Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 50
Debería tener algo de conciencia. Ah, verdad, él nunca tuvo de eso.
—¿No necesitas nada más?
—No…
—¿Quieres que te haga masajes?
—…… Ya te dije que no.
—Si te amaso un poco te vas a sentir mejor. ¿Qué dices? Lo haré suavecito.
—…….
—No me ignores, Lili.
Me metí bajo la colcha escapando de su insistencia. Al verlo así de afanado y ansioso, recién me sentí un poco satisfecha. Por un momento me preocupé por estar portándome muy pesada, pero si recordaba todas sus salvajadas de antes, este berrinche mío no era nada.
Él, que se había quedado jugueteando con la sábana sin saber qué hacer, me llamó bajito. Usó ese nombre con el que me es imposible no reaccionar.
—Lariette.
—…….
—Levántate un ratito, ¿sí?
—…… Arden.
—¿Qué pasó?
Me levanté de golpe para clavarle la mirada, pero él solo sonrió de oreja a oreja como si no entendiera el problema. Esa cara de ángel nunca me había parecido tan odiosa como hoy.
Levanté el puño y le di un golpe en el pecho. Aunque fue un puñetazo sin fuerza, como de peluche, Arden exageró haciendo ruidos de dolor como si lo hubiera matado. Ay, de veras, este tipo…
—Te odio. Te odio de verdad.
—Sí, lo sé.
—¿Y si lo sabes, por qué eres así?
—Es que aunque me odies, no puedes botarme.
—¿Verdad?
soltó una risa sobrada y me tomó la mano para besarme el dorso. Desde el punto donde me tocaron sus labios, sentí un escalofrío ligero que me recorrió el cuerpo.
Me quedé mirándolo fijo y, en cuanto puse la mano sobre su pecho para empujarlo, él me la chapó y la puso alrededor de su nuca. Luego me jaló de la cintura y hundió sus labios en mi cuello.
—¡Ah!, no hagas eso…
—Ya, no lo haré.
—Mentiroso, me estás tocando.
—Te estoy dando masajes, te digo.
—…… ¿En el pecho?
—Es que pensé que ahí también estabas contracturada.
Ante esa respuesta tan sinvergüenza, me quedé sin palabras.
Arden se rió y se echó a mi lado a lo largo. Entonces, con sus manos grandazas, empezó a masajearme con cuidado los brazos, las piernas, los hombros y la cintura.
Pensé que nunca en su vida habría hecho algo tan sencillo como eso, pero para mi sorpresa, era bastante hábil. Cuando empezó a presionar los puntos donde me dolía con la fuerza justa, se me salió un suspiro de relajo sin querer. Más que nada, me gustaba ese calorcito rico que salía de sus manos.
—Mmm…
—¿Se siente bien, Lili?
—Sí…
—Eso es, suelta el cuerpo. Apóyate más en mí.
Me masajeó hasta la punta de los dedos, que estaban helados, mientras me llenaba la cara de besos. Esa lluvia de besos ya se me había hecho tan costumbre que me daba flojera hasta apartarlo.
—Qué linda eres.
—…….
O bueno, quizás en el fondo no quería apartarlo.
Me arrulló en sus brazos mientras me acariciaba el cuerpo pausadamente. Cuando sentí su respiración en mi oreja, encogí los hombros; Arden soltó una risita y me pegó más a él por la cintura.
Su mano, que antes me masajeaba la nuca, ya había bajado por el brazo, el muslo, el ombligo, la entrepierna y hasta las axilas. Se estaba metiendo en zonas cada vez más íntimas.
Me removí incómoda un par de veces, pero en cuanto sentí que su parte baja, ya bien despierta, empezaba a rozarme el trasero, no aguanté más y lo empujé.
—…… Arden.
—Perdón. Es que hueles tan rico, Lili… se me pasó la mano.
Arden, con una cara de que no sentía ni un poquito de culpa, se disculpó por cumplir y soltó un suspiro húmedo sobre mi cuello. Cuando lamió mi piel lentamente, se me puso la piel de gallina por todo el cuerpo, a pesar de que no tenía ni fuerzas. De verdad, este hombre…
Al final, Lilliet no tuvo otra que salir de ese abrazo tan cómodo y quedarse mirándolo fijo. Arden, apoyando la cara en una mano, le guiñó un ojo todo provocador.
—¿Qué pasa? ¿Me vas a dar un beso?
—…… Qué sinvergüenza eres.
—¿O prefieres que te lo dé yo?
Mejor ni le respondía.
Lilliet decidió vengarse a su manera. Se pegó a su pecho y hundió la frente en ese torso firme. Lo abrazó tan fuerte que no pasaba ni un hilito de aire; Arden soltó un quejido bajito.
—Así no puedo besarte. Levanta la cabecita, ¿sí?
—No quiero.
—¿Puedo tocarte el trasero, entonces?
—No. Ni se te ocurra.
—Qué mala eres. Ay, no presiones ahí, Lili.
Sin que ella hiciera nada, Arden ya se estaba quejando de que no lo provocara. Ella ignoró sus reclamos, que sonaban más a capricho que a otra cosa, se pegó aún más a él.
Entonces Arden soltó un lamento como si estuviera sufriendo. Aunque ella sabía que era puro teatro, le dio gusto escucharlo así. ‘Parece que yo también tengo mi lado medio retorcido’, pensó.
—¿Tienes frío? ¿Por qué tiemblas tanto?
Mientras ella escuchaba los latidos de su corazón en ese pecho calientito, él le daba palmaditas en la espalda mientras chasqueaba la lengua. Lilliet murmuró bajito:
—…… Tengo mucho frío.
—¿Ah, sí? Pero si el clima está fresco nomás. ¿Quieres que traiga leña?
—Sí.
—Pero tienes que soltarme para que vaya. Si me abrazas más fuerte, ¿cómo voy a ir? ¿Ya no tienes frío?
—No. Sí tengo.
—Ya, está bien. Me quedo a tu lado. Hay que estar bien abrazaditos.
Arden se rió por lo bajo y la rodeó con fuerza con ambos brazos. Al sentirse absorbida por ese abrazo mucho más ancho que ella, sintió que hasta el corazón se le calentaba.
Él le acarició el cabello suavemente, jaló las puntas y les dio un beso. Trataba su pelo, que no tenía nada de especial, como si fuera la seda más fina del mundo, mientras susurraba con una voz llena de gusto:
—Hoy estás especialmente engreída, ¿no?
—…… ¿No te gusta?
—Daría lo que fuera porque todos los días fueran como hoy.
—Mentira.
—Es verdad.
Le dio un beso en la frente y empezó a recorrerle la nuca con la yema de los dedos, muy despacio.
No la estaba apretujando como hace un rato, pero ella sintió un vuelco en el estómago y un calorcito traicionero empezó a bajarle por el vientre. Se sentía como esos perritos de Pavlov que babean apenas suena la campana; con que él la tocara un poquito, ella ya empezaba a sentirse raro.
Mientras ella parpadeaba confundida, una voz grave se le metió en el oído como una serpiente:
—Me encantaría que fueras así de engreída siempre. Que me mandaras todo el día, pidiéndome que haga esto o aquello… qué rico sería.
—¿Qué…?
—Sería ideal que Lili fuera una tontita que no pudiera hacer nada sola. Que no pudiera ni tomar un vaso de agua si yo no estoy.
Lo dijo como quien no quiere la cosa, como un comentario al aire, pero a Lilliet no le sonó para nada a broma. Ella separó la cara de su pecho y le preguntó dudosa:
—…… Es broma, ¿no?
—Mmm.
—No digas esas cosas, me das miedo.
—¿Miedo? ¿Por qué? Qué raro. ¿A la gente no le gusta que la cuiden? Los humanos hasta se esclavizan entre ustedes, ¿no? Y tienen un montón de sirvientes.
—…… Bueno, sí, pero…
Era cierto lo que decía; la mayoría de los nobles no mueven ni un dedo para servirse un vaso de agua y mandan a los criados para todo, pero lo que él decía sonaba bastante peligroso. Ella lo pensó un momento y luego sacudió la cabeza con terquedad.
—Es diferente. Lo que tú dices, Arden, no es lo mismo. Por alguna razón, suena aterrador.
—Qué miedosa eres, Lili.
—¡Arden, es que tú…!
‘Tú eres el que está mal’, quiso decirle. ‘Tus estándares no son los de una persona normal’
Pero Lilliet se quedó callada de golpe, asustada de sus propias palabras.
Arden le acarició la mejilla con una sonrisa de oreja a oreja. Su rostro, tan perfecto que parecía más una obra de arte que un ser vivo, mantenía esa expresión de cuadro.
—¿Que yo qué?
—No… nada.
—Me dejas con la curiosidad.
—Arden, tú…
Lilliet intentó completar la frase, pero al final no pudo y cerró la boca. Sintió un vuelco en el estómago, una náusea pesada, como si se hubiera tragado un tazón de avena espesa.
Sentía que si lo decía, si soltaba la verdad, no volvería a verlo nunca más. O al menos, ya nada volvería a ser como antes entre los dos.
—¿Lili?
De pronto le faltó el aire y se llevó las manos al pecho jadeando. Esos ojos grises y claros la llamaron bajito. Eran ojos tan transparentes que parecían vacíos, como si no tuvieran nada adentro. Sí, ni siquiera un alma.
—¿Qué te pasa, mm?
La forma en que la miraba, sus susurros, la sonrisa que iluminaba su cara… todo era sumamente dulce, pero a ella le empezó a dar un hincón fuerte en el pecho.
—De verdad tengo mucha curiosidad…
Él le dio un beso en la frente y puso su mano suavemente sobre su espalda. Justo donde queda el corazón. En cuanto ella se dio cuenta, se quedó tiesa como un poste.
—¿Qué tantas cosas estarás pensando en esa cabecita para que te pongas así?
—…….
—¿Por qué pones esa cara?
—…….
—¿A qué le tienes miedo, Lili? ¿En qué piensas? ¿No me vas a contar?
Con esa sonrisa tan cálida y amable, él le hablaba al oído para tentarla. A pesar de que sus manos seguían calientes, a ella se le congeló el vientre.
—Tienes que decirme para poder consolarte, ¿ya?
—…… Si te pregunto algo, ¿me vas a responder con la verdad?
—Claro.
Mentiroso.
Lilliet miró con incredulidad a ese hombre que mentía tan campante y sin dudar ni un segundo. Arden solo se limitó a sonreír en silencio.
Qué tipo tan sinvergüenza y descarado.
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