Me convertí en un sacrificio viviente para un dios malvado. - 45
El hábito de un blanco purísimo lo hacía ver como si tuviera alas de ángel; Lariette se quedó embobada mirándolo. Estaba absorta contemplando el rostro del hombre cuando el viejo sacerdote la llamó con tono de reproche; recién ahí reaccionó y saludó.
—Este… hola, buenas.
—¿Es ella?
Dios mío. Hasta su voz grave, que brotaba de esos labios finos, era elegante y dulce, como una armonía celestial. Lariette se arregló el cabello a toda prisa, sin saber qué hacer. ‘Qué racha la mía. Si hubiera sabido que me iba a encontrar con alguien tan churro, me habría arreglado un poco más’.
Últimamente, como paraba encerrada en la mansión, no le había prestado nada de atención ni a su ropa ni a sus zapatos. Escondiendo sus zapatos pasados de moda con un movimiento nervioso, Lariette no dejaba de mirar de reojo al obispo Minuel. Siendo tan hermoso, ¿cómo podía ser cura? Eso en sí mismo ya era un pecado. Pero, por otro lado, pensó que para que tantas mujeres se estuvieran peleando por él, era mejor que se quedara solo de por vida.
Mientras tenía esos pensamientos tan atrevidos y se ‘comía’ con la mirada el rostro del hombre, el sacerdote anciano se inclinó casi con servilismo.
—Sí, es ella. Ahora está usando el nombre de Charlotte. Como hay tantos ojos vigilando…
—Ya veo.
‘¿Ojos vigilando?’
Lariette, que pensaba que todo era una exageración de sus tontos padres, movió los ojos con extrañeza. Había creído que solo estaban haciendo escándalo por las puras, pero que hasta un sacerdote dijera eso… Al pensar que de verdad alguien podría estar observándola, se le puso la piel de gallina.
Minuel asintió y se inclinó hacia ella. Ese hombre, de rostro y voz hermosos, hasta olía increíble. No tenía punto de comparación con los campesinos que huelen a estiércol de caballo, ni con los tipos de su edad que se echan tanto perfume que terminan mareando a cualquiera. El hombre se acercó y abrió sus finos labios lentamente. A ella sentía que el corazón se le iba a salir por la boca.
—¿Lariette Holmes?
—Sí, sí. Yo soy Lariette.
—¿Por si acaso sabe algo sobre el sacrificio?
—… ¿Eh? ¿Se refiere a Lilibeth Evans?
—Exacto. Le agradecería mucho si pudiera decirme cualquier cosa sobre ella.
Otra vez esa mujer. Toda la ilusión que se había hecho se derrumbó por completo. ‘¿Qué? ¿Me hicieron venir solo para preguntarme esa tontería?’. Qué indignante. Como ella no respondía y solo ponía ‘trompa’ de fastidio, el sacerdote la apuró para que contestara de una vez.
—Señorita Charlotte, por favor, cuéntele todo a Su Excelencia con detalle. ¿Acaso no eran muy cercanas?
—¿Cercanas?
Ella se agarró el vuelo del vestido y levantó la barbilla con arrogancia.
—Esa chica solo era una empleada que trabajó un tiempo en nuestra casa, los Holmes. La cuidamos porque nos daba pena su situación, pero la verdad era bien espesa porque era súper floja y lenta. No se daba cuenta de nada y era tan tontita que había que repetirle las cosas mil veces.
Lariette, que estaba rajando con sarcasmo, notó la mirada tranquila de Minuel y trató de arreglarlo rápido.
—Bueno, pero como se sacrificó por los demás, confío en que el Señor la estará cuidando con cariño hasta el final. Aunque dudo que llegue al cielo…
—Mmm, por supuesto. Así será. Después de pagar por sus largos pecados, esa niña podrá descansar en paz.
El sacerdote cerró sus ojos arrugados y empezó a pasar las cuentas de su rosario. Lariette se burló por dentro. Le parecía ridículo ese sentimiento de lástima fingido, cuando sabía que no lo sentía de verdad.
Por el contrario, el obispo Minuel no cambió de expresión ante sus palabras; solo se quedó mirándola fijamente. Era un hombre tan hermoso que deslumbraba, pero al estar ahí parado sin un solo gesto, su mirada se volvía extrañamente incómoda. A pesar de tener unos ojos tan transparentes que parecía que te leían el alma, no transmitían ni un poquito de emoción o pensamiento. Más que una persona, parecía una estatua o la imagen de un santo.
Al principio, Lariette lo miraba de frente, pero conforme pasaba el tiempo, el hombre le empezó a dar ‘cosa’ y terminó desviando la mirada. Era alguien raro. Era increíble que, siendo tan guapo, pudiera hacerla sentir tan incómoda.
Minuel jugueteó con el rosario que llevaba al cuello y luego bajó la mano.
—¿No hubo nada diferente?
—¿Perdone?
—Si era distinta en algo. Algo especial.
—¡Para nada! Era una tipa… digo, una mujer de lo más común que hay por todos lados. Miedosa, egoísta y que solo pensaba en ella misma.
Lariette soltó cada palabra con fuerza. Realmente era así. Una mujer común y tonta que no resaltaba en nada, que aparte de tener una cara más o menos bonita, no tenía ninguna otra virtud. Quería contarle al obispo Minuel lo patética y tonta que era esa mujer, cómo era una completa inútil que arruinaba todo lo que tocaba. Ya nadie preguntaba por ella ni hablaba del tema. Él era el único con quien podía rajar.
De pronto, Lariette sintió que la emoción le ganaba y levantó la voz.
—¡Era una mujer con una saladera y una mala suerte increíble! Por eso terminó así. ¡No fue mi culpa! ¡No se convirtió en sacrificio por mi culpa!
—¡Lariette! ¡Digo, Charlotte! Pero qué te pasa. ¡Cómo te atreves a ser tan malcriada frente a Su Excelencia…!
El viejo sacerdote la cuadró apenas ella terminó de gritar con la cabeza en alto, como si estuviera lista para irse a los golpes. Lariette, que había soltado todo el aire en su grito, recién ahí retrocedió un par de pasos y pidió disculpas a regañadientes, balbuceando.
—Lo siento mucho, Excelencia. Es que la señorita Charlotte todavía está con los nervios de punta…
—No se preocupe.
Sin embargo, al obispo Minuel no pareció importarle ni el grito repentino ni las disculpas del cura; respondió con una voz de lo más normal, como si nada hubiera pasado.
—Ya escuché lo que necesitaba. Con permiso.
Asentó la cabeza ligeramente y dio media vuelta, como dando a entender que el asunto ya estaba cerrado. Lariette, chequeando cómo estaba el ambiente, preguntó:
—Este… ¿ya terminamos?
—Sí. Ya puedes retirarte, Charlotte.
A pesar de que ellos mismos la habían llamado, apenas consiguieron su respuesta, el sacerdote movió las manos como espantando moscas para que se fuera. Lariette puso su cara de pocos amigos y salió de la habitación sin siquiera despedirse.
‘Pero qué se han creído, de verdad’.
El fastidio por el mal trato le duró poco, porque pronto le entró la duda. Un obispo de alto rango, encima viniendo del Vaticano, debía tener un nivel social altísimo… entonces, ¿por qué le interesaba tanto, recién ahora, una mujer que hace tiempo fue entregada como sacrificio?
Le entró la curiosidad, pero sabía que aunque preguntara no le iban a decir ni ‘miau’, tampoco es que tuviera muchas ganas de seguir escarbando en el pasado de esa mujer que tanto se había esforzado por olvidar. ‘Ya fue. Mejor me olvido de esto’.
Lariette sacudió la cabeza como para espantar los pensamientos. Hoy, más que nunca, sentía que los pies le pesaban una tonelada.
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Siente el cuerpo pesado. Aunque no puede sentir la temperatura corporal, los escalofríos lo hacen temblar por completo. Hace frío. Mucho frío. Tiene sed. Necesita calor. Un calor tan tierno y dulce que sea capaz de revivir hasta un corazón muerto.
‘Necesito luz del sol…’
Se encorvó pesadamente. Su figura enorme se derritió como cera de vela hasta convertirse en una línea larga que empezó a reptar lentamente por el suelo. Se abrió paso entre la oscuridad, que colgaba como una cortina, avanzando hacia la luz.
Crac, crac.
Cada vez que el césped raspaba su vientre liso y firme, su piel insensible vibraba ligeramente. Aplastando hojas secas y tierra húmeda, siguió avanzando sin parar buscando un lugar donde diera el sol.
‘Aquí está demasiado helado’. ‘Este suelo está muy seco’
Iba criticando aquí y allá mientras buscaba un sitio calientito donde echarse de panza. Lamentablemente, no había muchos lugares así, por lo que siempre terminaba echado en el mismo sitio.
El olor a hierba fresca le molestaba y el suelo era áspero, pero para lo que había, no estaba tan mal. Estiró todo su cuerpo para recibir los rayos del sol. No era suficiente para calentar su corazón frío, pero hasta ese poquito de calor le resultaba urgente.
‘Ah, qué frío hace’
‘Demasiado frío’.
Quería enroscarse en una cueva calientita y acogedora para dormir todo el invierno. Hasta con el viento suave y fresco su cuerpo se sacudía. Este cuerpo era especialmente débil ante el frío.
Mientras se estiraba para captar aunque fuera un poquito más de luz, algún atrevido proyectó una sombra oscura sobre su cabeza. ¿Quién se atrevía?
Al abrir un poco los ojos, sintió un pequeño tazón de agua en su boca.
—¿Qué tienes? Pareces desanimado, sin fuerzas.
Ah, es calor. Ese calor que tanto había estado deseando.
Entornó los ojos y observó a la mujer que estaba de espaldas al sol. Ella, con una sonrisa que parecía un rayito de luz, le acarició la mejilla suavemente. Se sintió muy bien.
‘Sigue’
‘Acaríciame más’
Sin poder aguantar el deseo, sacó la lengua y lamió los dedos que le daban toquecitos en la mejilla. La mujer no puso cara de asco ni se incomodó; al contrario, se rió como si le diera cosquillas.
¿Por qué será tan dócil con los animales? Después de tanto esfuerzo por ponerse esta piel tan bonita, con él solo suspiraba como si estuviera aburrida, pero ahora…
Se quedó un poco picon por eso, pero como tenía sed desde hace rato, primero se dedicó a calmar la garganta que le ardía. Metió la cabeza y empezó a tomar el agua a grandes sorbos, mientras la mujer se reía a carcajadas diciendo que se veía tierno.
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