Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 52
Arzobispo Gillian se sobó el pecho por el susto y soltó el aire con pura indignación.
—¿Pero qué está haciendo? No aparezca así sin avisar, que por poco se me sale el corazón.
—No tienes, pues. El corazón.
—¡Es un decir, una metáfora!
—¿Y por qué te asustas tanto? Si ya deberías estar acostumbrado.
—Usted no se dará cuenta, mi señor, pero cualquier persona normal siente que el corazón le falla apenas lo ve.
—¿Por ser tan hermoso?
El arzobispo se quedó mudo. No era solo que el chiste no tuviera ni pizca de gracia, sino que su señor era un descarado de marca mayor.
—Ya, bueno, digamos que es por eso. ¿Y la señorita Lariette?
—Sigue durmiendo.
El hombre contestó como si nada, salió de las sombras y se acercó a la ventana donde daba el sol.
Ahí, empezó a mover la cabeza de un lado a otro, como si se estuviera lavando la cara con la luz. Su cabello rubio brillaba como hilos de oro puro y sus pestañas tupidas vibraban con una delicadeza increíble.
Tenía una cara noble y hermosa, digna de un ángel caído del cielo, pero mientras más lo mirabas, más se te ponía la piel de gallina y sentías un vacío helado en la boca del estómago. Y si por desgracia cruzabas miradas con él, sentías ese escalofrío en el pecho, como si te hubieras topado con una fiera en medio de un bosque oscuro.
‘Y pensar que esa chica hasta le sonríe…’
Lariette parecía calladita y tímida, pero resultó ser más valiente de lo que cualquiera hubiera pensado. Él, en cambio, no solo no quería sonreírle, sino que ni siquiera quería mirarlo a los ojos. Gillian se estremeció y miró para todos lados, preocupado.
—Oiga, ¿está bien que me hable con esa facha? ¿Qué pasa si la señorita Lariette lo ve?
—No se va a despertar. La he dejado bien dormidita.
Arden soltó una sonrisa lánguida y se apoyó en el marco de la ventana. Al arzobispo le dio más pena la pobre chica. ¿Cuánto le habrá dado mala vida esta vez? Suspiró y sacudió la cabeza.
—Usted sabe bien, mi señor, lo frágiles y delicados que son los humanos. Ella recién acaba de cumplir la mayoría de edad. Tenga un poquito más de consideración, pues.
—Ya lo sé. ¿Cuántas veces me vas a decir lo mismo? Por eso mismo me estoy aguantando las ganas con todo mi esfuerzo.
—¿Perdón? ¿Aguantándose?
¿Pero qué cosa se estaba aguantando? ¿En qué parte?
Si se la pasaba dándole vueltas día y noche sin dejarla tranquila ni un segundo. Cuando ella llegó al templo, aunque estaba muerta de miedo, tenía buen semblante; pero últimamente está toda marchita, sin fuerzas, parece que ni siquiera está comiendo bien. Y eso que él se esmeraba un montón preparándole la comida.
Gillian cerró la boca con una cara de pocos amigos, Arden, como si quisiera espantar esa mirada insolente, agitó la mano y se le acercó. Por más que ese cuerpo fuera solo un envase y no su forma real, mientras más cerca estaba, más le faltaba el aire y más le pesaban los hombros al arzobispo.
Él aguantaba solo porque era el servidor del dios; si fuera un tipo cualquiera, ya estaría botando espuma por la boca y desmayado en el piso.
Esparciendo una energía pesada, Arden lo agarró por el hombro.
—Tráeme veinte cabras monteses.
—¿Qué?
—Tengo tanta hambre que no puedo más. Me muero de hambre…….
Sus ojos grises y vacíos brillaron con una sed y un hambre que daban miedo. Con el entrecejo fruncido y agarrándose la barriga, parecía que si lo dejaban solo un rato más, era capaz de tragarse hasta a su preciada ofrenda.
Frente a ese tipo que parecía un león hambriento, su servidor soltó un suspiro y empezó a quejarse:
—Por eso pues, ¿no le dije que se controle? Eso le pasa por gastar tanta energía.
—Eso no tiene nada que ver.
—¿Usted tiene idea de lo caro que están las cabras? ¿De dónde cree que voy a sacar veinte así de fácil? Con las justas puedo mantener la huertita.
—¿Y a mí qué me importa lo que cuesten esos bichos? Tienes un montón de cosas que brillan ahí guardadas. Véndelas.
—Vender cosas robadas de origen dudoso es bien tranca, mi señor. No me compran cualquier cosa solo porque tenga diamantes pegados.
—Hay un loco que te compra los libros que copias a mano. Véndele a él.
—Eso es porque hay una demanda específica para……. Olvídelo. Mejor ni hablo.
Arzobispo Gillian tiró la toalla. Era imposible convencer a un señor que no valoraba su esfuerzo y que, mucho menos, entendía cómo funciona la economía de los humanos.
Arden, sin prestarle la más mínima atención, se quedó mirando fijamente a la paloma que se limpiaba las plumas en la ventana. Sus labios rojos, como manchados de sangre, parecieron oscurecerse aún más.
Gillian, asustado, se puso delante del ave para taparla.
—¡Ni se le ocurra! Ese bicho está conectado a mi alma. No se lo puede comer.
—Ya lo sé. Se ve que sabe horrible. No me lo comería ni aunque me lo regales.
Arden contestó con total desinterés y luego clavó su mirada en los ojos del arzobispo.
Esta vez, por otra razón muy distinta, se me puso la piel de gallina. El hombre, con las mejillas tiñéndose de un rosa tímido, bajó la mirada con delicadeza. Sus ojos, a medio cerrar, se veían nublados y brillantes, como si tuviera fiebre.
—Y ya que vas a comprar, tráete también un par de vestidos para mujer. Ese hábito de monja es demasiado aburrido. Ni siquiera es bonito.
—…….
—Como ya estamos en invierno, que sean de tela gruesa, con forro. Y compra más leña también. Lili tiene frío. Parece que es de esas personas que no aguantan las bajas temperaturas.
Su señor no paraba de parlotear con una cara radiante, igualito a un joven humano enamorado. Mientras más lo escuchaba, más se le revolvía el estómago a Gillian y más le temblaban las manos. ¿Para esto he vivido tantos siglos? ¿Para ver este espectáculo?
—¿Qué más le puede gustar a una mujer? ¿Joyas, adornos, flores?
—…….
—Gillian, ¿no sabes?
—¿Perdón?
—Tuviste esposa, ¿no? ¿Y no tenías una hija también?
Gillian se quedó mudo. ¿De verdad su señor pensaba que eso era reciente? Había pasado tanto tiempo que ya ni se acordaba.
—¿Usted no sabe lo que es la moda? En menos de cien años cambia un montón de veces, ¿cómo voy a saber yo qué se usa ahora?
—Y eso que siempre te las das de que lo sabes todo.
El arzobispo no podía creerlo. Era él quien debería estar indignado, pero su señor lo miraba con la boca abierta, como si el desubicado fuera otro. No servía de nada que se pusiera un cuerpo humano si seguía siendo tan indiferente a cómo funciona la gente de verdad.
—No sé. Trae cualquier cosa. Pero que sea algo que la haga sonreír apenas lo vea.
—Mi señor, las mujeres no son tan simples. Lo que le gusta a la señorita Lariette tiene que descubrirlo usted mismo. A eso se le llama tener un detalle. Es parte de ser considerado.
—¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? ¿Tienes idea de lo cerrada que es Lili? Por más que le pregunto, no me dice nada. Solo me pide cosas que no sirven para nada. Que me quede a su lado, que le cante una canción…
—…… ¿Una canción?
—Sí. ¿No es una atrevida?
Bueno, en eso sí tenía razón: era una atrevida total.
Pedirle al dios del desastre y la peste que le cantara una canción… no debían existir ni dos personas tan valientes en todo el continente.
Arden se tocó los labios y soltó una risita burlona.
—Eso es lo que me parece tierno de ella. No puede ocultar su ambición, pero aun así me miente hasta el final.
—…….
—En el fondo ni siquiera desea esas cosas. Pero cuando la veo ahí, con los ojos llorosos…
Gillian veía al hombre suspirar como si estuviera loco de amor y volvió a sentir ese arrepentimiento amargo. ¿En qué lío me he metido…?
Antes de que su señor siguiera con sus disparates, se apuró en cambiar de tema.
—Hablaré con el intermediario de los víveres para que me consiga cosas para la señorita Lariette. Pero dejando eso de lado, mi señor… dice que viene en camino un servidor de Araxsos.
—…… ¿Qué?
Apenas escuchó el nombre del Dios Principal, esa cara radiante se transformó en una mueca de asco. El Dios Maligno se enderezó, despegándose de la ventana y estirando sus largas piernas. Sus ojos grises empezaron a arder de pura rabia.
—¿Y qué quiere ese miserable ahora?
Esa voz que hace un rato sonaba floja se volvió afilada como una cuchilla y fría como el hielo.
El dolor de su señor era el suyo.
Y la furia de su señor, también era la suya.
Su cuerpo, a pesar de estar casi muerto, empezó a temblar de pura rabia. Sentía el estómago como si le hubieran metido una antorcha encendida; le quemaba y le hincaba. Y cómo no, si se acababa de enterar de que venía el sirviente de aquel que le cortó la cabeza y le arrancó el corazón a su señor. A cualquiera se le revolverían las tripas de solo pensarlo.
Gillian bajó la cabeza con respeto y juntó las manos como quien hace una oración.
—Dicen que ha bajado un oráculo.
—¿Un oráculo?
—Sí. Parece que es algo relacionado con usted, mi señor. Como hay varias versiones y no se ponen de acuerdo, parece que vienen para dejar las cosas en claro.
—Qué risa me dan. Me tiran a un pozo de lodo y encima se ponen a hablar sandeces. Qué atrevidos…….
Mientras más hablaba su señor lleno de furia, a Gillian se le ponían los pelos de punta y sentía que la sangre se le subía a la cabeza. Ese joven rubio y hermoso empezó a proyectar una sombra pesada y oscura; una oscuridad tan espesa que parecía tragarse toda la luz de la habitación.
—¿Y si lo mato?…….
Esos labios rojos se movieron apenas, como un susurro al viento. Gillian soltó un suspiro bajito. El hombre lo miró, regalándole una sonrisa que parecía sacada de un cuadro.
—¿Qué te parece, Gillian? ¿No crees que hace falta darles un escarmiento? Siento que he sido demasiado bueno con ellos por mucho tiempo. ¿Cuándo fue la última vez? ¿Hace cien años, no?
—No han pasado ni ochenta, mi señor. Por favor, aguántese un poquito. Si lo hace, esos perros de Araxsos van a venir corriendo con ganas de quemar el templo.
—Que lo intenten. ¿Crees que van a salir vivos después de atreverse a poner un pie en mi santuario? Esos humanos miserables no saben cuál es su sitio.
Gillian se tragó un quejido. Ya antes, un par de veces, los seguidores de Araxsos se habían creído los valientes intentando ‘purificar’ al Dios Maligno. ¿Cómo un simple humano iba a pretender eliminar a un dios?
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