Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 49
Apartó con cuidado los mechones de cabello que se le habían pegado a la cara, dejando al descubierto un rostro hecho un desastre. Con el entrecejo fruncido, ella se mordía los labios con fuerza, como si estuviera tragándose algo asqueroso, las lágrimas se le acumulaban en los ojos punto de brotar. ¿Era tristeza? O quizás… ¿era rabia?
Era la primera vez que la veía con esa expresión. Él ladeó la cabeza, observando detenidamente aquel rostro delicado y elegante. Ella, con los labios entreabiertos y ligeramente lastimados, dejando ver un rastro de sangre, soltó unas palabras con voz entrecortada:
—Ese nombre… no me gusta.
—…….
—Por favor, no me llame así.
—¿Por qué no te gusta?
Fue una pregunta que sonó casi como un susurro para sí mismo. Tenía curiosidad por saber por qué ella despreciaba su propio nombre, tratándolo como si fuera el nombre de alguien a quien odiara a muerte. Sin embargo, ella debió pensar que era un reproche, porque sus hombros menudos se estremecieron. Sus ojos, cargados de lágrimas, se entornaron con debilidad. Aun así, no se retractó de lo que dijo.
Él le dio unas palmaditas cariñosas en la espalda, que no dejaba de temblar. Con la voz anudada por el llanto, ella susurró con dificultad:
—Dígame que no volverá a llamarme así. Al menos… no cuando estemos en la cama.
—Está bien.
—Prométalo.
—Así lo haré.
—De verdad… ugh.
A fin de cuentas, ¿qué importaba la razón? Lo que importaba era el nombre que ella le había dado a él, el nombre que él le había dado a ella. Con que ella lo llamara, con que ella respondiera cuando él la llamaba… con eso bastaba. Él, para consolarla, lamió sus ojos húmedos y la abrazó con una ternura aún más profunda. Su pequeño cuerpo pareció fundirse en su pecho y un calor tenue acarició su corazón.
Separó sus glúteos redondeados y hundió por completo su parte inferior en ella.
—¡Ah, hic, tan… tan profundo…!
—¿Sientes cómo te froto? Tu interior me está succionando con ansias, Lili.
—¡Ah… ugh, ah!
—Llámame. Tienes un nombre para mí, ¿no?
—Mu… haaa, sí… ¡Amo Mut, ah!
Chic, chic.
Mientras hurgaba pausadamente en su suave pulpa con su miembro completamente hinchado, él la abrazó con fuerza por esa cintura que vibraba como si fuera a romperse. Algo cálido, suave, frágil y tierno. Mío.
—Sí. Yo soy tu dueño. El que te posee…
Y el que te pertenece.
—Mi Lili.
Puso ese nombre, tan suave como su interior, en su lengua y lo saboreó con dulzura. Parecía que hasta el nombre desprendía un aroma dulce. Él mantuvo los muslos de ella, que temblaban sin parar, atrapados entre sus piernas mientras aumentaba la velocidad de sus estocadas. Sujetar esa cintura tan frágil que parecía que se quebraría con un mal viento y embestirla con fuerza era una tarea ardua incluso para un ser todopoderoso como él.
Sintiendo un dolor como si le aplastaran el cráneo y le molieran la columna, soltó un suspiro lánguido. Finalmente, el deseo contenido por tanto tiempo brotó a borbotones desde lo más profundo.
—¡Ah, ah, uuh…!
Cuando el fluido caliente, fuerte como un chorro, se esparció por todo su vientre, ella se aferró a las sábanas temblando violentamente. A pesar de que la descarga aún continuaba, ella se retorcía con el cuerpo encendido en un rojo vivo. Cada vez que lo hacía, el líquido espeso rebalsaba de su entrada, que mantenía atrapado el miembro de él, cubriendo su sexo con una capa blanquecina.
Esa imagen era tan adorable. Ella no debía tener ni idea. Aunque se estremecía intentando zafarse, desde atrás parecía que estuviera desesperada por tragarse de nuevo el líquido que se desbordaba. La forma en que se aferraba a él, succionándolo…
—¡Ah, amo Mut, quema… me pica, ahhh!
Su sacrificio rascaba su propio vientre como si hubiera tragado una antorcha, buscándolo con desesperación. Él sonrió satisfecho y le dio un beso en su mejilla suave.
—Sí, ¿quieres más? ¿Acaso esto no te basta?
—No, ya… saca… haaa, es… raro… ¡Mmm!
—Lo sé. Claro que lo sé. Te daré más.
—Amo Mut, ah, ugh, ¡por favor, sí!
—Haa, qué rico. Estás llenita por dentro, todo chorreando…
Sujetando a la mujer que forcejeaba atravesada por su miembro, él movió la cintura lentamente. Su interior, empapado por la simiente que había derramado, era tan acogedor y cálido que se sentía como sumergirse en la fuente donde se bañan los dioses celestiales. Aunque, probablemente, la mujer que lo recibía sentía algo totalmente distinto.
Pero, ¿qué se le va a hacer? Él es un dios maligno. Un ser sucio, impuro y corrompido. Hace tanto que se manchó que ya hasta olvidó cuál era su origen. Así que no le quedaba de otra a su recipiente, tan limpio y puro, que aguantarlo como sea.
—Eso es, Lili.
—Ugh, ah, ugh…
—Hasta para llorar eres linda.
Mi pobre sacrificio. Él estiró la comisura de sus labios mientras saboreaba su lengua pastosa. Ah, qué dulce. La tomó una y otra vez hasta que de la garganta de ella no pudieron salir más llantos. Aun así, la noche le quedó demasiado corta; le costaba la vida soltarla incluso al final.
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Fue una noche brutal. ‘En cualquier momento estiro la pata’, llegó a pensar seriamente.
—Ugh…
Lilliet soltó un quejido de dolor y se acurrucó. Le dolía todo, de pies a cabeza, pero lo peor era la cintura. Sentía como si alguien la hubiera estado pisoteando mil veces; no podía ni levantarse. Y todo esto…
—Es por culpa del Amo Mut…
Anoche, cuando tuvo intimidad con él. Al abrir los ojos, sentía que le dolía hasta el alma. Y cómo no, si se pasó toda la noche atormentándola, metiéndole ese miembro que parecía un mazo de madera dura una y otra vez. Incluso cuando se desmayaba del cansancio, él le lamía el lóbulo de la oreja y volvía a embestir, haciendo que sintiera un calor y un picor desesperante allá abajo que la obligaba a despertar. Al final, sentía que no solo le molía el cuerpo, sino también el espíritu.
—Mm…
Al recordar ese momento, se le escapó un gemido sin querer. Normalmente, lo que pasaba con él se desvanecía como un sueño de verano, pero por alguna razón, esta vez las marcas de sus mordidas y lamidas, junto con el dolor, seguían ahí intactas. Sentía su parte íntima hinchadaza y con punzadas, como si recién hubieran acabado de estar juntos. Es más, cada vez que movía las piernas, sentía como si el líquido que él derramó se le estuviera saliendo, así que ni se atrevía a darse la vuelta.
De por sí ya andaba sin fuerzas estos días; si lo hacían un par de veces más, de verdad se iba a quedar postrada en cama. Gimiendo bajito, se frotó la cintura que tenía tiesa. ‘Dios mentiroso, que no me iba a doler…’. Por primera vez, le tuvo un poquito de cólera.
Mientras estaba ahí tirada en la cama sin poder moverse, alguien tocó la puerta con fuerza: pum, pum. No necesitaba abrir para saber quién era. Miró de reojo hacia la puerta y se hizo la dormida para no contestar. Pero el visitante, un maleducado total, abrió la puerta como si nada y se sentó al borde de su cama.
Ay, de veras… Ya estaba cansada hasta de reclamarle. Cerró los ojos con fuerza y se acurrucó más. Una mano cálida y firme le acarició la frente con suavidad.
—Lili.
Él se inclinó mientras le acariciaba los párpados cerrados. Por su peso, la cama se hundió hacia su lado. Su voz, cargada de afecto, le acarició la oreja delicadamente.
—¿Te duele mucho?
—…….
—¿No tienes hambre? ¿Quieres que te traiga agua?
De por sí siempre era de hablar suave, pero hoy su voz sonaba especialmente dulce y cariñosa. Ella abrió un poquito los ojos y vio ese rostro, siempre tan hermoso que deslumbraba, mirándola con una sonrisa ligera.
—¿Mmm?
—…….
A pesar de que en la habitación no corría ni una pizca de aire, su cabello rubio se mecía suavemente con cada aliento; su piel brillaba como una perla y sus labios se veían húmeditos y provocadores, como si se hubiera echado algo.
Lilliet se le quedó mirando fijo a la cara y, de a pocos, sacó la lengua para lamerse sus propios labios. Estaban resecos, sin nada de humedad, para colmo, todos hinchados por las secuelas de la noche anterior.
…… Qué odioso.
—Ya, déjame.
Ese rostro tan hermoso siempre le derretía el corazón, pero hoy, por más perfecto que fuera, le daba cólera. Lilliet apretó los labios y se dio la vuelta en la cama.
—No necesito nada.
—No seas así. Mírame.
—…… No quiero.
—¿Por qué estás así? Tienes sed, ¿no? Te traje agua.
—Te he dicho que no.
—Solo un sorbito, ¿sí?
Arden le sacudía los hombros con cuidadito mientras se lo pedía casi rogando, con una voz dulce como la miel. Su tono sonaba tan apenado que ese resentimiento que ella sentía se fue desvaneciendo. ‘Definitivamente, soy demasiado blanda…’, pensó.
En cuanto ella hizo el esfuerzo de incorporarse con sus brazos temblorosos, Arden la rodeó por la cintura de una vez para sostenerla y le acercó la copa a los labios. Su actitud era más que cariñosa; era casi servil, como si un esclavo estuviera atendiendo a su dueña.
—Está fresquita, ¿no? ¿Quieres más?
—No.
—¿Y comida? ¿No tienes hambre?
—No.
—Aunque sea toma un poco de sopa.
Mientras ella tomaba agua, Arden no dejaba de mirarla con ojos embobados, insistiendo con que si quería esto o aquello. Y cuando él intentó robarle un beso caleta, ella le puso la mano para frenarlo; al toque, él puso una cara de pena, como si fuera un perrito bajo la lluvia.
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