Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 53
Por más que le digan ‘Dios Maligno’, un dios es un dios. Estará amarrado a su templo, pero eso también significa que, dentro de esas paredes, el tipo es todopoderoso.
Además, su señor era prácticamente el hermano de sangre de Araxsos, el Dios Principal. Por más que Araxsos lo hubiera desterrado con sus propias manos, no iba a permitir que unos simples humanos de cuarta amenazaran la divinidad de su hermano. Al final, los únicos que terminaban perdiendo eran los humanos, que derramaban su sangre por las puras. Bien tontos, la verdad.
Pero eso no significaba que su señor saliera ileso. Cada vez que pasaba algo así, su energía se volvía más turbia y su alma pesaba más por tanta sangre derramada. El problema es que su señor prefería mil veces la destrucción total antes que aguantarse una humillación.
Como Gillian ya se conocía ese cuento de memoria, trató de calmarlo por las buenas.
—Igual, andar buscando bronca no es bueno. ¿Qué pasa si por ahí terminan lastimando a la señorita Lariette?
—…….
—Usted sabe mejor que nadie lo frágiles que son los humanos.
Apenas escuchó el nombre de su ‘ofrenda’, su señor por fin cerró el pico. En sus ojos grises se vio una mezcla de sentimientos bien brava.
—Solo tiene que aguantarse un poquito más. Ya solo quedan seis meses, ¿no?
—…… Tienes razón.
Arden por fin dejó de fruncir el ceño.
—No voy a malograr todo ahora que falta tan poco. Aparte, Lili se va a asustar… Ella es bien miedosa para estas cosas.
—Exacto. Si ve sangre, le va a dar un choque terrible.
—Pero… ¿una piernita no más? ¿No le puedo romper una pierna?
—¡Por favor, aguántese! Si les hace algo, no sabe de qué se van a agarrar para hacernos la vida cuadritos.
—¿Y yo tengo que andar cuidándome de lo que piensen esos miserables?
—Le estoy pidiendo que tenga un poquito de misericordia, pues.
Al escuchar eso, Arden soltó una carcajada burlona. ¿Misericordia? Pedirle eso al Dios Maligno era más chistoso que pedirle paz al dios de la guerra.
—Ya, haz lo que quieras. Pero eso sí: que ni se le ocurra acercarse a Lili.
—Descuide. Le diré que no salga de su cuarto mientras el obispo esté aquí.
—Bótalo rápido, que me da asco. Y no te pongas a conversar con él por las puras.
Después de lanzar esa última advertencia, Arden desapareció entre las sombras como si se lo hubiera tragado la tierra. Apenas su señor se fue, Gillian por fin pudo respirar tranquilo y esa furia que se sentía en el aire se esfumó.
—Qué cargoso se ha puesto todo esto…….
Ya se imaginaba los berrinches que iba a hacer el obispo.
Arzobispo Gillian se dio unas palmaditas en la espalda —que ni le dolía, pero por maña— y soltó un suspiro largo. La paloma torcaz bajó de su percha y empezó a arrullar, pidiendo más comida.
—Sí, pues… tú estás mejor que yo.
Le acarició la cabecita a la paloma y le dio un puñado de granos. El ave empezó a picotear feliz de la vida. Era su última cena en este mundo.
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El bosque estaba tan tupido de piceas que el cielo se veía más chico que la palma de una mano, las ramas, que no dejaban de sacudirse, mandaban un viento helado que te calaba los huesos.
Minuel se quedó mirando ese cielo gris, que parecía todo hecho jirones por las copas puntiagudas de los árboles, murmuró bajito:
—Este bosque no deja de ser un lugar de mala muerte.
El conductor de la carroza, que alcanzó a oír algo, volteó a verlo.
—¿Ah? ¿Dijo algo, monseñor?
—Nada importante.
Minuel sacudió la cabeza con elegancia y dio un paso atrás. El hombre, medio cortado, se rascó la barba y regresó con sus compañeros.
El sacerdote de la parroquia local, queriendo quedar bien, le había mandado un montón de gente para ayudarlo; demasiada, para su gusto. Minuel se quedó mirando a los peones que sufrían cargando las cercas de madera y luego desvió la mirada.
Ya habían pasado tres años, ¿no?
Desde la última vez que pisó este bosque tan lúgubre y pesado.
Cuando recién lo nombraron obispo, le dieron la orden de venir a chequear el sello del Dios Maligno. En ese entonces vino con un monje ya mayor; era como una especie de ‘derecho de piso’ o ritual de iniciación para los obispos nuevos.
Y la verdad, el bosque seguía igualito: ni un solo cambio.
Ese aire pegajoso y pesado que te envuelve, esa sensación de que algo maligno te camina por los pies, esa tierra siempre húmeda, como si estuviera podrida. Por donde miraras, había pruebas de que este lugar estaba lleno de pecado. Pero lo que más le reventaba y le daba asco eran esos sollozos que le susurraban al oído.
Eran un montón de voces mezcladas que, al mismo tiempo que le suplicaban que los salvara, le lanzaban maldiciones pidiéndole que se muriera de una vez.
Minuel cerró los ojos con fuerza y empezó a rezar en voz baja. No es que sirviera de mucho, pero al menos los susurros que le raspaban los oídos bajaron un poco de volumen.
—¡Ya terminamos, obispo Minuel!
—…… Ajá.
Al escuchar el grito del peón, abrió los ojos y caminó hacia la entrada. Esa cerca de madera, adornada con tripas de animales colgando, era un espectáculo asqueroso.
—Ya pueden retirarse. Yo veré cómo regreso por mi cuenta.
—¡Ni hablar, monseñor! ¿Cómo lo vamos a dejar solo? Vamos a esperar aquí hasta que termine su labor.
—…… Como quieran.
El peón soltó una sonrisa de oreja a oreja y no dejaba de hacerle venias. Al igual que el sacerdote local, este tipo era un sobón de primera. Minuel chasqueó la lengua y pasó por su lado.
Pero el hombre no se quedó tranquilo y se le pegó como chicle, como si tuviera toda la intención de entrar con él al templo. Minuel, que ya no podía seguir ignorándolo, levantó una ceja y lo miró de arriba abajo con desprecio.
—¿Qué pasa? ¿Tienes algún asunto pendiente en el templo?
—¡Ay, no, qué ocurrencia! Lo que pasa es que… bueno, usted es una autoridad, ¿no? Nos dijeron que viene del mismísimo Vaticano…
El tipo se frotaba las manos con fuerza, haciendo ruido, no terminaba de soltar la lengua. Minuel, con cara de pocos amigos, buscó en su túnica y sacó una moneda de plata. El hombre, asustado, agitó las manos.
—No, no, monseñor, no es por la plata. ¡Cómo le voy a cobrar a usted! Ni hablar. Lo que pasa es que hace poco nació mi último hijo, el pequeñito… y quería ver si, por si acaso, usted podría darle su bendición.
El sujeto estrujaba su gorra vieja y gastada mientras ponía una sonrisa de súplica. Normalmente, a los recién nacidos los llevan al templo para que el cura les dé la bendición; así que, si se trataba de un alto mando de la iglesia y no de cualquier cura, ¿qué padre no iba a querer eso para su hijo?
Detrás del hombre, los otros peones también lo miraban con ojos de perrito a medio morir. Estando tan cerca del templo del Dios Maligno, seguro sentían que necesitaban la bendición divina más que nadie.
‘Qué chistosa es esta gente’, pensó Minuel, soltando una risotada burlona por dentro.
‘Descendientes de pecadores infames’
Si la maldad había vuelto a pisar esta tierra, era porque los antepasados de esa gente la adoraron. En vez de pedir salvación, deberían estar avergonzados, dedicando cada segundo de su vida a pedir perdón; pero no, lo primero que hacen es estirar la mano.
Minuel, con la cara más fría que un hielo, les hizo un gesto de ‘arranca’ con la mano.
—Lo siento, pero estoy a full con los asuntos sagrados. No tengo tiempo. Les repito: no me esperen, lárguense de una vez.
—Ah…
Dejando atrás el lamento de los peones, entró al templo. El patio estaba hecho un desastre, lleno de maleza y matorrales que nadie había tocado en años. Dicen que hace siglos los fieles de este lugar eran tantos que parecían un país entero, pero ahora lo único que quedaba eran los cimientos podridos y desgastados.
—Te has dado un gran trabajazo viniendo hasta aquí.
—Tanto tiempo, Arzobispo.
Al cruzar los matorrales y llegar frente al templo, un cura viejo con un inciensario en la mano lo estaba esperando. Su cara arrugada, envuelta en ese humo suave, estaba igualita que hace tres años; ni una arruga más, ni una menos.
—Te vi una vez hace tiempo. Minuel, ¿no? Parece que has crecido un poco.
—Un poco. Usted, en cambio, está igualito, Arzobispo. Tal cual lo recordaba.
—¿Y qué tanto puede cambiar un viejo en un par de años? Sigo siendo el mismo.
Gillian soltó una sonrisita jalando las comisuras de sus labios caídos. Minuel se quedó mirando al anciano, que parecía haber salido caminando de un cuadro pintado hace sesenta años.
Según los chismes, el obispo del Dios Maligno no había cambiado en siglos. Minuel se preguntó qué se sentiría vivir tanto tiempo. ¿Será aburrido? ¿Será una pesadez? Para alguien así, un humano que no llega ni a los cien años debe parecerle un bicho insignificante.
Al viejo se le movió un poquito el párpado izquierdo por un tic. Gillian cambió el inciensario de mano y se dio media vuelta.
—Ya sabes que a mi señor no le hace ni pizca de gracia que vengan. Y como han venido de la nada, sin avisar y fuera de la fecha de siempre, está que echa chispas.
—Pero si nunca está de buen humor, ¿no?
—Y cómo no, pues. Si vinieran a mi casa los seguidores del tipo que me cortó la cabeza y me sacó el corazón, yo también estaría asado.
—Es el resultado de los pecados que cometió su Dios. Tiene que aguantar nomás, es lo que le toca.
—Ay, Dios mío… Ustedes no cambian por nada del mundo. Y eso que ha corrido tanta sangre.
Gillian suspiró y sacudió la cabeza. Minuel se quedó callado un toque y luego bajó la cabeza.
—Disculpe. Me pasé de la raya. Perdone mi falta de respeto.
—Ya, no importa. Pero eso sí: frente a él, pórtate bien. No creo que quieras hacerlo enojar de verdad. Me imagino que querrás regresar a tu casa completito, ¿no? Con tus cuatro extremidades en su sitio.
—…… Por supuesto.
Minuel contestó medio lento. Gillian lo miró de reojo.
Incluso en esa sala oscura, la belleza del joven brillaba con luz propia. Gillian pensó lo mismo que la primera vez: ese tipo tenía una facha que no cuadraba para nada con la de un cura.
Era de esos hombres tan guapos que, si los ves una vez, no te olvidas de su cara ni en veinte años. Hasta Gillian, que ya estaba acostumbrado a ver la belleza de su propio señor, no podía evitar sorprenderse.
Que un cura, que supuestamente debe ser puro y casto, tenga una cara tan seductora y provocadora… para alguien en su posición, eso era casi como una maldición.
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