Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 48
—Cómeme más.
—Mmm, ah, haa…
—Lléname más de ti, acógeme…
Él estaba ansioso, como si el único propósito de su existencia fuera incrustarse en lo más profundo de ella, mientras le succionaba los labios con avidez.
—Mmm, ah, mmm…!
Ella, con el aliento y los gemidos totalmente atrapados por él, se retorcía debajo de su cuerpo. Él agarró sus manos pequeñitas y las succionó con hambre. De la cabeza a los pies, no había ni un centímetro de ella que no fuera dulce.
El deseo no tiene fin: una vez que la tocas, quieres abrazarla fuerte; luego, quieres tragártela por completo y, al final, quieres que te posea totalmente.
Él creía que con solo besos podría aguantar, pero ahora el impulso de meterla toda le causaba un dolor casi insoportable. Aunque, si venía de ella, hasta el dolor era bienvenido.
—Relájate un poquito, ¿sí?
—Mmm, haa, uff…
—Abrázame más…
Se lo susurró como un ruego mientras le lamía la mejilla de arriba abajo. A pesar de haber vivido una vida larguísima, era la primera vez que estaba con una mujer, así que se sentía torpe y apurado como un principiante.
El conocimiento que tenía en la cabeza chocaba con la realidad.
¿Por qué no entra? A estas alturas ya debería habérselo tragado todo con gusto. ¿Por qué sigue tan apretado?
Tratando de que ella soltara el cuerpo, le succionó la lengua y le amasó los pechos suaves con fuerza. Cambió un poco el ángulo para hurgar hacia el fondo de la matriz y, al toque, las paredes vibraron y soltaron un chorro de líquido.
Como estaba tocando lo más profundo de ella, podía sentir clarito el éxtasis y la gloria que ella estaba experimentando.
‘Sí, a ti también te gusta. Tanto como a mí’.
‘Te gusta tanto que no puedes más’.
—Haa…
Bajó la mano que le acariciaba el pecho y le recorrió la cintura finita. Fue bajando poco a poco: el esternón, las costillas y ese ombligo hundido. Ella parecía una muñeca hecha de azúcar; de esas que se deshacen sin dejar rastro con solo tocarlas con agua.
Él disfrutaba de la textura de esa piel suave mientras tanteaba con cuidado el sexo entreabierto. Encontró el clítoris, que estaba aplastado por el peso de su miembro enorme, empezó a frotarlo entre sus dedos mientras terminaba de meter lo que faltaba.
—¡Mmm, ah…!
Entonces, esa cintura flexible se arqueó hasta el límite y ella empezó a temblar, con las piernas sacudiéndose como una hoja al viento. Él abrió paso a la fuerza entre esa carne que intentaba expulsarlo.
Pum Por fin, el cuello uterino empapado y la punta de su miembro se encontraron y se frotaron con violencia. Él empujó con fuerza, una y otra vez, como si quisiera abrirse paso incluso a través de esa pequeña rendija.
—Haa, mmm, ah, ¡aaaah!
—Eso es. Está bien. Llora más.
Le agarró la carita a la mujer, que ya no podía ni hablar y solo sollozaba, le lamió todas las lágrimas con la lengua. Cada vez que él empujaba con la cintura, ese cuerpo pequeñito se sacudía sin piedad, como un bote a la deriva en medio de una tormenta.
Normalmente, por más que la hubiera preparado, ella no habría podido recibirlo, pero gracias a todo el esfuerzo que él puso, el interior de ella se contraía y se estiraba para acomodarse a su tamaño.
Ese cuerpo, que ya era suave de por sí, se derritió aún más hasta envolverlo por completo. Cuando por fin logró meterla hasta la raíz, una sensación de plenitud indescriptible le recorrió todo el cuerpo. Ni lanzándose al centro de un sol hirviente se sentiría tan caliente como ahora.
Se sentía cálido y seguro.
Ella era el recipiente hecho a su medida. Solo para él.
Él era el único capaz de satisfacerla, ella era la única criatura, tan frágil y suave, capaz de satisfacerlo a él. Por eso, él sería el único que la amaría y adoraría para siempre.
—Riri, Riri…
Puso ese nombre dulce como el azúcar sobre su lengua y lo saboreó despacio. Ese nombre, empapado en su saliva, le recordaba a las paredes de ella, que estaban todas húmedas por su culpa, eso lo llenaba de satisfacción.
—Haa…
Chic, chac
Soltó un suspiro de relajo mientras hurgaba lento en ese interior que ya estaba bien lubricado. Su miembro enorme, que con solo entrar ya estimulaba todos los puntos de placer, rozaba la entrada delicada y la acariciaba por todos los rincones, haciendo que el flujo no dejara de brotar.
—Mmm, ah, qué rico…
Chis, chas
Cada vez que movía la cintura, el sonido del roce entre las carnes mojadas se le quedaba grabado en el oído. Con ese sonido de fondo, abrió la boca y le mordió un pecho. Esa carne blandita se deshacía en su boca hasta llenarle la garganta por completo.
—¡Ah, mmm, sí, ah…!
Chuu, chup
Él succionaba con fuerza, como si quisiera sacar leche de donde no había, mientras con la punta de los dedos jugueteaba con el clítoris y, con su miembro, le daba besos pegajosos al cuello uterino. La mujer no dejaba de temblar y soltó un chorro de flujo de repente. Cuánta agua podía soltar.
Él recogió el líquido que empapaba la entrepierna y lo frotó contra su lengua blanda. Ver esa cara inocente, que recibía y pasaba el líquido sin saber ni qué era, hizo que su corazón vacío volviera a latir con fuerza.
—Ah, Lili…
Soltó un gemido bajo, retiró su miembro con dificultad y le dio la vuelta al cuerpo de la mujer. De inmediato, lo volvió a meter con apuro, como si tuviera miedo de que le diera un aire frío.
—Uff, haa…
Al cambiar el ángulo, su miembro empezó a machacar otros puntos de placer, llenándole la barriga por completo. Al empujar profundamente hacia adelante, pudo sentir a través de la piel delgada de ella la textura suave de la manta. Era la manta de lana de oveja que él mismo le había puesto porque ella tenía frío.
Echada boca abajo, la mujer agarró con todas sus fuerzas esa manta de lana y empezó a sacudirse. En el dorso de sus manos blancas, las venas azules resaltaron como rayos. Él puso sus manos sobre las de ella y hundió la cara en su nuca.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con ese aroma dulce y mareador que lo tentaba desde que se conocieron; un olor mezcla de engaño y culpa.
—¡Uf, haa, mmm…!
Incluso entrando despacio, parecía que a ella le costaba recibirlo. Sus pupilas, casi devoradas por los párpados, empezaron a convulsionar como si fuera a perder el conocimiento. Él le acarició el vientre bajo, que sobresalía por la presencia de su miembro, mientras buscaba con cuidado esa zona tan sensible.
Desde el cuello uterino, que se había vuelto un pantano pegajoso por la mezcla de sus fluidos, hasta la entrada, que apretaba tanto que parecía querer cortarle la base, las paredes que envolvían todo su miembro succionándolo con fuerza…
—Haa…
Todo era malditamente perfecto.
Sintió que la nuca se le ponía rígida, como si estuviera paralizado, desde lo más profundo de su ser brotó una corriente eléctrica que subió como lava hirviente. Esa sensación de descubrir sentidos que no existían antes era una gloria absoluta.
Así como él había moldeado a la mujer, su ofrenda también lo estaba moldeando a él de nuevo. El primer sabor que probó en su vida fue el de ella; también lo fueron el olor que le rozaba la nariz y la textura de la piel bajo sus palmas. El anhelo, la sed, el hambre… todo eso se lo había enseñado su ofrenda.
Fue recién cuando ella lo acogió en su interior que él, por fin, sintió que había nacido de verdad.
—Se siente… ah, demasiado bien…
—¡Huu, hii, mmm, sí!
—Lléname más de ti, ¿sí?
Pum, pum
Cada vez que empujaba, el flujo transparente chorreaba por su sexo. Él lo tanteaba con impaciencia mientras no dejaba de morder y succionar esa nuca blanca. Le encantaba ver cómo esa piel, que antes era blanca como la nieve, se iba poniendo roja como fruta madura.
Esos gemidos dulces, los dedos de los pies empujando la manta con esfuerzo, el cuerpo encendido hasta el pecho y ese interior suave que no dejaba de succionarlo…
No había duda: su ofrenda estaba temblando de alegría por el placer que él le daba. Ni bien él retiraba un poco la cintura, esas carnes rosadas se le pegaban como pidiendo que volviera a entrar, cuando él empujaba de nuevo, ella se retorcía de la felicidad.
A pesar de tener tantas pruebas de su éxtasis, por alguna razón sentía ganas de preguntar. Como si fuera un hombre humano, necesitaba escuchar la respuesta aunque ya la supiera; estaba desesperado.
—Te gusta, ¿verdad?
—Haa, mmm…
—Responde, Riri. Ah, no solo me aprietes. Quiero escucharlo de tu boca.
—¡Ah, mmm, uf!
—Rápido. Lariette, responde.
Chic, chac
Movía la cintura lento mientras le apartaba el cabello con ternura y le besaba la frente. De pronto, esos ojos marrón claro se estremecieron y ella agachó la cabeza de golpe.
La mujer, que hasta hace un momento jadeaba con amor y temblaba de gloria, puso el cuerpo tieso como una piedra y se cubrió la cabeza con las manos. Ante esa reacción tan extraña, él dejó de moverse y le agarró la mandíbula para que lo mirara.
Su carita estaba tapada por el pelo y no se veía bien. Cuando intentó apartárselo, ella rechazó su mano de repente.
Era la primera vez.
Ella, que siempre había sido sumisa y obediente hiciera lo que le hiciera.
—¿Lariette?
—… No quiero.
La mujer, que hasta ahora solo había soltado gemidos entrecortados, expresó su rechazo con una pronunciación clarísima. Él, un poco sorprendido, terminó de apartarle el cabello.
Ella se encogió un poquito, pero esta vez no esquivó su mano.
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