Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 54
Arzobispo Gillian también estaba al tanto de los escándalos turbios que rodeaban a Minuel. Y sabía perfectamente a qué situación extrema había sido empujado ese hermoso joven.
‘Para no ser derrotado, hay que conocer al enemigo’. Aunque no sabía los detalles íntimos, se había encargado de mapear la estructura política y las facciones de la orden.
Se preguntaba si, por si acaso, Minuel planeaba usar al Dios Maligno para limpiar su posición desfavorable dentro de la iglesia. Al pensar en sus antecedentes, parecía una posibilidad; pero al ver sus ojos —que, a diferencia de su rostro que incitaba al deseo, eran de una indiferencia absoluta—, esa ambición se sentía algo ajena a él.
‘Bueno, la verdad es que uno nunca termina de conocer a la gente solo por la cara’.
A pesar de haber vivido años de años, el corazón humano le seguía pareciendo algo contradictorio: tan fácil de ver como un pozo de agua clara, pero a la vez tan profundo y difícil como un pantano sin fondo.
El arzobispo Gillian esbozó una sonrisa amarga y cruzó la galería en dirección a la sala de oración. Las pinturas sagradas en las paredes, bañadas por una luz tenue y vacilante, mostraban escenas comunes de los santos, pero si uno miraba con atención, todos lloraban lágrimas de sangre y sufrían de dolor.
Minuel, que se había quedado mirando fijamente el rostro de un santo pisoteado por pezuñas de cabra, habló de repente.
—Parece que el ambiente ha cambiado.
—¿Tú crees? Yo no noto nada diferente.
respondió Arzobispo Gillian con un tono algo tosco, mientras caminaba un poco más adelante.
Minuel lo seguía lentamente, observando a su alrededor. Al igual que afuera, dentro del templo casi no se sentía rastro de presencia humana. Todo era silencio, soledad y una sensación de abandono que te ponía los pelos de punta.
Las sombras alargadas rozaban sus pies de forma siniestra, el aire que flotaba como un fantasma se sentía lúgubre y pesado. De pronto, sintió una mirada y, al voltear, vio una estatua de piedra con los ojos encendidos en rojo por la luz de las velas; parecía que lo miraba con furia, lista para blandir su espada en cualquier momento.
Era un lugar que no tenía nada que ver con la paz o el bienestar; de hecho, era tan tétrico y desagradable que daban ganas de largarse de ahí lo más pronto posible. Sin embargo, ¿por qué sentía eso?
—Siento como si hubiera algo de vitalidad.
—¿Ah?
preguntó el arzobispo, desconcertado. ¿Vitalidad en este templo lúgubre donde parecía que solo los fantasmas sin pies deambulaban sollozando? Era una palabra que no encajaba para nada. Si decía energía negativa, vaya y pase, pero ¿vitalidad?
Pero Minuel asintió con una cara totalmente seria, sin una pizca de broma. Sus labios se torcieron de forma sutil.
—Hace poco recibieron una ofrenda, ¿verdad?
—Bueno, sí. Pasa de vez en cuando, ¿no?
—Tengo entendido que hacía mucho que no recibían a una persona.
—Umm.
—¿Será por eso?
—Quién sabe…
murmuró el arzobispo y guardó silencio. Por más que Minuel lo observara con cuidado, en esa mirada hundida solo se llegaba a notar un ligero cansancio, nada más.
—Te pido un favor: no menciones nada de la ofrenda cuando estés frente a esa persona.
—No me da miedo que se moleste conmigo.
—¿Crees que esto es algo que se soluciona solo con tu vida?
Arzobispo Gillian se detuvo en seco y lo miró fijamente.
El humo del incienso empezó a nublar el rostro del anciano. Por un segundo, pareció que un lado de su cara se pudría y se ponía negro. Al instante siguiente volvió a la normalidad, como si hubiera sido una alucinación.
El clérigo, vestido con su hábito oscuro, sentenció en voz baja:
—Te lo digo en serio, cuida tus palabras. La única vida que puedes entregar como garantía es la tuya, no alcanzará para salvar a nadie más.
—… Tendré cuidado.
respondió Minuel inclinando la cabeza. El arzobispo suspiró profundamente, cerró los ojos y se persignó. La forma en que lo hizo era algo distinta a la de la orden.
El anciano recorrió el rostro del joven con la mirada y chasqueó la lengua.
—Sería una pena que esa cara se eche a perder. Los fieles se pondrían a llorar.
—Me lo dicen seguido. Es una bendición.
—Vaya, ¿te cambió el carácter? Parece que la has pasado bien difícil, ¿no?
—Se podría decir que sí. Han pasado muchas cosas.
Minuel respondió con un sarcasmo frío y apretó su rosario. Desde que entró al bosque, un dolor de cabeza le venía punzando las sienes, mientras más se internaba en el templo, peor se ponía. El frío se le pegaba a los tobillos como algo húmedo y el aire picante le hincaba los pulmones. Se sentía como si estuviera avanzando paso a paso dentro de un pantano de veneno.
—¿Estás bien?
preguntó Gillian con preocupación al ver lo pálido que se había puesto.
Minuel negó con la cabeza en silencio. El arzobispo levantó el incensario para que le llegara el humo. Al oler ese aroma pausado, el dolor que le taladraba la cabeza se calmó un poco.
—Ya llegamos, aguanta un poco más.
—… Sí.
Respondió Minuel con las justas, cubriéndose la boca con la manga como si tuviera ganas de vomitar. Para lo que sentía, estaba aguantando bastante bien.
Arzobispo Gillian abrió la puerta de la sala de oración manteniendo el incensario hacia el lado de Minuel. La sala era de estructura circular, pequeña y muy tranquila. El piso de color marrón grisáceo estaba cubierto por una alfombra roja, en la pared descansaba un altar.
—¿Es aquí?
—Espera un momento.
El arzobispo soltó el incensario, se acercó al altar y presionó un ladrillo de la pared con fuerza. Al empujar la estructura, el altar —con todo y sus candelabros y objetos sagrados— se deslizó hacia un lado, dejando ver una puerta maciza. Estaba llena de cadenas y candados colgando por todos lados; parecía la mismísima entrada al infierno.
Al verla, Minuel murmuró para sí:
—Parece que tuvieran encerrado a un monstruo ahí dentro.
—No estás muy lejos de la realidad. Solo que este es más caprichoso.
respondió el arzobispo Gillian con total naturalidad mientras abría los candados.
Clac, clac. El sonido seco de las pesadas cadenas chocando entre sí golpeó el pecho de Minuel como un latido sordo. En verdad, todo eso era por las puras; a un dios no se le puede encerrar con cosas materiales. ¿Sería entonces por protección? Como la cerca de madera a la entrada del templo. El arzobispo Gillian jaló la cadena gruesa sin esfuerzo y asintió con la cabeza.
—Ya, entra. De verdad espero que salgas vivo; limpiar cadáveres es un trámite bien pesado.
—Sí. Tendré cuidado.
Minuel le hizo una reverencia respetuosa al arzobispo y empezó a bajar las escaleras. ‘Que el Señor te proteja’, susurró el anciano a sus espaldas, aunque sonó más a una burla que a un deseo de bienestar.
Desde el fondo soplaba un aire mucho más denso y pegajoso que el de afuera. Era un sótano sin una sola ventana, pero no estaba a oscuras gracias a unas antorchas puestas aquí y allá en las paredes. Sin embargo, sentía que le faltaba el aire y el corazón le iba a mil, como si estuviera encerrado en un cuarto sellado o enterrado vivo.
Y es que…
‘Huele a muerto…’
Apenas pisó el suelo, un olor a podrido le caló los huesos, metiéndosele por la nariz de forma insoportable. No era por las urnas funerarias que llenaban los estantes en ese espacio tan apretado donde apenas podías estirar los brazos; no era ese olor seco a polvo de huesos antiguos. Era un olor a muerto ‘fresco’, un hedor a sangre metálica, como si el alma recién acabara de dejar el cuerpo.
Minuel juntó las manos frente a una imagen sagrada que estaba de cabeza, como si fuera a rezar. Pero no se arrodilló ni levantó las manos en señal de adoración. Él era fiel al dios principal, Araxos, no pensaba arrodillarse ante ningún otro.
[¿Ni siquiera te vas a arrodillar?]
De pronto, una voz tétrica retumbó directamente en su cabeza y la sombra a sus pies empezó a serpentear como una culebra. La sombra dio una vuelta alrededor de él, creció tanto que casi tocaba el techo de piedra y luego se reclinó contra el pedestal en una postura arrogante, como si estuviera sentado en un trono.
Aunque era una forma borrosa, oculta tras un velo negro y ondeante, su sola presencia llenaba todo el cuartito. La presión que sentía en los hombros era tan bestial que supo de inmediato que estaba frente al Dios Maligno. Minuel apartó la vista de esa figura que parecía maldecir a cualquiera que la mirara y agachó la cabeza con respeto.
—Este servidor del Dios Principal saluda a Bahramut.
[Qué tipo tan valiente. Te atreves a decir mi nombre así nomás. Acércate. Yo mismo me encargaré de derretir esa boquita tan mona que tienes.]
El dios hablaba burlón, apoyando la mandíbula en su mano izquierda. A pesar de ese tono tan ligero, Minuel tuvo que aguantarse las ganas de vomitar. Sintió un vuelco en el estómago y un mareo repentino, como si alguien le hubiera metido una patada en la boca del estómago.
Se presionó con fuerza el plexo solar, que le ardía, empezó a recitar una oración. El poder de su dios, que afuera le habría dado fuerzas y claridad, aquí, en el santuario del mal, apenas si podía manifestarse.
Minuel se encogió un poco pero se mantuvo firme, sin dar su brazo a torcer. El dios hizo un gesto con los labios, como sorprendido.
[Este tiene aguante. El que vino la vez pasada terminó con la cara hundida en su propio vómito]
—…….
[Fue todo un espectáculo verlo revolcarse en su asco y chillar como un cerdo]
El dios sonrió de par en par recordando el momento. ¿Habrá sido Obispo Aldre? ‘Que Dios lo tenga en su gloria’, pensó Minuel mientras juntaba las manos y trataba de calmar su respiración. Tuvo que armarse de un montón de valor para entrar al grano.
—Ha llegado un oráculo.
[¿Un oráculo?]
—Sí.
[Habla, pues. Te escucho]
Minuel se acomodó, se puso serio y se llevó la mano al pecho con devoción. El rosario de madera le hincaba la palma de la mano con fuerza.
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