Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 9
Apenas ella asintió, Arden se abalanzó sobre su pecho como si hubiera estado esperando ese momento, mordiéndola y succionándola con avidez.
Chuuup.
Enterró el rostro en el turgente escote de sus pechos, succionando con la misma fuerza con la que un bebé se aferra al biberón, mientras que con las manos amasaba con fuerza el pecho que no podía alcanzar con la boca. Tampoco se olvidó de presionar con sus muslos firmes la humedad oculta bajo la falda.
—Ah… mmm… ¡ay!
En un abrir y cerrar de ojos, Liliet se vio envuelta en los brazos de Arden, dejando que sus pechos blancos quedaran expuestos sin pudor alguno, soltando gemidos débiles uno tras otro. Parecía haber olvidado por completo que estaban en un templo dedicado a Dios, en una biblioteca llena de escrituras sagradas.
Por un instante, la idea de que no debían estar haciendo eso le cruzó por la mente, pero en el momento en que Arden apretó su pezón con la punta de sus dientes firmes, cualquier otro pensamiento se esfumó.
—Ah, qué dulce… eres una delicia…
A eso se sumaban las palabras atrevidas que Arden soltaba entre jadeos, lo cual, aunque le daba mucha vergüenza, terminaba por encenderla aún más.
Cuando ella intentaba voltear la cara por el roche de la situación, él la obligaba a mirarlo de nuevo, regresándola a su posición.
Con sus ojos transparentes como el cristal, él escudriñaba sus expresiones con obsesión mientras hacía rodar con su lengua, una y otra vez, el pezón que ya estaba hinchado de tanto ser succionado. Como una mariposa atrapada en una telaraña, Liliet estaba cautiva bajo su mirada; no podía mirar hacia otro lado ni escapar de él.
Sus ojos grises se curvaron con suavidad y sus labios rojísimos envolvieron su pecho, atrapando el pezón por completo.
—¡Ah…!
En ese instante, un placer como una llamarada saltó dentro de ella, pintando su visión de blanco.
‘¿Por qué?’
¿Por qué la succionaba de esa manera, como si fuera algo tan rico? Liliet no lograba entenderlo.
Para ella, sus pechos eran solo una parte más de su cuerpo, sin un significado especial, como sus manos o sus pies. Solo había pensado vagamente que, si algún día tenía un hijo, servirían para darle de lactar.
Jamás se imaginó que un hombre adulto, no un bebé, los succionaría de esa forma. Y mucho menos imaginó que, en lugar de sentir el rechazo que debería, lo que sentiría sería un calor abrasador y un placer extraño trepando por su cuerpo.
Liliet se aferró con fuerza a la camisa de Arden mientras temblaba de pies a cabeza. La zona que él presionaba y frotaba una y otra vez con su rodilla se fue humedeciendo por completo.
—Ah… mmm… ah… sí…
—Ah, Lili. Tu leche es deliciosa.
—¡Ah! No digas esas cosas… ¡ay!
—Siento que, si te muerdo, va a brotar todo el jugo. Qué rico debe ser…
Susurrándole cochinadas al oído sin parar, él puso el pezón entre sus dientes como si realmente fuera a reventarlo, extrayendo una leche inexistente. Envolvía todo el pecho con la palma de la mano y lo apretaba con tal fuerza que ella sentía que de verdad iba a salir algo.
Sin poder empujarlo ni apartar la mirada, Liliet apenas alcanzó a cubrirse los ojos con la mano mientras sollozaba.
—No digas… ah… no digas esas cosas…
—¿Por qué?
—Porque… me da mucha vergüenza…
—Quita la mano. No puedo verte la cara, Lili. Quiero ver tu cara cuando te mueres de vergüenza.
Él terminó por bajarle la mano a la fuerza y soltó un suspiro profundo. El fuego se extendía por su rostro pálido y sus hombros anchos temblaban por los espasmos.
Enterró la cara en la piel de ella y movió los labios. Sus pestañas tupidas se rozaban contra su piel y su nariz perfilada se hundía entre la suave curva de sus pechos. Como un ciego que intenta reconocer el mundo a través del tacto, Arden la saboreaba y la bebía con todo su cuerpo.
Cada vez que él presionaba sus labios y luego los soltaba, cada vez que inhalaba profundo, cada vez que frotaban piel con piel, ella sentía como si él se estuviera devorando una parte de su cuerpo.
—Ah, Lili…
Finalmente, como si ya no pudiera aguantar más, él se incorporó para besarla con fuerza mientras tiraba del pezón de sus pechos agitados. El pezón, rojo intenso de tanto ser lamido y succionado, giró mareado en el aire.
Antes de que pudiera reaccionar por lo indecente de la escena, Arden la rodeó por la cintura con fuerza y presionó su entrepierna con un muslo firme.
—Ah… ¡ah…!
En ese preciso instante, el placer que se había estado acumulando estalló como fuegos artificiales, un escalofrío que la hacía sentir como si cayera por un barranco le recorrió toda la columna.
Liliet se aferró a la manga de Arden jadeando con dificultad. Se quedó sin fuerzas, como si hubiera corrido a toda velocidad. Él la sostuvo entre sus brazos, abrazándola y dándole palmaditas con ternura.
—Ah… mmm…
—Te gustó, ¿verdad, Lili?
Muack, muack.
Él la acariciaba con ternura y le daba palmaditas como si estuviera calmando a una niña, mientras le llenaba los ojos y las mejillas de besos. Liliet se quedó ahí, colgada de su pecho ancho, parpadeando aturdida.
‘Lo de hace un rato… ¿qué diablos fue eso?’.
No se parecía en nada a un simple beso. Había sido algo más ansioso, más brusco, casi vulgar. Le recordó a un día de verano, de esos donde el sol quema tanto que parece que va a derretir la tierra. Se parecía a ese acto bajo y ruin de los animales en celo que lamen su piel jadeando, desesperados por encajar sus partes hinchadas y rojizas; algo tan vergonzoso que te hace fruncir el ceño, pero que, por alguna razón, no te deja quitar la mirada. Era igualito a eso.
Arden, que todavía le amasaba con destreza los pechos que colgaban fuera de la ropa, le plantó un beso en la sien.
—Te gustó, ¿no, Lili? ¿Quieres que te lo lama allá abajo también?
—¿Eh? ¿Qué has dicho?
—Te va a gustar mucho más. Más que los pechos.
—¿Pero dónde…?
—La concha.
—¿Qué?
—Hablo del huequito por donde salen los bebés.
De esos labios bonitos y carnosos como cerezas, salían palabras vulgares sin el menor reparo. Solo entonces Liliet reaccionó, como si le hubieran tirado un balde de agua fría encima.
¡Dios mío! ¿Qué acabo de hacer? ¿En qué lío me he metido?
Liliet empujó con todas sus fuerzas el pecho de Arden.
—¡Es… estúpido!
—¿Mmm?
—¡Lárgate!
Se acomodó la ropa como pudo y salió disparada de la biblioteca. Sentía la cara ardiendo, como si fuera a explotar. Arden ladeó la cabeza confundido y la persiguió.
—¿Por qué te molestas, Lili? Cuéntame.
—No sé. No me preguntes.
—No te vayas, ¿ya?
—¡No me sigas!
Daba igual cuánto corriera, si al final seguía dentro del templo. Cruzaron pasadizos largos y estrechos, pasaron por el salón vacío y terminaron en la capilla llena de sillas rotas, corriendo como un par de niños de diez años.
—Uff… jaj… ah…
A diferencia de Arden, que no cambiaba de color por más que corriera, Liliet se cansó al toque y empezó a jadear.
Mientras ella se apoyaba en la pared para recuperar el aire, Arden se le pegó como chicle y siguió insistiendo:
—¿Por qué te pones así? Dime, Lili. Si te estaba gustando. ¿Por qué de pronto me botas?
—Vete de acá…
—No me digas solo que me vaya.
—¡Porque me da roche! ¡Porque me muero de vergüenza!
—¿Después de que te dejaste chupar los pechos tanto rato?
Ante esa respuesta tan fresca y descarada, la cara de Liliet se puso roja como un tomate. Por más que lo mirara con furia, Arden solo se quedaba ahí, mirándola con una cara de inocencia total, como si no hubiera roto ni un plato.
—De verdad que tú…
Ella no aguantó más y soltó un suspiro de resignación.
A veces Arden sonreía como un sabio que se las sabe todas, pero en otras ocasiones se portaba como un niñito que no tiene ni un rastro de sentido común.
—No debes decir esas… esas palabras feas.
—¿Qué? ¿Te refieres a ‘concha’?
—Sí, eso.
—¿Y qué tiene de malo?
—Es malo y punto. Es una grosería.
—Entonces, ¿cómo se supone que le diga?
—Eso es…
Liliet se quedó muda, como si le hubieran comido la lengua. ¿Cómo diablos iba a saberlo ella?
Incluso en esos días de primavera donde las flores revientan por todos lados y los amantes, más entusiasmados que animales en celo, se pegan para susurrarse cositas, ella siempre estaba ocupada peleándose con cerros de ropa sucia dentro de una batea.
Y cuando terminaba su jornada matadora y todas se juntaban en un cuarto a la luz de una vela para chismosear sobre quién se dio un beso con quién o con quién irían al festival, ella solo se tapaba con la colcha hasta la cabeza, concentrada únicamente en procesar lo cansada que estaba.
Esta vez, las mejillas de Liliet se pusieron rojas por una razón distinta a la de antes. Mientras agachaba la cabeza frunciendo el ceño, Arden metió su cara de improviso y le levantó el mentón.
Esa mirada tan dulce la observaba con tanta fijeza que, por un momento, sintió que se le iban a salir las lágrimas; tuvo que morderse la parte interna del cachete para aguantarse. Arden acarició con la yema de sus dedos sus párpados secos.
—¿Lloras? ¿Estás triste?
—… No es eso.
—¿No me puedes decir? Si no hablas, no entiendo.
—Ni yo misma lo sé… ¿Por qué me preguntas esas cosas?
—Porque tengo curiosidad.
—…….
—Quiero saberlo todo, absolutamente todo sobre ti.
Su voz cálida se le iba amontonando en el oído como si fuera nieve suave. Sus brazos, que eran casi del mismo ancho que los de ella pero mucho más firmes y fuertes, la rodearon por la espalda.
Muack.
Sus labios suaves le rozaron la frente.
—Me causas mucha curiosidad. Qué piensas, qué te gusta… Qué penas o preocupaciones cargues en esa cabecita que te hacen suspirar así. Me muero de la curiosidad, me vuelve loco.
—¿Por qué? ¿Por qué alguien como yo…?
—Porque tú eres especial.
—No tengo nada de especial. Soy de lo más común.
—Lili, de verdad que no sabes nada, ¿no? Qué tontita eres, una completa tontita.
Arden se soltó una risita burlona, como diciendo ‘¿cómo no te vas a dar cuenta?’. A Liliet le pareció el colmo. ¿Quién era él para decirle tonta a ella? Estiró los labios haciendo un puchero y trató de empujarlo por el pecho.
Pero Arden, sin dejar de sonreír, le agarró las muñecas con delicadeza. El roce de sus manos haciéndole cosquillas en el dorso de la mano no le desagradó para nada, lo cual hizo que se sintiera todavía más extraña.
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