Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 5
Ese día, se despertó al rayar el alba y purificó su cuerpo. Se restregó cada parte de sí misma con agua tan fría como el hielo, luego se enjuagó la boca con sal gruesa y vino agrio.
Después de eso, pasó el tiempo que le quedaba sentada en la cámara de oración, repitiendo en voz alta durante todo el día los pasajes sagrados que recitaba el Arzobispo Gillian.
—Es hora de ofrecer el rito. Cámbiate a las vestiduras ceremoniales con total sinceridad.
—Sí.
Liliet, tomando la ropa con una tensión evidente, empezó a sentir que el corazón le latía con un tipo de nerviosismo diferente después de cambiarse.
—¡Q-Qué es esto……!
¡Vestiduras ceremoniales, mis narices!
Eran increíblemente extrañas para ser ropa destinada a un miembro del clero. La forma en sí no era rara, aparte de ser un poco pequeña de talla, pero el problema estaba en la tela. Era semitransparente, como si estuviera tejida con una red de pescar, dejando ver vagamente lo que había debajo.
Al menos la parte inferior era menos reveladora porque llevaba pantalones, pero arriba, la prenda interior que envolvía su pecho era claramente visible. No podía entender qué tipo de intención podría justificar llamar a una ropa tan bizarra —vestiduras ceremoniales.
—¿Por qué no sales todavía? Apúrate.
—Sí, y-ya salgo.
Incluso después de ponerse esa ropa que apenas calificaba como tal, se demoró bastante tiempo, lo que provocó que el Arzobispo tocara la puerta para apurarla.
Sin otra opción, Liliet se soltó el cabello amarrado para cubrirse el pecho y se puso la estola sobre los hombros. Su boca del estómago, el ombligo y la parte superior de sus brazos seguían expuestos, lo cual era vergonzoso, pero estaba mejor que antes.
Con las mejillas ligeramente sonrojadas, abrió la puerta con cautela. Arzobispo Gillian fijó su mirada solo en la parte superior de su cabeza y le hizo una señal con los dedos.
Liliet se arrodilló respetuosamente.
—Que la bendición del Espíritu Santo, el Alma Santa y el Hijo Santo esté contigo.
Recitando la oración en voz baja, el Arzobispo Gillian vertió agua bendita. Mientras lo hacía, murmuraba encantamientos, palabras extrañas que sonaban como un dialecto regional lejano o una lengua muerta antigua.
Unas gotas de aceite fragante fluyeron, quedándose pegadas bajo su barbilla antes de caer.
Colocando su mano suavemente sobre la cabeza de ella, el Arzobispo le advirtió con voz solemne:
—Cuando entres, debes mantener la mirada en el suelo y avanzar gateando sobre tus rodillas. No debes levantar la cabeza hasta que el dios lo permita, y no debes abrir la boca hasta que se dirijan a ti. ¿Entiendes?
—Sí.
—Lariette Hums. A partir de hoy, tu cuerpo es una ofrenda para el dios. Tu destino ahora está subordinado al dios, así que debes entregarte y obedecer en consecuencia. Entonces, el dios te considerará digna y cuidará de ti con sincera devoción.
—……Sí.
“Cuidará de mí”, dice. Cuidará de mí en el más allá, supongo.
Pensando eso, Liliet aun así inclinó la cabeza profundamente. El Arzobispo le tocó ambos hombros con lo que se sentían como ramas grises y secas, y luego abrió la puerta de la cámara ritual.
Con el sonido pesado de una piedra masiva siendo arrastrada, la puerta se abrió lentamente. Antes de entrar a la cámara, echó un vistazo rápido al pasillo oscuro, pero el hombre que la había estado siguiendo de forma tan molesta no aparecía por ningún lado, ni siquiera su sombra.
¿Seguirá durmiendo……?
Por alguna razón, se sintió un poco decepcionada. Ni siquiera había podido despedirse. Al menos debió decirle que se cuidara.
Un arrepentimiento que ni siquiera había sentido al dejar la propiedad de la familia Hums le picó en la punta de la nariz. Siguiendo las instrucciones del Arzobispo, Liliet bajó la mirada al suelo y avanzó lentamente gateando sobre sus rodillas.
El suelo de piedra desnuda estaba duro y frío. Ya tiritando por el clima, los muchos agujeros en su ropa hacían que sus dientes castañearan sin control.
Mientras tanteaba su camino por el suelo gélido, sus manos temblaban violentamente.
Con la cabeza gacha, todo lo que podía ver era el dorso de sus manos y el suelo, pero podía sentirlo claramente.
‘Está allí…….’
Algo.
Allá adelante.
Algo ominoso e inquietante.
No había sonido y no se veía nada, pero poseía una masa innegable y una sensación de presencia vívida.
Liliet lo supo por instinto.
Esa cosa es…… esa cosa es una existencia corrupta y perversa.
Algo monstruoso que no debería existir en este mundo. El miedo instintivo le desgarró las entrañas con saña.
Quiero escapar.
Quiero darme la vuelta y salir corriendo ahora mismo.
Su corazón latía violentamente; la humedad se acumuló en sus palmas y en su nuca, empapándolas. Estaba aterrada. Tan terriblemente asustada que no podía soportarlo.
‘Pero…….’
Liliet se mordió el labio con fuerza.
Si escapo, ¿a dónde iría?
No había lugar a donde ir. Nadie la quería. Nadie deseaba su existencia. La malicia humana era más aterradora que un dios maligno.
Temblando violentamente, gateó hacia esa presencia. Aunque había tomado su decisión, su cuerpo, completamente acobardado, seguía intentando girar y huir, haciendo que su avance fuera dolorosamente lento.
Gateando lentamente como un caracol, ya había recorrido la mitad de la cámara ritual cuando unos dedos de pies pálidos aparecieron en el borde de su visión.
Esos pies eran enormes y anchos.
Descalzos, las uñas negras como el carbón y las venas azuladas que se ramificaban como raíces por el empeine eran claramente visibles. Las venas hinchadas, las garras, los huesos del tobillo sobresalientes; todo era monstruosamente grande.
‘E-entonces es él’
Si solo los pies eran así de grandes, ¿qué tan masivo sería el resto del cuerpo? El solo pensamiento hizo que le brotara sudor frío y que la cabeza le diera vueltas.
El pie se asomó a medias en su campo de visión y empujó ligeramente sus manos, que estaban prolijamente entrelazadas. Estaba frío como el hielo.
—Levanta la cabeza.
—…….
Desde lo alto, una voz cayó sobre ella, pesada y profunda, como una roca rodando cuesta abajo. Esa voz grave, que parecía brotar de lo más profundo de la tierra, venía acompañada de un siseo, como el de una serpiente.
Ella tragó saliva y levantó la cabeza lentamente. Y entonces se quedó helada. Por más que miraba hacia arriba, no lograba verle el rostro.
Incluso estirando el cuello al límite, solo alcanzaba a ver la mitad inferior de su cuerpo. Fue recién cuando arqueó el torso completamente hacia atrás que su mirada llegó, a las justas, hasta su cabeza.
A Liliet se le abrió la boca sin darse cuenta.
El dios que tenía enfrente era muy, pero muy, muy enorme.
¿Acaso así se veía el gigante de las leyendas, ese que decían que sostenía el cielo para que no se cayera?
Su cabeza se alzaba tanto que parecía que iba a chocar con el techo lejano de la cámara ritual, y sus hombros eran tan anchos que daban la impresión de poder cargar a varios niños encima. Sus brazos, su torso y sus piernas eran tan inmensos y largos que su sentido de la perspectiva se quedó entumecido.
El hombre, vestido con lo que parecía ser una túnica sacerdotal antigua que ya nadie usaría, llevaba un velo negro sobre la cabeza, una serpiente negra sobre los hombros y un rosario invertido alrededor del cuello.
Una serpiente con ojos de color bronce salió de detrás de la nuca del hombre, moviendo la lengua.
Liliet, que se había quedado mirando al hombre con la mente en blanco, olvidándose hasta de respirar, se encontró con la mirada de unos ojos invisibles detrás del velo y bajó la vista apurada.
Por experiencia, sabía que a la gente de alto rango no le gustaba que los de abajo los miraran a los ojos. Por instinto, bajó la mirada e inclinó la cabeza hacia el suelo. Pero él le había dicho que levantara la cabeza.
Mientras dudaba, sin saber qué hacer, una voz tranquila y profunda, como una noche de nieve, la atrajo.
—Ponte de pie. No puedo ver tu rostro.
—…….
Como si le hubieran puesto un lazo alrededor y hubieran jalado con fuerza, su cuerpo se elevó suavemente por el aire. Ella parpadeó rápido y levantó la cabeza.
Incluso estando parada derecha, su cabeza ni siquiera llegaba a la boca del estómago del hombre, y ocurrió un fenómeno extraño: él parecía todavía más grande que cuando lo había mirado arrodillada.
El dios abrió la boca y preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
—Lariette Hums. Por favor, dime Lily.
—Lariette…….
Aunque no corría ni una pizca de aire, el velo se movió por sí solo, y unos labios rojizos se curvaron hacia arriba.
Aunque solo eran visibles la punta de su nariz, los labios y la barbilla, cada rasgo que se revelaba era hermoso, como una estatua divina tallada por un maestro. Decían que los demonios usaban apariencias bellas para engañar a los humanos; ¿acaso los seres llamados dioses malignos hacían lo mismo?
El dios hizo un gesto elegante en el aire. De la nada, apareció una silla masiva acorde a su tamaño. Se sentó y le hizo una señal con el dedo.
¿Significaba que debía acercarse y arrodillarse?
Liliet se acercó con timidez e intentó ponerse de rodillas.
—¡Ay!
Pero antes de que sus rodillas tocaran el suelo, todo su cuerpo flotó y terminó sentada, de forma casi blasfema, en el regazo del dios.
—N-no, este, e-es que…….
—¿Qué pasa?
—D-digo, no. No es nada.
Atreverse a sentarse en el regazo de un dios. Abrumada por el asombro y el remordimiento, Liliet se agitó sin saber qué hacer.
El dios apoyó la barbilla en una mano y observó su nerviosismo como si lo estuviera disfrutando, luego le levantó la barbilla con la otra mano. Su mano era tan grande que un solo dedo bastaba.
Dentro del velo, una oscuridad absoluta la devolvía la mirada.
Liliet se sobresaltó, encogiendo los hombros y apretando los puños.
No era solo una cuestión de miedo o terror. Sentía como si le estuvieran succionando el alma, como si estuviera cayendo por un precipicio mareante, como si la estuviera tragando un pantano sin fondo…….
El aire… sentía que el aire se le escapaba.
Sin darse cuenta, se aferró al dobladillo de la túnica del dios. Si no lo hacía, sentía que se hundiría en ese suelo oscuro y sin luz.
El dios sonrió con dulzura.
—¿Deseas vivir?
—……!
—Elige. ¿Vas a morir o vas a vivir?
—…….
Los ojos castaños claros de Liliet temblaron violentamente.
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