Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 46
—Toma despacio, ¿ya? Si te falta, te doy más.
Ella parloteaba con una voz tan dulce y cariñosa que hasta le hacía cosquillas en la panza, mientras le acariciaba la cabeza suavemente. Qué atrevida. Era un gesto de lo más malcriado e insolente, como si estuviera sobando a un gato techero, pero solo porque se trataba de ella se lo dejaba pasar. Es más, si fuera ella, hasta podía meterle un bofetón si quería. Con tal de que no se fuera. Cualquier cosa estaba bien.
Al frotar su cabeza contra esa mano delicada, ella lo llamó con una voz llena de risa.
—¿Estás feliz, Nini? Qué nombre tan huachafo. Cómo podía usar una voz tan adorable para decir semejante nombre. Sobre todo cuando, siempre que lo llamaba a él, su voz estaba cargada de miedo, mezcla de respeto y un poco de asquito.
Incluso cuando usaba otros ‘disfraces’, la cosa no cambiaba mucho. Había lástima y afecto, sí, pero nunca lo llamaba de forma tan tierna y especial. Si ella lo llamara siempre así, sería capaz de fingir que es una bestia por toda la eternidad.
‘Abrazame’. ‘Tenme en tus brazos’.
Buscando calor, se deslizó por la parte interna de su muñeca. Trepó por su brazo hasta pegarse por completo al frágil cuerpo de la mujer. No se olvidó de enroscar su cola alrededor de esos muslos suaves. Normalmente, ella se habría horrorizado y lo habría botado, o se habría mordido los labios de la pura ansiedad, pero ahora lo abrazaba fuerte, sin pizca de duda.
‘¿Tanto le gusta este bicho?’
En medio de tanta felicidad, le dio un poco de piconería.
‘Deberías quererme por igual, pues. No vale preferir a uno’
Él sacó su lengua larga y le lamió los labios con ganas, repasando también sus mejillas y el contorno de sus ojos sin parar. Aun así, solo recibía miradas tiernas y risas que le daban cosquillas.
—Cómo te encantan los besos. Eres igualito.
—…….
—Ya, te perdono porque eres lindo. ¿Sí, Nini?
Y no solo eso. Ella seguía hablando con esa voz tan dulce que sentía que se le derretían los oídos, hasta estiraba los labios como pidiendo más. Los celos le empezaron a hervir sin control. Este bicho de porquería no tiene ni brazos para abrazarla, ni un pecho firme para sostenerla. Si puede querer tanto a un ser tan insignificante, ¿por qué a él no lo ama? ¿Por qué a él no lo engríe con esa vocecita tan preciosa?
Aunque ese banquete de afecto lo llenaba, por dentro estaba que quemaba de rabia. ‘A que me voy de una vez’. ‘O mejor me abro la panza acá mismo y me hago el muerto’. ¿Será que así todo el cariño que le da a este bicho regresaría a él?
Sabía que no sería así, pero no podía aguantar los celos. Ay, los humanos… por más siglos que los ha observado, todavía no los entiende bien. Le reventaba la situación, pero el abrazo calientito de la mujer se sentía tan bien que no podía soltarse.
Se enredó en el cuerpo de ella como si fuera una enredadera y apoyó la cabeza en su cuello blanco. Quería quedarse así para siempre. Convertirse en uno solo, donde no hubiera diferencia entre tú y yo, respirando lo mismo y latiendo al mismo ritmo. Todo su cuerpo tembló por ese deseo tan desesperado.
—Huuu… mmm…
Él parpadeó lentamente. De pronto, el mundo se llenó de luces blancas y sombras oscuras. Se ponía negro como la noche y luego se aclaraba tanto como si todo el bosque se estuviera incendiando. Entre tantas luces que aparecían y desaparecían, los colores rojos y amarillos se cruzaban como hilos en un telar, entre los anillos de las estrellas, otros astros caían como hojas secas.
Justo cuando todo se sentía lejano y su propia existencia se volvía borrosa, un gemido húmedo lo despertó. Sus sentidos y visiones, que estaban todos mezclados, se acomodaron de golpe y finalmente volvió a ser él mismo.
‘Mmm, ¿qué estaba haciendo…?’
—Amo Mut… ah, mmm…
Trató de recordar qué pasaba mientras movía la lengua. Entonces, sintió en su lengua un líquido espeso y muy dulce. También un aroma tan suave que lo dejaba sin aliento. Al respirar hondo ese perfume, recién ahí reaccionó. Cierto, estaba calmando su sed. Tenía muchísima sed.
Metió la lengua con fuerza en el orificio de donde brotaba el líquido. Lamió cada pliegue para no dejar ni una gota, como no le bastaba, repasó todo el exterior hasta morder con cuidado la carnecita que sobresalía.
—¡Mmm! ¡Ah, ah…!
En ese instante, como si hubieran abierto un caño, el cuerpo de ella vibró y soltó un chorro de agua de golpe. Mientras dejaba que ese líquido fluyera por su garganta, él se quedó admirando con calma el rostro jadeante de la mujer. Tenía la cara toda roja y caliente; no podía sentarse ni levantarse, solo se quedaba ahí temblando. Se veía realmente hermosa.
—Puedes sentarte si quieres.
—No… no puedo… ¡ah!
Parece que algo no le gustaba.
Él le daba palmaditas en sus muslos suaves para calmarla, pero ella seguía negándose con la cabeza una y otra vez. Bastaba con que se dejara llevar, pero al ver que seguía terca resistiéndose, a él le brotó un poquito de malicia.
Envolvió con la lengua esa carnecita hinchada, que parecía suplicar que la succionaran, empezó a lamerla haciendo ruido, chupu, chupu. Esa cintura tan fina flaqueó, como si estuviera a punto de desplomarse en cualquier momento.
Mientras ella más se resistía, él usaba su lengua bífida para hurgar adentro, una y otra vez, lamiendo con avidez ese terreno húmedo. Ella pestañeaba rápido y sus muslos no paraban de temblar, hasta que al final no aguantó más y se vino abajo, cayendo sobre el rostro de él.
Puaq.
—¡Mmm!
La lengua, que venía acariciando la entrada de forma jugosa, partió las paredes estrechas y se clavó hasta el fondo. El líquido ralo fluyó por su nariz como si fuera un río. Ese olor era tan dulce y perfumado…
—A-amo Mut, ¡ah, mmm!
—Está bien. Dame más.
—Ah, ¡hic! E-esto es… raro, ¡ah!
Él le agarró las nalgas firmemente y empezó a succionarla con ganas, moviendo la cabeza de un lado a otro, mientras su sacrificio, sin saber qué hacer, no dejaba de sacudir la cadera.
Parece que no se daba cuenta. Que mientras más lo hacía, más restregaba su clítoris contra el tabique de su nariz y más presionaba su entrada palpitante contra los labios de él. Quizás lo hacía a propósito sabiendo todo. Qué provocadora.
—Amo Mut, ya… ah, es… se siente raro…
—¿Qué cosa?
—Siento que… que me voy a mear, mmm, ¡ah!
—Para eso estoy haciendo esto, para que te sueltes.
—¡Pe-pero…!
Con los ojos llenos de lágrimas, su sacrificio le suplicaba con angustia. Ese pequeño orificio temblaba bajo su lengua, anunciando que estaba a punto de desbordarse. Hasta eso le parecía tan tierno que le dolía el pecho.
Él ladeó la cabeza y movió la lengua como si estuviera dándole un beso.
—Dámelo ya. Tengo sed.
—¡Ah, Mut… Amo, mmm, ¡hic!
—No importa si me lo echas todo hasta quedarte vacía.
La apuró con voz impaciente mientras hundía por completo la nariz y la boca en esa humedad espesa. Aunque sus fosas nasales se taponaron con el líquido, no se asfixiaba. No era humano, después de todo.
Así que, sin miedo a ahogarse, saboreó con calma esa zona que estaba madura y suave como una fruta en su punto. Masticó con cuidado la carnecita que se había hinchado de tanto succionarla y metió la lengua hasta tocar la entrada del útero, disfrutando en silencio de los espasmos que envolvían su lengua.
Aun así, sentía que nada era suficiente. Esa sed que le quemaba la garganta no se iba con nada; el calor y el agua dulce que ella le entregaba no bastaban para satisfacerlo. Sabía que la estaba forzando al límite, pero tenía tanta sed…
Mientras más la probaba, en vez de hostigarse, la sentía más rica, como un manjar celestial. No podía despegar la lengua ni un segundo.
Con la lengua todavía clavada, metió dos dedos más en ese hueco tan estrecho que apenas si podía con uno. Poc, poc. Empezó a hincarle cada rincón doblando los nudillos; entonces, ella se contrajo desde adentro y empezó a succionarle los dedos y la lengua como loca.
—¡Mmm, ang, ah!
Encima de su cabeza caían los gemidos lentos como si fuera lluvia, ella movía la parte baja de adelante hacia atrás, como coqueteando para que le diera más. Él le entregó sus labios, su nariz y su lengua sin tacañear, dándole todo lo que ella pidiera.
Usó todos sus dedos para acariciarla por dentro y por fuera, con su lengua empapada lamió su clítoris con gula. No contento con eso, infló la lengua como si fuera un cántaro.
—¡Ah! ¿Ah…? Qué raro, ¡ah…!
Al sentir que se hinchaba por dentro como si tuviera un miembro clavado, su sacrificio abrió los ojos de par en par y empezó a manotear el aire. La pobre ni siquiera se atrevía a agarrarle la cabeza o jalarle el velo; solo tanteaba el vacío de una forma que daba pena.
Quiso decirle que podía sujetarse de él, pero le costaba demasiado sacar la lengua aunque sea un ratito, así que solo la jaló más fuerte hacia él por la cadera. El cuerpo de ella, fino como una hoja, se fue de avance hacia adelante.
—¡Hic! Está muy… adentro, es muy grande… ¡ah, mmm!
Soltaba esas palabras que, sin querer, lo provocaban más, mientras apretaba sus mejillas con los muslos. Si eso no era pedir más, ¿entonces qué era? No tenía que apurarlo, que igual iba a seguir dándole hasta que no pudiera más.
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