Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 55
—Fue la revelación que recibieron los tres arzobispos el primer día santo del mes pasado. El Señor Dios ha dicho: ‘La calamidad se aproxima. Preparen el milagro’.
Apenas terminó de hablar, Minuel volteó la cabeza y escupió. Era una actitud bastante insolente para alguien frente a un dios, pero no pudo aguantarse más. El escupitajo estaba mezclado con hilos de sangre roja.
Volvió a girar la cara para observar al dios malvado. La actitud de la deidad era tan ambigua como su propia forma; no parecía ni sorprendido ni molesto. No mostró ninguna reacción que permitiera adivinar el significado del oráculo, solo hizo un pequeño ademán con los labios, como un leve tic.
[¿Eso es todo?]
—Sí. Es todo lo que el Señor ha dicho. Por si acaso, ¿habrá algo…?
[No, me refería a que si la única razón para poner un pie en mi santuario era simplemente para traerme un recado.]
—… Sí, así es.
[Qué estupidez. Retírate.]
El dios soltó un grito de fastidio, como si se sintiera ofendido de que hubieran ensuciado su templo con una tontería tan insignificante. Minuel, temiendo que el dios desapareciera apenas terminara de hablar, abrió la boca apresuradamente.
—Le ruego… ¿podría darnos alguna enseñanza para que podamos acatar la palabra de Dios sin malentendidos?
[¿Y yo por qué tendría que hacerlo?]
—…….
[Ustedes ya tienen a su propio dueño. ¿Por qué tendría que darle enseñanzas a un tipo como tú, que ni siquiera es de mis seguidores?]
—… Es que nuestro Señor no nos ha dado ninguna respuesta.
[Entonces tampoco deberías buscar la mía. Si es que no quieres ir en contra de la voluntad divina.]
Cada palabra que decía tenía toda la razón del mundo.
Sin embargo, no podía regresar con las manos vacías después de haber llegado hasta aquí. Sujetó con fuerza el rosario con ambas manos y levantó la mirada. Esa silueta negra, que parecía una mezcla de cenizas y humo, se veía más perturbadora que nunca.
—Me enteré de que han traído una nueva ofrenda.
[… ¿Y?]
La voz que le devolvió la pregunta seguía siendo la misma, pero esa energía impura que rondaba por sus pies empezó a empaparle los tobillos con una frialdad mayor; una energía maligna comenzó a caerle como lluvia sobre la cabeza, los hombros y la espalda. Tragándose la sangre que le subía por la garganta, Minuel apretó el rosario con violencia.
—Escuché que era… una mujer del pueblo. Alguien… que era muy querida por todos por ser dócil e inteligente.
[…….]
—Originalmente era… una oveja del Señor… Cof, cof… ¿Por qué se la llevó? ¿Acaso esa mujer…?
[¡Te atreves!]
Ante la insistencia de sus palabras, la voz del dios finalmente se cargó de pura cólera.
Minuel no pudo aguantar más y cayó de rodillas. Su visión se tiñó de rojo y sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
[Miserable criatura que está a punto de desaparecer, ¿pretendes juzgar la voluntad de un dios?]
Aferrado al rosario como si fuera su único salvavidas, empezó a susurrar sin parar: ‘Señor, no nos dejes caer en la tentación y líbranos de todo mal, pues confío en que nos salvarás de las penurias y la adversidad…’.
[Siervo tonto e ignorante. ¿Crees que no sé lo que estás tramando en esa cabeza llena de porquería? Hasta aquí me llega tu olor a mentira y engaño.]
—……!
[¿Quieres que te abra la panza para sacar de una vez el pecado que llevas dentro?]
De todas partes empezaron a salir serpientes negras que abrían sus fauces como si fueran a morderlo. Sus colmillos oscuros brillaban con ferocidad mientras goteaban veneno. Los susurros cargados de maldiciones le llenaron los oídos y una sangre espesa le subió por el esófago, dejándole un sabor metálico y rancio.
Él vomitó sangre de golpe y cerró los ojos con fuerza. Su rostro, ya de por sí pálido, se puso blanco como un papel, mientras gotas de sangre roja caían desde su mentón. Las serpientes que acechaban bajo sus pies bebieron esa sangre con codicia.
—Lo siento… por favor, perdóneme…
Minuel susurró con voz agonizante mientras se llevaba las manos a la frente. La energía maligna que le asfixiaba el cuello se fue retirando lentamente.
Soltó un suspiro ahogado y quedó de rodillas contra el suelo. Las huellas de sus manos ensangrentadas quedaron marcadas por todos lados como hojas secas en otoño. Mientras temblaba con la frente casi pegada al piso, el dios, quizás complacido por ver un espectáculo tan lamentable, mostró algo de piedad.
[Estaba pensando que me vendría bien uno de tus ojos, pero te dejaré ir sano y salvo por esta vez.]
—Gra… gracias.
[Tenlo claro: no estoy perdonando tu frescura, es solo que no quiero ensuciar mi templo.]
—… Sí.
Minuel apenas pudo levantar las manos para hacer una reverencia. Las serpientes se arrastraron de regreso a las sombras y el aire tóxico que llenaba la cámara de piedra comenzó a disiparse.
Al salir de la sala de rituales tambaleándose, el arzobispo Gillian se quedó frío al verlo así. Le alcanzó un paño limpio y agua mientras lo revisaba con preocupación.
—¿Estás bien? Te dije que cuidaras tu lengua. Menos mal que saliste vivo. ¿Podrás volver así?
—Tendré que irme aunque sea arrastrándome. Gracias.
Minuel se limpió las manos y la comisura de los labios con el trapo húmedo y luego juntó las palmas.
El arzobispo Gillian frunció ligeramente el ceño. Rezar una oración en el santuario de otra orden era una falta de respeto total, pero como el tipo estaba hecho un Cristo, todo bañado en sangre, no le dijo nada y lo dejó ser.
Pasaron unos minutos.
Al ver que el rostro de Minuel, que antes estaba pálido como un muerto, recuperaba un poco de color y se veía más tranquilo, el arzobispo asintió para sus adentros. Pensó que, a pesar de ser joven, el muchacho tenía su fuerza. Bueno, con esa facha y el cargo que tiene, si fuera un bueno para nada ya lo habrían botado hace tiempo.
Poco después, Minuel abrió los ojos lentamente. Gillian le acercó el incensario y señaló con la barbilla.
—¿Vas a pasar a ver la reliquia? Viniste hace medio año, así que no creo que sea necesario, pero tú dirás.
—No, sí voy a verla. Por favor, guíeme.
Aunque seguía con el cuerpo cortado y soltaba una tos seca de vez en cuando, Minuel se mantuvo firme. A diferencia de lo que aparentaba, era un hombre recio. El arzobispo Gillian lo condujo hacia la capilla ubicada en lo más profundo del templo.
Minuel se quedó mirando fijamente el cofre de bronce que descansaba en la cima del amplio altar.
Las flores que adornaban el altar tenían los pétalos secos y hechos polvo, pero los tallos se veían tan vivos como si acabaran de cortarlos, la mayoría de las velas eran nuevecitas. El palio que estaba debajo del copón también estaba impecable, casi sin una mota de polvo.
‘Antes no estaba así’, pensó.
Era extraño: la energía impura que inundaba todo el templo y la cámara donde enfrentó al dios malvado apenas se sentía en el cofre donde estaba sellado el espíritu divino.
Mientras examinaba el altar con mirada de águila, Gillian le preguntó con un tono burlón:
—¿Vas a echarte un rezo?
—No me diga esas cosas, me pone en un compromiso.
—Es que te quedaste mirándolo tanto rato… pensé que tenías algo que decirle.
—… Total, ni que me fuera a escuchar.
—Bueno, tienes un cuerpo bien parecido. De repente te recibe con gusto.
Minuel soltó una sonrisita ante el comentario con doble sentido. El viejo frente a él parecía un señor respetable, pero como todo apóstol de un dios maligno, era un tipo astuto y calculador.
‘Si este viejo no estuviera aquí, podría revisar cada rincón del altar y del templo’, pensó Minuel. Parecía un anciano común y corriente, pero se trataba de un ser que había vivido más de cien años; ni clavándole un cuchillo se moriría.
Como no encontró nada fuera de lo normal, Minuel se dio media vuelta aguantando el malestar de su estómago. Mientras caminaba por la galería junto al arzobispo Gillian, justo a mitad del camino, se tambaleó cubriéndose la boca con la mano.
Gillian, asustado, lo agarró del hombro.
—¿Te sientes bien?
—Disculpe. Es que… de verdad me ha venido un mareo fuerte. ¿Podría descansar un ratito?
—No creo que sea el mejor lugar.
No estaban en cualquier sitio; era el templo de un dios malvado lleno de vibras pesadas. Para una persona normal, en lugar de curarse, terminaría peor. Pero Minuel insistió con toda la concha del mundo:
—Solo será un momento. Cualquier lugar tranquilo donde pueda estar solo me sirve. No me voy a quedar mucho tiempo.
—Mmm, ya ya, está bien. Supongo que no pasa nada si cierras los ojos un rato.
—Se lo agradezco.
Pensándolo bien, el joven no era más que una pobre víctima que tuvo la mala suerte de terminar metido en esto, así que a Gillian se le ablandó un poco el corazón.
El arzobispo lo llevó a la sala de oración que estaba más alejada del centro.
—Voy a dejar el incienso encendido, así que apágalo cuando salgas.
—Ya, está bien.
Soltando un suspiro de puro cansancio, Minuel se dejó caer en la silla. Sus labios, que eran bonitos y bien formados, estaban manchados de sangre y temblaban ligeramente. Gillian dejó el incensario y salió para que pudiera descansar tranquilo.
Minuel se quedó con los ojos cerrados, esperando en silencio hasta que dejó de sentir pasos afuera. El viejo, que se había quedado dando vueltas frente a la puerta, por fin se mandó a mudar. En ese instante, Minuel se levantó de un porrazo, como si nunca hubiera estado mal de salud.
No tenía mucho tiempo antes de que el arzobispo regresara. Tenía que encontrarla al toque. Si sus sospechas eran ciertas, ella de todas maneras estaba aquí.
La mujer que habían entregado como sacrificio injustamente.
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—¡Cof, cof!
Lilyette soltó una tos seca y se hizo un ovillo. Se había pasado más de un día echada en la cama, pero no recuperaba las fuerzas para nada. Y eso que Arden la había obligado a comer y había dormido un montón.
—Qué frío…
¿Se habría agarrado un gripón de los mil demonios?
Sentía la cabeza vuela y el sueño se la ganaba a cada rato. No era exactamente un dolor de cuerpo, pero estaba lacia, como un pollito enfermo que no tiene ni fuerzas para piar. Como el invierno se había adelantado este año, por más que se tapaba con colchas gruesas, el frío se le metía hasta los huesos y no lo aguantaba.
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