazo, así que tiré la toalla y le devolví el equipo.
Ethan, como quien ha estado esperando su turno, terminó de perforar el hielo en un toque. Mientras tanto, Tenet armó unas sillas portátiles y me pidió que me sentara.
—¿Esta es para mí? Gracias, me va a servir un montón.
Parece que la silla extra era para el propio Tenet, pero Ethan se la apropió sin asco. La cara de Tenet mientras miraba al otro sentado tan cómodo era un poema. Yo me hice la loca, agarré la caña que me dio Ethan y escuché su explicación sobre la carnada.
—Caballero Tenet, venga y siéntese aquí.
Tenet aguantó su hígado y se sentó a mi lado. Los tres nos quedamos ahí, en fila, lanzando el anzuelo al agua helada.
—…….
—…….
Pucha, qué tal espera. Recién ahí me di cuenta de que los dibujos de los libros, donde el protagonista saca peces a cada rato, son una estafa; en realidad hay que tener una paciencia de santo.
Me quedé un buen rato con el palo de madera en la mano, clavando los ojos en el hilo que no se movía ni un milímetro. Para ver cómo les iba a los otros, miré a mi derecha: Ethan ya iba por su segundo pez. Miré a mi izquierda y Tenet… bueno, él me estaba mirando a mí.
—¿Está aburrida?
me preguntó, pero con una cara de quien busca que le diga que sí para largarse de una vez.
—Para pescar algo, hay que olvidarse hasta del aburrimiento. Es algo que a nuestro Comandante se le da fatal.
Tenet levantó una ceja, todo picado, pero no le llevó la contra.
—La verdad, no le veo la gracia a esto.
Como en los últimos días, me puse a mirar al horizonte y dejé que sus voces pasaran de largo. El sueño me estaba ganando, así que me refregué los ojos con la manga y volví a mirar el hilo.
En ese momento, vi algo raro por el rabillo del ojo. Me quedé helada mirando un punto fijo.
Por la nieve, todo el lago estaba blanco y lo único oscuro debían ser nuestras sombras. Pero la sombra a mis pies se veía… bultosa. Y no solo eso. Empezó a ondularse como si fuera un gusano y se arrastró hacia la caja de carnada.
Me quedé lela viendo cómo esa cosa abría una ‘boca’ y se empezaba a zampar los cebos de a poquitos.
—¿No le interesa la caza? En eso sí soy un experto.
me soltó Tenet de pronto.
—… ¿Eh?
Su pregunta me hizo reaccionar. Volví la cabeza y, por un segundo, choqué miradas con esa cosa que me estaba observando. Tenía un solo ojo azul.
—Parece que no le interesa.
dijo Ethan, ahí sí que pegué un brinco.
Miré rápido a mis pies, pero ya no había nada. La sombra era normal. ¿Qué fue eso? ¿Estoy alucinando del cansancio? No, estoy segura de que vi algo…
—¿Señorita?
Tenet me miró con la cara seria, como si hubiera notado que algo andaba mal.
Me lo quedé pensando un segundo, pero al final negué con la cabeza.
—No es nada. Creo que me quedé dormida un ratito.
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Al final, la primera pesca de Tenet y la mía fue un fracaso total. Ethan nos dijo que solo por haberlo intentado ya éramos pescadores, Tenet volvió a preguntarme si de verdad no me había aburrido.
Como el sol ya se estaba ocultando, regresamos volando a la cabaña. Ethan le encasquetó todos los peces a Tenet, él se fue a la cocina diciendo que nos avisaría cuando estuviera la cena.
Me cambié de ropa y, para cuando salí, ya estaba oscuro. Abajo se escuchaba el hervor de una olla. No veía a Tenet ni a Ethan por ningún lado. Me senté en el sofá frente a la chimenea, casi echada, cerré los ojos. El sonido de la leña crepitando me dejó bien relajada.
Justo cuando estaba por cabecear, escuché el clack de la puerta principal y unos pasos que se acercaban. Alguien se paró justo a mi lado.
—¿Se durmió?
—No.
Nos quedamos mirando en silencio. Su expresión era la misma de siempre: fría e indiferente.
—Siéntese.
le dije, señalándole el otro sofá.
Él se sentó, como si ya supiera que yo iba a reaccionar así.
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