Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 51
Ella soltó un suspiro y se aferró a la espalda de Arden, dándole un abrazo.
Al quedarse callada y prestar atención, pudo escuchar el latido pausado de su corazón. Un pecho cálido y firme. No había duda: era un cuerpo vivo. Muy distinto al abrazo del dios, que por más que lo apretaras, siempre te dejaba una sensación de vacío.
Lilliet, con la mirada gacha y escuchando esos latidos por un buen rato, habló lentamente.
—Arden.
—Dime.
—¿Hay algún paisaje que extrañes?
—…… No lo sé.
Parece que no era la pregunta que él esperaba, porque en su voz se notaba clarito el chasco. Pero ella no le hizo caso y siguió firme con lo suyo.
—Me refiero a un lugar donde, si cierras los ojos, todavía puedes escuchar el sonido del viento.
—…….
—¿No tienes uno?
—…… Ah.
Él se quedó callado un largo rato, cargando un silencio pesado, hasta que por fin soltó un susurro. Fue como un suspiro entrecortado.
—…… Si vas un poco más hacia el norte, hay un bosque de abedules.
—Ajá.
—Si te paras ahí y miras hacia arriba, los árboles son tan tupidos que no dejan ver el cielo. Es difícil caminar sin chocarte hombro con hombro con el que va a tu lado. Cuando caminas por ese bosque, se escucha algo así como un silbido… Como si el viento se estuviera desgarrando.
Su voz, mientras recordaba el pasado a trompicones, se fue quebrando y apagando. Lilliet cerró los ojos con fuerza. Era como si pudiera ver frente a ella ese bosque de abedules que él describía.
Árboles de corteza blanca con las ramas temblando por la brisa, todos apretaditos, un viajero caminando solo entre ellos, encogiendo los hombros. Solo, sin dejar ni rastro de sus huellas.
—Era un bosque donde solo había abedules, era difícil encontrar otro tipo de árbol o alguna flor. Pero había un solo lugar. Si entrabas bien al fondo, alrededor de un pequeño estanque, las flores crecían formando un círculo. Eran blancas y chiquititas. El nombre…… no me acuerdo. No sé si se me olvidó o si nunca lo supe.
—¿Eran bonitas?
—Sí, un montón.
—¿Y por qué te acordaste de ese paisaje?
—…… Debe ser porque lo extraño.
En ese momento, ella quiso levantar la cabeza para mirarle la cara, porque sintió que a él le tembló un poquito la voz al terminar de hablar. Pero, por alguna razón, le dio miedo comprobarlo, así que prefirió abrazarlo más fuerte por la cintura.
—Después.
—Dime.
—Vamos juntos, de todas maneras.
—…….
—Para que lo vuelvas a ver.
—…… Ya, está bien.
Él murmuró esas palabras tan suaves como una brisa que pasa. ‘Ojalá se pueda’, parecía decir, como si fuera un paisaje que nunca más volvería a ver.
Su pecho seguía estando calientito, pero ella sintió que olía a un invierno frío, como si él hubiera estado revolcándose en la nieve. Al hundir la nariz en él y tomar aire, Arden soltó una risita.
—¿Ya se te pasó el enojo?
—…… No he estado enojada.
—Entonces, ¿estabas resentida?
—Tampoco.
—Ay, mi Lili, qué buena eres para mentir.
Lo dijo como vacilándola y empezó a llenarle la cara de besos. Aunque ella suspiraba y trataba de alejarlo, él solo la apretaba más fuerte. Sin poder soltarse ni escapar, no le quedó otra que aguantar esa lluvia de besos que le caía encima.
Ni ella misma sabía qué la asfixiaba más: si esos brazos que la apretaban como si quisieran romperla, o esa voz que no dejaba de repetir su nombre una y otra vez.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Un copo de nieve bajó bailando suavemente del cielo y se posó con delicadeza sobre el puente de su nariz. Sintió ese toquecito frío. El arzobispo Gillian, que estaba parado en el balcón del segundo piso revisando las perchas de las aves, estiró la mano hacia afuera. El cristal de nieve aterrizó en su palma, áspera como la corteza de un árbol; mantuvo su forma por un instante y luego se volvió una gotita de agua.
—Ya llegó el invierno…….
Todavía era un poco temprano para que nevara, pero parece que este año el frío se había adelantado un paso. Arzobispo Gillian se frotó los dedos, que ya le empezaban a hincar, soltó un suspiro que se volvió vapor.
Hacía tiempo que había perdido sus sentidos humanos, pero los años no pasan en vano; cada vez que soplaba el viento helado, sentía como si las articulaciones le crujieran y le dolieran. Aunque ya no podía sentir dolor de verdad, por pura maña se sobaba los hombros y se daba palmaditas en la cintura.
No tenía necesidad de comer, pero igual en verano sembraba sandías y melones, en invierno cortaba leña y prendía la chimenea. Por las noches se echaba en su cama sin falta y empezaba a moverse apenas salía el sol.
Para él era importante mantener una rutina normal, como cualquier otra persona. Sentía que, si no lo hacía, perdería lo poco que le quedaba de humanidad en un abrir y cerrar de ojos.
Hubo una época en la que él también pasaba los inviernos largos sentado alrededor del fogón con su familia, conversando bajito y tranquilos. Pero de eso ya había pasado una eternidad.
Sin darse cuenta, Gillian se tocó el contorno del ojo izquierdo. El ojo que una vez le arrancaron ya había recuperado su forma, pero a veces sentía la visión nublada o una presión incómoda dentro del globo ocular.
—Uf…….
Hacía muchísimo tiempo, él llegó al templo del Dios Maligno arrastrando las tripas. Había perdido la guerra de la forma más miserable: sus hijos pequeños, su amada esposa, sus hermanos tan unidos, sus soldados que confiaban en él…
Lo había perdido todo.
A sus seres queridos los quemaron vivos, los descuartizaron, los ahogaron. Hubiera sido mejor que lo mataran a él también, pero lo dejaron vivo hasta el final solo para que viera todas esas muertes.
Quería venganza. Aunque tuviera que dar la vida entera.
—Dime, ¿qué es lo que quieres?
—…… Dame… poder.
Poder para vengarme. Gritó que entregaría todo con tal de obtenerlo, mientras lloraba, se arrancó el ojo que tenía una flecha clavada y lo ofreció. El dios, que se balanceaba como una neblina negra, soltó una carcajada de oreja a oreja.
—Estás de suerte. Porque me encontraste a mí.
Esa risa negra, que parecía juntar toda la malicia del mundo, lo envolvió por completo. Él le entregó su alma y su cuerpo al Dios Maligno a cambio del poder para cobrar su venganza.
Apenas obtuvo ese poder, hizo que sus enemigos pagaran con la misma cantidad de sangre. Los bosques y montañas gritaban de dolor y, en vez de agua, por la tierra corría pura sangre. Solo después de estar empapado en sangre ajena y con las manos llenas de tripas de quién sabe quién, se dio cuenta de la elección tan terrible que había tomado.
Ahora, después de que su odiado enemigo murió, de que murieron también todos sus hijos y descendientes; después de que murieron incluso los hijos de los hijos de quienes lo conocieron, hasta el nombre de su patria quedó en el olvido…
Él seguía vivo. Con este aspecto tan horrible. Sin estar vivo ni muerto.
A estas alturas, aunque muriera, a no podría volver con su familia. Ellos fueron llamados al cielo; a diferencia de él, que estaba amarrado para siempre al Dios Maligno.
Arzobispo Gillian soltó una sonrisa amarga.
—¡Cuac, cuac!
En ese momento, el dueño de la percha vacía regresó. Era una paloma torcaz común y corriente, luciendo sus plumas de cinco colores mientras se agarraba de la madera. Las plumas de la cola y las alas estaban perfectas, pero a la mitad de la cabeza le colgaba un ojo y se le chorreaba el seso. ‘Qué manía de regresar siempre con un aspecto tan feo’, pensó.
La paloma empezó a dar saltitos, apurándolo para que le diera de comer.
—Buen trabajo.
Él sacó un pequeño pergamino enrollado que el ave traía en la pata y le tiró unos granos de trigo. La paloma abrió bien el pico y se los comió con gusto.
Derritió el sello de cera del pergamino con la llama de una vela y sacó su lupa. Se frotó los ojos cansados y empezó a leer el mensaje con dificultad.
—…… ¿Ya tan pronto?
Arzobispo Gillian arrugó el entrecejo con fuerza y volvió a leer. Eran apenas unas cuantas líneas, así que era imposible que se hubiera equivocado, pero igual las repasó una y otra vez, casi tanteando las palabras.
Se sobó la frente arrugada mientras cerraba un poco los ojos.
Una vez al mes, o a lo mucho dos, se comunicaba con el exterior. Lo hacía a través de un intermediario para conseguir lo que le faltaba y, de paso, para tener una idea de cómo iba la situación política y los cambios en el mundo allá afuera.
Y, por supuesto, eso también incluía estar al tanto de los movimientos de la Orden.
Esa gente de la Orden, que supuestamente sirven al Dios Principal, se la pasaban tildando a su señor de ‘Dios Maligno’ y persiguiendo a sus fieles, pero no perdían la oportunidad de meterse en todo y buscarle la sinrazón por cualquier cosita.
Normalmente, tanto su señor como él se mataban de risa y los ignoraban, pero parece que esta vez la cosa no se podía pasar por alto.
Gillian chasqueó la lengua mientras le acariciaba el lomo a la paloma. El ave, que tenía la piel de la cara toda pelada, soltó un arrullo alegre, como si le gustara el cariño.
¿Señorita Lariette seguirá durmiendo? Últimamente la he visto bien agotada.
De seguro ese señor debe estar ahí, pegado a ella como chicle, dándole mala vida a la pobre mujer que ya de por sí está cansada. No necesitaba ni verlo para saber que era así. Con tantos años que tiene encima, a debería haber aprendido a tener un poquito de paciencia, ¿no?
Justo cuando estaba rajando de su señor mentalmente y empezaba a caminar…
—¡……Ay, Dios!
Volteó la cabeza sin pensar y casi se le sale el corazón por la boca; se lo tuvo que agarrar con fuerza. Por un pelito y se saca la mugre cayéndose del balcón de forma vergonzosa. No es que se fuera a morir, pero lo poco que le quedaba de dignidad sí que habría sufrido un golpe mortal.
En el pasillo, donde la sombra se quedaba estancada porque no llegaba el sol, vio a un hombre parado firme entre las estatuas. Al verlo, sintió que su corazón —ese que se había detenido hace siglos— empezaba a latirle en las costillas como si quisiera escaparse.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com