Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 8
—A ver, mmm… hoy voy a leer este.
En esa estantería vieja y llena de polvo, ella sacó un libro que estaba tirado en un rincón. Tenía las letras grandes y una historia bien simple; de esos que solo leería un niñito.
Cualquier hijo de nobles, de esos que se creen muy leídos, ni lo miraría, pero para ella, que recién estaba aprendiendo a leer, era perfecto: letras grandes y dibujitos, justo lo que necesitaba.
Al principio, por curiosidad, abrió un libro mientras limpiaba, pero casi se muere del susto al ver las letras al revés y lo guardó al toque. Si ya le costaba leer un texto normal, uno que estaba de cabeza era demasiado para ella.
Además, ese estante le daba una mala espina, algo medio sombrío, que ni ganas le daban de acercarse. Justo cuando pensaba con pena: ‘¿Será que entre tantos libros no hay ni uno para mí?’, vio ese librito delgado que sobresalía. Era este cuento. Mirando bien, se dio cuenta de que había varios libros normales que ella sí podía entender.
Desde ese día, Lilliet se la pasaba más de la mitad del día metida en la biblioteca.
La historia no era gran cosa. Un caballero valiente que vence a un dragón malvado y rescata a la princesa; el típico cuento de siempre. Pero para ella, que no tuvo padres, ni profes, ni amigos que le leyeran cuentos de chiquita, el libro la tenía hipnotizada. Como al arzobispo Gillian le daba igual lo que ella hiciera, nadie la molestaba.
—¿Otra vez leyendo?
Bueno, nadie excepto una persona.
El único hombre que paraba tan ocioso y aburrido como ella. Lilliet ni siquiera levantó la vista del libro para responderle.
—Está paja, Arden. Deberías leerlo tú también.
—Qué aburrido.
—Ni siquiera lo has mirado. En serio, ¡está emocionante!
—A mí no me gustan los libros. Es una pérdida de tiempo.
Arden, todo desganado, le quitó el libro de un porrazo. Pasó las hojas sin ninguna importancia, soltó un suspiro como diciendo ‘qué soso es esto’ y lo tiró en cualquier parte del estante.
—Oye, devuélvemelo, Arden. Estaba en la mejor parte…
—Mejor hagamos algo divertido.
—¿Qué cosa…? Ah.
Arden la agarró de la cintura y le pegó los labios al cuello.
Smack, smack.
Sus besos eran ligeros, como el aleteo de un colibrí.
—Vamos a chuparnos la lengua, a intercambiar saliva… a abrazarnos y frotar nuestros cuerpos.
—Es… espera un ratito.
—Si te encanta, ¿no?
Arden agarró las manos de ella y las puso alrededor de su cuello, jalándola fuerte de la cintura. Lilliet sintió todo el cuerpo de él pegado contra su falda. Ella volteó la cara para evitar que él la besara otra vez.
—Te estás pasando, Arden…
—¿De qué?
—A cada rato quieres lo mismo. Hasta cuando el Arzobispo está mirando… ya no quiero.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué?
Él le rozó los labios con la punta de sus dedos suaves. Por un segundo, sintió un hincón, como si la hubiera picado una abeja, la zona se le puso calientita. Lilliet arrugó la frente, confundida.
Desde ese primer beso, Arden no hacía más que pedirle más a cada rato. Y eso que ni siquiera le había borrado la marca que le grabó en la lengua.
Daba igual si ella estaba trapeando, si estaba hirviendo agua para bañarse, o incluso si Arzobispo Gillian estaba prendiendo el incienso para rezar; él siempre buscaba la forma de abrazarla y besarla.
La única que se moría de la vergüenza era ella. Al Arzobispo parecía no importarle ni michi lo que ellos hicieran, él seguía en su oración, pero ella se sentía fatal. Por más que intentaba explicarle que no debía hacerlo, Arden era un terco de primera.
Lilliet pensó en meterle un cachetadón, en empujarlo con todas sus fuerzas o hasta en meterle una patada en la canilla. Pero apenas veía esos ojos tan claros y puros, se le ablandaba el corazón. Y lo peor de todo, es que en el fondo no le molestaba que él la besara. Ese era el verdadero problema.
¿Quién no caería ante un hombre tan hermoso que parece un pecado, cuando te susurra cosas al oído con esa voz de tentación? Lilliet pensaba que hasta el sacerdote más santo, que hubiera jurado pureza ante Dios, la tendría difícil.
Arden, como si le leyera el pensamiento, torció sus labios rojos en una sonrisa de lado y le agarró el cachete.
—Hagámoslo, ¿ya?
—…
—Abre la boca… déjame entrar.
—… Ah.
Arden susurró eso con los labios pegados a los de ella y, al segundo, le robó el aliento metiéndole la lengua. Lilliet solo pudo atinar a apretar con fuerza las mangas de la ropa de él.
Chuuup, smack, smack…
En esa biblioteca silenciosa, donde los libros viejos envejecen lentamente entre nubes de polvo, el aire cambió. Ese espacio sagrado, hecho para meditar la palabra de Dios y aprender de los santos, se llenó de pronto del sonido húmedo de la piel rozándose y de respiraciones agitadas.
Lilliet, sin darse cuenta, ya había mandado la vergüenza y esa culpa rara al demonio, perdida por completo en los besos de él.
‘Este es el problema…’.
Que se siente demasiado bien.
Todo lo que hacía con Arden le encantaba. Solo con mirarse a los ojos, se le escapaba una sonrisa; su corazón empezaba a latir como un tambor y, si él le rozaba los dedos, sentía un choque eléctrico por todo el cuerpo.
Él parecía un ser hecho solo de pura diversión.
Odiaba hacer cualquier cosa que no le gustara, siempre estaba con una sonrisa de oreja a oreja y paraba buscando algo nuevo que lo entretuviera. Por eso, cuando ella estaba con él, la alegría se le pegaba. Como cuando ves a alguien reírse y, sin querer, terminas riéndote tú también.
Smack, smack.
—Mmm, ah…
—Se siente rico, ¿no?
—… Sí.
—Sigamos. Mucho más, un montón.
Arden la abrazó fuerte, pidiéndole más como un niñito engreído, pero con una voz que no llegaba a cansarla. Su lengua, cálida y juguetona, recorría su boca repartiendo un placer que la dejaba lacia.
Su cuerpo, que antes estaba tieso por los nervios, se relajó por completo y empezó a perder el equilibrio. Aprovechando eso, Arden, que estaba concentrado en chuparle la lengua, pegó su parte baja contra ella y empezó a empujar hacia arriba, despacio, con un ritmo que la volvía loca.
—Ah, mmm…
Lilliet sentía que algo no cuadraba, pero estaba tan enviciada con el dulzor de esa lengua que se colgó del cuello de Arden, abrazándolo con todas sus fuerzas.
Aunque tenía la cabeza hecha una bola, su cuerpo respondía con una sinceridad que la asustaba. Estaban tan pegados que, a pesar de las capas de ropa, sentía clarito ese bulto duro contra ella. Por instinto, empezó a frotarse contra él.
Al toque, un placer que la hacía temblar subió desde abajo, pintándole la visión de blanco. Arden soltó una risita ronca.
—Eres demasiado linda…
Lilliet parpadeó, toda atontada. Esa reacción tan inocente, como si no entendiera que le hablaba a ella, hizo que Arden se pusiera más pilas. Él, apoyando la espalda contra la pared, la agarró de las nalgas y la levantó en peso.
—Ah, mmm… ah…
Fru, fru.
El roce de las telas se volvió más fuerte, haciendo un ruido escandaloso. Ese miembro que estaba a punto de explotar moría por enterrarse, no en la tela áspera, sino en esa carne suave y húmeda.
Él agachó la cabeza y hundió los labios en el cuello de Lilliet. Mientras movía la cadera frotándose contra lo que ella escondía bajo la falda, empezó a morderle la piel suave como si fuera un corderito.
—Mmm, ah…
Lilliet soltó un gemido que parecía un ronroneo. En serio, era demasiado tierna. Para que ella no recuperara el sentido, él siguió con ese movimiento de cadera tan indecente mientras movía las manos al toque.
Lilliet llevaba ese hábito de monja todo ancho y tosco. No es que le molestara la tela, pero que los botones estuvieran en la espalda era un estorbo. ‘Deberían estar adelante, para poder sacarle las tetas y chupárselas cuando quiera’, pensó él con toda la malicia del mundo.
Con ese pensamiento tan sucio en la cabeza, antes de que ella se diera cuenta, le quitó la ropa y el sostén, metiéndose uno de sus pezones en la boca. Lilliet, que ya estaba jadeando por la excitación, soltó un grito de sorpresa: ‘¡Ah!’. Pero él la apretó de la cintura para que no se moviera y empezó a juguetear con la lengua. Ella encogió los hombros al instante.
—¡A-Arden! ¿Qué… qué estás haciendo…?
—Estás rica. Chiquita y dulce, como una granada.
—Ah… no, para.
—Pero si tus puntitas están bien paradas pidiéndome que las chupe desde hace rato.
Arden la miró de abajo hacia arriba con esos ojos que parecían tan puros, como si él no tuviera la culpa de nada, le sonrió. Ni siquiera al hablar soltaba el pezón, que brillaba todo mojadito dentro de su boca roja.
¡Bum!
La cara de Lilliet se puso roja como un atardecer. Empezó a forcejear, intentando empujarlo de los hombros.
—No… mmm… para, Arden.
—Suéltate nomás. Te voy a hacer sentir bien rico.
—Se siente… raro.
—No es raro, se llama placer. Es algo bueno, Lili.
Él le susurró eso con voz bajita, mientras seguía jugueteando con su pezón solo para fregarla. Tenía esa cara de ángel, noble y hermosa, pero decía cosas tan cochinas y vulgares como si nada.
Claro.
Estamos en el templo del Dios Malvado.
Él es su sacerdote, así que es normal que sea como un demonio. ‘Entonces, ¿yo también soy un ser caído por ser el sacrificio para este Dios?’, pensó ella por un segundo.
—Qué linda te ves… te pones roja al toque. Parece que me estuvieras pidiendo que te muerda despacito.
—N-no… mmm… no me muerdas……..
—¿Solo te chupo entonces?
—……..
—¿Con la lengüita, suavecito?
Arden le lanzó esa pregunta con una sonrisa coqueta y Lilliet no pudo decir ni michi. El aire se le escapaba y sentía que la cabeza le daba vueltas.
No lo pensó mucho.
Al final, como si no le quedara de otra, asintió con la cabeza bien bajito.
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